Marx en la formación de lxs economistas

Publicado en La Tinta (https://latinta.com.ar/2017/09/marx-formacion-economistas/) el día 18 de Septiembre de 2017.

Marx en la formación de las y los economistas

De la crítica de la economía política al cambio social

Por Mariano Féliz para La tinta

 

“Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante; y el que comprendiendo no actúa, tendrá un lugar en la antología del llanto, no en la historia viva de su tierra.”
Rodolfo Walsh

La economía política nació como expresión de la consolidación del capitalismo como forma social de producción dominante. Sus primeros desarrollos (en los siglos XVIII y XIX en la pluma de Adam Smith y David Ricardo, entre otrxs) pretendieron dar cuenta del ascenso de una forma de producción de riqueza basada centralmente en el trabajo humano y la mercantilización de lo social. Esos primeros aportes fueron esenciales para la comprensión de las bases de una nueva modalidad de existencia de la vida humana.

Sin embargo, esos primeros pensadores no pudieron superar los límites de su propia parcialidad como intelectuales orgánicos de la burguesía en ascenso. Le cupo a Carlos Marx radicalizar las conclusiones de lxs economistas clásicos y proyectar un pensamiento crítico sobre el capitalismo emergente, ahora desde el punto de vista de las clases populares. Una obra extensa alcanzó un punto alto, aunque no el único, en la publicación del primer tomo de El Capital, hace ya 150 años.

Ese pensamiento propone desnaturalizar la dinámica societal capitalista, desarticulando las apariencias nacidas del proceso de abstracción del trabajo. De esa manera, la obra de Marx -una verdadera crítica de la economía política- aportó elementos clave para entender la verdadera naturaleza del sistema así como para construir una estrategia para su superación radical. El marxismo comprendió que la forma del trabajo en el capitalismo (trabajo alienado, no libre) era clave para comprender la totalidad social y que la lucha contra todas las formas y fundamentos del trabajo no libre eran la clave para el cambio social radical, para la construcción de una nueva sociedad. Este pensamiento no nació simplemente de la mente de Marx sino fue el resultado de la síntesis teórica (naturalmente, parcial e incompleta) que él realizó ante el auge de las luchas del pueblo en aquellos años, cuyo pico estuvo -tal vez- en las jornadas de la Comuna de París de 1871.

Frente a la amenaza del pueblo trabajador en lucha y sus intelectuales orgánicos (de los cuales Marx fue uno de lxs mejores), el pensamiento dominante debió construir una nueva conceptualización del mundo que negara los orígenes clásicos de la ciencia económica burguesa, pero permitiera disputar al marxismo la comprensión científica de la sociedad. El surgimiento de la que hoy conocemos como corriente liberal/neoclásica (en las obras de Jevons, Walras y Pareto, entre tantxs otrxs), vino a producir un conocimiento sobre la dinámica societal apoyado en un nuevo terreno (individualismo subjetivista) cuya principal limitación sería su carácter apologético y a-histórico. Su incapacidad de dar cuenta de la historicidad, no-neutralidad y conflictividad de las categorías de la economía política han sido desde entonces sus principales limitaciones.

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En el siglo XX el keynesianismo nació como reacción interna a la crisis del liberalismo para comprender la gran crisis de los años treinta y para enfrentar los efectos políticos de la revolución rusa de 1917. La paradoja era que la mirada anti-historicista de la obra keynesiana respecto de la existencia del capitalismo no podía -no puede- captar la mortalidad del mismo cuando se hace evidente (como posibilidad) en la crisis. El keynesianismo se mantuvo como pensamiento de alternancia sistémica, como salvaguarda frente al conflicto social que la crisis hacía evidente. En América Latina, el desarrollismo estructuralista se convirtió en la expresión de esa alternancia entre el puntal conceptual para el capitalismo en crisis (liberalismo neoclásico) y el capitalismo en expansión. La irrupción de las clases populares en los años 1940 y 1950 fue la piedra de toque de esas nuevas aproximaciones analítico-políticas.

En ese mismo proceso, la crítica de la economía política, con base en el marxismo, se fue nutriendo de los debates políticos y teóricos de cada época y territorio. En América Latina se reconfiguró primero como teoría marxista de la dependencia, con Ruy Mauro Marini y Vania Bambirra entre sus mejores exponentes, impregnada del impacto de las revoluciones populares en toda la periferia del mundo y el ascenso de las luchas sociales.

La reconstrucción regional de la crítica a la economía política permitió incorporar nuevos elementos al debate, articulando una crítica a los límites de la industrialización periférica con conceptos nuevos como la idea de la superexplotación de la fuerza de trabajo. Sin embargo, permanecieron -por la mayor parte- dentro de un cierto paradigma productivista/extractivista/patriarcal.

La crisis capitalista de los setenta y ochenta abrió para esa crítica una mirada de nuevos aportes. La recomposición política del pueblo trabajador, y la emergencia y consolidación, en todas las regiones del mundo, de movimientos campesinos, de feministas y de mujeres, de comunidades originarias, de las y los trabajadores expulsados, crecientemente precarizados, etc., abrieron todo un campo de lucha que iluminó un nuevo comienzo para la crítica de la economía política.

Se multiplicaron los cruces e intersecciones conceptuales y prácticas que pudieron comprender la naturaleza integral de la articulación entre el capitalismo, el patriarcado, el extractivismo, el racismo y la modernidad. Se configuró una nueva perspectiva analítica más abierta, múltiple y diversa, que imbuida de las nuevas formas de las luchas del pueblo comenzó a construir un nuevo pensamiento crítico, capaz de aportar elementos a la transformación radical de la sociedad, para construir un nuevo mundo en el que quepan todos los mundos.


De lo dicho, nos parece fundamental comprender que la crítica de la economía política debe ser la base de la formación de las y los economistas. Sin esa capacidad de historizar el pensamiento, entendido como atravesado por las luchas sociales (y no producto del mero devenir de las ideas), sin la posibilidad de proyectar un pensamiento crítico transformador de las relaciones sociales, lxs economistas sólo pueden tener razonamiento formal, apologético del estado del mundo, incapaces de entenderlo y menos de aportar a su transformación sustantiva.


Esa forma de pensar superficial, naturalizadora del mundo, es el que prima en los discursos y la formación mayoritaria en las universidades de nuestro país y el mundo. Sea neoliberal o desarrollista/keynesiano, esas modalidades de comprensión del mundo son incapaces de transformarlo pues no logran comprender la constitución social de la teoría y la inmanencia de la praxis (la lucha) como parte constitutiva de aquella. Sin ese fundamento práctico-crítico, la teoría y su crítica sólo sirven a la recurrente reproducción de un mundo sostenido en la opresión y explotación generalizada de los cuerpos, los territorios, la naturaleza. Poner un freno a esa forma de ser del mundo y contribuir a una nueva configuración de la producción y reproducción social con eje en la vida debe ser el fundamento de la formación y praxis de lxs economistas políticxs.

*Por Mariano Féliz para La tinta.


Dr. en Economía y Dr. en Ciencias Sociales, investigador CONICET, profesor UNLP, integrante de la Sociedad de Economía Política de Argentina y Uruguay, militante en el Frente Popular Darío Santillán – Corriente Nacional.

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¿Quién pinchará los globos amarillos?

¿Quién pinchará los globos amarillos?

¿Hacia una nueva hegemonía social del capital en la segunda era neodesarrollista?*

 

«cuando todo está o parece perdido hay que volver a meterse tranquilamente en el trabajo, recomenzando otra vez desde el principio» (Gramsci, Cuadernos de la Cárcel)

El triunfo de Cambiemos en la última PASO parece dar cuenta de un cambio sustantivo en la dinámica política de la Argentina. Se habla de la nacionalización de una fuerza de “derecha democrática” (sic), que ha sabido interpelar a un sector importante de la sociedad (Burdman, 2017, Natanson, 2017). Por su parte, el kichnerismo, fuerza política que gobernó durante más de una década, aparece golpeada, mientras que la izquierda en su dimensión electoral y en sus diversas vertientes, persiste como experiencia minoritaria, aunque no despreciable.

No nos atreveríamos a denominar a Cambiemos como expresión de una derecha democrática como propone Natanson. En especial, no creemos que la denominación sirva si a la democracia institucional se le atribuye un sentido positivo per se. La democracia formal dista de ser ‘democrática’, más bien la democracia representativa burguesa es en sí misma un fraude (como diría el compañero Damián Lambusta). Por otra parte, las prácticas institucionales de Cambiemos lejos están de ser democráticas en el sentido común atribuido al término (es decir, digamos, respeto mínimo al Estado de derecho; Féliz, 2016).

Pero, más allá de ello, cómo entender el surgimiento y consolidación aparente de esa fuerza política luego de una docena de años de neodesarrollismo encabezado por el kirchnerismo y de la crisis neoliberal. ¿Es Cambiemos un producto de los medios de comunicación y una técnica comunicacional acertada? ¿Cuáles son los fundamentos materiales del proceso que ha conducido a la pretendida estabilización del gobierno de Cambiemos? Lo que siguen son algunos apuntes al respecto.

 

  1. A través del neoliberalismo se consolidó proceso de valorización capitalista centrado en el gran capital transnacional

Ya lo hemos dicho en otros momentos, entendemos que la era neoliberal constituyó un conflictivo proceso de transformaciones estructurales que condujeron en Argentina a la conformación de una nueva modalidad de explotación capitalista de los cuerpos y territorios. El mismo fue parte de un proceso global de transformaciones iniciado en la crisis de finales de los años sesenta, que tuvo sus hitos regionales en Chile (1973) y Argentina (1976), y a nivel de los países centrales en el triunfo de Thatcher en el Reino Unido (1979) y Reagan en los EE.UU. (1981).

En Argentina, ese nuevo proceso de valorización de capital, construido a través del neoliberalismo, se centra en formas exacerbadas de extractivismo (saqueo) y explotación de la fuerza de trabajo y los cuerpos. La superexplotación general de cuerpos y territorios se ha consolidado a través de formas de precarización extendidas de la vida en todas sus dimensiones. Esto se evidencia en formas de creciente fragilidad de la vida y el trabajo, en la producción mercantil (diversas formas de empleo y trabajo rentado) y en la reproducción y sostén de la vida (en el trabajo en hogares y en las comunidades).

El mismo ha colocado, por un lado, al gran capital transnacional(izado) (GCT) en el centro de la valorización y acumulación de capital; un proceso de base transnacional, de anclaje extractivo imperialista y financierizado. El GCT se convirtió en el actor dominante al poseer control y propiedad de fracciones significativas del capital en todas las ramas de la economía. Su peso estructural lo convierte en el articulador de las relaciones económicas capitalistas; sus decisiones de inversión en capital constante (maquinarias, insumos, tecnologías) y variable (fuerza de trabajo empleada) marcan la pauta para el conjunto de la economía. Por otra parte, el pueblo trabajador precarizado y fragmentado, empobrecido y flexibilizado, el precariado, constituye el centro de la nueva composición política del pueblo en lucha.

Como nota aclaratoria, hacemos referencia a la idea de ‘precariado’ a falta de un mejor término. Pretendemos expresar en él la idea de una forma de uso de la fuerza de trabajo (remunerada o no) en el capitalismo periférico contemporáneo, donde se han exacerbado formas de explotación pretéritas, ligadas a la era del predominio de las estrategias de producción de plusvalía absoluta. Esas formas de explotación, asumen la super-explotación de la fuerza de trabajo (en el sentido propuesto por Ruy Mauro Marini para el trabajo asalariado), es decir, la creación de condiciones de producción/reproducción de la misma que no son sostenibles (en términos de sostenibilidad de la vida) en el tiempo o, para decirlo de otra forma, que expulsan a los márgenes y destruyen las capacidades (socialmente) productivas de una fracción significativa de la población.

La transición neoliberal en Argentina atravesó diversas fases que dieron cuenta de etapas en el proceso de la lucha por la reconfiguración de la estructura social. A través de esos diversos momentos el capital logró, no sin dificultades, transformar la estructura del capital en sus diversas formas, la forma del Estado (y sus formas políticas) y la conformación material (objetiva y subjetiva) de los actores en lucha. La crisis neoliberal de fines de los años noventa expresó el comienzo del fin de esa era, y la consolidación de esa nueva constitución política de las clases.

La salida violenta del neoliberalismo en Argentina expresó la recomposición política del pueblo trabajador, que pudo constituirse como límite a la estrategia del ajuste estructural. A través de nuevas formas organizativas y modalidades de acción directa, con eje en el precariado, el pueblo en lucha pudo poner en crisis societal la estrategia neoliberal de desarrollo capitalista (es decir, el ajuste estructural), abriendo el espacio para la transición a una nueva forma de desarrollo. El movimiento piquetero (con la participación fundamental de las mujeres dentro de éste) y una nueva generación de activistas de base en el movimiento obrero (en especial en ciertos sectores estratégicos, como transporte y logística, alimentos y bebidas, estatales) encarnaron el núcleo de esa resistencia.

La nueva forma de desarrollo que vendría a superar dialécticamente a la estrategia neoliberal, sería la resultante de la confrontación entre los nuevos sujetos sociales con pretensión hegemónica en cada campo de la disputa. Esa confrontación sería violenta y su resultado indeterminado.

  1. El kirchnerismo surgió como fuerza política para la estabilización social de las conclusiones societales del neoliberalismo (neodesarrollismo en su primera etapa populista)

La crisis neoliberal, crisis orgánica (es decir, de todas las formas sociales), fue conjurada a lo largo del año 2002. La derogación de la convertibilidad y el ajuste económico subsecuente, la construcción de un sistema de transferencia monetarias básica pero masivas (plan Jefes), la masacre de Avellaneda y la incipiente expansión económica del 2do semestre de 2002 conformaron el terreno para la constitución de una nueva configuración política potencialmente capaz de reconstruir una sólida hegemonía de orden capitalista. El kirchnerismo encarnó a partir de 2003 este intento de estabilización social.

Las fracciones dominantes dentro del capital necesitaban la conformación de un nuevo proyecto societal hegemónico. El mismo debía permitirles -simultáneamente- garantizar condiciones objetivas para la valorización ampliada del capital social bajo su dominio y crear condiciones subjetivas que permitieran contener, canalizar y normalizar -aunque más no fuera, conflictivamente- las exigencias de la nueva composición política del pueblo.

Frente a la crisis del discurso que articuló el programa neoliberal, el kirchnerismo rescató el histórico relato desarrollista de los inicios del peronismo en Argentina. Simultáneamente, el kircherismo supo leer el momento político a escala regional, recostándose en la llamada ‘ola progresista’, aunque más cerca del neodesarrollismo brasileño del PT y más bien lejos del contenido de la revolución Bolivariana liderada por Chávez.

La retórica del “capitalismo en serio” y el “crecimiento con inclusión” constituyeron la nueva síntesis discursiva para apuntar la conformación de una nueva estrategia de desarrollo capitalista de orden neodesarrollista (Féliz, 2012). Como fuerza política dentro de los “partidos del orden”, el kirchnerismo buscó (y logró por un tiempo) consolidar una articulación política capaz de sostener las bases materiales de la valorización neodesarrollista (superexplotación de los cuerpos y los territorios, en un marco financiarizado y transnacional) con la construcción de una forma del Estado que pudiera contener las consecuencias sociales de una nueva estructura social del capital, en especial de su porción variable. Ello incluyó formas renovadas e intensificadas de precarización del trabajo remunerado y no remunerado (de reproducción o ‘de cuidado’), y también nuevas modalidades de saqueo de las riquezas de la naturaleza y de los bienes comunes a través de un salto cualitativo en las escalas y capacidad de destrucción de las actividades productivas (tanto de soja y otros productos agropecuarios, como de la minería y la energía, entre otros). Por una parte, asistimos a formas de gestión de la fuerza de trabajo que multiplican la alienación y la explotación al crear condiciones de trabajo/vida completamente articuladas con el capital fijo: turnos rotativos, jornadas de trabajo extendidas y tiempo de viaje al trabajo inconmensurables, ‘guardia permanente’ a través de teléfonos celulares, etc. Por otro lado, atravesamos la consolidación de redes internacionales de cuidados y el deterioro del Estado como proveedor de servicios sociales (salud, educación, transporte público, etc.) que han fortalecido la precarización e intensificación del trabajo reproductivo. Finalmente, se ha multiplicado el uso de prácticas productivas, montadas en el desarrollo de nuevas tecnologías (que van desde nuevos paradigmas para la logística, el uso de las TICs y la proliferación del uso de técnicas altamente contaminantes o de alta capacidad destructiva -como los agrotóxicos, las hidroeléctricas o el fracking-), que multiplican la explotación intensiva de la naturaleza con consecuencias enormemente dañinas desde el punto de vista del trabajo productivo y reproductivo, de las formas de explotación de las riquezas naturales y la generación de desechos, entre otros efectos nocivos para la sostenibilidad de la vida.

En tal sentido, la constitución de una nueva forma del Estado social periférico estuvo a la orden del día (Féliz y Díaz Lozano, 2017). Por un lado, recreando las instituciones de regulación/integración de la fuerza de trabajo (cuerpos) formal sindicalizada (y mayormente masculina). Por otra parte, conformando un nuevo régimen de seguridad social de tendencia universalista básica para la contención de la fuerza de trabajo (cuerpos) precarizados y marginalizados en el ámbito mercantil y en la reproducción social (en el espacio de los cuidados, mayormente sostenido por las mujeres). Esta integración fue conflictiva y disputada pero eventualmente eficaz para recuperar la hegemonía de una estrategia de desarrollo capitalista capaz de reproducir y ampliar las bases materiales de las nuevas fracciones dominantes del capital. Las políticas sociales y laborales vinieron a reconocer la fuerza organizada de las fracciones más activas del pueblo, a la vez que buscaron convertirse en nuevos instrumentos de control social y neutralización política. Tal cual señala Raquel Gutiérrez, en alguna medida fuimos ‘expropiados’ de nuestras propias capacidades de lucha, las cuales fueron reintegradas al sistema, al menos parcial y temporalmente (León Pérez, Pérez Castillo y Gutiérrez Aguilar, 2017).

Hasta la crisis global de 2008, el desarrollo de barreras crecientes al proceso de valorización pudo ser aplazado (Féliz, 2015). La puja distributiva pudo ser contenida aprovechando el “colchón” creado por las condiciones de salida de la convertibilidad y la ampliación de la renta extraordinaria disponible. El crecimiento en los precios de las materias primas de exportación, la fase final de la burbuja especulativa en los EE.UU. (2002-2008) y la irrupción de China como nueva potencia sub-imperialista en la región suraméricana, enmarcan la primera fase del neodesarrollo argentino.

Las demandas ‘no contenibles’ fueron convenientemente reprimidas a través de formas de control social descentralizadas y de baja intensidad, no por ello menos eficaces o mortales (como el ‘gatillo fácil’, los grupos para-militares en conflictos rurales y eco-territoriales, represión a movilizaciones obreras y piqueteras, etc.). Aun así, las contradicciones de la producción/reproducción capitalista se expresaron en inflación en ascenso, dificultades para financiar el gasto público y caída en la competitividad global de la economía.

  • Cambiemos apuesta a radicalizar el neodesarrollismo provocando un salto cualitativo, de intensificación capitalista (neodesarrollismo conservador)

Luego de la crisis de 2009 y el conflicto con las nuevas fracciones rentistas de las clases medias, el kirchnerismo avanza desde 2011 con su ‘programa de transición’; La alianza política que sustentaba al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner (CFK) se amplió del 45% del total de votos en 2007 a 54% en 2011.

El inicio de la llamada sintonía fina marcó los primeros pasos en la estrategia kirchnerista para el objetivo de canalizar las tendencias a la crisis transicional del neodesarrollismo. La pretensión era garantizar su propia reproducción como fuerza política gobernante.

La proyección era dar un salto cualitativo, hacia una fase de intensificación desarrollista, que permitiera superar o desarticular temporalmente las barreras del capitalismo dependiente argentino. Para ello, las demandas de las clases populares debían moderarse y compatibilizarse con la necesidad de dar un salto en calidad en la tasa de inversión; el GCT reinvertía sólo 1 de cada 5 pesos de ganancia realizada en el país (Manzanelli, 2011). Sin embargo, la configuración particular del capitalismo dependiente argentino, impedía o hacía difícil tal transformación cualitativa. La dominancia del GCT limita las decisiones de inversión y reinversión al marco de sus estrategias globales. Por otra parte, a partir de 2008, la desaparición del plus de renta extraordinaria asociado al boom de los precios de las commodities de exportación y la ‘fuga hacia la calidad’ (hacia el centro) por parte del gran capital transnacional, encorcetaron al proceso de reproducción ampliada del capital en Argentina en momentos en que sus límites se hacían más evidentes (a partir de la última gestión de CFK). El crecimiento económico entre 2008 y 2015 cayó a menos de la mitad en comparación a la etapa anterior, mostrando a su vez varios años de estancamiento o recesión abierta.

El ajuste heterodoxo pretendió postergar la transformación de las barreras del neodesarrollo (capitalista dependiente) en límites, aunque en el interín, ese ajuste desarticuló las bases de la hegemonía política del kirchnerismo.

El mito del desarrollo como ‘crecimiento con inclusión’ se fue desbaratando en la medida en que la inflación elevada se consolidó, el crecimiento del empleo y los salarios se estancaron, y la única forma de hacer real el mito era el endeudamiento personal sin fin.

Por su conformación material (objetiva y subjetiva, social, política e histórica) el kirchnerismo no podía enfrentar la crisis transicional de manera radical. Como movimiento político dentro de los partidos del orden, no podía dar un salto de calidad hacia la ‘izquierda anticapitalista’. Por el contrario, su propia genealogía lo conducía a pretender una transición ordenada, desplazando en tiempo y espacio las contradicciones, para mantener su rol de conducción política en la gestión del Estado.

Las dificultades de esa estrategia fueron múltiples. Por un lado, se tornaba insostenible la imagen del ‘proyecto nacional’ como la solución de los problemas urgentes del conjunto del pueblo, cuando la precarización de la vida persistía, evidentemente. Ello fue así, sobre todo, en la medida en que las fracciones medias con aspiraciones de ascenso social veían desvanecerse ese sueño (ofrecido por el kirchnerismo) del consumo como horizonte permanente de la felicidad posible (aun si efímera y alienada). En tal contexto, la política de ampliación de derechos ‘ciudadanos’ (por ejemplo, matrimonio igualitario e identidad de género) y del Estado social (asignación universal por hijo, plan Argentina Trabaja, moratorias previsionales) sólo consolidó el núcleo duro de la base de la alianza política de gobierno.

Frente al estancamiento e inestabilidad económica del último gobierno de CFK, la conflictividad social fue en ascenso, en especial entre la “columna vertebral” de la alianza gobernante: el movimiento obrero organizado (liderado -a la sazón- por Moyano). La ruptura del compromiso implícito del desarrollo como consumo ampliado, destrozó la alianza social de gobierno: las fracciones medias obreras y las fracciones medias rentistas se dispersaron para alimentar los apoyos a Massa y Macri, respectivamente.

Sólo las fracciones medias de la inteligentzia kirchnerista y los sectores de las clases populares urbanas más precarizadas (más dependientes de las políticas de transferencias estatales) permanecieron como apoyo detrás del candidato Scioli. Según una estadística recientemente publicada por el INDEC (2017, Cuadro 8, pg. 9), durante el 1er trimestre de 2017, en el 30% de los hogares con menores ingresos totales, no menos de la mitad de los ingresos monetarios provienen de fuentes ‘no laborales’ (en general, esto es, transferencias del sector público y de familiares, amigos o redes comunitarias).

De manera previsible (aunque no inevitable) esta dinámica condujo a la derrota política del kirchnerismo en las urnas. En la primera vuelta de la elección presidencial de 2015, la lista encabezada por Scioli recibió 37,08% de los votos válidos (29,4% de los empadronados), mientras la lista de Macri el 34,15% (26,8% del padrón).

  1. El kirchnerismo fue dique de contención del precariado en lucha; ¿Cambiemos será la forma política de esa nueva subjetividad precaria?

La consolidación de Cambiemos como expresión de una nueva hegemonía política en Argentina da cuenta de la constitución de una nueva forma de subjetividad hegemónica. Esa subjetividad expresa la nueva configuración de pueblo trabajador, con una nueva composición política.

Es una paradoja que la fuerza política que aparece consolidada en estos años, haya nacido de las entrañas de la primera era neodesarrollista. Esa paradoja no es necesariamente tal: si entendemos que mientras el kirchnerismo surgió como fuerza política de contención de las conclusiones políticas del neoliberalismo, ¿es Cambiemos quien toma la posta como la fuerza política que mejor expresa la nueva configuración de composición del capital dominante y el núcleo de esa nueva subjetividad que dimana de la forma del precariado?

¿Es Cambiemos un acierto de las fracciones de la derecha en términos de estrategia política, márketing o discurso, o, sobre todo, expresión necesaria de una fracción significativa, aún si no mayoritaria, de los sectores sociales hegemónicos? Ya en 2009 los principales componentes de la alianza Cambiemos obtuvieron alrededor el 47% del voto en las elecciones nacionales legislativas. En 2009, el Acuerdo Cívico y Social (con la UCR como principal partido nacional) obtuvo 28,9% del voto a diputados nacionales, algo por debajo del 30,9% del FPV. La coalición llamada Unión PRO consiguió 17,7%.

Cambiemos no llega a expresar a las fracciones más empobrecidas del pueblo trabajador; probablemente, nunca lo haga. En las PASO, es claro que el kirchnerismo mantuvo el apoyo del núcleo duro de las fracciones más pauperizadas del pueblo trabajador, cuya subsistencia material inmediata está garantizada -aun si en condiciones precarias- por las políticas sociales consolidadas a partir de 2002. De cualquier forma, según la EPH del INDEC, entre el 2do Trimestre de 2016 y el 1er Trimestre de 2017 el ingreso promedio del 30% más pobre de los hogares aumentó en términos nominales 25,4% y el ingreso medio del 30% más rico subió 30,9%, mientras la inflación entre ese mismo período fue de 16,8%. Ambas fracciones sociales vieron mejorar parcialmente sus ingresos totales en ese período en comparación con la inflación, aun si los primeros pueden no recuperar totalmente las pérdidas desde diciembre de 2015.

Sin embargo, sí parece expresar la angustia que provoca en ciertas fracciones de los sectores medios del pueblo que enfrentan la precarización de sus vidas cotidianamente y arrastran un ideario social de ascenso por la vía del mérito (es decir, en el capitalismo, “del empleo” remunerado, la educación, etc.).

Por supuesto, la presencia de ese ideario no lo hace cierto en sus conclusiones. La meritocracia es el mito capitalista que más impregna a las clases medias. Ellas consideran que su situación privilegiada –en contraste con el conjunto de las clases populares- es producto de su propio esfuerzo individual o familiar. Tienen como horizonte alcanzar a ser parte de las fracciones dominantes (paradójicamente, en un ‘golpe de suerte’) y su mayor miedo es ‘descender’ al mundo de las clases populares. Su mayor aspiración convertirse en ‘empleados del mes’ (ejemplo del trabajador/a en su más plena alienación como ‘capital humano’) pero ese es su mayor nivel de incomprensión de la realidad del capitalismo como sistema social: su situación particular está por fuera de su control, en manos de actores cuya única motivación es la maximización de la rentabilidad de su capital.

El mismo expresa la prevalencia de una forma de alienación social que se fortalece en la medida en que las formas sociales de la producción y reproducción de la vida tienden a fragmentarse, individualizarse, privatizarse. Por un lado, en la medida en que la vida cotidiana se torna cada vez más acelerada, más precaria, más ‘fuera del control’ de las personas, más se acentúa la presión hacia la ‘privatización/individualización’. Por otra parte, nuevas modalidades de uso/gestión/control de la fuerza de trabajo (por competencias, emprendedorismo, trabajo en equipo, subcontratación, etc.) fortalecen prácticas sociales individualistas. Además, los medios masivos de comunicación y las ‘redes sociales’ tienen un papel clave en este proceso: “el refugio de la intimidad permite eludir momentáneamente los mandatos despiadados de los procesos laborales o del pas de deux de la venta de la “apariencia”. La tecnología ofrece confort a este ser asediado y le concede esparcimiento, excitación planificada y narcotización hogareña en un mundo destemplado” (Ferrer, 2011: 16-17).

Como nueva fuerza política hegemónica emergente, Cambiemos no expresa sin más una vuelta al neoliberalismo (Féliz, 2017; Féliz, 2016b). Es sin dudas una fuerza conservadora en lo social y liberal en lo político-económico. Sin embargo, para constituirse en políticamente hegemónica en la era neodesarrollista ha debido expresar las demandas de integración social, aún si limitadas, que surgieron de la crisis neoliberal. El Estado social precario (universal pero básico) vino para quedarse pues la crisis social se ha convertido en pervasiva. Las conclusiones políticas son claras: sin políticas de contención social, mínimas pero universales, insuficientes pero generalizadas, la nueva composición política del pueblo trabajador (sus nuevas formas organizativas, la multiplicación de sus demandas) puede transformarlo en una fuerza de desestabilización inmensa.

Cambiemos apuesta a convertirse en expresión política de la hegemonía neodesarrollista consolidada: hegemonía social del gran capital transnacional que integra -parcial y fragmentariamente- al pueblo trabajador como fuerza antagonista.

Esto no quiere decir que el kircherismo no pueda “volver” a gobernar. Sólo que en cualquier caso no lo hará en la modalidad de sus primeros gobiernos, sino no más bien en aquella de su último período. Por otra parte, la política de la resignación como estrategia política (por ejemplo, CFK pidiendo a la Confederación General del Trabajo –CGT- el voto antes que la lucha) ha rendido pocos frutos a su estrategia de articulación del descontento popular (Féliz, 2016c).

  1. Desafíos para la izquierda en el Pueblo

La izquierda en el seno del Pueblo tiene enormes desafíos frente al proceso emergente. No estamos simplemente frente a una alternancia electoral. Kirchnerismo y Macrismo (Cambiemos) son expresiones de momentos distintos en la consolidación de una nueva etapa de la hegemonía social del capital, ahora bajo la dominación del GCT. Son expresiones a su vez del antagonismo inmanente a la nueva composición política del Pueblo.

La salida de la era neoliberal había abierto nuevas posibilidades para la izquierda (como expresión política de la radicalidad social del pueblo trabajador en lucha). Esa crisis puso en cuestión el conjunto de las formas políticas y puso en debate -parcial, limitado- lo esencial del capitalismo: la propiedad privada de los medios de producción. Como Pueblo no supimos/pudimos transformar esa oportunidad en fuerza social capaz de convertir poder popular (en el territorio y las calles) en alternativa política.

A través de la primera fase neodesarrollista se produjo un doble proceso. Por un lado, las fracciones más radicalizadas y masivas del precariado (el movimiento piquetero) se vio diezmado por la dinámica expansiva en lo económico y por la respuesta estatal frente al desafío de la lucha por “trabajo, dignidad y cambio social”. En paralelo, las luchas eco-territoriales y feministas fueron ganando volumen, densidad organizativa e intensidad.

Si la primera etapa del nuevo ciclo de luchas consolidó un debate en torno a la construcción de formas de poder popular, la centralidad de la prefiguración social del socialismo, y la acción directa como método de lucha, las luchas eco-territoriales y feministas pusieron en el centro de las luchas la necesidad de articular clase, género y naturaleza. La interseccionalidad de las luchas se hizo cada vez más evidente. Este es un proceso regional y hasta internacional, que da cuenta de la necesidad de enfrentar las nuevas formas del saqueo de cuerpos y territorio, que se expresan en el neoextractivismo imperialista y la consolidación del femicidio y las redes de trata de personas, en especial de mujeres, a escala transnacional.

Sin embargo, faltó a la cita de las luchas de masas uno de los actores centrales: el núcleo del movimiento obrero. En la era del precariado, la fragmentación del pueblo trabajador y la burocratización de sus prácticas organizativas, pusieron un techo muy bajo a la posibilidad de traducir demandas y prácticas radicales de las bases del mismo, en exigencias políticas y debates superadores.

Las condiciones materiales de precarización extendida y la crisis transicional del neodesarrollo han dado a la izquierda en el seno del pueblo una base sustantiva (objetiva y subjetiva) para su traducción en el plano político-electoral. Es evidente el avance en ese plano del conjunto de la izquierda, con la consolidación electoral del Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT) como expresión más clara.

Sin embargo, el FIT expresa también los límites de una forma de construcción política del conjunto de las fuerzas políticas de la izquierda (y no solo de la llamada ‘izquierda partidaria’), que no logramos concretar la traducción política de la articulación de las luchas de género, clase, ambientales y étnicas (la centralidad política que ha adquirido la persecución y represión al pueblo Mapuce da cuenta de la necesidad también de fortalecer la integración de la dimensión étnica/racial a los procesos de construcción de poder popular). Como izquierda no logramos –de conjunto- más de 5% de los votos en las elecciones nacionales y nuestra capacidad de impugnación colectiva del status quo en las calles está claramente disminuida.

Se renuevan las preguntas sobre la estrategia. ¿Cuáles son las formas de organización política que surgen del propio seno del pueblo y promueven su participación protagónica, masiva, en la lucha? ¿Cómo articular las distintas expresiones de la lucha en una articulación unitaria que enfrente al capitalismo-patriarcal-racista-extractivista?

Estamos en un momento clave, donde las fracciones dominantes del capital buscan consolidar su nuevo proyecto de hegemonía social. ¿Se impondrá como sentido común, el nuevo saber hacer del neodesarrollo, el ‘empoderamiento’ en su versión ‘emprendedorista’? La idea neodesarrollista del ‘empoderamiento’ aparece como una capacidad de orden individual antes que colectiva (a diferencia, por ejemplo, de la idea del poder popular). El ‘emprendedorismo’ de alguna manera la radicalización de tal idea primigenia. Ambas son impulsadas por el Banco Mundial en sus políticas (Deepa Narayan, 2002; Valerio, Parton y Robb, 2014).

¿Podremos avanzar como izquierda enraizada en el Pueblo en la construcción de alternativas políticas que recuperen la crítica radical antisistémica de los movimientos populares partiendo de la base de la autoorganización (construcción de poder) popular y la acción directa? Esa crítica debe partir de las luchas reales del pueblo, de la lucha feminista, de la lucha ecoterritorial, de las luchas obreras, de las comunidades originarias, etc., pues son ellas las que proveen el germen del pensamiento y la praxis crítica. Son el comunismo como movimiento real. Como señalaban Marx y Engels: “Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa actualmente existente” (Marx y Engels, 1846: 37).

Decíamos a finales de 2016 que “desde el campo de las organizaciones que luchamos por un cambio social radical, anticapitalista, antiimperialista, antipatriarcal, la apuesta debiera ser … construir la ingobernabilidad con nuestros cuerpos en las calles, construyendo pensamiento y -sobre todo- prácticas críticas en todos los espacios que habitamos, cuestionando todos los rasgos de la sociedad impregnados por la lógica del capital. Es decir, debemos impugnar la sociedad toda, al capital, pero también al Estado, a las burocracias sindicales; e incluso a nuestras propias organizaciones, a las que debemos cuestionar, repensar y reinventar, para construir un mundo nuevo en que quepan todos los mundos” (Féliz, 2016b). Luego de las PASO, queda claro que recorrer ese camino sigue siendo nuestra principal apuesta y desafío.

  1. Referencias bibliográficas

Burdman, Julio (2017), “La ideología del partido”, Revista Anfibia (http://www.revistaanfibia.com/ensayo/ideologia-del-partido/; 17-8-2017)

Deepa Narayan (ed.) (2002), “El empoderamiento y la reducción de la pobreza – un libro de consulta”, Banco Mundial / Alfaomega, México.

Féliz (2016c), “Macrismo: ¿neodesarrollo 2.0? cuatro hipótesis sobre el tiempo que nos toca”, La Izquierda Diario, 10 de mayo de 2016 (https://www.laizquierdadiario.com/Macrismo-neodesarrollo-2-0-4-hipotesis-sobre-el-tiempo-que-nos-toca )

Féliz, Mariano (2012), “Proyecto sin clase: crítica al neoestructuralismo como fundamento del neodesarrolismo”, en Féliz, M. y otros (2012), Más allá del individuo. Clases sociales, transformaciones económicas y políticas estatales en la argentina contemporánea, Editorial El Colectivo, pp. 13-44, Buenos Aires. (http://editorialelcolectivo.com/tienda/mas-alla-del-individuo-clases-sociales-transformaciones-economicas-y-politicas-estatales-en-la-argentina-contemporanea/ )

Féliz, Mariano (2015), “Neodesarrollismo en crisis ¿El futuro ya llegó? Economía política, construcción hegemónica y alternativas populares”, en Ensayos políticos: debates en torno al poder, la organización y la etapa, pp. 71-80, Editorial El Colectivo, Buenos Aires (http://editorialelcolectivo.com/tienda/ensayos-politicos-debates-en-torno-al-poder-la-organizacion-y-la-etapa/ ).

Féliz, Mariano (2016),”Las armas del gobierno: violencia y radicalización neodesarrollista”, Marcha.org.ar, 11 de enero de 2016,  (http://www.marcha.org.ar/las-armas-del-gobierno-violencia-y-radicalizacion-neodesarrollista/ )

Féliz, Mariano (2016b), “¿Un cambio sin futuro? Apuntes para pensar la Argentina a un año de gobierno de Cambiemos”, ContrahegemoníaWeb, 10 de diciembre de 2016 (http://contrahegemoniaweb.com.ar/cambio-sin-futuro-apuntes-pensar-la-argentina-ano-gobierno-cambiemos/)

Féliz, Mariano (2017), “¿Un cambio por el sendero equivocado?”, Periódico Brecha, 4 de enero de 2017 (http://brecha.com.uy/cambio-sendero-equivocado/)

Féliz, Mariano y Díaz Lozano, Juliana (2017), “Reproducción social, neodesarrollismo y saqueo de las riquezas sociales en Argentina, 2002-2016”, en El neodesarrollo en debate: crisis, transición y alternativas, Féliz, Mariano y Torno, G. Christian (eds.), pp. 25-52, Editorial El Colectivo, Buenos Aires. ISBN 978-987-1497-84-3.

Ferrer, Christian (2011), El entramado: el apuntalamiento técnico del mundo, Ediciones Godot Argentina, Buenos Aires.

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Marx, Carlos y Engels, Federico (1846), La ideología alemana, 5ta edición, 1974, Ediciones Grijalbo / Ediciones Pueblos Unidos, Barcelona-Montevideo.

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Valerio, Alexandria, Parton, Brent y Alicia Robb (2014), “Entrepreneurship Education and Training Programs around the World Dimensions for Success”, The World Bank, Washington.

* Mariano Féliz. Dr. en economía y Dr. en Ciencias Sociales. Investigador Independiente CIG-IdIHCS/CONICET-UNLP. Profesor UNLP. Estas notas fueron concluidas el 23 de agosto de 2017. Nota publicada el 24 de Agosto de 2017 en ContrahegemoniaWEB y en Zur. Pueblo de Voces.

“Tesis sobre la crisis secular en el capitalismo: la insuperabilidad de los antagonismos de clase”, por Harry Cleaver

Traducción Daiana Melón, revisión técnica Mariano Féliz.

Tesis sobre la crisis secular en el capitalismo: la insuperabilidad de los antagonismos de clase[1] (https://libcom.org/library/theses-secular-crisis-capitalism-cleaver)

 

Harry Cleaver

 

Tesis 1: Estamos en medio de una crisis secular

Estamos escribiendo y hablando acerca de la crisis de hoy, como lo hemos estado haciendo durante las últimas dos décadas, porque hemos estado participando en una crisis global del capitalismo que puede ser fechada por lo menos a finales de los años sesenta. En términos de duración, profundidad y alcance, esta crisis coincide con la de los años treinta –que se entiende que ha durado desde antes del colapso de 1929, a través de la Segunda Guerra Mundial, hasta el comienzo de la era de posguerra de Pax Americana a través del Plan Marshall en Europa occidental, de la restructuración de Japón y del inicio de la Guerra Fría. Estamos escribiendo y hablando acerca de la crisis secular porque ni las recesiones cíclicas de los negocios, ni los incrementos, ni toda una serie de contramedidas capitalistas (locales e internacionales), han resuelto los problemas subyacentes del sistema de tal manera de sentar las bases para una renovación de la acumulación estable. Por lo tanto, la crisis secular representa la continua amenaza de la existencia del capitalismo planteada por fuerzas y tendencias antagónicas que son inherentes en su estructura social y que persisten a través de las fluctuaciones a corto plazo y grandes reestructuraciones.

Tesis 2: La crisis secular es la crisis de la relación de clase

Las fuerzas antagonistas básicas que son inherentes en la estructura social del capitalismo, que perduran a través de los altibajos de las fluctuaciones y restructuraciones, que han sido repetidamente internalizadas sin haber perdido su poder de resurgimiento, son  la negatividad y la creatividad de la clase obrera. La clase obrera amenaza persistentemente la supervivencia del capitalismo tanto por sus luchas contra diversos aspectos de la forma capitalista de sociedad  como porque tiende a ir más allá de esa forma social a través de su propia inventiva. A diferencia de todas las ideologías burguesas de contrato social, pluralismo y democracia, el Marxismo ha demostrado que el antagonismo de la clase trabajadora deriva del capitalismo como un orden social basado en la dominación, es decir, en la imposición de un serie de reglas sociales a través de las cuales, tendencialmente, toda la vida es organizada. El antagonismo de clase es así insuperable por el capitalismo dentro de su propio orden porque este antagonismo es inseparable de la dominación que define el sistema.

Tesis 3: La relación de clase es la lucha por el trabajo

Las reglas capitalistas imponen la subordinación generalizada de la vida humana al trabajo. Mientras que todas las sociedades de clase han implicado la extracción del trabajo sobrante, solo en el capitalismo todas las actividades humanas han sido reestructuradas como trabajo, como mercancía produciendo procesos laborales. Estos procesos producen valores de uso que pueden ser vendidos y sobre los cuales se puede obtener un beneficio o producen y reproducen la vida humana misma como fuerza de trabajo. El antagonismo, la resistencia y la oposición acompañan a esta imposición porque  esta manera de organizar la vida humana restringe dramáticamente y limita su desarrollo. La gente lucha tanto contra su reducción a “mero trabajador” como para la elaboración de nuevos caminos de nuevas formas de ser que escapan a los límites capitalistas[2].

Tesis 4: La clase trabajadora (librada y no remunerada) lucha contra el trabajo

Si bien el “capital” puede ser pensado como monolítico en el sentido de que las diferencias y los conflictos entre capitalistas son secundarios a las reglas del juego desde el punto de vista de los explotados, la “clase obrera” es monolítica sólo como clase en sí, es decir, como formada por el capital a través de la imposición universal del trabajo. La “clase trabajadora” solamente aparece como una clase para sí misma como una fuerza unificada automática a través de su negatividad que está enraizada en la comunidad de su oposición a la dominación del capital, es decir, en sus luchas por dejar de ser definida como una clase obrera o como cualquier tipo de clase unidimensional. La lucha contra la imposición del trabajo ha sido central en la historia de la formación de la clase obrera, desde la resistencia inicial a la original imposición del trabajo en el período de la acumulación primitiva a través de los siglos de resistencia y de evitar la expansión del tiempo de trabajo como (horas más largas y duras) hasta las más recientes luchas agresivas para reducir el tiempo de trabajo y liberar más tiempo irrestricto para la actividad auto-determinada[3]. Dados los esfuerzos capitalistas para reinternalizar el tiempo deliberado del día de trabajo oficial (semana, etc.) moldeándolo para la reproducción como fuerza de trabajo y así remodelando toda la vida como una fábrica social integral, la lucha a través del tiempo se ha vuelto universal. Por lo tanto, las luchas de la clase trabajadora hoy deben ser entendidas como no sólo las de los trabajadores asalariados, sino también las de todos los que no reciben un salario, sino que están capacitadas y condicionadas para realizar el trabajo de reproducción de la misma clase trabajadora, por ejemplo, amas de casa, estudiantes, campesinos, “desempleados”, etc.[4]

Tesis 5: La clase trabajadora lucha por una multiplicidad irreductible de formas alternativas de ser

Cuando se miran positivamente, en términos de la lucha por sus propios intereses (más allá de la mera resistencia a la imposición del trabajo), los intereses de esta compleja “clase obrera” son múltiples en el sentido de no ser universalmente compartidos. Los intereses de un grupo no son exactamente iguales a los de otro, aunque la realización de los de uno facilitaría la realización de los de los otros[5]. Por lo tanto, existe una relación problemática entre la noción de una clase trabajadora misma y la multiplicidad de intereses por los que luchan diferentes grupos de personas. “La” clase obrera que lucha contra el capital y cuyo antagonismo amenaza la supervivencia del capital, es en realidad una multiplicidad que se mueve en una variedad de direcciones formada por procesos igualmente diversos de autovalorización o autoconstitución.

Tesis 6: La interiorización capitalista del antagonismo de la clase obrera es la dialéctica

Por lo tanto, el problema que el capital enfrenta en el manejo del antagonismo de la clase obrera es el de gestionar no sólo una resistencia compartida (aunque no necesariamente aliada o incluso complementaria) sino también diversos procesos de auto-constitución que escapan repetidamente de sus reglas y precipitan crisis. La acumulación del capital requiere que el comando capitalista (tesis) interiorice las auto-actividades hostiles de la clase trabajadora (antitesis) y las convierta en contradicciónes (síntesis) capaces de proveer dinamismo a lo que es básicamente un conjunto sin vida de reglas / restricciones. Así, la “lógica” (o “leyes”)[6] del capital es, como todas las lógicas, un conjunto de reglas, en este caso el conjunto que el capital es capaz de imponer a una sociedad humana que se resiste y actúa por sí misma. En otras palabras, la lógica dialéctica de la lucha de clases implica la cooptación y la domesticación de la actividad mutagénica en metamorfosis.[7] Todas las llamadas barreras inmanentes dentro del capital resultan ser enraizadas en los momentos de las relaciones de clase de lucha.

El número de estos obstáculos es el número de momentos (o sitios) de la relación de clase.[8] El desarrollo de estos conflictos es “dialéctico” sólo en la medida en que el capital es capaz de internalizar su oposición, de lograr la conversión del antagonismo en contradicción.

Tesis 7: Estudiar la crisis es estudiar la lucha de clases

Por lo tanto, el estudio de la crisis secular debe ser el estudio de las amenazas planteadas, de las rupturas logradas y de las transformaciones que esta constante constelación de fuerzas antagonistas y autoconstitutivas cambia constantemente.[9] Los procesos de acumulación del capital, entendidos como los de la acumulación de las relaciones de clase del capital, abarcan todo esto –incluyendo la amenaza relativamente presente de la ruptura total y la mutación cuyo estancamiento es la condición necesaria para la continuación de esos procesos. [10] Simultáneamente, el estudio de la crisis secular debe ser el estudio de las luchas por la liberación de las limitaciones del capitalismo como sistema social.

Tesis 8: La teoría de la crisis marxista tradicional debe ser desmitificada

Por implicación, los enfoques marxistas tradicionales a la cuestión de la crisis secular necesitan ser resituados explícitamente dentro de las fuerzas de clase fundamentales que actúan en el corazón del sistema. Por ejemplo, es común en muchas teorías marxistas de la crisis secular (o de una crisis más cíclica) tratar la lucha de clase como una fuerza entre otras que conducen (sobredeterminando) el desarrollo del sistema hacia la crisis. Ellos fallan en ver que si la actividad propia de la clase trabajadora (tanto negativa como positiva) es la fuerza fundamental que se opone al conjunto de reglas / restricciones del capital sobre la vida social, entonces evitar el fetichismo significa que las otras fuerzas, supuestamente distintas, pueden y deben ser repensadas como momentos o aspectos particulares del conflicto de clases.

Tesis 9: La competencia no está separada de, sino una forma de, la relación de clase

Una fuerza común, y supuestamente paralela, que es pensada para conducir el capital en la crisis es “competición” entre subunidades del capital, por ejemplo, firmas, bloques nacionales. Por ejemplo, frecuentemente se ha argumentado que la tendencia a largo plazo dentro del capital para que la composición orgánica del capital y la productividad aumente es impulsada por “tanto el conflicto de clases como por la composición inter-capitalista”.[11] Sin embargo, la “competencia inter-capitalista” debe ser reinterpretada en términos de la lucha de clase reconociendo que el determinante más fundamental de “quien gana” la batalla competitiva está determinado por quien tiene el mayor control sobre el sector relevante de la clase trabajadora. La competencia de precios se logra reduciendo costos, es decir, bajando los salarios o haciendo que los trabajadores trabajen más o mejor o aceptando la introducción de la tecnología de aumento de la productividad. La competición a través de la diferenciación del producto se gana al poder solicitar la mayor imaginación y creatividad de los trabajadores. La competición a través de la guerra se logra al movilizar el mayor esfuerzo de los trabajadores (en todas sus formas, desde el trabajo duro en las fábricas de guerra a la creatividad y la voluntad de sacrificarse en el campo de batalla). La “competición” se ha transformado en un eslogan prominente de dominación en este período de restructuración capitalista internacional que se utiliza para enfrentar a los trabajadores contra los trabajadores. Necesitamos derrotar su significado mostrando cómo es simplemente una manera particular de organizar la lucha de clases. En el contexto de la teoría marxista de la crisis necesitamos hacer lo mismo y reubicar la competencia dentro de la lucha de clases en lugar de fuera de ella.[12]

Tesis 10: Las categorías teóricas marxistas son las de la lucha de clases

Para desmitificar las teorías familiares de la crisis, necesitamos reinterpretar sus bloques de construcción teóricos: conceptos de valor, trabajo abstracto, valor de cambio, valor de fuerza de trabajo, plusvalía, tasas de explotación y beneficio, la composición orgánica del capital, y la acumulación del capital.[13] El valor debe ser repensado como un concepto para hablar del capital de trabajo impuesto para organizar la sociedad (contra el cual los trabajadores elaboran una diversidad de “valores” inconmensurables); el trabajo abstracto –la sustancia del valor-  como el rol universal de todo tipo de trabajo como el mando capitalista (contra el que los trabajadores luchan a través rechazando y transformando el trabajo); el valor de cambio como forma de referencia de la imposición del trabajo (contra el que los trabajadores luchan rigidificando o pasándolo); el valor de la fuerza de trabajo como el costo para el capital de reproducir a las personas como trabajadores (contra lo que los trabajadores ponen el salario para su autovalorización); la plusvalía como la imposición de suficiente trabajo para financiar más trabajo en el siguiente período (que los trabajadores socavan exigiendo que el trabajo se subordine a la satisfacción de sus necesidades);  la tasa de explotación y la tasa de ganancia como medidas de la subordinación del trabajo a las necesidades del capital para más trabajo (cuya caída mide el poder de los trabajadores); la composición orgánica del capital como las condiciones técnicas de la imposición de trabajo (alrededor de la cual los trabajadores recomponen su propio poder); y la acumulación del capital como la reproducción expandida de la lucha de clase en todos sus aspectos.

Tesis 11:  El “subconsumo” resulta de intentar imponer el trabajo

Una de las más antiguas y persistentes teorías de la crisis, que puede encontrarse tanto en Marx como en Malthus, Keynes o Sweezy, es la de “subconsumo”.[14] En cada caso, incluido el de Marx, el “subconsumismo” es derivado de la contradicción entre la tendencia capitalista a maximizar la producción, las ventas y los beneficios, al tiempo que minimiza los costos, especialmente los salarios. Los capitalistas quieren producir para un mercado tan grande como sea posible, pero mantener los salarios y, así, ciegamente, limitar el tamaño del mercado -directamente  para los medios de subsistencia, indirectamente para los medios de producción. Sin embargo, en términos de clase, el salario no es solo un costo para el capital, porque el poder de la clase obrera, y no solo para comprar los medios de subsistencias, sino el poder para luchar contra el trabajo capitalista y para sus propias necesidades. Por lo tanto, la tendencia al subconsumismo aparece como consecuencia de la contradicción entre la necesidad de privar a los trabajadores (el club) para obligarlos a trabajar (el contenido del valor) y la necesidad de que los mercados absorban las mercancías que producen valor. En el siglo XX, por supuesto, Ford y luego Keynes reconocieron que el salario era el mercado, así como el costo y  trataron de superar la vieja contradicción utilizando el aumento de los salarios (la zanahoria) para obtener el mismo resultado (más trabajo) dentro de un mercado en crecimiento. Sin embargo, el aumento de los salarios (y el creciente poder de la clase obrera que financió) tuvo que ser limitado al crecimiento de la productividad, de modo que la vieja contradicción persistió en un contexto más dinámico. Después de que los trabajadores rompieron esta solución, el capital (los negocios y el estado de crisis) volvieron a un ataque generalizado contra todas las formas de ingresos de la clase obrera que resustificaban las formas más antiguas de la contradicción subconsumista.[15]

Tesis 12: La “tendencia de la tasa de ganancia a caer” es sobre las crecientes dificultades de poner a la gente a trabajar

Contra las teorías del subconsumismo, muchos marxistas han lanzado las tendencias de la composición orgánica del capital a elevarse y de la tasa de ganancia a caer como causas más fundamentales de la crisis.[16] También podemos reinterpretar este enfoque en términos de la manera en que los intentos del capital para acumular la clase obrera implican un creciente conflicto entre la necesidad de imponer el trabajo y la introducción de máquinas para hacerlo. Con el aumento de la composición orgánica del capital entendido como un proceso de reorganización capitalista de la tecnología que eleva la productividad y impone “más trabajo”, podemos reconocer que esto siempre implica un cambio en las relaciones de poder entre el capital y la clase trabajadora.[17] Porque el cambio fundamental implicado en esta reorganización de la tecnología es la sustitución del trabajo muerto encarnado (ya sea en forma de máquinas o información) por el trabajo vivo, esto socava tendencialmente la habilidad del capital de organizar su sociedad a través de la imposición del trabajo. Por lo tanto, la cuestión clave no es lo que está ocurriendo con la tasa monetaria de ganancia, sino el creciente aumento de trabajo muerto que tiene que usarse para imponer una determinada cantidad de trabajo vivo. Tendencialmente, como Marx argumentó en el Grundrisse del Fragmento sobre las máquinas, el problema de la imposición del trabajo –y, por tanto, de mantener el control- se hace cada vez más agudo y la cantidad de tiempo al menos potencialmente libre o “disponible” aumenta con el desempleo, es decir, sin problemas.[18]

Tesis 13: El “agotamiento” de un modo de regulación mide la eficacia del rechazo del trabajo

En los años setenta, el marxismo estructuralista fue resucitado como teoría de la regulación por la inyección de una dosis de Gramsci y una gota de marxismo autonomista. Las estructuras althusserianas surgieron de la tumba bajo la forma de los conceptos de un régimen de acumulación y de un modo de regulación que tuvo que salirse de una manera complementaria para permanecer intacto. La desincronización (por ejemplo, la crisis del fordismo), por supuesto, podría curarse mediante una pequeña reestructuración (por ejemplo, post-fordismo). Los teóricos de la regulación trataron de utilizar una ortodoxia revitalizada para confrontar la era de la crisis keynesiana, pero terminaron como observadores de una crisis cuyos comentarios enterrarían el drama de la lucha de clase en un diluvio de jerga estructuralista. Pero podemos repensar el concepto de un régimen de acumulación como una manera particular de organizar la lucha de clase, y la de un modo de regulación en términos de estrategias y tácticas capitalistas para su gestión. Desde este punto de vista, el agotamiento de un modo de regulación reaparece como el colapso en la capacidad del capital de sostener una forma particular de imposición del trabajo frente a la autoactividad de la clase obrera. El drama del llamado post-fordismo puede ser visto como la lucha entre un sujeto de clase obrera altamente evolucionado y socializado y los esfuerzos desesperados y brutales del capital para hallar nuevas maneras de dominarlos.[19]

Tesis 14: La crisis del capital es la libertad de la subjetividad revolucionaria

A medida que la lucha o las luchas de la clase obrera escapan repetidamente de la lógica del capital, la amenaza es la revolución, es decir, la mutación, la liberación de “lógicas” sociales alternativas y autodeterminadas fuera y más allá de la del capital de una manera que destruye la dialéctica.[20] Como marxistas, nuestro rol en la crisis, incluyendo nuestro análisis y discusión de la teoría de la crisis secular, debería contribuir a la profundización de la crisis más que a su resolución. En contraposición al trabajo de los teóricos burgueses, no deberíamos ayudar a encontrar la forma de “resolver” la crisis restableciendo la acumulación, ni simplemente buscando desarrollar un mejor entendimiento “científico”. En cambio, nuestro trabajo debería ser elaborado desde dentro y como una contribución a las fuerzas que han precipitado la crisis, que resiste los intentos capitalistas de superarla, y que tiende a conducir a través de ella a las trascendencia no sólo de crisis, sino también del capitalismo en su conjunto. Lo que realmente necesitamos hacer, no es meramente reconocer el sujeto antagónico que conduce la “crisis secular”, sino explorar la “lógica” de esa subjetividades emergentes y diversas. Tal exploración puede ayudarnos a ir más allá de la apreciación de cómo rompen el capital con el de articular y fortalecer su desarrollo.

Tesis 15: El camino a la revolución se encuentra a través de la circulación de la lucha

Todo lo anterior se suma no sólo a un replanteamiento sistemático de las conocidas teorías marxistas de la crisis secular, sino también una reformulación muy poco tradicional de la política de la lucha de la clase obrera. En lugar de intentar organizar la homogeneización de las luchas de los trabajadores a través de instituciones tales como sindicatos o partidos políticos que impulsan una visión unificada del futuro (socialismo) contra la dominación capitalista, debemos sustituir la política de alianza por la sustitución del capitalismo por una diversidad de proyectos sociales. Una política de alianza contra el capital debe ser conducida no sólo a acelerar la circulación de la lucha de sector a sector de la clase, sino hacerlo de manera que construya una política post-capitalista de la diferencia sin antagonismo. Ha sido la circulación de la lucha la que ha puesto en crisis el mandato capitalista; es solo a través de la circulación de la lucha que las divisiones que continúan debilitándonos pueden superarse. Sin embargo, esta circulación no es una cuestión de propagación de la ideología anti-capitalista, sino que implica la fabricación y utilización de conexiones y comunicaciones materiales que destruyen el aislamiento y permiten a la gente luchar de maneras complementarias –tanto en contra de las restricciones que los limitan como de las alternativas que construyen, por separado y juntos.

Austin, Texas

https://libcom.org/library/theses-secular-crisis-capitalism-cleaver

Mayo de 1993.

 

 

 

 

 

 

[1] Esta es versión revisada de un conjunto de notas presentadas en la sesión sobre “La crisis secular en el capitalismo: intentos de teorización” en la Conferencia de Repensamiento del Marxismo, Amherst Massachusetts, 13 de noviembre de 1992. Varias de las notas a pie de página se refieren a los otros dos artículos presentados en esa sesión: Hans G. Ehrbar, “Crisis del capitalismo: una perspectiva realista”, 22 de septiembre de 1992, y David Laibman, “Tendencias críticas inmanentes: Hacia una teoría comprensiva”, borrador, septiembre de 1992.

[2] Este análisis del capitalismo como un sistema social basado en la imposición sin fin del trabajo a través de la forma de mercancía se desarrolló por primera vez en el verano de 1975 y fue publicada posteriormente en  mi libro “Una lectura política de `El Capital´”, Austin: Prensa de la Universidad de Texas, 1979. Como Marx indicó en la Sección 2, del capítulo 10 del volumen I de “El Capital”, el capitalismo no inventó el trabajo excedente; Lo que inventó fue la infinitud de su imposición junto con la mercantilización de toda la vida.

[3] La centralidad de la lucha contra el trabajo en la génesis de la actual crisis fue percibida por la Nueva Izquierda Italiana a finales de los sesenta y en Francia y Estados Unidos en los setenta. Este análisis  se explicó en las revistas como: Lavoro Zero (Venecia), Camarades (Paris) and Zerowork (Nueva York). Como Roediger and Foner han demostrado recientemente con respecto a la clase trabajadora asalariada en los Estados Unidos, la lucha por menos trabajo ha sido central para la capacidad de los trabajadores estadounidenses para unirse a través del género, raza, habilidad y etnicidad a lo largo de la historia del movimiento obrero estadounidense. Como ellos han demostrado ampliamente, la lucha contra el trabajo ha sido íntimamente ligada a prácticamente cualquier otra cuestión planteada en las luchas laborales estadounidenses, incluyendo los salarios, el control del empleo, el desempleo, la educación, la participación en la política, la libertad religiosa, la protección de los niños, la salud, la alienación y los derechos de la mujer, entre otros. Ver David Roediger and Philip Foner, “Nuestro propio tiempo: Una historia del trabajo americano y el día laborable”, Nueva York: Verso, 1989. El libro más reciente de Juliet Schor, “El estadounidense agobiado”, Nueva York: Basic Books, 1991, muestra que este antagonismo sigue siendo el centro de la lucha de clases hoy.

[4] El movimiento de mujeres de principios de los setenta fue responsable del desarrollo desarrollo de un análisis marxista del trabajo no remunerado. Ver especialmente Mariarosa Dalla Costa y Selma James, El poder de las mujeres y la subversión de la comunidad, 1972 y el posterior debate marxista sobre “el trabajo doméstico”. Desafortunadamente, en su libro, de otra manera valioso, Roediger y Foner descuidan sobre todo las luchas del trabajo no remunerado (aparte de los “desempleados”). Schor lo hace mejor incluyendo el trabajo doméstico no remunerado en su estudio. Desafortunadamente, su enfoque se centra más en el reciente éxito capitalista en imponer más trabajo doméstico que en la lucha previa y continua contra ella.

[5] El reconocimiento marxista de esta diversidad ha sido demandado no sólo por el movimiento de mujeres, sino también por el movimiento negro, marrón y otros “nuevos movimientos sociales”. El atractivo de análisis post-modernistas y opst-marxistas pueden encontrarse, en parte, en el rechazo por parte de muchos marxistas de este reconocimiento.

[6] Mientras que Laibman habla en términos de la “lógica” del capitalismo, Hans Ehrbar en su artículo para esta sesión prefiere hablar en términos de las “leyes” del capitalismo. Ambos términos se refieren a las regularidades que caracterizan al capitalismo más allá de las acciones de los individuos (incluyendo los capitalistas individuales) –más allá de la “agencia individual” en el trabajo de Ehrbar. Mi argumento es simplemente que tales regularidades son el resultado de la confrontación entre los esfuerzos colectivos (no sólo individuales) por parte de algunos que actúan como lo que Marx llamó funcionarios del capital- y los esfuerzos colectivos (múltiples) por parte de otros (clase obrera). Es cierto, como dice Ehrbar, que los capitalistas individuales en su lucha competitiva “no determinan estas leyes” (ver Tesis 9), pero tampoco son metafísicos; son regularidades de la lucha de clases sobre el contenido y la forma de la vida social.

[7] Como estos comentarios deben hacer aparente “la” dialéctica no se trata aquí como un principio histórico o cosmológico trascendente, sino más bien como la lógica de la lucha de clases que constituye el capitalismo.

[8] Estoy de acuerdo en que el intento de Laibman de localizar, sin crear una jerarquía, una variedad de tales “sitios”, y sus interrelaciones son, como él sugiere, un sano antídoto contra el “sectarismo y el aislamiento” entre los marxistas que trabajan la teoría de la crisis (p. 20). Esto es lo que Peter Bell argumentó en su contribución “Teoría marxista. Lucha de clase y la crisis del capitalismo”, en Jesse Schwartz (ed.), La sutil anatomía del capitalismo, Santa Mónica: Goodyear, 1977, pp. 170-194 y, al cual, él y yo intentábamos contribuir en Harry Cleaver y Peter Bell, “La Teoría de la crisis de Marx como teoría de la lucha de clase” en Investigación en Economía Política, Vol. 189-261 y Harry Cleaver, “Karl Marx: ¿Economista o revolucionario?” En Suzanne Helburn y David Bramhall (eds.) Marx, Schumpter y Keynes: Una celebración centenaria de la disidencia, Nueva York: M.E. Sharpe, 1986, pp. 126-129. Las diferencias entre el enfoque de Laibman y el nuestro es menos en la intención general que en la ejecución.

[9] Por lo tanto, necesitamos reinterpretar tales afirmaciones como las de Erhbar cuando dice que Marx enfatiza “aquellas crisis en las que hay tendencias intrínsecas en el capitalismo que ya no pueden funcionar”. Las “tendencias intrínsecas” que “ya no funcionan” se refieren al “mecanismo” (para usar su término) del comando capitalista. Ya no funcionan porque la clase obrera ha logrado el poder de romperlos. El problema, me parece, es primero reconocer la existencia de tal poder y luego entender como se ha logrado.

[10] Por lo tanto, ver la lucha de clases como el “modo de existencia del capitalismo” no implica, como sugiere David Laibman en su artículo, el “rechazo” del análisis de la acumulación o un enfoque estático frente a un enfoque dinámico. Por el contrario, significa que el análisis de la acumulación debe comprenderlo como la acumulación de las clases con todos sus conflictos en todo su dinamismo. Significa reconocer que la “inestabilidad inherente” no es exterior a la lucha de clases sino una parte de ella. Y, por último, significa que la “creciente severidad” de la crisis capitalista está enraizada en la creciente autonomía del antagonismo con el capital. (Comparar con sus pp. 2-3).

[11] La cita es de Laibman, p. 10, pero es una posición ampliamente compartida por los teóricos marxistas.

[12] Este argumento fue expuesto con mayor amplitud en Harry Cleaver, “¿Competencia o cooperación?”, Sentido Común, (Edimburgo), No. 9, abril de 1990, pp. 20-23.

[13] Este tipo de reinterpretación ha estado en marcha durante mucho tiempo y puede encontrarse en los escritos de lo que yo llamo “marxistas autonomistas”. Véase por ejemplo: Mario Tronti, Operai e Capitale, Torino: Einaudi, 1964 (partes publicadas en América radical y Telos), Harry Cleaver, Lectura política del capital, op.cit., Antonio Negri, Marx oltra Marx, Milano: Feltrinelli, 1979 (Disponible en inglés como Marx beyond Marx, Brooklyn: Autonomedia, 1991), y los periódicos Zerowork (1970s), Notas de medianoche (Boston, actual), Noticias & letras (Chicago, actual), Futur anteriur (Padova, actual) y Sentido común (Edimburgo, actual).

[14] Estrictamente hablando ni Marx ni Keynes eran subconsumistas porque ambos reconocían que el consumo era un componente de la demanda agregada y sabían que era mejor discutir sus límites aisladamente de otros componentes. Sin embargo, ambos entendían la centralidad del salario / consumo y analizaron las fuerzas que tienden a restringir el consumo y limitar así el tamaño del mercado.

[15] Para una reinterpretación de argumentos subconsumistas, como los de Paul Sweezy, en términos de clase véase Harry Cleaver, “Karl Marx: ¿Economista o revolucionario?” en Suzanne Helburn y David Bramhall (eds.) op.cit.

[16] Temprano en C.L.R. James, Raya Dunayevskaya y Grace Lee atacaron tanto a Eugene Varga como a las teorías marxistas de Paul Sweezy sobre el subconsumo, con la tendencia centrada en la producción de la tasa de ganancia a caer. Véase su libro Capitalismo estatal y revolución mundial, Chicago: Charles H. Kerr, 1986 (publicado originalmente en 1950), pp. 13-17. Más tarde, cuando Sweezy publicó Capital monopólico, New York: Monthly Review, 1966, que había escrito con Paul Baran, su subconsumadorismo neokeynesiano fue nuevamente atacado, esta vez por Paul Mattick, por ejemplo, “Marxism and Monopoly Capital”, Trabajo progresivo 7 y 8, 1966, David Yaffe y otros, volviendo a empuñar el club de la tendencia de la tasa de ganancia a caer.

[17] Aunque teóricamente es posible que un cambio en la tecnología aumente la productividad sin aumentar ni las horas ni la intensidad del trabajo (de hecho, a nivel micro, el desplazamiento del trabajo por el cambio tecnológico puede reducir la cantidad de trabajo), Marx demostró cómo el capital generalmente intenta obtener productividad y más trabajo. Además, el aumento de la plusvalía relativa como consecuencia del aumento de la productividad permite una mayor inversión y, por lo tanto, más trabajo (incluyendo más empleo) en el futuro.

[18] Ehrbar tiene razón (p.3) al decir que Marx “se aferró” a la contradicción de que “la producción cuyo único propósito es la valorización, desarrolla la productividad(…)[de modo que] la producción se carga cada vez más con valor de uso y el factor trabajo se vuelve cada vez más irrelevante”. Pero lo que esto significa socialmente es que en el intento de imponer el trabajo (valor) sin fin (plusvalía) se hace cada vez más difícil imponer el trabajo en absoluto. Sí, el “desarrollo de las fuerzas productivas(…)hace obsoleto el capitalismo”, pero la “fuerza productiva” fundamental es la fuerza de trabajo viviente, es decir, el poder creador de la clase obrera. Este es el tipo de derrotismo que tenemos que hacer: averiguar cómo ver las relaciones sociales representadas por los conceptos marxistas y, por tanto, las dinámicas sociales analizadas por la teoría marxista. También debe señalarse que la “falta de trabajo”, como se indica en la Tesis 4, no significa automáticamente no, o incluso menos, el trabajo. Por el contrario, cuando el capital tiene el poder de limitar el acceso de los trabajadores a la tierra y a las herramientas (para sostener o intensificar la acumulación primitiva), la escasez de empleos puede significar más trabajo -el trabajo de supervivencia-. Sin embargo, también es cierto que cuando los desempleados son capaces de expandir su capacidad de vivir por su cuenta, la autovalorización puede expandirse a expensas de la valorización. Así, mientras que el desplazamiento del trabajo asalariado por la automatización puede conducir a crisis y oportunidades, no garantiza de ninguna manera un “Camino hacia el Paraíso”, como Andre Gorz querría hacernos creer.

[19] Aquellos que están fascinados con las últimas formas más sofisticadas de administración capitalista a veces olvidan que el FMI impuso hambre en África, bombardeos masivos en el Golfo Pérsico, depuración étnica en ex Yugoslavia, bombardeos de centros de aborto y explotación acentuada de niños en fábricas y burdeles, son también momentos integrales de los intentos del capital de restablecer su dominio en este período. Para una crítica de clase de la teoría de la regulación véase: Giuseppe Cocco y Carlo Vercelone, “Les paradigmes sociaux du post-fordisme”, Futur Anterieur, N ° 4, hiver 90, pp. 71-94 y Werner Bonefeld y John Holloway (eds.) Post-fordismo y forma social: Un debate marxista sobre el Estado posfordista, Londres: Macmillan y CSE, 1991.

[20] Si la dialéctica es la lógica de la clase en el capital, no hay razón para esperar que la comprensión de la “lógica” de esas fuerzas antagónicas pero constitutivas de autovalorización que impulsan más allá del capital sea “dialéctica” en el sentido marxista. Sobre este tema veo mis “Categorías Marxistas, la Crisis del Capital y la Constitución de la Subjetividad Social Hoy” en este volumen.

El gobierno de Macri entre el estancamiento, la crisis social y las esperanzas de un rebote. ¿Un cambio por el sendero equivocado?

El gobierno de Macri entre el estancamiento, la crisis social y las esperanzas de un rebote.

¿Un cambio por el sendero equivocado?

Publicado en Brecha, el miércoles 4 de enero de 2017 (http://brecha.com.uy/cambio-sendero-equivocado/).

Mariano Féliz*

 

Un año de gobierno de Cambiemos, un año de depresión económica y ajuste. Doce meses de aceleración de la crisis transicional del neodesarrollo. La economía cae más de 3,5 por ciento en comparación con un año antes, el consumo masivo se reduce en magnitudes similares, el desempleo salta para acercarse al 10 por ciento de la población económicamente activa. Aumentos salariales por debajo de la inflación, despidos y empobrecimiento son la cara (im) popular del golpe de timón que propuso la fuerza política que reemplazó al kirchnerismo.

El gobierno de los Ceos (como gusta llamar a muchos por la composición empresarial de los funcionarios del gobierno de Cambiemos) llegó para superar el estancamiento de la economía argentina en el último gobierno de Cristina Fernández.

Con un discurso optimista, supuso que la reorganización macroeconómica iba a rendir frutos rápidamente. Devaluación y apertura unilateral de la economía en lo comercial y financiero (fin del control de cambios), fuerte reducción en los impuestos a las exportaciones primarias (agropecuarias y mineras), eliminación de subsidios al consumo de los servicios públicos y aumento en sus tarifas, y cierre del conflicto por la deuda pública con los acreedores externos que no se habían sumado a las renegociaciones de 2005 y 2010. Todo esto debía conducir —según el discurso hegemónico— a una lluvia de inversiones que impulsaría el crecimiento económico. Sin embargo, lo único que logró fue provocar una disparada de la inflación (que superó el 40 por ciento anual), la destrucción del poder de compra de los salarios, el reemplazo de producción nacional por productos importados (mientras la producción local cae, las importaciones de bienes de consumo aumentan fuertemente) y, consecuentemente, una contracción brutal de la actividad económica en prácticamente todas las ramas de actividad. Si la política interna no colaboró con la recuperación, el contexto global tampoco ayudó: Brasil se hunde en una recesión y crisis política, los países centrales se encuentran estancados y atravesando una crisis social-política sin precedentes (con el triunfo del Brexit en el Reino Unido y de Trump en Estados Unidos como mascarones de proa) y China en un proceso de desaceleración y crisis inminente.

Los límites del neodesarrollo en su etapa kirchnerista persisten. La acentuación del giro neopopulista de derecha (conservador, liberal) no encuentra aún las claves para construir su superación.

La estrategia de Cambiemos apuntó primero a reconfigurar la macroeconomía buscando construir una matriz distributiva (producción y apropiación del valor y plusvalor) acorde a la estructura del capital social. La pregunta que debía responder era cómo lograr que el extractivismo extranjerizado (agronegocios, minería e hidrocarburos) pudiera arrastrar al resto de la economía; todo ello con el apalancamiento del sistema financiero y en un marco de mayor apertura económica. El cambio en la política económica debería —esperaban— crear las señales adecuadas para inducir la inversión. Esa pregunta aún carece de respuesta.

El 2017 es un año de elecciones de medio término (legislativas) y si Cambiemos pretende continuar gobernando debe —como condición necesaria pero no suficiente— mejorar su desempeño electoral. Recesión, debilidad político-institucional y conflictividad social son los ingredientes para la debacle, y el gobierno de Macri lo sabe.

Por ello, intenta construir una base social más amplia que la que los llevó al control de Estado. Recordemos que Cambiemos ganó —por poco— en segunda vuelta electoral de noviembre de 2015, luego de sacar menos de 33 por ciento en la primera. Para ello ha buscado tender puentes con fracciones del peronismo, especialmente el PJ no kirchnerista, apelando al uso discrecional de la política fiscal (fondos para obras públicas y programas sociales diversos). De todos modos, el gobierno sabe bien que el peronismo es un aparato político-electoral experto en vandorismo (confrontar para negociar) y un socio dúctil pero poco confiable.

Por otra parte, el gobierno no sólo pretende ampliar su sustento en el aparato del sistema político, sino sobre todo crear las condiciones para la gobernabilidad. Eso requiere limar diferencias con las organizaciones sindicales más fuertes (en particular, dentro de la peronista Confederación General del Trabajo, Cgt) y buscar integrar parcial pero eficazmente a las organizaciones sociales con capacidad disruptiva (en especial, el espacio liderado por el Movimiento Evita). La ministra de Desarrollo Social Stanley y el ministro de Trabajo Triaca han sido claves en esta transición. La transferencia de fondos de obras sociales (servicios de salud) a las cajas sindicales (una masa total de recursos de 30 mil millones de pesos), la aprobación de la Emergencia Social (que transferirá cerca de 10 mil millones de pesos anuales a la ‘economía popular’, a través de las organizaciones sociales) y la votación de la reducción parcial del impuesto sobre los salarios (‘impuesto a las ganancias’) pagado por las fracciones más formalizadas de la fuerza de trabajo, han sido prenda de canje para un verano tranquilo.

¿Muestra de debilidad o fortaleza del gobierno? El tiempo dirá si el pueblo organizado se resigna a seguir esperando la recuperación económica (aún si ella supone profundizar el extractivismo extranjerizado), o si la recomposición política de las clases que viven de su trabajo logra canalizar el descontento social en mayor inestabilidad social y política, y —eventualmente— la crisis del régimen político para promover un cambio de rumbo. Paradójicamente, este diciembre la vieja frase “Que se vayan todos” volvió a escucharse en las calles porteñas, en una protesta de las y los jóvenes científicos que el gobierno pretendió despedir. Ese sector social, típicamente poco activo y menos politizado, pudo frenar (si parcial y precariamente) ese intento, sumándose activamente a la ola de descontento; el ministro de Ciencia y Técnica Barañao, golpeado, pudo soportar la presión y continúa en su cargo. Sin embargo, la mecha parece encendida y el ‘fantasma del 2001’ resuena, presente.

Lo cierto es que la creciente impaciencia social con el ajuste sin fin y sin destino aparente pone nerviosos a más de uno, en especial a quien el gobierno espera hace meses que tome la posta: el gran capital transnacional. El cambio reciente en el “ministerio de Economía” (el ministro Prat-Gay fue reemplazado y su ministerio de Hacienda y Finanzas dividido en dos) parece abrir una nueva etapa en la estrategia gubernamental. La aceleración del ajuste fiscal es la más reciente señal que el gobierno busca dar a los ‘inversores’ de que está dispuesto a todo, aún si debe hacer concesiones tácticas como las mencionadas. A los 40 mil despidos en el sector público, la caída en los salarios reales de los empleados del Estado (cercana al 10 por ciento en 2016), y la reducción de subsidios a la luz y el gas, se suma la eliminación reciente de la devolución parcial del impuesto al valor agregado sobre el consumo bancarizado (con tarjetas de débito), un proyectado recorte progresivo en impuestos sobre la nómina salarial y una nueva ola de despidos en el Estado (ahora mismo cerca de 3000 en el Ministerio de Educación de la Nación).

Por ahora, lo único que avanza en la Argentina es la especulación financiera de la mano del ‘blanqueo’ de capitales no declarados y de la política de tasas de interés elevadas por parte del Banco Central. Unos pocos ‘brotes verdes’ se observan en la economía a comienzos de 2017, con algunas ramas, pocas aun, mostrando algún signo de haber tocado fondo; las exportaciones primarias muestran signos de algún leve aumento en noviembre luego de un año de retracción. Con el dólar cada vez más barato (casi congelado desde principios de 2016 con una inflación elevada) y el crédito alimentando las esperanzas de consumo e inclusión de millones de trabajadoras y trabajadores pobres, Cambiemos enfrenta el dilema de convertirse en una versión mejor del kirchnerismo con el fin de construir un capitalismo posible (gobernable) o ceder a corto plazo ese lugar. Para el pueblo las esperanzas se centran en construir una alternativa política que canalice la conflictividad y la resistencia social al ajuste capitalista en un proyecto superador a la alternancia neodesarrollista contemporánea. El futuro está abierto.

 

* Doctor en Economía y Ciencias Sociales. Investigador IdIHCS/Conicet-UNLP. Profesor UNLP. Militante de Comuna en el Frente Popular Darío Santillán – Corriente Nacional de Argentina.

¿A dónde va la ciencia y universidad argentina? Entre una ciencia para el capital y la lucha por una ciencia insurgente

¿A dónde va la ciencia y universidad argentina?
Entre una ciencia para el capital y la lucha por una ciencia insurgente

Un primer balance de la lucha de 2016

En los primeros días del 2017 resuenan los despidos en el Ministerio de Educación como una muestra más del ajuste, pero también se evidencia la lucha de los/as trabajadores/as. En este contexto, desde COMUNA- FPDS CN queremos compartir un balance del año que pasó en otro sector que fue clave para entender los objetivos del ajuste, pero también las batallas que se vienen: La Universidad y el Sistema Científico.

I

2016 será recordado como el año de la radicalización del ajuste desarrollista, ahora en clave conservadora. Luego de varios años de estancamiento con impacto desparejo en las distintas fracciones del pueblo, el primer año de gobierno de Cambiemos estuvo signado por una aceleración de la crisis del proyecto hegemónico consolidado en el primer quinquenio de los 2000.

II

El sistema de Universidades Nacionales y de Ciencia y Técnica (UUNN-CyT) afrontó un deterioro profundo en su presupuesto y la profundización de un giro tecnocrático e instrumentalista. La aceleración inflacionaria primero, y el ajuste en el presupuesto 2017 después, han puesto al conjunto de las actividades de CyT contra las cuerdas. Además, presenciamos con claridad la consolidación de tendencias que están convirtiendo a las instituciones de educación superior y de investigación y desarrollo en subsistemas crecientemente integrados a la lógica del capital. Esas tendencias fueron formalizadas en el Plan Argentina Innovadora 2020 aprobado en 2011 y hoy son parte del discurso hegemónico y de buena parte del establishment científico. El presidente del CONICET (Alejandro Ceccatto) y el Ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (Lino Barañao) son la expresión más evidente de esa continuidad y profundización.

III

Esa dinámica opera en al menos dos sentidos. Por un lado, la ‘apertura extensionista’ se consolida como modalidad de la contención social capitalista. Esa apertura (a través de la multiplicación de proyectos de extensión y voluntariado universitarios, con pocos recursos reales y con esfuerzos completamente dispersos y desarticulados) se constituye como forma de promoción social en un formato que opera en los márgenes, sin contribuir con cambios sustantivos en la realidad social. Terminan fungiendo como una suerte de ‘responsabilidad social universitaria’ (mimética con la responsabilidad social empresarial). Por otra parte, la política de transferencia se multiplica y la investigación asociada a las necesidades empresariales se amplifica. Esta última dimensión es la tendencia central, ganando peso en términos de personal y recursos involucrados. Más y más recursos son volcados a la producción de patentes y desarrollos ‘tecnológicos’ en articulación subordinada con grandes empresas.

IV

Frente a estas tendencias de corto y mediano plazo, la comunidad universitaria y científica ha comenzado a despertar de una modorra estructural a la que está acostumbrada. Claro que siempre ha habido elementos díscolos, e incluso en otros momentos históricos movimientos contra-hegemónicos o críticos al cientificismo. Sin embargo, en universidades e instituciones de investigación, la mayor parte del ‘staff académico’ se ha mal acostumbrado a navegar en las tendencias en boga, sin contradecirlas demasiado. En parte, quizá a esta pesada herencia, las luchas de este año contra la aceleración del ajuste en el área de CyT, han sido importantes pero tardías y tal vez poco eficaces. En especial, durante el primer semestre de 2016 se llevó adelante un conflicto importante centrado en la insuficiencia presupuestaria en las Universidades Nacionales. Si bien alcanzó cierta masividad, la desarticulación de la lucha, la limitada participación de lxs propios involucrados y en algunos caso, la práctica burocrática de muchas organizaciones gremiales puso un techo a las posibilidades de masificación y radicalización de las demandas.

V

A mediados de diciembre de 2016, la realidad de la no continuidad (despido encubierto) de cientos de jóvenes investigadores/as del CONICET pone en perspectiva la historia reciente: años de reclamos no reconocidos para que los miles de becarios y becarias de posgrado sean reconocidos/as como lo que son, trabajadoras y trabajadores del sistema de Ciencia y Técnica (CyT). La negativa histórica, de parte de los actuales funcionarios que provienen de la gestión kirchnerista anterior, a blanquear esa situación hoy pretende ser usada como medio para dejar fuera de decenas de personas altamente calificadas; hoy, en el marco de la aceleración del ajuste, decenas de personas que siempre quedaban fuera (a pesar de haber cumplido ‘las reglas’ establecidas -formación de posgrado, publicaciones- y ser ‘recomendadas’ para continuar) pasan a ser centenares. El cambio cuantitativo se transforma en salto cualitativo.

VI

En los últimos tiempos, muchos descubrieron la precariedad de su situación y se incorporaron a un proceso de lucha (por ejemplo, quienes integran la colectiva Científicos y Universitarios Autoconvocados -CyUA- o los Becarios Empoderados). La ‘intelectualidad precarizada’ se moviliza por demandas corporativas básicas (salarios y empleo/estabilidad); pero todavía persiste la ausencia de una crítica profunda sobre las prácticas de educación superior y del sistema de CyT. Y mucho más distante aún está la discusión acerca del rol de las universidades y la producción institucional de conocimiento (en el sistema de CyT) en el aporte a la construcción de una nueva sociedad. Prima en muchos miembros del sistema (aún en lxs más jóvenes) un oportunismo supremo, que pone la posibilidad de ventajas individuales inmediatas por sobre la construcción colectiva. En gran medida esta mirada individualista y competitiva es alentada y forjada por la misma estructura del sistema científico.

VII

Sin embargo, como venimos diciendo, los últimos hechos dieron cuenta de nuevos procesos de lucha, debates y articulación del sector. Los sindicatos en la educación superior y en ciencia y técnica no logran canalizar la nueva radicalidad. En algunos casos (en particular, en CONICET) la forma de autoconvocatoria se multiplica en parte por la ausencia de conciencia clasista y la fuerte historia de tradiciones elitistas; muchas siguen pensándose como trabajadores/as de ‘alta calidad’. Sin embargo, como señalamos, sus demandas son básicas. Tarde pero seguro, se multiplica el número de ‘científicos/as’ que rompen su habitus y se suman a la lucha por sus propios derechos. Este es un activo importante de la lucha encarada en 2016 y que debe ser canalizado productivamente para las luchas futuras.

VIII

La práctica burocrática que permea buena parte del sindicalismo (para ser justos, no todo el sindicalismo, pero opera como tendencia) conspira contra la posibilidad de masificar y movilizar. La convivencia orgánica en la cogestión de las universidades y organismos de CyT, crea inconsistencias difíciles de saldar; los ‘gerentes’ son los colegas y compañeros de trabajo. Por otra parte, juegan fuerte las fuerzas políticas nacionales con inserción institucional que aparecen muchas veces, actuando detrás de la auto convocatoria. Operan detrás de ellas fracciones importantes del establishment científico (por ejemplo, Ciencia y Técnica Argentina -CyTA-), acostumbrado a manejar los hilos del sistema. Temerosos de perder el control jerárquico del que disponen, maniobran al interior de las instituciones (por encima de las instancias colectivas construidas) para construir ‘soluciones’ que garanticen sus condición de privilegio. La actitud de miembros ‘progresistas’ del Directorio del CONICET y las maniobras de ex funcionarios para llegar a un acuerdo superestructuras, dan cuenta de esa práctica. Por su parte, UPCN CONICET sólo operó por fuera del conflicto, dando cátedra de sus típicas prácticas burocráticas y de un cinismo sin igual (‘corriendo por izquierda’ a quienes participamos de la lucha).

IX

La burocracia sindical es expresión de un colectivo laboral propenso a renegar de su condición y a delegar su representación. La combinación de precarización laboral, arbitrariedad en la gestión institucional (en especial, en las universidades) y elitismo, promueve la falta de protagonismo y participación. Por suerte, cuando la lucha se masifica, aun si de manera poco orgánica, espontánea, la pre-existencia de colectivas (como los Jóvenes Científicos Precarizados -JCP- de CABA y La Plata, algunas juntas internas de ATE CONICET, como la de Saavedra 15, la de Facultad de Sociales de la UBA o la de La Plata) con prácticas de democracia sindical y participación opera como reaseguro (no 100% efectivo) contra la inercia burocrática y las tendencias oportunistas.

X

La batalla de diciembre en el sistema de CyT partió del despido de hecho de casi 500 jóvenes investigadoras/es y concluyó con la continuidad precaria de su empleo por un año más. Esa batalla nació centralizada en CABA y se federalizó rápidamente; las acciones en el CONICET/MINCYT se multiplicaron en los CCT de CONICET y Universidades en todo el país, lo cual tiene una enorme relevancia para pensar la profundización y continuidad de la lucha.

XI

El ‘acuerdo’ alcanzado expresa las limitaciones de la articulación nacional y de las propias organizaciones participantes (sindicales y políticas), da cuenta de la novedad de la forma y masividad de la lucha y expresa también la incidencia que adquirieron las fuerzas políticas más institucionalizadas (vinculadas sobre todo al kirchnerismo) que ‘trabajaron’ para bloquear la radicalización de las medidas y las exigencias de máxima. Por supuesto, el resultado de la lucha de cuenta del carácter defensivo del conflicto en el contexto de un gobierno nacional aún fuerte y de una masificación importante pero limitada del mismo (evidente en la dificultad de sostener la ocupación del MINCYT).

XII

Que lxs recomendadxs para ingresar al CONICET ahora tengan el compromiso de un ‘ingreso’ en diversos organismos de CyT, UUNN y empresas públicas (es decir, ya no como investigadorxs de CONICET), abre una caja de Pandora pues se valida el hecho de que el CONICET deje de ser el eje del sistema de CyT, abriendo el camino a su desarticulación. Con sus límites y defectos, los derechos laborales y los procesos de selección y permanencia del CONICET son infinitamente superiores a los existen en las otras instituciones. Desde los noventa, los sectores dominantes han avanzado en la intención de hacer una transición de un sistema CONICET centrado (similar al CNRS de Francia) hacia uno centrado en la ANPCYT/AGENCIA, donde lxs investigadoras/es son buscadores de subsidios y sus salarios dependen su capacidad de conseguirlos (como ocurre en Estados Unidos, por ejemplo).

XIII

A pesar de que los resultados no son los esperados, la ocupación masiva del CONICET el miércoles 14 de diciembre y del MINCYT en la semana del 19 de diciembre pasarán a la historia. El proceso logró ampliar el cuestionamiento a la figura de Macri y la gestión PRO, visibilizando un nuevo ajuste y creando solidaridad y apoyo social hacia un sector que no aparecía anteriormente como sujeto de luchas. Semanas extraordinarias hemos pasado y las cosas ya no serán iguales. Semanas que nos marcarán a fuego, que marcarán a fuego la historia del sistema de Ciencia y Técnica. La democratización del sistema de CyT y la organización colectiva de becarixs, investigadorxs, personal de apoyo y administrativo, serán parte ineludible del futuro que hemos construido.

XIV

2017 será un año importante. A nivel nacional las elecciones ponen a la lucha social en un lugar privilegiado. El conflicto en torno al sistema de CyT, y en especial, la situación del CONICET, será preponderante. No sólo estará en juego la situación laboral de los 500 compañerxs llamados ‘damnificados’, sino se pondrá en debate la estructura general del sistema de CyT. Las cartas no están echadas y el destino no está prefijado, pero se nos escapó la oportunidad (¿real?) de voltear a Barañao y frenar claramente el ajuste. En la UNLP, la previa de la elección del nuevo presidente (que será a comienzos de 2018) agrega un condimento esencial a la política universitaria. La alianza de gobierno ya lanzó su sucesión; la elección en el último trimestre del año 2017 de nuevos integrantes de Consejos Directivos definirá las condiciones de la misma. En tercer lugar, la elección nacional de medio término define las posibilidades de continuidad y capacidad de avance del gobierno de Cambiemos, en particular en la reformulación del conjunto del sistema de UUNN y CyT.

XVI

¿Qué tareas siguen para quienes trabajamos y militamos dentro del sector? Desde COMUNA proyectamos seguir impulsando ámbitos de debate con perfil de pensamiento crítico y articulando entre compañerxs y colectivos que acuerdan con la democratización del sistema científico y la necesidad de un conocimiento para el cambio social. Consideramos que es necesario consolidar una forma de intervención en lo sindical (tanto en la Universidad como en el sistema de CyT en sentido amplio) que nos permita construir desde abajo para luchar por nuestros derechos y poner en debate las prácticas, los medios y los fines de la producción de conocimiento. Por una ciencia insurgente, al servicio del pueblo y no de las corporaciones y los gobiernos.

 

COMUNA (Colectiva en Movimiento por una Universidad Nuestramericana) / 2-1-2016

FUERA PRAY-GAY ¿MÁS HALCONES Y MENOS PALOMAS? La política económica de Cambiemos entre la radicalización del ajuste y la resistencia social.

FUERA PRAY-GAY ¿MÁS HALCONES Y MENOS PALOMAS?

La política económica de Cambiemos entre la radicalización del ajuste y la resistencia social.

Publicada en revista Bordes, 28 de diciembre de 2016 (http://revistabordes.com.ar/mas-halcones-y-menos-palomas/) / Reproducida en ContrahegemoníaWEB (30 de diciembre de 2016; http://contrahegemoniaweb.com.ar/mas-halcones-menos-palomas-la-politica-economica-cambiemos-la-radicalizacion-del-ajuste-la-resistencia-social/)

Mariano Féliz (CIG-IdIHCS/CONICET-UNLP)

Luego de un año de aceleración de la crisis económica, el gobierno de Cambiemos decidió que era tiempo de comenzar a hacer algunas modificaciones en el área de gestión de la economía. A diferencia de otros gobiernos, la administración Cambiemos ha dividido las funciones históricas del ministerio de Economía en una multiplicidad de ministerios y otros espacios institucionales. De esa forma, Alfonso Prat-Gay, el primer ministro renunciante/despedido de la era Macri, era tan sólo Ministro de Hacienda y Finanzas teniendo bajo su exclusivo control fundamentalmente la gestión del Estado en lo que atañe a la recaudación de impuestos, su gasto y el financiamiento del déficit por la vía del endeudamiento. Temas importantes como la fijación de tarifas de servicios públicos, la política monetaria o la política de obra pública se concentraban en otros espacios institucionales fuera de su control directo.

La renuncia de Prat-Gay produce numerosas especulaciones respecto las causas y consecuencias de la misma. En un gobierno de CEOs, la política económica parece construida como un rompecabezas difícil de resolver. La política anti-inflacionaria restrictiva del Banco Central (elevadas tasas de interés, reducción en la emisión de dinero, emisión sin límites de deuda pública en la forma de Letras del Banco Central, LEBAC) se enfrenta con una política de gasto público expansiva con la que Prat-Gay buscaba evitar un colapso mayor de la economía. Esa misma política fiscal, de reducción progresiva del déficit, se contradecía con la voluntad declarada de llevar adelante un ajuste en el gasto público. La política de ‘sinceramiento’ tarifas energéticas del ministerio de Energía se choca con la pretensión de bajar la inflación. La política de dólar estancado (abaratándose) y apertura acelerada ponía en riesgo a la industria local frente a las importaciones, reduciendo a casi cero la posibilidad de una recuperación de la actividad económica a corto plazo.

Esas contradicciones dan cuenta de un Estado fragmentado, donde la fuerza política en el gobierno pretende representar simultáneamente a un bloque en el poder que no ha encontrado aún una forma institucional que exprese el liderazgo claro de alguna fracción particular. Prat-Gay, con firmes lazos con el gran capital financiero internacional, había ido navegando en estas aguas turbulentas con el uso discrecional del financiamiento internacional, pero en el frente interno ese poder no le ha permitido alinear a sus compañeros de mesa en la gestión económica. Las diferentes fracciones de la clase dominante demandan y han conseguido, parcialmente, prebendas sectoriales que convergen contradictoriamente para conformar un cóctel que amenaza con explotar si la conflictividad social no es contenida y/o el mundo pos-Trump entra en una espiral contractiva.

La contracara de esa situación al nivel de las clases dominantes, ha sido una política social y laboral que en los últimos meses puso en jaque la autoridad, licuada ya, del ministro de Hacienda y Finanzas. La batalla de los movimientos sociales por la Emergencia Social y el conflicto presentado por la CGT en torno a la modificación del impuesto ‘a las ganancias’ (al salario del trabajador/a formalizado/a) puso en cuestionamiento la estrategia fiscal del ministro. La lucha social –aun si limitada y defensiva- se presenta para los CEOs y sus socios en el gobierno como un desafío político que operó como instrumento para dar el empujón final de un Prat-Gay desgastado por un año de ajuste y sin brotes verdes a la vista. Frente a sus colegas ministros y funcionarios, en apariencia más decididos a un ajuste fiscal más duro, los acuerdos alcanzados fueron señal de debilidad del ministro saliente (que apenas si intervino en las negociaciones) y así la gota que rebalsó el vaso. Las inconsistencias acumuladas en una política económica fragmentada (dólar abaratándose de manera inconsistente, déficit y endeudamiento creciendo peligrosamente, inflación que no baja al ritmo esperado, economía en implosión) fueron las campanadas que avisaron al ministro que era tiempo de huir.

La salida de Prat-Gay abre la caja de Pandora para el año que comienza. Por el nuevo cambio en la estructura de gestión de la política económica, el ministerio de Hacienda y Finanzas se fragmenta en sus partes componente, separando aún más la gestión del gasto público del financiamiento mismo. Si ya había distancia entre quien recauda impuestos y gasta (Hacienda) y quien emite dinero para financiar parte del déficit (Banco Central), ahora ese distanciamiento institucional se amplía a quien puede emitir deuda para financiar el gasto excedentario (nuevo ministerio de Finanzas, bajo el comando de Luis Caputo, quien negoció con los buitres como secretario de Finanzas de Prat-Gay). Esto significa que quien ejecutará el gasto público, al menos en el ámbito (limitado) de su incumbencia como simple ministro de Hacienda (Nicolás Dujovne), no tendrá a su mano la carta del endeudamiento público para financiarse. Esto opera en un sentido muy claro: fortalecer la tendencia al ajuste fiscal. Si Dujovne ya es un ‘halcón’ del recorte de gasto público (en especial, de empleo público), la división operativa del Estado le dará más fortaleza en tal sentido. El Banco Central y el Ministerio de Finanzas pasan a tener la llave del control del financiamiento al Estado mientras el ministerio de Hacienda transitará una economía que se encuentra en el fondo del mar con menos instrumentos a su alcance.

¿Lograrán alguna consistencia los planes de gasto y ajuste, con el financiamiento disponible? ¿Si la economía no repunta, y por lo tanto la recaudación de impuestos no mejora, será capaz Dujovne de impulsar el recorte que desearía? La pregunta por la consistencia fiscal es la pregunta por la consistencia política del ajuste en tiempo de elecciones y donde las fuerzas políticas y sociales de oposición están reconstruyendo su capacidad de impugnación. El ministro de Hacienda entrante parece un ‘duro’, casi un desafío para los movimientos populares. ¿Es la mejor elección de Cambiemos para 2017? Algo se ha hablado de sus contactos personales (familiares) con el nuevo presidente norteamericano. Poco sólido el argumento como para justificar la elección de un ministro.

El 2016 fue un año de ajuste y crisis capitalista. Ese proceso, acelerado y orientado por una política económica que buscó realinear variables claves (tipo de cambio, salarios, precios), no logró con ello dar las ‘señales’ esperadas por el gran capital que todavía retacea su ‘lluvia de inversiones’. ¿Será posible que en 2017 la ‘inundación’ de capital financiero a través del blanqueo de capitales se transforme en el manantial que la economía necesita para arrancar o aportará a un ‘tsunami’ que han alimentado desde el Banco Central de Sturzenegger y la secretaría de Caputo con su política de sobre-endeudamiento?

A Dujovne le toca ser ministro de Economía cuando tal cargo ya no existe. Sólo quedará en sus manos impulsar el ajuste fiscal y las nuevas reformas estructurales (seguramente, en acuerdo con el FMI: reducción de costos laborales –esencialmente los impositivos-, reforma previsional con extensión de la edad jubilatoria). La pregunta es sí este intento será compatible con las expectativas electorales y con la tan ansiada gobernabilidad. Por lo pronto, el nuevo ministro comenzó cuestionando a uno de los principales gremios del país (Camioneros) por el supuesto impacto de su convenio colectivo en la competitividad de la economía. La batalla recién comienza y los motores ya se están poniendo a prueba.

¿Un cambio sin futuro? Apuntes para pensar la Argentina a un año de gobierno de Cambiemos

¿Un cambio sin futuro? Apuntes para pensar la Argentina a un año de gobierno de Cambiemos

Nota aparecida en ContrahemoníaWEB, 10 de diciembre de 2016. Compartida también desde La Tinta

Los grandes ganadores de esta primera fase de la profundización del ajuste transicional son los sectores exportadores (agro, mineras), la banca y el capital financiero, y las empresas de servicios públicos (gas, electricidad, transporte). Los primeros fundamentalmente por el cambio en el régimen de retenciones, las segundas por la política de tasas de intereses elevadas y de aceleración del endeudamiento, y las últimas por la nueva política tarifaria.

 

Ganadores, perdedores y el pueblo

Casi doce meses de un nuevo gobierno permiten señalar algunos elementos para comprender las novedades de la etapa. Primero, los grandes ganadores de esta primera fase de la profundización del ajuste transicional son los sectores exportadores (agro, mineras), la banca y el capital financiero, y las empresas de servicios públicos (gas, electricidad, transporte). Los primeros fundamentalmente por el cambio en el régimen de retenciones, las segundas por la política de tasas de intereses elevadas y de aceleración del endeudamiento, y las últimas por la nueva política tarifaria.

Esto no quiere decir -obviamente- que esté cambiando la estructura del poder social en Argentina. El dominio del gran capital transnacional en todas las ramas de la economía persiste pero en esta etapa transicional (¿hacia la radicalización del neodesarrollo o hacia una nueva fase del proyecto neoliberal?) los sectores mencionados son llamados a convertirse en la palanca para reiniciar la exitosa acumulación de capital (es decir, el crecimiento económico). Ese es el presupuesto (y objetivo) de toda la acción de gobierno. Detrás del impulso de esos sectores, se espera se encolumnen otros tantos, como la industria manufacturera, la construcción y los servicios.

Estos sectores, los “perdedores”, sostienen una posición de apoyo crítico al proyecto Cambiemos, aparentemente con una doble expectativa. Primero, que el ajuste permita impulsar la profundización de la reestructuración económica “congelada” en la década pasada. Las luchas sociales acumuladas a la salida de la convertibilidad y la constitución de una nueva composición política del pueblo trabajador (más centrada en los “movimientos” populares poco institucionalizados) detuvieron en el tiempo las intenciones de avanzar en nuevas formas de organización empresarial más “productivas” -más rentables- para el capital (más flexibilidad y desregulación, menor “costo laboral” e impositivo, más productividad). La superexplotación (del trabajo colectivo, de la naturaleza y del trabajo no remunerado de las mujeres) es la base de sustentación del capitalismo dependiente argentino, los fundamentos de la inversión privada y el empleo.

En segundo lugar, los “perdedores” apuestan a que si Cambiemos fracasa en su papel, el peronismo (hoy, pejotismo/cegetismo) podrá contener y canalizar las demandas de recomposición parcial para avanzar en las reformas más lentamente, sin prisa pero sin pausa.Prefieren la primera opciónpero no abjuran de la segunda si no hubiera alternativa en un marco de “gobernabilidad” (es decir, en un marco controlado por los “partidos del Orden”).

Mientras esperan que puedan construirse los “Puentes hacia el futuro” (como propusieron en el reciente coloquio de IDEA), ni ganadores ni perdedores sacarán los pies del plato de un proyecto que saben propio. Tampoco apostarán todas sus fichas a un gobierno que oscila entre la improvisación y el cinismo pero que no parece -aun- acertar en la receta. De allí que la lluvia de inversiones no sea más que una garúa que no permite que surjan los esperados “brotes verdes”.

El marco de dominación ampliada del gran capital transnacional condiciona la capacidad general del pueblo de controlar y apropiar los frutos del trabajo colectivo. Luego de un quinquenio de estancamiento, la desigualdad social empeoró violentamente en tan sólo unos meses. Los más ricos aceleran su enriquecimiento a pesar del ajuste y la crisis, mientras el pueblo trabajador es el único perjudicado. La caída en los salarios reales llega al 10% (lo que se significa que hemos perdido más de un mes de sueldo a lo largo de 2016), aumentan los despidos y suspensiones, miles de jóvenes se mantienen como ni-ni sin esperanzas de encontrar empleo (aun así la tasa de desocupación juvenil trepó a 24,6% en el tercer trimestre de 2016, siendo 30,3% para las mujeres jóvenes que buscan empleo remunerado); la política social persiste en el modo de la prevalencia de los beneficios de tendencia universal pero básicos (es decir, inadecuados). La pobreza por ingresos sube desde los niveles persistentemente elevados de la década pasada: en torno a un tercio de la población (más de la mitad de las niñas y niños) viven con ingresos insuficientes y en condiciones de hábitat, servicios sociales y de cuidado precarios y deficientes. El crecimiento económico no permite superar los límites del capitalismo en la dependencia; el estancamiento y la crisis sólo contribuye a profundizar las carencias estructurales.

 

Brotes verdes no aparecen

La crisis, las políticas de ajuste (por parte del capital y el Estado) que la acompañan y la redistribución regresiva (a favor de los ricos) son -según el gobierno- el camino inevitable para alcanzar la “luz al final del túnel”. La confianza en que las señales “correctas” serán suficientes para desplegar la voluntad empresarial de invertir y así mover la economía, se parece cada vez más a puro cinismo o -en realidad- puro sentido común burgués.

Pero no sólo de esperanzas vive el capital(ista). Liberales “keynesianos” le prenden una vela a San “Animal Spirits” (es decir, la buena voluntad, ilusión y espíritu empresarial) pero a su vez llevan adelante una política económica abiertamente contradictoria que prepara la próxima gran crisis. En el Banco Central se privilegia el uso de las altas tasas de interés (a través de la emisión disparatada de deuda, LEBAC) para frenar la inflación, al costo de la destrucción de la producción de valor y riqueza material (en especial, entre las pequeñas y medianas empresas); la apertura de la economía y el dólar anclado operan en el mismo sentido. La deuda del BCRA aumentó un 60% y el dólar es más barato que en 2015 pero ahora con mayores niveles de apertura comercial (por eso, las importaciones de bienes de consumo aumentan 9% y las de autos 28% en el marco de una caída general de la actividad económica: el Estimador Mensual de Actividad Económica cayó 3,7% en septiembre de 2016 en comparación con el año anterior y producción industrial se desplomó 8% en octubre en relación a un año antes). El Ministerio de Trabajo ha logrado canalizar en el marco de las paritarias las demandas salariales por debajo de la inflación, derrumbando el mercado local de consumo popular (las ventas minoristas caen no menos del 8% anual). Frente a ello, el Ministerio de Hacienda hace piruetas para limitar el impacto político del ajuste, manteniendo elevado el déficit fiscal (acrecentado por la caída en el nivel de actividad económica y por la reducción de retenciones) a partir de crecientes niveles de endeudamiento que acompañan al BCRA. El endeudamiento se convertirá en una bomba si la economía no resurge de sus cenizas. Por ahora, la deuda pública sube por el ascensor (en total, más de 46 mil millones de dólares en este año) mientras que la economía persiste en un coma con pronóstico reservado (de conjunto, el PBI cae el 2,6% anual).

 

Suenan las Trump(etas), tiemblan los profetas de Cambiemos

Para colmo de Cambiemos, el triunfo de Donald Trump en los Estados Unidos no es fuente de buenos augurios. Si la economía mundial se encuentra en crisis prolongada hace ya casi una década (EEUU con un crecimiento promedio inferior a 2,2% anual, EU y Japón bien por debajo de eso), un gobierno proteccionista y fascista en el declinante hegemón global sólo auspicia un peor horizonte.

El gobierno de Trump es la reacción de un pueblo sin alternativas políticas progresivas (en un sistema político profundamente antidemocrático), agobiado por la reestructuración económica  prolongada que es resultado del programa neoliberal de internacionalización del capital. Ese programa ha trasladado buena parte de la producción manufacturera norteamericana a las periferias del sur global, dejando un tendal de ciudades fantasma, pesadillas en el sueño americano. La brutal caída en los empleos manufactureros y los salarios de quienes permanecieron ocupados (37% y 28% en las últimas tres décadas, respectivamente) son testimonio de la debacle.

Si se cumplen los anuncios, la política de EE.UU. será de mayores niveles de déficit fiscal (endeudamiento público y baja de impuestos a los ricos) que tendrán como consecuencia inmediata el encarecimiento del endeudamiento internacional, la desaceleración mayor del conjunto del capitalismo global y un estancamiento en los precios de lascommodities de exportación de los países dependientes, como Argentina. Si el capitalismo neoliberal es muy malo para la economía capitalista argentina, el capitalismo neofascista no se presenta como algo superador.

El horizonte no se ilumina como predicaban los profetas de Cambiemos, sino que son nubes de tormenta las que se acercan; las luces que se aprecian a la distancia, rayos y centellas. Una economía como la Argentina consolidada y consolidándose como plataforma para la exportación de materias primas y la superexplotación del trabajo y la naturaleza enfrenta un mundo en crisis, que se cierra sobre sí mismo. El fantasma del 2001 se acerca peligrosamente para la economía argentina: alta inflación y depresión económica son una combinación explosiva.

 

Emergencias

En un contexto que construye las bases de una creciente conflictividad, Cambiemos busca tejer un puente de plata para llegar a las elecciones parlamentarias en condiciones de mejorar su rendimiento electoral. Para ello debe encontrar puntos de acuerdo con las fuerzas sociales y políticas de la oposición parlamentaria. Con el peronismo en el Congreso los acuerdos se negocian día a día bajo la forma de transferencias de recursos a las provincias, autorizaciones para endeudarse (6200 millones de dólares en lo que va de 2016) y futuras obras. Nada novedoso. Con el sindicalismo empresario de la CGT, los mecanismos son similares: devolución de recursos de las obras sociales (cerca de 25 mil millones de pesos en títulos públicos), propuestas de discutir el impuesto sobre el salario (ahora mismo está en debate) y poco más. Eso alcanza para aportar algunos votos claveen el Congreso Nacional y congelar en el tiempo e indefinidamente medidas de alto impacto como un paro general.

Frente a eso, la CTA persiste en una crisis política profunda y los movimientos sociales neo-kirchneristas liderados por el Movimiento Evita impulsan una ley de Emergencia Social (ES) que podría ser vetada por el ejecutivo con poco o ningún costo político (como ocurrió con el veto a la ley “anti-despidos”). Aun si no fuera vetado, la ambigüedad y poco alcance de ese proyecto de leyno resuelve el fondo del asunto que es que el proyecto de desarrollo capitalista en Argentina no tiene futuro como proyecto popular. Esto no significa que la aprobación de la ES no sea significativo en términos de recursos y reconocimiento político para las organizaciones involucradas. Por su parte, el FIT y otras fuerzas del campo del trostkismo muestran masividad organizativa (el acto del FIT en Atlanta lo atestigua), pero con capacidad de intervención limitada y la prevalencia de estrategias de autoconstrucción. Finalmente, la “izquierda independiente”atraviesa un proceso de reconstrucción de sus lazos de afinidad en un intento de recuperar potencia disruptiva pero sin la masividad de otras épocas.

En cualquier caso, el pueblo en lucha comienza a resurgir en diferentes articulaciones y proyecciones pero en la calle, en marcha. Cierto es que las proyecciones estratégicas son distintas. No es lo mismo articular fuerzas en torno a (y detrás de) el kirchnerismo y su proyecto de vuelta al neodesarrollo clásico, que articular fuerzas sociales y políticas que cuestionen el desarrollo capitalista mismo, su Estado y sus políticas, su tendencia productivista-extractivista.

 

Entonces, ¿qué esperar? ¿qué hacer?

Enfrentamos un mundo en crisis civilizatoria que gira, en especial en los países centrales, violentamente hacia formas renovadas del fascismo que nunca ha renegado del capitalismo en sus formas desarrollistas. La paradoja es que en nuestro país y en la región suramericana avanza una corriente liberal (más o menos desarrollista) que -paradójicamente- es incompatible con ese proyecto global.

El proyecto de Cambiemos supone proyectar el saqueo a nuevas dimensiones, tal cual estaban planteadas ya en el Plan Estratégico Industrial 2020 (PEI2020), el Plan Estratégico Agropecuario y Agroindustrial 2020 (PEAA2020) oPlan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva Argentina Innovadora 2020 (AI2020)impulsados por el kirchnerismo. Pero un mundo que se cierra conspira contra ello.

La contracara del proyecto de saqueo es la mayor competitividad demandada por las fracciones industriales del gran capital. Eso es devaluación del peso en lo inmediato pero a mediano plazo más productividad (a través de flexibilidad laboral) y medidas de “modernización” o “racionalización” (reforma del Estado, reforma y rebaja impositiva, nuevos programas de gestión de la educación, la salud, la ciencia y la tecnología, etc.). Ese programa, que sostiene Cambiemos, es similar al programa del Frente Renovador y de otras fracciones del peronismo “ortodoxo”. La CGT se prepara para acompañarlo al igual que el “kirchnerismo popular” (Evita y compañía), todo a cambio de algunas reinvindicaciones parciales. El camino que proponen es “vandorismo clásico”, combinando presión en las calles con negociación y aporte a la gobernabilidad.

Desde el campo de las organizaciones que luchamos por un cambio social radical, anticapitalista, antiimperialista, antipatriarcal, la apuesta debiera ser precisamente la inversa: construir la ingobernabilidad con nuestros cuerpos en las calles, construyendo pensamiento y -sobre todo- prácticas críticas en todos los espacios que habitamos, cuestionando todos los rasgos de la sociedad impregnados por la lógica del capital. Es decir, debemos impugnar la sociedad toda, al capital, pero también al Estado, a las burocracias sindicales; e incluso a nuestras propias organizaciones, a las que debemos cuestionar, repensar y reinventar, para construir un mundo nuevo en que quepan todos los mundos.

 

 

(*) Mariano Féliz es Profesor UNLP. Investigador CONICET. Integrante de COMUNA (Colectiva en Movimiento por una Universidad Nuestramericana) en el Frente Popular Darío Santillán – Corriente Nacional. Correo electrónico: marianfeliz@gmail.com