Convertibilidad, crisis y conquista de la autonomía nacional. Recuperar el pensamiento nacional para recuperar la Nación

Texto preparado como borrador para una charla que dimos junto a otros/as compañeros/as de Galpón Sur en la biblioteca popular Mariano Moreno en Verónica (provincia de Buenos Aires) el día 1 de Junio de 2002.

Convertibilidad, crisis y conquista de la autonomía nacional

Recuperar el pensamiento nacional para recuperar la Nación

Mariano Féliz

La crisis que atraviesa la argentina en estos momentos tiene un doble carácter, siendo a la vez profundamente económica y política.

Aquí me concentraré fundamentalmente en el trasfondo económico de la misma, intentando no olvidar, sin embargo, los fenómenos políticos que la atraviesan.

Nuestro presente se encuentra enmarcado en la crisis terminal del régimen de acumulación de capital que orientó la suerte de la economía del país durante la década de los noventa. Me refiero, obviamente, a la Convertibilidad, pero entendida como un amplio conjunto de reglas de tipo monetario, cambiario, laboral, comercial y fiscal que orientaron el capitalismo argentino en un sentido de creciente dependencia externa (en sentido productivo, financiero y cultural), exclusión explosiva y de debilitamiento progresivo del Estado como instrumento de articulación de los intereses nacionales.

La convertibilidad, como expresión del neoliberalismo en la Argentina, promovió la desindustrialización del aparato productivo facilitando, mediante la fijación del tipo de cambio en un nivel muy bajo, la importación de masivas cantidades de mercancías. A la vez favoreció los intereses del capital financiero al establecer un seguro de cambio gratuito y liberalizando todos sus movimientos. Esta política dejó a la Argentina a merced de la especulación internacional.

La política de privatizaciones y destrucción de organismos de regulación (como las juntas nacionales) hizo perder al Estado una serie de instrumentos esenciales para la orientación de la economía en el sentido de los intereses de las mayorías. Se abjuró de la “mano visible” del Estado, abandonando la fijación del rumbo no en la “mano invisible” del mercado, sino que se cedió a los grandes capitales el control total del proceso de acumulación.

Es cierto que el Estado no actuaba con prestancia y eficacia, pero si no lo hacía era porque ya había sido cooptado por los Grupos Económicos quienes decidieron tomar directamente el control del mismo para favorecer sus intereses particulares. Ya no querían sólo tener la “sartén por el mango”, sino “el mango también”, citando a Domingo Cavallo, quien fuera fiel expresión de los intereses antinacionales durante esta nueva década perdida. Para resolver los problemas del país no había que abandonar el Estado a manos del poder económico. Habría que haber buscado su democratización, no su disolución.

La dinámica del proceso de acumulación argentino bajo el control de un pequeño número de grandes capitales nacionales y extranjeros, encontró rápidamente sus límites. Entre 1989 y 1993 se produjo la etapa del saqueo acelerado, donde los nuevos “dueños de la Argentina” consiguieron apropiarse violentamente (con la violencia de la hiperinflación y la hiperdesocupación) de los bienes del Estado (con las privatizaciones a precios viles), de los ahorros del Pueblo (con el plan Bonex) y de los salarios de los trabajadores (a través de la flexibilización laboral y la desindexación salarial) y de los ingresos de los jubilados (con la privatización del sistema de previsión social). Se perpetró, en fin, una de las mayores transferencias de riqueza de la historia reciente (sólo comparable a la que se está produciendo en este momento).

Luego de ese nuevo proceso de “acumulación originaria” de capital que permitió un corto despegue, las contradicciones del régimen comenzaron a expresarse. Crecía el déficit en la balanza de pagos. Las importaciones aumentaban siempre más rápido que las exportaciones y las empresas transnacionales y los capitales especulativos que asolaban el país demandaban pagos crecientes al exterior. La deuda externa (pública y privada) aumentaba sin cesar. Se deterioraba el poder adquisitivo del salario y empeoraban las condiciones de empleo a medida que crecía la desocupación y la pobreza. En poco tiempo, se hizo inviable la inversión productiva en el país pues no había demanda solvente para sostenerla. El consumo popular se deterioraba y aumentaba, poco a poco, la fuga de capitales que presentían la catástrofe.

“Blindaje” y “Megacanje”, “Déficit cero”, “Corralito” y devaluación fueron los nombres que tomó la crisis en sus momentos más álgidos. Siempre para proteger a los poderosos y dejar a la intemperie a los más débiles. Siempre pensando en el Fondo y en el que dirán en Washington y dejando en las sombras y el silencio al obrero, al campesino (ocupado, precarizado o desocupado) que todos los días pone el hombro para sacar adelante al país.

Para recuperar la palabra tenemos podemos apoyarnos en las luchas de nuestra historia, al igual que en las presentes y en las de mañana. Y me vienen a la mente dos nombres. Creo que son fundamentales para pensar la Argentina, para pensar el qué hacer. Me refiero a Mariano Moreno y Arturo Jauretche.

Recuperar a Mariano Moreno que proponía que hacer en los tiempos difíciles de la Revolución de Mayo. Consolidar un Estado Popular para liberar a la Nación del dominio imperial esa era su consigna.

Había que financiar al Estado para que pudiera sostener la industrialización del país. Indicaba Moreno como una determinada cantidad de fondos “…puestos en el centro del Estado para la fomentación de las artes, agricultura, navegación, etc. producirá en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso” (Artículo 6, inciso 4to del Plan Revolucionario de Operaciones).

Y eso era posible sin salir a mendigar por el mundo por dinero o mercancías a cambio de hacer los “ajustes” correspondientes pues Moreno señalaba que la expansión de la actividad pública sería posible “…sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesite [el país] para la conservación de sus habitantes” (Art.6, inc.4).

Los recursos necesarios para liberar al país se encontraban aquí adentro. No sería necesario pedir crédito externo ni importar bienes de manera innecesaria, mucho menos suntuarios, que Moreno veía como “… inútiles y excesivos, que deben evitarse principalmente porque son extranjeros y se venden a más oro de lo que pesan” (Art.6, inc.4).

¿Y como pensaba Moreno que había que financiar la actividad pública en el marco de las necesidades de la Revolución? Pues, expropiando a los grandes capitales. Primero señalaba que “…las fortunas agigantadas en pocos individuos, … no sólo son perniciosas, sino que sirven de ruina a la sociedad”. Los años noventa del pasado siglo 20 fueron una muestra de los costos que tienen la concentración de la riqueza en pocas manos. Por ello planteaba la pregunta que hoy muchos nos hacemos. “¿Qué obstáculos deben impedir al gobierno … para no adoptar unas providencias que aun cuando parecen duras en una pequeña parte de individuos … aparecen después como las ventajas públicas que resultan con la fomentación de las fábricas, artes, ingenios y demás establecimientos a favor del Estado y de los individuos que las ocupan en sus trabajos?” (Art.6, inc.2). Algo para pensar en relación a gobiernos que permanentemente exigen a las mayorías populares nuevos esfuerzos para salvar a uno pocos.

Por último, Moreno proponía recuperar el control público de las finanzas y el comercio exterior. Y aquí su pensamiento confluye con el de otro gran pensador en la gesta por la liberación de nuestro Pueblo, Arturo Jauretche.

Moreno decía que habría que nacionalizar la emisión de moneda (en aquel momento la explotación de las minas de oro y plata) haciendo que se “…prohiba absolutamente que ningún particular trabaje minas de plata u oro, quedando el arbitrio de beneficiarla y sacar sus tesoros por cuenta de la Nación…” (Art.6,inc.5). Y esto debería ser ejecutado bajo penas severas “…imponiendo pena capital y confiscación de bienes…” a quienes violasen tales determinaciones pues quien actuare en tal sentido “…robará a todos los miembros del Estado” (Art.6,inc.5). En la convertibilidad el Estado abjuró de controlar la emisión de moneda cediendo en la práctica el control total del sistema al sector privado a los bancos, especuladores y exportadores que proveían los dólares necesarios para expandir la cantidad de dinero dentro de los límites del peso convertible.

Durante los noventa, se privatizó y extranjerizó el control del crédito bancario. Moreno, por el contrario, entendía que el control del crédito bancario debía quedar bajo el estricto control del Estado. En consecuencia, nadie “…podrá hacer habilitación o préstamo a nacionales, ni extranjeros si no es bajo la misma forma [es decir, sin el completo conocimiento del Estado, art.6,inc.11], y bajo las condiciones que para ello se impondrán, para que bajo fraude alguno no puedan transponer sus caudales a reinos extranjeros, ni disminuir de este modo el giro del centro del Estado“ (Art.6,inc.12). Si Argentina hubiera seguido estos preceptos tal vez se hubiera evitado la fuga de capitales que se aceleró en los últimos meses del 2001.

Y aquí podríamos citar también a Jauretche quien indicaba que controlar el crédito a través de la nacionalización de la banca era fundamental para el desarrollo de la Nación, para liberarla de aquellos sectores que viven a expensas del Pueblo. Pues “…el que maneja el crédito y lo orienta, maneja a la economía del país con mucha más eficacia que el gobierno …El que maneja el crédito maneja más la moneda que el que la emite. El que maneja el crédito maneja más el comercio de exportación e importación que el que compra y el que vende. El que maneja el crédito estimula determinadas formas de producción y debilita otras…” (Jaureteche, Política y Economía, Peña Lillo editores, pg.104). La experiencia que hemos vivido en la Argentina reciente confirma esto, pues han sido y son quienes controlan el crédito (los banqueros y sus agentes como el FMI) quienes tienen en sus manos el instrumento clave para la recuperación de la economía nacional y quienes con su poder extorsionan permanentemente al conjunto del país.

¿Quiénes son los dueños del dinero que está en los bancos?, se preguntaba Jauretche. “Es de la sociedad toda que allí lo deposita”, contestaba (Jauretche, op.cit., pg.105). Y como los bancos crean dinero adicional a través del crédito y este es fundamental para el desarrollo de la producción “…[el Estado] debe vigilar cuidadosamente [el crédito] para adecuarlo a las necesidades del mercado [es decir, de los productores]” (Jauretche, op.cit., pg.105), por lo que no es posible que esa tarea de crear dinero a través del crédito sea cedida sin más a empresas privadas.

Pero al control del crédito habría que sumar un estricto control de lo que ocurre con el comercio exterior. Volviendo a Moreno, cabe recordar que él señalaba la necesidad de garantizar para el Estado el control del comercio exterior y los movimientos de capitales. Decía Moreno “…todo comerciante europeo…no podrá emprender negocios a países extranjeros con el todo de su caudal, ni hipotecando establecimientos o [bienes] raíces algunos, en cambio de otros frutos móviles, sin el completo conocimiento del gobierno…” (Art.6,inc.11). Y si fuera autorizado por el gobierno “…sólo podrá girar con la mitad de su referido caudal…” (Art.6,inc.11). Hasta fines del año pasado, los capitales especulativos podían entrar y salir sin preguntar. Las empresas extranjeras podían sacar al exterior sus ganancias y las empresas nacionales fugar las suyas, sin que las consecuencias de tales acciones fueran evaluadas.

Y retomando a Jauretche, “…disminuir la erogación de divisas por la liquidación de la deuda externa, la restricción a lo imprescindible de las importaciones, y graduación de éstas por los tipos de cambio, y total represión del contrabando.” (Jauretche, op.cit.,pg.79). Esas son medidas imprescindibles para una Nación que no imprime la divisa internacional (ayer libras esterlinas, hoy dólares) y que ocupa una posición periférica en el mundo. A esto habría que complementarlo con medidas para proteger a la producción nacional, defendiendo “…el precio interno y externo de la producción nacional, unificando la oferta y diversificándola en el mercado mundial, por organismos como el IAPI … y que pueden estar en manos directas de los productores…Y una política comercial internacional del país absolutamente soberano, que comercia donde le conviene…”. (Jauretche, op.cit., pg. 79).

Concluyendo, recuperar el Estado como instrumento para el desarrollo nacional es una de las tareas más importantes del proceso político y social que estamos atravesando. Democratizar la democracia, podría decirse. Radicalizarla. Recuperar para el Pueblo la sartén, con mango y todo. Para conquistar la autonomía de la Nación frente al poder económico nacional y extranjero.

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