Neodesarrollismo, la nueva cara del capitalismo en Argentina después de la crisis (julio 2006)

Neodesarrollismo, la nueva cara del capitalismo en Argentina después de la crisis

Por Mariano Féliz (julio 2006)1

Luego de la crisis iniciada en 1998 y concluida violentamente en 2002 el capitalismo en Argentina ha recuperado tonicidad, expandiéndose aceleradamente en los últimos tres años. Finalizada la profunda crisis de las formas capitalistas, el capital ha recuperado su posición de dominio sobre la sociedad. A diferencia de los años noventa, sin embargo, el capitalismo en Argentina parece avanzar hacia una nueva etapa de expansión que supone una nueva forma de intervención estatal. En efecto, el Estado está volviendo a ocupar una posición visible en el proceso de reproducción del capital, posición que según suele escucharse habría perdido en los años noventa. ¿Pero que significa todo esto? ¿Vuelven los míticos tiempos felices del Estado de bienestar periférico? Mucho se habla del fin del neoliberalismo, del fracaso de sus recetas. Mucho se dice del surgimiento de un nuevo proceso de desarrollo económico y productivo, de un nuevo ‘régimen de acumulación’ basado en lo productivo versus el anterior régimen de valorización financiera. Sin embargo, esas lecturas fragmentar la historia olvidando que el neoliberalismo y sus contradicciones fueron el presupuesto constitutivo del actual régimen de política económica. Por otra parte, esas interpretaciones tienden a escindir el desarrollo de las políticas públicas de las contradicciones materiales de la sociedad, es decir niegan, en los hechos, el carácter capitalista de la sociedad y su Estado.

En este texto buscaremos mostrar que (1) hoy atravesamos la etapa de consolidación de la reestructuración capitalista iniciada a mediados de los setenta, que (2) esto supone una nueva forma de activismo estatal que podemos denominar neo-desarrollista y que (3) no se inicia un proceso de desarrollo novedoso en la Argentina sino que estamos en los albores de una nueva consolidación hegemónica con sus consiguientes tendencias contra-hegemónicas. Los parecidos de la etapa iniciada en 2002 con el período desarrollista, de allí el mote de neo-desarrollismo, muestra a su vez diferencias importantes pues (a) se ha incrementado profundamente la dependencia del capitalismo argentino, (b) ha cambiado radicalmente la composición de la clase obrera y (c) se ha modificado profundamente la articulación de la relación capital-trabajo. A continuación abordaremos cada punto.

Consolidación de la reestructuración capitalista

La crisis que concluyó en Argentina en 2002 marcó un punto de quiebre. No porque se haya terminado con la etapa de valorización financiera en la Argentina (Basualdo, Schorr y Lozano, 2002). Lo que marcó la salida de la convertibilidad fue el fin del proceso de ‘reestructuración regresiva’ del capitalismo argentino. Pero eso no señala el comienzo de un modo de desarrollo productivo con equidad (CEPAL, 1996), sino que marca el comienzo de una etapa de relativa estabilización de la relación-capital.

La crisis de mediados de los años setenta (que tiene su hito inicial no en el golpe de 1976 sino en el ‘Rodrigazo’ de 1975) dio comienzo a un intento de re-estructuración de las relaciones capitalistas en la Argentina.2 El cuestionamiento que por esos años realizaba el movimiento obrero a la gestión capitalista de la sociedad y las dificultades de los sectores dominantes para seguir avanzando en la reproducción ampliada del capital sobre las bases productivas existentes (Féliz y Pérez, 2004) fueron la piedra de toque que permite entender el comienzo de la crisis y reestructuración que concluyó en 2002. La re-estructuración no se inició en los setenta por el agotamiento de la sustitución de importaciones sino por el bloqueo de la valorización del capital en el marco de un país capitalista dependiente donde el movimiento obrero había alcanzado altos niveles de organización. 3

Hasta 1989 la Argentina fue escenario de un profundo conflicto, por supuesto dominado por el capital, para recomponer una relación adecuada entre la masa de trabajo excedente apropiable (plusvalor) y el capital variable; es decir, recomponer un relación adecuada a los objetivos del crecimiento por el crecimiento mismo, o lo que es lo mismo, adecuada a la valorización ampliada del capital. La inflación, la fuga de capitales y el abandono de la inversión reproductiva fueron los signos evidentes de las dificultades de los sectores capitalistas para imponer su hegemonía. 4 Entre 1983 y 1990 la inflación se mantuvo por encima del 50% anual, la inversión se redujo un 1,7% cada año y la fuga de capitales alcanzó 28 mil millones de dólares (Féliz y Pérez, 2004; Basualdo y Kulfas, 2000). La hiperinflación de 1989 fue el punto de quiebre. La convertibilidad del peso (en 1991) fue un nuevo hito que marcaba no el final de la crisis secular sino el comienzo de su etapa de definición a favor del capital. Eso fueron los noventa: años de la reconstrucción de la hegemonía capitalista.

En este contexto la ‘valorización financiera’ no era sino la expresión de las dificultades de los sectores capitalistas para imponer sus condiciones. En los ochenta sirvió para crear las condiciones estructurales para la nueva etapa.5 La consolidación de los grandes grupos económicos como agentes dominantes del proceso de reproducción de la sociedad (sobre la base de la centralización y concentración del capital) y la dependencia financiera externa (deuda externa pública y privada) se constituyeron en las palancas claves de la consolidación hegemónica (Aspiazu, Basualdo y Khavisse, 2004). Ambas fueron los instrumentos centrales de la etapa que se iniciaba en los noventa. Las privatizaciones y la desregulación económica, la apertura y el dominio de las finanzas permitieron, respectivamente, una nueva acumulación originaria de capital (transferencia de recursos y derechos desde el conjunto de los trabajadores al gran capital), el abaratamiento de la reestructuración (reducción del precio de los medios de producción importados) y su financiamiento (caída en el costo del crédito). El capital financiero pudo ocupar en la etapa su papel como representación del capital en general, es decir como instrumento para forzar la consolidación capitalista. Su dominio operó como garantía del proceso. La valorización financiera no expresó sin más el carácter rentista de la burguesía argentina (Notcheff, 1994) sino que marcaba lo inacabado de la reestructuración y la necesidad del capital de mantenerse en su forma más líquida como capital-dinero.6

Las reformas estructurales marcaron el cuadro ordenador de la nueva Argentina que se estaba terminando de construir (Féliz, 2005). La convertibilidad de la moneda fue un elemento táctico en el marco de la estrategia capitalista de dominación social. Permitió frenar y contener por un tiempo prolongado las demandas obreras a la vez que forzó la reestructuración expansiva del capital. El dólar barato impuesto por la convertibilidad condujo a muchos capitales a la quiebra, facilitando la centralización y concentración del capital. Por otro lado, sirvió para forzar a los capitales individuales a resistir las presiones obreras de mayores salarios.7 En síntesis permitió a la vez contener al trabajo dentro del capital y garantizar la definitiva hegemonía del gran capital.8 Hasta 1991 la reestructuración había sido contractiva porque expresaba la crisis y dificultades para contener el poder obrero (dificultad que se expresaba en parte en la puja distributiva-inflacionaria, la fuga de capitales y la inestabilidad macroeconómica general) y para definir la hegemonía dentro del capital mismo.9 La convertibilidad fue la síntesis de una nueva composición de clase favorable al capital y dentro de éste, al gran capital.

Así podemos entender la salida de la convertibilidad como resultado del desgaste de una táctica capitalista pero no como producto del fracaso de su estrategia. En todo caso la salida violenta de los años noventa mostraron la imposibilidad del capital de reproducirse sin el trabajo y de ejercer un dominio absoluto sobre la sociedad. La crisis mostró que el capital no puede generar dinero del dinero sino que requiere siempre de la explotación y dominio del trabajo. Señaló además que el capital y su crisis siempre implican violencia y muerte pues su control sobre la sociedad es siempre precario. En la crisis el capital se ve desbordado y pierde su carácter objetivo, apareciendo como lo que es: una relación de dominio de una parte de la sociedad sobre el resto en base a la (re)apropiación sistemática de los medios de producción y reproducción. En la crisis el capital pierde su máscara y se muestra tal cual es: una relación entre personas (“cara-a-cara”, Dussel, 1991). En ese momento, trabajadores y capitalistas se enfrentan cara-a-cara ya no solamente por el control de los procesos inmediatos de producción sino por el control de la sociedad toda.10

La salida de la convertibilidad permitió al capital hacer efectiva la nueva composición de clase que se terminó de constituir en los noventa, es decir la nueva articulación de poder al interior de la clase dominante y de ésta frente a la clase trabajadora. La composición de clase refleja la correlación de fuerzas sociales dentro del capital (Cleaver, 1992). El capital es una relación social entre el trabajo (trabajo vivo) y el capital (trabajo objetivado), que se expresa también como múltiples capitales (grandes y pequeños, productivos y financieros) que compiten entre sí. En consecuencia, la composición de clase refleja una determinada estructura de poder entre trabajo y capital y dentro del capital mismo. Esa composición es por ello una composición política que registra la capacidad de organización, resistencia y lucha de las fuerzas sociales en pugna. Al interior de la clase obrera se consolidó el peso de los trabajadores de las ramas de servicios (en particular, transportes y comunicaciones) en una estructura del empleo altamente heterogénea y precarizada. A su vez los trabajadores desocupados lograron constituirse como un sector políticamente importante dentro de la fuerza de trabajo.11 Dentro del capital, la composición de clase se estructuró sobre el dominio de los grandes grupos económicos y las trasnacionales de las comunicaciones y la extracción de recursos naturales. Por otra parte, se consolidó la ‘periferización’ de actividades dentro de las grandes empresas.12 Hoy hay miles de pequeñas y medianas empresas que son realmente (aunque no formalmente) extensiones de los grandes capitales.13

La depreciación del capital obsoleto (quiebra y absorción de innumerables capitales), la desvalorización de la fuerza de trabajo (30% de caída en los salarios reales en los primeros meses de la pos-convertibilidad) y la consolidación de la estructura productiva dominada por el capital trasnacionalizado (consolidación de la posición hegemónica de los grupos económicos locales y las transnacionales). La crisis hizo evidente lo que ya se sabía: que la concentración y centralización del capital había (im)puesto definitivamente al gran capital (productivo, no financiero) como eje de la acumulación y la precarización y pauperización de la fuerza de trabajo sería un elemento permanente de la nueva forma del capitalismo (más allá del neoliberalismo). Entre 1993 y 2002 las grandes empresas no financieras aumentaron su valor agregado en términos reales un 140%, mientras que el valor agregado total de la economía argentina cayó 0,5% entre esos años. En 2002, el valor agregado por las grandes empresas no financieras representó el 23,5% del PBI.

En Argentina, el siglo XXI comenzó un par de años después que la fecha programada: 2001 marcó el fin del ciclo de reestructuración (iniciado casi treinta años antes); 2002 señaló el comienzo de la nueva etapa de hegemonía del capital.

Tendencias de la etapa neo-desarrollista

La etapa actual señala ya las tendencias del nuevo modelo económico post-convertibilidad: elevados niveles de explotación del trabajo, creciente explotación de los recursos naturales, capitalización (privatización/mercantilización) de todas las esferas de la vida y extroversión del capital (dominio de la salida exportadora). Pero esas tendencias se constituyeron en los últimos treinta años y se consolidaron en los noventa. La salida de la convertibilidad básicamente consolidó el patrón de altos niveles de explotación del trabajo que se fue estructurando a lo largo de tres décadas.

El primer resultado observable del capitalismo post-convertibilidad en Argentina es un nivel de salarios que se mantiene por debajo de los promedios de los últimos treinta años. Junto con esto se afirmó un incremento violento en la relación entre plusvalor y capital variable que en realidad no hace sino reflejar la estructura que se conformó definitivamente en la década anterior; la relación ganancias/salarios pasó de 56/32 a 61/24, o de 1,79 veces a 2,54 entre el promedio 1996-1998 y el promedio 2002-200414. El aumento en los niveles de empleo a partir de 2002 se ha producido sobre la base de salarios un 12% (en promedio) menores que los que regían durante la década anterior.15 Debemos resaltar que aun con menores salarios globalmente la capacidad de creación de puestos de trabajo en los años recientes (2002-2005) no es superior a la de los ‘años dorados’ de la convertibilidad (1996-1998). Entre octubre de 1995 y mayo de 1998 el empleo creció un 10,8% mientras que el producto lo hizo un 20,7% (una relación de 0,52) mientras que entre el cuarto trimestre de 2003 y el cuarto trimestre de 2004 los valores fueron de 4,2% y 9,1% respectivamente (0,46).16 A pesar del violento efecto de la devaluación de la moneda sobre los precios relativos no se ha producido ningún efecto significativo sobre la denominada elasticidad empleo-producto (es decir, la relación entre el crecimiento proporcional del empleo y el crecimiento proporcional del producto).17

Por otra parte, la privatización de crecientes ámbitos de la vida se afirmó en los primeros años del nuevo milenio. Tanto la apropiación privada de los recursos naturales como la producción y distribución privatizada de los amplios ámbitos ligados a espacios comunes se han confirmado.18 En 2002, 116 empresas entre las 500 más grandes pertenecían a ramas de extracción o procesamiento de recursos naturales, contra 105 para el promedio de 1993-1998. En términos de valor de producción esas empresas producían en 2002 182% más valor (a pesos constantes) que en el promedio de 1993-1998. La primacía del lucro como fin de las actividades de explotación y uso de los recursos naturales (el petróleo y el gas, la tierra cultivable, el agua, el aire, los montes y las selvas) continúa degradando hasta niveles insospechados nuestra (Madre)Tierra y expulsando a quienes hace años (décadas, siglos) se dedican a su conservación (los pobladores originarios, los agricultores y campesinos). Las experiencias de ‘recuperación’ estatal de las privatizadas son más bien limitadas y en muchos casos simplemente un financiamiento (subsidio) estatal encubierto.19 De las 500 empresas de mayor facturación la proporción de las empresas privatizadas a pasado de 12,3% para el promedio 1993-1998 (62 empresas) a 14,6% en 2002 (73) y su valor de producción creció más que el promedio de las grandes empresas.

Por último, cabe resaltar que el patrón extrovertido, orientado hacia el mercado mundial (exportador e importador) de la economía argentina que parece perfilarse en los años recientes es el reflejo de las tendencias que se constituyeron durante la etapa de reestructuración y se consolidaron en los años noventa. Los grandes grupos económicos que fueron ampliando su dominio sobre la economía argentina por décadas siempre tuvieron un impulso exportador significativo.20 Son ellos quienes mejor expresan las ansias expansivas del capital y su tendencia a la constitución del mercado mundial, a la supresión de las barreras nacionales en el flujo de mercancía, dinero, procesos de producción, etc.21 Este patrón extrovertido se afirma en el creciente desplazamiento (caída) del consumo popular como base de la esfera de la circulación y la estructura fuertemente dependiente del consumo capitalista-suntuario.22

No es que la estructura de la demanda sobre-determine la estructura productiva. Al contrario, la estructura de la demanda global se encuentra anclada en la consolidación de un patrón productivo capitalista de alta explotación y alta segmentación de la estructura de clases (alta desigualdad al interior de las clases y, sobre todo, entre ellas). Determinadas relaciones entre los componentes del capital en la producción se traducen en restricciones particulares en la esfera de la distribución y la circulación del valor. El aumento en la explotación reduce relativamente la capacidad de la fuerza de trabajo de demandar mercancías mientras que el aumento en la segmentación entre clases conduce a un aumento relativamente veloz de la demanda de consumo de los capitalistas, gerentes y directivos (con ingresos altos derivados de la mayor explotación). Entre 1998 y 2005 los ingresos de los asalariados en puestos gerenciales en el sector privado aumentaron un 43% mientras que en el caso del resto de los asalariados el aumento fue de sólo 31%. Estos movimientos inducen el crecimiento de las importaciones y el aumento de las exportaciones. Por un lado, mientras las grandes empresas son fuertemente dependientes de los insumos importados para la producción y los capitalistas son fuertes consumidores de importados (incluido turismo internacional) pues tienen un patrón de consumo dependiente, por otro el desarrollo capitalista con bajos salarios y alta explotación induce las exportaciones pues las hace relativamente más rentables que la producción para el mercado doméstico.23

De la economía política de la nueva política económica

Este es el marco estructural en el que debe ser interpretada la nueva política económica, que llamamos neo-desarrollista. ¿Pero en qué se parece a la política de los años de pos-guerra llamada ‘desarrollista’? Los cambios son apreciables en cuanto a su forma pero no tanto en su esencia.

La burguesía nacional y la continuidad de los subsidios al gran capital

Crecimiento industrial y nueva burguesía nacional

El neo-desarrollismo pone como objetivo prioritario el crecimiento económico con eje en el sector productivo. En aparente contraste con las políticas de los años no-desarrollistas, digamos 1975-2002, donde habría sido actor privilegiado el capital financiero, el desarrollismo promueve la expansión del sector industrial. El crecimiento del sector se presenta como la clave para el desarrollo económico. Aparentemente, el crecimiento del capital productivo conduciría al desarrollo social por arrastre. Más allá de los contrastes discursivos, opera detrás de esa lectura el mecanismo de derrame que en los años no-desarrollistas era tan defendido. Al parecer, el crecimiento económico resolverá por sí mismo los problemas que trae el capitalismo y acentuados por la situación de dependencia de la economía argentina.

Según el neo-desarrollismo con sólo esperar, el capital(ismo), ya no financiero sino industrial, conducirá a la desaparición de la pobreza, al fin de la depredación y la explotación laboral, a terminar con las desigualdades. ¿Nadie ha explicado por qué ha cambiado la naturaleza del capital? ¿Y dónde quedaron los capitalistas rentistas, hoy devenidos en nueva burguesía nacional? ¿Por qué dejará de aprovechar al máximo las posibilidades de reducir los salarios, de devaluar la fuerza de trabajo y de precarizar las condiciones de trabajo, cuando doscientos años de historia muestran lo contrario, su rapacidad y su ansia despiadada por expandirse sin límites?

Al parecer, según los defensores del neo-desarrollismo, el capitalismo (en) serio no es tan salvaje como el neoliberal. Eso es llamativo ya que todavía hoy cerca de ¾ de los puestos de trabajo creados son precarios (en 2003 y 2004 el 75% de los empleos creados fueron clandestinos, precarios o no registrados)24, con salarios inferiores a los años noventa y a pesar de que los trabajadores producen más que en 1998 la pobreza es más de 40% superior.

Neo-desarrollismo y capital

El neo-desarrollismo sostiene su estrategia de desarrollo en la expansión ampliada de las relaciones capitalistas de producción. Bajo un aura anti-capitalista y anti-mercados, el neo-desarrollismo continua promoviendo los negocios del gran capital. Lo que han cambiado son las formas pero no la esencia de la estrategia. En la pos-guerra la intervención estatal redistribuía los recursos públicos directamente o indirectamente a los sectores capitalistas promoviendo su desarrollo, por ejemplo mediante industrias estatales que subsidiaban la producción privada estableciendo bajos precios y con la promoción de la IED. El neo-desarrollismo sostiene los mismos objetivos con un cambio en la forma de promoción de la acumulación privada pero no su relevancia. Hoy en lugar de la inversión directa por parte del Estado, en general se prefiere el mecanismo de los fondos fiduciarios como mecanismo de subsidio directo a la producción capitalista.25 Sólo en casos excepcionales el Estado viola la ‘sagrada ley natural’ de la propiedad privada, recuperando servicios privatizados.26 El Estado ahora es socio del capital, socio directo en la explotación del trabajo. Convertido en socio minoritario, el Estado facilita las condiciones para la producción capitalista en las nuevas empresas mixtas.27

La inversión extranjera directa (IED) continúa siendo un eje de la política (neo)desarrollista. No hay señales que indiquen la reducción del peso del capital trasnacional en la economía argentina. En 2002 el 57% de las 500 más grandes empresas eran extranjeras (50% o más de su capital era propiedad de no residentes) mientras que en el promedio de 1993-1998 sólo 40% lo era. Son los ejes de una política ‘seria’ y ‘responsable’.28 La seguridad jurídica de las inversiones capitalistas continua siendo la prioridad estatal.29 Por otra parte, hoy es poco relevante el concepto de nacionalidad del capital pues todas las ramas están dominados por capitales extranjeros o nacionales con fuerte tendencia a la trasnacionalización. El concepto relevante es el de capital global doméstico. Es decir, el conjunto del capital que se produce y reproduce dentro un territorio nacional. No importa la nacionalidad del capital pues en cualquier caso su valorización depende esencialmente de la explotación del trabajo local.30

Inflación, productivismo y superávit fiscal, las nuevas prioridades del Estado

La lucha contra la inflación y la promoción del productivismo fueron parte de los ejes históricos de la política pública desarrollista. En la actualidad, el neo-desarrollismo vuelve a colocarlos como elementos clave. A esos dos elementos se suma uno novedoso, que señala una diferencia importante con el viejo desarrollismo, diferencia resultante del cambio estructural que ha sufrido la economía de la Argentina en los últimos treinta años: la política de superávit fiscal.

Inflación y conflicto social

La lucha contra la inflación aparece como un elemento clave del desarrollismo de vieja usanza. Esa batalla está al frente de la agenda neo-desarrollista. Pero hay más detrás de ella de lo que se percibe. La inflación y la lucha estatal contra ella es expresión de las dificultades del capital bajo la forma de múltiples capitales en competencia de enfrentar la negativa obrera a la precarización de sus condiciones de trabajo.

La lucha obrera por mejoras o recuperaciones en las condiciones de trabajo enfrentan siempre la resistencia tenaz del capital. En etapas de recuperación económica, la expresión de esa resistencia es la inflación. El capital busca neutralizar las presiones obreras devaluando la fuerza de trabajo a través de la suba de precios. Es decir, suben los precios porque los capitalistas intentan bajar el valor de la fuerza de trabajo. Esa es la dirección de causalidad y no a la inversa: no son los aumentos salariales los que hacen subir los precios, es la rigidez de la ganancia empresaria la que conduce a la inflación. Sin embargo, la estrategia de devaluación salarial descentralizada (es decir, llevada adelante por los capitales en competencia) por medio de la inflación es viable aunque sólo parcialmente eficaz pues conspira contra las posibilidades de reproducción ampliada del capital en la era del capital trasnacional.

Bajo el supuesto de rigidez en la ganancia, la estrategia capitalista de compresión salarial tiende a reducir su competitividad vis-a-vis el capital internacional (chino, brasileño, etc.). Eso es evidente para todos y por ello el capital en su conjunto exige a gritos la intervención del Estado en la regulación salarial.31 El techo salarial actúa como una estrategia de coordinación del capital para contener bajos los salarios, sosteniendo a su vez la competitividad internacional.32 De esta manera se entiende la política de limitar los aumentos salariales al 19% en 2006 y mantener el salario mínimo por debajo de la canasta básica, a pesar de que en el segundo semestre de 2005 un cuarto de los hogares (24,7%) eran pobres, los salarios de los trabajadores formales recién a mediados de 2006 recuperaron, en relación a 2001, su poder de compra en relación a la canasta alimentaria y los salarios de estatales e informales debería subir no menos de 45% para compensar la caída desde 2001 (Féliz, 2006).33 El capital exige la mediación del Estado y las burocracias sindicales para enfrentar el conflicto que no puede controlar en su seno.

Queda claro aquí que la nueva composición de la clase obrera ha puesto en el centro de la escena a nuevas fracciones dentro de la clase: el sindicato testigo es hoy el de la UTA (Unión Transporte Automotor), gremio al que pertenece el Secretario General de la CGT (Confederación General del Trabajo), desplazando a los gremios metalúrgicos que tradicionalmente ocuparon ese lugar.

Productivismo con super-explotación

El desarrollismo tuvo como uno de sus ejes la lucha por la reestructuración capitalista y el aumento de la productividad del trabajo. Las campañas por la racionalización del trabajo fueron características de las décadas de 50 y 60.34 La lucha de las empresas por la racionalización se vincula directamente a su necesidad de aumentar la productividad del trabajo, reducir costos y aumentar sus beneficios. Para los trabajadores esto siempre significó la pérdida de autonomía, la tendencial descalificación de sus tareas y el aumento en la intensidad laboral.35

Esto no es el resultado simplemente de la racionalidad de la organización productiva sino de su racionalidad capitalista. Pues la tecnología como cualquier construcción humana tiene una determinación política esencial: no sólo sirve para hacer más productivo al trabajo (la base conceptual de la demanda de reducción en el tiempo de trabajo) sino que en el capitalismo sirve para debilitar la organización de los trabajadores, limitando su capacidad de resistir los permanentes intentos de precarización e intensificación del trabajo (Marx, 1994[1867]: 430). Bajo su forma capitalista, la tecnología se convierte en un arma contra los trabajadores y en lugar de reducir la carga de trabajo sólo sirve para aumentarla (Marx, 1994[1867]: 502). Solo la lucha de los trabajadores por la reducción de la jornada laboral ha conseguido avances en ese sentido; la tendencia capitalista opera en el sentido contrario.36

En el desarrollismo, la fortaleza de los trabajadores organizados buscaba ser limitada a través de la tecnología, entre otras cosas, intentando acotar los aumentos salariales al aumento de la productividad. La racionalización (y el aumento de la productividad del trabajo) se convertía en una consecuencia del poder obrero y un instrumento de batalla del capital. ¿El neo-desarrollismo tendrá la misma necesidad del productivismo? Los empresarios insisten con la necesidad de ligar los aumentos salariales a la evolución de la productividad.37 Claro que hoy eso congelaría la distribución del valor creado en la desigual relación que alcanzó después de la devaluación. Irónicamente las condiciones en que opera el neo-desarrollismo no inducen una tendencia clara a la racionalización capitalista. Precisamente, la necesidad capitalista de la racionalización es producto de la lucha en la producción, de la resistencia obrera, del costo de forzar la producción de plusvalor.38 Luego de la reestructuración, el costo de extracción de trabajo excedente se ha reducido a niveles que disminuyen fuertemente la necesidad del capital de innovar e incorporar tecnología. La pregunta que el capitalista se hace es ¿me conviene incorporar una máquina (que permite aumentar la productividad) y ganar más, o es preferible seguir utilizando los obreros que hoy tengo con bajos salarios y jornadas largas e intensas? En la Argentina neo-desarrollista la pregunta es fácil de responder a favor de la segunda alternativa. Paradójicamente sólo la lucha exitosa de los trabajadores por aumentar sus salarios, reducir sus jornadas de trabajo y/o reducir la intensidad del trabajo podrá eventualmente inducir al capital a competir buscando mejorar la tecnología.39

Ciclo del capital y conflictividad

Si durante el desarrollismo el capitalismo se hallaba en una etapa de integración parcial (y creciente) luego de la segunda guerra mundial, la etapa actual se caracteriza por la total integración del ciclo del capital. En los cincuenta y sesenta la punta de lanza de la integración global era la IED (la cara más visible del imperialismo). El capital mundial integraba y condicionaba la economía nacional sobre la base de esa articulación (la producción a escala multinacional). Hoy, el capital global está integrado en todas las fases del ciclo del capital local y en todas sus formas (mercancías, producción, dinero).40 Primero, una parte importante de los medios de producción e insumos son importados: en 2005, un 82% de las importaciones, la mitad de eso máquinas y piezas, el resto insumos. Segundo, la financiación de las inversiones se encuentra en buena medida trasnacionalizada: en 2005 el endeudamiento externo del sector privado no bancario alcanzó los 45 mil millones de dólares. Tercero, los procesos de producción están dominados por tecnología y gestión multinacional. La IED en la Argentina alcanzó en 2004 los 50280 millones de dólares y representaban el 79% del valor de los activos de las 500 empresas más grandes. Por último, el mercado mundial se ha convertido en un espacio clave para la realización de las mercancías producidas localmente: en 2005 las exportaciones representaban el 21% de la demanda global, mientras en 2001 sólo el 10,4%. Así, el capitalismo ‘nacional’ es hoy más que nunca parte integrante del mercado mundial. No existe un afuera (mercado mundial) y un adentro (mercado interno). El mercado mundial se encuentra constituido por los mercados nacionales, ‘nuestro’ mercado interno ya es mercado mundial (Dussel, 1988).

Antes, el conflicto rápidamente se politizaba y estallaba al interior del estado-nación. El conflicto era interno al territorio nacional y allí tendía a resolverse. La lucha era contra la burguesía nacional (los ‘capitanes de la industria’) y contra las multinacionales en un marco de relativa autonomía del ciclo del capital a escala nacional. De parte del gran capital esa batalla suponía crecientes intentos por la racionalización de la producción. Sin embargo, esa etapa requería niveles de importación de maquinarias e insumos que eran excesivos en condiciones de una baja integración internacional del ciclo del capital (bajos niveles de exportaciones y limitados flujos de crédito internacional).41 La crisis (bajo la forma de ciclos de arranque y parada o stop-and-go) expresaba esa dificultad estructural para enfrentar la fortaleza obrera al interior del capital por medio de la racionalización productiva en una economía periférica.

Hoy en día la lucha por la competitividad global del capital doméstico (nacional o extranjero) se sostiene en la tendencia a la compresión infinita de las condiciones de existencia de la clase obrera y la ampliación sin límites de la explotación pues la contradicción entre trabajo y capital rápidamente se traslada al mercado mundial bajo la forma de fuga de capitales, depreciación/devaluación de la moneda y/o conflictos comerciales, es decir crisis externa. La dependencia profunda de la economía argentina se siente sobre todo cada vez que el capital global doméstico siente que no puede competir internacionalmente. En el presente, la crisis se expresa como crisis externa pero no por falta de integración del ciclo del capital sino por el contrario por su completa integración. Hoy el capital es inmediatamente capital global en todas sus formas y por ello tan pronto su valorización se dificulta, el capital se metamorfosea en moneda mundial y huye.

Superávit fiscal: la innovación del neo-desarrollismo

El superávit de las cuentas estatales se ha convertido en la piedra de toque del neo-desarrollismo.42 La diferencia positiva entre los ingresos públicos y los gastos primarios estatales alcanza hoy en día niveles récord. Más de 5% del producto bruto se destina a sostener ese resultado. La preeminencia del capital financiero como medio de dominación del capital como un todo sobre la sociedad se expresa en parte a través de ese superávit. El saldo positivo en las cuentas fiscales institucionaliza la presión del capital sobre las políticas estatales.43 Si antes el carácter de clase del Estado se garantizaba a través del peso que la dinámica del capitalismo tenía sobre las cuentas públicas, hoy a eso se suma la presión directa de las finanzas. Nunca antes quedó más claro que el Estado es representación de los intereses de la burguesía.44

El excedente que no se utiliza para saldar la deuda hoy, se utilizará para hacerlo mañana pues lo que sobra se transforma en reservas internacionales (moneda mundial) o pasa a alimentar un fondo contra-cíclico, el nuevo fetiche de los economistas para garantizar la solvencia inter-temporal del Estado, en auge o en recesión. Como siempre la solvencia inter-temporal es siempre frente a los acreedores pero jamás frente a los trabajadores estatales, los jubilados, los desocupados, etc.; ellos siempre deberán esperar.45 Cuando la crisis venga (algo de lo cual no hay duda; la incertidumbre es sobre cuándo llegará y bajo qué forma) los acreedores tendrán, como siempre, una posición privilegiada para cobrar (Féliz, 2005b).

Nuevas formas del conflicto de clase

Mientras que en la crisis la lucha es por la reproducción/bloqueo/superación de las relaciones sociales capitalistas y la distribución de los costos del estallido de las contradicciones del capital, el principal punto de conflicto en el capitalismo estabilizado es el conflicto obrero por el control de la producción y la apropiación del valor y la riqueza. En la medida en que los trabajadores encuentran formas de organización que les permiten enfrentar el despotismo en la fábrica, las empresas buscan trasladar el conflicto interno (económico) y convertirlo en un conflicto político. Es decir, los capitalistas (tan reacios a la intervención del Estado en otras cuestiones) exigen la mediación estatal a los fines de canalizar (es decir, neutralizar y reprimir) el conflicto. La fábrica social (la sociedad toda) se convierte, en el desarrollismo, en el ámbito privilegiado de expresión del antagonismo de clase.

En los noventa, el conflicto por el control del proceso de valorización no podía expresarse políticamente porque el capital había encontrado formas de contener (no anular) el descontento obrero al interior de los establecimientos fabriles. Junto a la recomposición política de la burguesía, la descomposición política de la clase obrera (producida por las transformaciones de la organización productiva, el desempleo y la precarización laboral, la cooptación de amplios sectores sindicales, la represión y la persecución judicial) desplazó la disputa al territorio, al barrio (Svampa y Pereyra, 2003).46 Los desocupados formaban el centro de la composición de la clase obrera y por ello se convirtieron en el eje articulador del conflicto social y el objetivo de las políticas públicas de asistencia/control social en la segunda mitad de los años noventa. La creación del Plan Jefes y Jefas de Hogar a comienzos de 2002 marcó el punto más alto de esa disputa.

Luego de la crisis, en la etapa actual, desarrollista, los trabajadores ocupados recuperan un papel hegemónico en la composición política de la clase. La expansión en el empleo industrial y la reducción en la desocupación contribuyen a recrear las condiciones objetivas para el fortalecimiento de las organizaciones obreras. Los nuevos parámetros ‘objetivos’ apuntalan las nuevas condiciones ‘subjetivas’ de organización de los trabajadores. Sobre la base de la nueva composición de clase, comienzan consolidarse las comisiones internas que en muchos casos desbordan a los mismos sindicatos.47 Esto últimos, intentando bloquear la autoorganización de los trabajadores, operan en los hechos como formas del capital.48 El Estado es llamado nuevamente a canalizar el conflicto interno al capital a los fines de su neutralización. Si la mediación de la burocracia sindical no sirve, la presión (los famosos ‘aprietes’), la cooptación, la represión y la judicialización están siempre a la orden del día.49 La integración a la estructura del Estado de miembros conspicuos de importantes organizaciones sociales dan cuenta de la búsqueda estatal del control social a través de la cooptación de movimientos potencialmente antagonistas. Por otro lado, los asesinatos por parte de las fuerzas conjuntas de represión estatal (de la policía de Buenos Aires, la policía federal y la gendarmería) de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki en 2002 marcaron el cierre del período de reestructuración, el inicio de la estabilización y la continuidad de la necesidad capitalista de la muerte como instrumento de dominio.50 La crisis no mata pero el capital mata en la crisis.51

La nueva centralidad de los trabajadores ocupados no significa que los trabajadores desocupados no tengan aun una posición privilegiada en la nueva composición de la clase obrera. La persistencia de niveles de desocupación superiores al 10% de la fuerza de trabajo activa (más de un millón de personas) más la existencia de miles de desocupados ocultos en la informalidad y la inactividad dan cuenta de su peso cuantitativo. Más importante, la consolidación de numerosas organizaciones sociales con base en los trabajadores desocupados señala que éstos siguen estando en el centro de la escena.52 La forma que asumieron las políticas sociales en los últimos 15 años dan cuenta de su importancia política: en los noventa, los Planes Trabajar; en los primeros años post-convertibilidad, el Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados, en la actualidad, el Plan Familias y el Seguro de Capacitación y Empleo (Féliz y Pérez, 2005). En la actualidad la reestructuración de los programas sociales en torno a éstos dos últimos tiene como uno de sus objetivos primordiales fomentar la desarticulación política de esas organizaciones. Mientras el Plan Familias busca reconducir a buena parte de los desocupados mujeres ‘de vuelta a la casa’, el Seguro de Capacitación y Empleo se orienta a todos aquellos considerados ‘empleables’ y que por lo tanto deben ser inducidos a trabajar (Pérez, 2005).53 Mientras antes las organizaciones de trabajadores desocupados mediaban los programas y por lo tanto sus recursos favorecían la organización política y social de los desocupados, las nuevas modalidades sólo sirven para individualizar a los beneficiarios (poniéndolos como primordiales responsables de acumular características que los hagan empleables) y contribuyen a descomponerlos políticamente.

Tendencias y contra-tendencias en el capitalismo neo-desarrollista

En estos primeros años del nuevo siglo XXI, nos encontramos atravesando una etapa de consolidación hegemónica del capital en Argentina. No hay que confundirse: la convertibilidad no fracasó. Su éxito es evidente si observamos quiénes conducen hoy el proceso de recuperación capitalista: los grandes grupos nacionales, trasnacionales y el capital financiero internacional, y sobre qué bases: los espacios que ganaron en la sociedad durante las últimas tres décadas y en particular la última (privatizadas, control de recursos comunes). El gran capital no sólo controla hoy todas las ramas de la producción sino que además maneja la mayoría de los recursos comunes de la sociedad: recursos naturales, espacio radioeléctrico y aéreo, la seguridad social, las finanzas, el comercio exterior, etc.54

El ilusionismo (neo)desarrollista pretende ignorar lo evidente. El capital financiero sigue ocupando un papel primordial como garante del proceso de valorización. Si en los ochenta y sobre todo en los noventa tuvo un papel central en la reestructuración del capital, hoy actúa como ‘perro guardián’. Se encuentra siempre listo para presionar (bajo la forma de la fuga) a los fines de encauzar la reproducción del capital. Sin necesidad del monstruo-fetiche del (neo)desarrollismo, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el capital (en todas sus formas) domina la sociedad.55 La deuda externa, las más alta de la historia del capitalismo argentino (no debemos olvidarlo) sigue siendo la espada de Damocles, el garrote listo a golpearnos si osamos salir de los patrones de seriedad y racionalidad del neodesarrollismo.56

No estamos en vísperas de un regreso del mítico Estado-social. El Estado hoy defiende al capital bajo nuevas y viejas formas mientras sostiene las condiciones de reproducción ampliada de la precariedad del trabajo. Se consolida en la primera década del siglo 21 la precarización laboral y la super-explotación del trabajo. La apertura internacional, aun bajo el paraguas de un tipo de cambio elevado, mantiene las condiciones que promueven el trabajo sin fin (jornadas extensas, condiciones de elevada precariedad laboral, alta intensidad de trabajo) con salarios por debajo del valor de la fuerza laboral (super-explotación).57 En efecto, la tendencia neo-desarrollista es buscar la inserción trasnacional del capital doméstico sobre la base de la hiper-explotación laboral y salarios por debajo de los niveles mínimos para la reproducción de la vida social de los propios trabajadores. La posición que ocupa el capitalismo argentino en la división del trabajo a escala internacional nos conduce a competir con China, India, etc., sobre la base de un deterioro sostenido de las condiciones de vida. No estamos haciendo referencia a una tendencia a la pauperización absoluta de la población, tendencia que creemos ha terminado con el fin del proceso de reestructuración regresiva. Simplemente entendemos que la estrategia de integración internacional del capitalismo argentino supone como base de competitividad el par tipo de cambio alto / salarios bajos (empleo precario).

Sin embargo, la expansión del capital luego de la reestructuración de los noventa está permitiendo consolidar nuevas formas de organización obrera. La lucha aparece, nuevamente, como el único hecho científicamente previsible, como nos lo adelantaba Gramsci (1999: Tomo 4, 267). Por debajo de las burocracias obreras o por afuera de las organizaciones tradicionales se consolidan espacios de oposición a las tendencias neodesarrollistas. La reducción del desempleo (que no es lo mismo que la reducción de la precariedad y la super-explotación) permiten nuevas formas de resistencia. La experiencia que se fue gestando en los años noventa de nuevas formas de articulación y lucha social y política permiten vislumbrar la principal contra-tendencia a la hegemonía del capital estabilizado. Las condiciones objetivas (estructurales) y, sobre todo, subjetivas (composición política de la clase obrera) nos permiten pensar en una tendencia a la creciente capacidad de organización autónoma de la clase, con eje en los trabajadores ocupados en los sectores formales. La recuperación del protagonismo de las comisiones de base en un sinnúmero de sectores (subterráneos, teléfonos, ferrocarril, etc.), el fortalecimiento de alternativas de oposición en algunos gremios claves (estatales, docentes) y su creciente articulación (por ejemplo, con la conformación del Movimiento Intersindical Clasista, MIC) son señales de ese proceso incipiente.

Reflexiones finales: Más allá del neodesarrollismo

En estos momentos lo importante es evitar confundir al capitalismo estabilizado, en expansión como en la etapa actual, con algo distinto del capitalismo. No hay capitalismo bueno. El capitalismo es rapaz por naturaleza. En esa rapacidad, en la posibilidad de la apropiación cada vez mayor del trabajo humano, sostiene su reproducción. El capital funciona sobre la base de la posibilidad de poner a todo el mundo a trabajar para su reproducción (Cleaver, 1992). El capital controla la sociedad por medio de su control sobre el uso de nuestra capacidad de trabajo.

El neo-desarrollismo es la nueva forma de gestión capitalista de la sociedad en Argentina.58 Si el capital utiliza la crisis como medio para su propio desarrollo, hoy el desarrollismo es la nueva forma de manejo de la crisis. La alternativa no es neoliberalismo o neo-desarrollismo, pues ambas son formas capitalistas de gestión de la sociedad. El neoliberalismo fue el presupuesto del neo-desarrollismo, su fundamento. El neo-desarrollismo nació del seno neoliberal.59 La alternativa no puede ser otra que el combate contra las tendencias capitalistas: la expansión sin límites del trabajo, la precarización sin fin de la actividad laboral, la destrucción del medio ambiente, la dominación de lo muerto (el capital, el dinero) sobre lo vivo (la vida, la creatividad y la alegría).

El capitalismo es el dominio de las cosas sobre la gente. El poder de la propiedad privada (privadora dice nuestro Eduardo Galeano) sobre nuestras vidas.

El neo-desarrollismo pondrá siempre en el altar del capital al trabajo vivo, no lo dudemos. Frente a la opción entre el FMI o el Pueblo, la opción fue el FMI (el Estado pagó adelantadamente la deuda con éste); hoy hay que elegir entre los pobres y los grandes capitales, estos últimos son elegidos (otorgando subsidios multimillonarios a las grandes empresas capitalistas); entre la lucha contra la indigencia o el capital financiero, la opción es poner al Banco Central a acumular reservas cuantiosas para asegurar el pago a los acreedores. ¿En la próxima crisis, el neo-desarrollismo dudará en poner (nuevamente) al trabajo en el altar del capital? ¿Dudará en proponerse como la forma de gestión de la crisis?

La batalla es y será siempre enfrentar esa tendencia. La exigencia de mayores salarios permite reducir la compulsión a trabajar, de la misma manera que facilita la organización y la lucha. La reducción del tiempo de trabajo es la contra-cara de la lucha por mayores salarios. Trabajar menos, para vivir más y mejor, esa debe ser la consigna. No trabajar menos para que trabajemos todos, pues en definitiva eso es mentira.60 Eso sólo significa, en realidad, que trabajaremos todos para que el capital acumule más y los capitalistas puedan vivir mejor sin trabajar. El capital vive sobre la base de nuestro trabajo, vive sobre la base de nuestra compulsión a trabajar, de nuestra pulsión inculcada por el trabajo alienado (la ‘cultura del trabajo’); pues en nuestra sociedad el trabajo es trabajo forzado, heterónomo, bajo el control de las cosas, el dinero y los mercados. La lucha contra la privatización de la vida es también la lucha contra el trabajo sin fin. La sociedad privatizada es la sociedad del capital en donde todo gira en torno al dinero y al trabajo incesante, donde la vida tiene precio al igual que el amor. Luchar por ampliar la vida fuera de los mercados (más salarios, más tiempo libre, más espacios comunes, socialización de la propiedad y autogestión) nos permitirá alguna vez vivir sin mercados.61

Exigir trabajar menos y ganar más; eso es luchar en y contra el capital. Luchamos contra el capital es decir, contra el poder de lo muerto sobre lo vivo. Luchamos en el capital pues hoy la sociedad es la sociedad del capital pero somos nosotros (los seres humanos) quienes le damos el poder que tiene y podemos quitárselo. El capital aparece como una suma de cosas pero no es más que el producto de las relaciones sociales, de la forma en que nos relacionamos y producimos. Es un producto de los hombres y es nuestro trabajo destruirlo.

Más ingresos, menos trabajo y más autonomía para todos. Eso es lo que el capital no puede darnos y por eso debemos exigirlo. Es materialmente posible, sí, pero no dentro de las relaciones capitalistas de producción. Siendo realistas, debemos pedir lo imposible. El capital mostrará así su verdadero rostro, como límite de las posibilidades de desarrollo de la autonomía y la libertad humana. Trabajar menos y ganar más, nos permitirá vivir más y mejor, en el camino de ser más libres, felices y creativos.

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1 Mariano Féliz es Licenciado en Economía, Magíster en Sociología Económica y Doctorando en Ciencias Sociales (UBA) y Economía (Paris 13/Nord). Miembro del CEIL-PIETTE del CONICET y Docente-investigador de la Universidad Nacional de La Plata. Correo electrónico: mfeliz@ceil-piette.gov.ar / marianfeliz@gmail.com

2 El ‘Rodrigazo’ fue un paquete de medidas que incluyó la devaluación de la moneda argentina en un 160%. La Huelga General convocada contra éste fue la primera convocada contra un gobierno peronista por un movimiento obrero con fuerte raigambre en ese movimiento político. Esto señala la magnitud del quiebre histórico.

3 La idea de ‘agotamiento’ de la sustitución de importaciones nos parece demasiado objetivista u estructural. Por el contrario, el concepto de ‘bloqueo’ que entendemos se produjo en la reproducción del capital expresaba la disputa (política) por el control de la sociedad. El uso de la violencia a escala ampliada por parte del capital y el Estado sobre los trabajadores (asesinatos, desapariciones, exilio) dan cuenta de la magnitud de las dificultades que el capital enfrentó para garantizar su control unilateral de la sociedad.

4 Este desempeño da cuenta de que no hubo entre 1975 y 1991 un modelo de acumulación basado en la valorización financiera. Ese período fue de profunda reestructuración sin acumulación global. El PBI aumentó sólo 6%. Si el PBI prácticamente no creció en todo el período de qué acumulación (financiera o cualquier otra) podemos hablar.

5 No hay acá un enfoque teleológico de la dinámica del capitalismo. No pensamos que la valorización financiera fuera un paso necesario del desarrollo del capitalismo hacia la (necesaria) superación de sus contradicciones. Por el contrario, la llamada valorización financiera señalaba las dificultades del capital para reestructurase (controlando al trabajo). La reestructuración podría no haber sido exitosa (como creemos que lo fue) y la crisis haberse prolongado o la organización del sistema podría haberse orientado en un sentido diferente (¿socialista?) al que eventualmente tomó.

6 Si así no fuera, no se entendería por qué nuestra burguesía antaño rentista aparece hoy, para muchos, como la nueva burguesía nacional.

7 El freno a los mayores salarios incluyó la aplicación de la convertibilidad, junto con la desindexación salarial. En particular el decreto 1334/2001 impedía los aumentos de salarios que no respetaran las pautas de “productividad, eficiencia y racionalidad [capitalistas]” (Battistini, Deledicque y Féliz, 2002).

8 El capital es trabajo bajo una forma alienada, objetivada, dominada. Por ello, el capital requiere del trabajo que éste se mantengan dentro de él, dentro de las condiciones básicas de su dominación-valorización.

9 Hasta comienzos de los años noventa no se terminó de definir la hegemonía compartida de los grupos económicos y los acreedores internacionales sobre el proceso de reproducción de la sociedad (Basualdo, 2006).

10 Vale aclarar, sin embargo, que si bien el capital es una relación social, es una relación social objetivada. Es decir, que el capital es un sujeto pero que no se reduce a la suma de los capitalista. Es un poder social y por ello para superarlo no alcanza con ‘expropiar a los expropiadores’. Si así fuera, el capital sería simplemente una relación de propiedad pero no es sólo eso. Ver al respecto, Postone (1993).

11 El concepto de composición (política) de clase enfatiza la capacidad de organización e influencia de las fracciones de clase más allá de su peso cuantitativo. En consecuencia, los trabajadores desocupados han conseguido un peso políticamente relevante (reconocida por otras fracciones y clases) más allá de que su dimensión cuantitativa se reduzca a medida que el proceso de acumulación se prolonga en el tiempo. Por supuesto, la dimensión ‘objetiva’ del colectivo de desocupados y la dinámica del resto de las fracciones de clase alterará la capacidad organizativa de los desocupados.

12 Preferimos decir periferización y no terciarización de actividades. La idea de periferia remite al concepto de dependencia real (más allá de la relación formal de independencia) mientras que la terciarización nos lleva a la idea de que otro, un tercero, formal y realmente independiente pasa a participar en una relación de intercambio igualitaria.

13 Las empresas terciarizadas se han convertido en uno de los medios más claros de precarización de la fuerza de trabajo de las grandes empresas. Esto sirve para desmentir las afirmaciones que señalan que las grandes empresas no precarizan el empleo. En realidad lo hacen realmente pero formalmente parecen no hacerlo pues la precarización se traslada a sus terciarizadas y proveedores.

14 Elaboración propia sobre la base de datos del CEPED.

15 Recodar que este promedio es engañoso. Después desde finales de 2001 mientras los salarios de los trabajadores formales (que representan cerca de 50% del peso en el índice de salarios, aunque representan el 38% de la fuerza de trabajo asalariada ocupada) recuperaron su poder de compra en 2006, los salarios de los trabajadores informales y estatales (que presentan en conjunto el 50% del índice pero 62% de los asalariados ocupados) se encuentra aun un 22% y 29% por debajo respectivamente.

16 Si bien es cierto que para el promedio segundo trimestre de 2002 y cuarto trimestre de 2004 la elasticidad empleo-producto fue de 0,95 (es decir, muy alta), la tendencia entre 2002 y 2004 es claramente decreciente. Fuente: A la largo del texto a menos que se aclare lo contrario la fuente de datos es el Ministerio de Economía y/o el INDEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos).

17 Esto da cuenta de la dependencia tecnológica del capitalismo argentino. En efecto, dado que los patrones de tecnología son internacionales (ligados a los procesos de innovación de los grandes capitales a escala global) los llamados precios relativos locales (relación entre salarios y precio de los medios de producción) no alteran significativamente la estructura tecnológica del capital de manera tal que no modifican de manera sustancial la relación que existe entre la producción de mercancías y el empleo de fuerza de trabajo.

18 El espacio común involucra desde el aire, el agua y el subsuelo, hasta el espacio radioeléctrico, la educación y la salud. Es decir, todo aquello que puede ser compartido y consumido conjuntamente. Aun la libertad y la autonomía podrían pensarse como espacios comunes pues se construyen colectivamente y su privatización invalida su concepto (¿Qué es mi libertad si mi actividad vital se estructura en torno al trabajo forzado? Es decir, ¿puedo ser libre si vivo para trabajar? ¿Cómo puedo ser autónomo si mi poder de hacer mis propias reglas se reduce al ámbito privado de mi hogar?).

19 Ver a modo de ejemplo el caso de Aerolíneas Argentinas donde el grupo propietario, Marsans, venderá entre el 20% y el 40% de las acciones al Estado. Con esa transacción, el grupo privado mantiene el control de las decisiones estratégicas de la empresa mientras que el Estado debe contribuir al financiamiento de las operaciones de la empresa a partir de aportes de capital.

20 Mientras que en 1993 para la economía argentina en su conjunto las exportaciones de bienes eran equivalentes a sólo 79% de las importaciones de bienes, para las 500 grandes empresas ese mismo año la relación era de 103% Hacia 2002, inmediatamente después de la devaluación, la relación era de 285% y 320% respectivamente. Como se observa, la tendencia ‘exportadora’ de las grandes empresas es siempre mayor a la de la economía en su conjunto. En 2005, la relación exportaciones/importaciones había caído a 139% para el conjunto de la economía.

21 Lo único que al parecer, el capital prefiere no liberar es el flujo de personas. En ese ámbito prefiere tener un control estricto del movimiento.

22 Según la contabilidad nacional el consumo privado en la Argentina es el 66% del ingreso total. Dado que la masa de salarios es el 24% de ese mismo ingreso total, el otro 42% (es decir, 2/3 del consumo total) corresponde al consumo de los no-asalariados (capitalistas y clases asociadas). Además, habría que considerar que una parte importante del consumo ‘asalariado’ incluye el gasto de consumo de los sectores asalariados que cumplen las funciones del capital (gerentes, etc.). Por otra parte, no consideramos en la estimación los ingresos de jubilados, trabajadores estatales y cuentapropistas. De cualquier manera, estimaciones que incorporan esos ingresos (Lozano y Raffo, 2006) presentan valores similares que no difieren cualitativamente ni significativamente en términos cuantitativos.

23 El patrón de gasto dependiente de las clases dominantes se asocia a su voluntad de estructurar su consumo en base al consumo estándar en los países capitalistas dominantes (Furtado, 1974). Esto los conduce a gastar excesivamente en el exterior e internamente a consumir muy por encima de los niveles de consumo medios del resto de la población.

24 Ver Lozano, Rameri y Raffo (2005).

25 Los fondos fiduciarios (FF) son fondos constituidos con recursos públicos destinados al financiamiento de proyectos específicos. A diferencia de los fondos especiales o asignaciones específicas de otras épocas, los FF no se gestionan centralizadamente dentro de la administración general de los fondos gubernamentales, sino que el manejo de esos recursos queda por fuera de las normativas de control vigentes.

26 Que el Estado haya ‘recuperado’ el control de algunas pocas antiguas empresas estatales, como el correo o la que provee de agua potable al Conurbano bonaerense, no es evidencia de una vuelta a los buenos viejos tiempos del Estado-capitalista. “El Gobierno no tiene vocación estatizante” según declaró el Jefe de Gabinete, Alberto Fernández (Diario Página/12, 26/4/2006). No vuelve el Estado-empresario, sino que estamos en presencia de una nueva forma de mediación estatal del capital.

27 Ver, por ejemplo, el nuevo acuerdo firmado con Aeropuertos Argentina 2000. El Estado transforma la deuda pendiente de la empresa privada (que queda cancelada sin más) en acciones, y se flexibilizan las exigencias de inversión pautadas (“en función de las necesidades del negocio”, ver Página/12, 17/6/2006). Es decir, la empresa tiene más libertad para invertir donde considera que es rentable y no donde se había propuesto (en las condiciones contractuales originales) que era socialmente necesario. Por supuesto, el Estado pasa a ser socio de los grandes negocios del capital.

28 “La Argentina está abierta al mundo en materia de inversiones” según declaraciones del Ministro de Infraestructura, Julio De Vido. (Página/12, 15/6/2006).

29 “Kirchner garantizó a los empresarios españoles que habrá plena seguridad jurídica para las inversiones”, Diario Clarín (22/6/2006).

30 Decimos esencialmente y no únicamente pues en definitiva el conjunto del capital global mundial (y con él, los distintos capitales domésticos) existen gracias a la explotación conjunta de la fuerza de trabajo mundial.

31 Los empresarios de la UIA en reunión con la Ministra de Economía, Felisa Micceli, “reclamaron ponerle límites a la ‘puja distributiva’” (Página/12, 17/1/2006). Pocos meses antes, la Asociación Empresaria Argentina, que la UIA integra y que incluye además a las asociaciones de las más grandes empresas, reclamaba “que el Gobierno limite sus intervenciones en el campo laboral, que estuvieron dadas esencialmente con los aumentos de salarios por decreto” (Página/12, 12/8/2005), política que efectivamente terminó. Evidentemente, el gran capital quiere la intervención estatal para frenar la recuperación salarial.

32 Aquí el Estado actúa como mediación de la relación capital funcionando en los hechos como capitalista colectivo ideal.

33 Recientemente se realizó una reunión del Consejo del Salario. En este ámbito la CGT y las asociaciones representativas del gran capital acordaron un incremento salarial del 19% para los salarios básicos de los trabajadores formalizados del sector privado. Si bien les permitirá alcanzar la línea de pobreza sólo involucra al 38% de la fuerza de trabajo ocupada. Además, el aumento salarial no da cuenta del fuerte incremento en la productividad laboral desde 2001.

34 Al respecto, ver el excelente trabajo de Daniel James (1990).

35 El análisis del movimiento de la sociedad capitalista supone comprender su dinámica en términos de tendencias. Esto significa que cuando decimos, por ejemplo, que el uso de la tecnología siempre reduce la autonomía, descalifica las tareas y aumenta la intensidad laboral, no lo planteamos en términos absolutos sino tendenciales. En ese caso concreto, la experiencia histórica muestra que los cambios técnicos pueden mejorar la posición relativa de algunos trabajadores, pero que tendencialmente esos puestos serán degradados, proletarizados, estandarizados (Carchedi, 1987).

36 En una nota aparte, esto significa que la transformación radical de las relaciones sociales supone no sólo la reformulación de las relaciones en la esfera de la distribución (relaciones de propiedad, distribución del ingreso, mediación mercantilizada) sino que implica también la reformulación de la forma de producir. La forma actual de producción industrial es capitalista y por tanto cualquier proyecto de transformación social radical debe plantearse su transformación. Ver Postone (1993).

37 Los empresarios de la UIA en reunión con la Ministra de Economía propusieron “que empresarios y gremios acuerden un índice por el cual se ajusten los salarios. Por ejemplo, en función de la productividad. ‘Queremos previsibilidad’, definió un empresario” (Página/12, 17/1/2006).

38 Volvemos a remarcar, el uso capitalista de la tecnología implica que la misma no sólo debe aumentar la productividad del trabajo y reducir los costos, sino que debe simultáneamente permitir a las empresas capitalistas la apropiación de esos beneficios. Por eso, el uso de la tecnología por parte del capital frena la reducción de la jornada de trabajo y/o los aumentos salariales que la mayor productividad del trabajo (repetimos, del trabajo, no del capital) permitirían.

39 Es cierto que la competencia inter-capitalista siempre multiplica los esfuerzos de las empresas por reducir costos a través de la innovación. Pero en condiciones de debilidad organizativa de los trabajadores, la tendencia es simplemente la reducción de costos por medio del aumento de la explotación. En términos generales, sólo en condiciones de fortaleza obrera los capitalistas se ven forzados a incorporar tecnología.

40 Como lo señala Marini (1979) el proceso de integración transnacional del ciclo del capital ha sido un largo proceso histórico estrechamente vinculado a las condiciones de dependencia de las naciones de la periferia.

41 Cortez y Marshall (1985) han señalado la importancia que tenía la demanda de mercancías importadas durante el período clásico del stop-and-go, la etapa desarrollista.

42 Dijo la Ministra de Economía, Felisa Miceli, durante el Congreso Latinoamericano de Comercio Exterior: “Quiero ser enfática: el superávit fiscal no es una variable de ajuste sino una meta prioritaria para este gobierno” (Página/12, 30/5/2006).

43 “La solidez fiscal es una de las herramientas con las que contamos para enfrentar la volatilidad de los mercados” señaló la Ministra Miceli (Página/12, 14/6/2006). No podía ser más clara: la presión de los mercados, es decir del capital bajo su forma de capital-dinero, sobre el Estado conduce al mismo a llevar adelante una política de ‘austeridad fiscal’.

44 La Ministra de Economía sostuvo que el objetivo era “mantener un superávit fiscal primario que nos dé previsibilidad y que nos permita efectuar pagos externos” (Diario Clarín, 20/12/2005).

45 En los hechos el superávit fiscal ha sido posible sobre la base de la política de reducción en los gastos públicos en salarios, planes sociales y seguridad social. Si esos gastos públicos se hubieran mantenido en términos constantes en relación a la evolución del precio de los bienes, el superávit se habría reducido en 2005 un 75% a pesar de la creación de nuevos impuestos como las retenciones de las exportaciones o el impuesto a las transacciones financieras bancarias.

46 La recomposición política de la burguesía se produjo bajo la hegemonía del gran capital en una ‘Comunidad de Negocios’ (Basualdo, 2001). Esa comunidad de negocios se manifestó en un sinnúmero de operaciones conjuntas de Grandes Grupos Nacionales, Bancos y Empresas Extranjeras bajo la forma de ‘asociaciones de empresas’. La mayoría de las privatizaciones se realizaron bajo esa figura legal.

47 Un ejemplo de esto es la experiencia de las comisiones internas en los Subterráneos de Buenos Aires. Éstas han luchado y logrado importantes reivindicaciones superando y desbordando los límites impuestos por el sindicato que legalmente representa a estos trabajadores (la UTA, el sindicato del actual Secretario General de la CGT).

48 El capital es una relación social que se expresa de diversas maneras. Se expresa bajo la forma-estado, bajo la forma-dinero, etc., pero también bajo la forma de instituciones como los sindicatos. La integración de las organizaciones sindicales a la estructura estatal las constituye en capital bajo la forma-sindicato. Por supuesto, tal como el capital es una relación contradictoria e instable por la presencia antagonista del trabajo en su interior, la forma-sindicato es también contradictoria y puede ser desbordada por el trabajo cuando logra articular formas de organización autónomas.

49 En 2005 había más de 3000 militantes populares atravesando procesos judiciales por su participación en acciones de protesta.

50 Sobre el asesinato de Santillán y Kosteki se puede ver la excelente investigación colectiva del Movimiento de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón (2003).

51 La muerte es inmanente al capital pues supone el dominio de las cosas sobre las personas. Es decir, el capital mata en la crisis pero no sólo en la crisis.

52 Por supuesto, estas organizaciones no aglutinan solamente trabajadores desocupados y no solamente impulsan sus reivindicaciones. La mayoría de las organizaciones de desocupados han devenido organizaciones territoriales de largo alcance con múltiples articulaciones y actividades. Ver por ejemplo el caso del Movimiento de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón que hoy, en el marco del Frente Popular Darío Santillán, desarrolla una política que abarca desde las demandas directas de los desocupados (subsidios, alimentos, etc.) hasta actividades de desarrollo social autónomo (comedores comunitarios, talleres de formación profesional, emprendimientos productivos, educación popular, comunicación, etc.). Ver al respecto Svampa y Pereyra (2003).

53 Esto significa que cerca de 1 millón de personas pasarán al Plan Familias mientras unos 500 mil permanecerán dentro del nuevo Seguro de Capacitación y Empleo.

54 Hay dos grandes esferas no conquistadas aun en su totalidad: la salud y sobre todo la educación. Esta última es la gran batalla que todavía buscará dar el capital.

55 Cabe recordar que a finales de 2005 el gobierno de Kirchner pagó por adelantado la deuda pendiente con el FMI. Ese pago, cercano a los 9000 millones de dólares, fue presentado como un triunfo que daría a la Argentina más autonomía para llevar adelante sus propias políticas.

56 Luego de la reestructuración, la deuda pública alcanza los 125 mil millones de dólares, más que en 1998 y representa el 73% ingreso nacional de un año, mientras que en 1998 representaba menos del 40%. Entre 2002 y 2005, el Estado nacional pagó intereses por 10000 millones de dólares a los acreedores más 9000 millones en concepto de devolución del capital adeudado al FMI, 19 veces más que el gasto presupuestado para 2006 de todo el ministerio de Desarrollo Social.

57 La superexplotación se expresa en ingresos en los hogares de los trabajadores menores que los necesarios para garantizar niveles mínimos de vida, capaces de sostener las condiciones históricas de existencia de la fuerza de trabajo (dignas condiciones de vida). Ver Marini (1978).

58 No sólo en Argentina. Nos parece que la forma neo-desarrollista de gestión social se ha extendido a lo largo de América Latina. Sin embargo, no tenemos lugar aquí para profundizar en esta cuestión.

59 No es extraño, entonces, ver a personajes tales como Martín Redrado (Presidente del Banco Central), entre otros, todos economistas que fueron parte de la gestión estatal en los noventa (por no hablar de políticos, empresarios, etc.), montados hoy sobre el discurso neo-desarrollista con la fe de los conversos.

60 La situación presente, la realidad del neo-desarrollismo, es que el capitalismo no necesita que todos trabajemos menos para que todos trabajemos. Efectivamente el capital es la relación contradictoria entre la necesidad objetiva y subjetiva (política) que tiene el capital de poner a todo el mundo a trabajar como medio para su valorización y dominio, y la tendencia a la reducción en la participación del trabajo (vivo) en los procesos sociales de producción. Es esa contradicción la que conduce al capital sistemáticamente a la crisis y por ello es ‘una contradicción viva’ como señalaba Marx.

61 Propiedad social no es lo mismo que propiedad estatal. Esta última es una forma mediada de la propiedad capitalista. Ver Pannekoek (1947) sobre el tema de la propiedad común versus la propiedad estatal.

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