Mirando a la distancia. Tendencias recientes del capitalismo argentino

Mirando a la distancia. Tendencias recientes del capitalismo argentino.
x mariano féliz (abril de 2007)

Las que siguen son unas notas, parte de un texto en elaboración. Es sólo la primera parte; la segunda deberá esperar unos días todavía. Son apuntes e ideas para discutir, polemizar, compartir.

Predecir el futuro no es fácil, más bien es imposible. Lo que puede hacerse si es analizar, reflexionar sobre las tendencias actuales y pasadas que constituyen el movimiento de la sociedad y, junto con la comprensión lo más precisa posible de la lógica que la estructura, plantearse un horizonte probable. Ese horizonte nunca será certero. Es más nunca será real más allá de nuestro propio accionar pues nuestra praxis puede alterarlo, aun si marginalmente. Sin embargo, el horizonte podrá darnos los parámetros principales a tomar en cuenta en nuestra lucha cotidiana si bien no un guión detallado de lo que ocurrirá.

Dictadura, convertibilidad y la economía desde el 2002

La sociedad argentina es hoy día el producto de 30 años de reestructuración capitalista. Nos parece que si algo queda claro es que ha terminado ese proceso, iniciado brutalmente en 1975, acelerado entre 1976 y 1983 y concluido y consolidado en la década de los noventa.
Hoy está claro que el capitalismo (la sociedad) argentino(a) está dominada por el capital bajo la forma de capital transnacional o transnacionalizado. Si la dictadura militar sentó las bases políticas del triunfo del gran capital en la reestructuración, los noventa consolidaron las bases económicas del mismo. La salida de la convertibilidad sólo dio por sentado lo que se sabía: que al menos a corto plazo la disputa estaba saldada; el capitalismo argentino estaba en condiciones a partir de allí de expandirse sostenidamente en un ciclo largo de al menos dos o tres lustros, tal vez con breves pero leves interrupciones.
La consolidación de la reestructuración y conclusión también marcaron lo que había de fondo pero que parecía oculto. La preeminencia del capital financiero era sólo aparente, siendo sólo una forma necesaria de manifestación de la crisis (inconclusa) del capital como un todo. Hoy está claro que el dominio del capital en Argentina se sustenta en su capacidad de explotación de la fuerza de trabajo y los recursos naturales (las dos fuentes de riqueza) y no en la ‘timba financiera’. Hoy queda más claro que la llamada ‘valorización financiera’ no es una forma permanente del capital sino que era la manifestación de su crisis y de la necesidad de reestructurarse. El capital asumió su forma dineraria para salir de una situación de ‘empate social’ y contribuir a destruir ese equilibrio. La centralización y concentración del capital (desaparición de miles de empresas, privatizaciones) en los últimos 30 años no habría sido posible sin la presencia, subordinada, del capital financiero. Hoy esta forma del capital sólo opera como reaseguro para las necesidades del capital en su totalidad.
La dominación del capital sobre la sociedad argentina pareció cuestionada en la crisis iniciada en 1998 y concluida brutalmente en 2002. Sin embargo, más allá de las apariencias, esa crisis fue distinta a las anteriores. Fue una crisis ligada al desarrollo capitalista, a la consolidación de las formas capitalistas de producción y reproducción de la sociedad. A diferencia de las anteriores crisis, la misma fue causada por la acelerada acumulación de capital, por la creación de nuevos negocios, por el aumento de la productividad y el aumento de la explotación del trabajo, es decir por el pleno desarrollo de las tendencias intrínsecas a la forma capitalista de sociedad.
Eso explica la modalidad que asumió la salida y las tendencias subsiguientes. La modalidad fue la devaluación ‘exitosa’. La devaluación ha sido una forma típica de la crisis en Argentina, típica de la crisis en la periferia del mundo. Pero la devaluación es exitosa, a los fines de la reproducción de la sociedad bajo formas capitalistas, cuando los precios suben pero los salarios no, cuando conduce a la configuración de condiciones adecuadas a la producción de plusvalor y crea, simultáneamente, un patrón distributivo adecuado para la expansión sostenida de la demanda de mercancías. Eso fue lo que ocurrió desde 2002.
La salida de la convertibilidad no se tradujo en hiperinflación. A diferencia de quienes no comprendieron lo que estaba ocurriendo, las condiciones estructurales de la economía argentina son diferentes a las de las etapas anteriores. La inflación (menos la hiperinflación) no es un fenómeno meramente ‘objetivo’. No es resultado simplemente del exceso de demanda, de la falta de oferta, del déficit fiscal (del gobierno nacional o provincial), la emisión ‘espuria’ (o no) de dinero. La inflación es una forma de manifestación del conflicto (social) de clases y por lo tanto está ligado a la dinámica de éste. A la salida de la convertibilidad no había un cuestionamiento estructural de los sectores trabajadores sobre el capital, ni había mecanismos que institucionalizaran tal cuestionamiento (indexación salarial, por ejemplo).
La salida de la convertibilidad implicó fundamentalmente una desvalorización de la fuerza de trabajo (mediante la caída en el poder de compra del salario) y la desvalorización del conjunto del capital (quiebra de empresas, absorción de una empresas por otras) y las mercancías producidas domésticamente, cuyos valores se redujeron en dólares (moneda internacional o dinero mundial). Esto permitió recrear las condiciones para la valorización del capital a escala ampliada, es decir creó las condiciones para que la producción capitalista en Argentina fuera nuevamente rentable.
Las condiciones internacionales favorables (precios altos para las exportaciones, elevado crecimiento del comercio mundial, apertura de nuevos mercados como el Chino o Indio, etc.) crearon condiciones para acelerar la recuperación de la acumulación capitalista (crecimiento económico) pero no crearon las condiciones estructurales para ese proceso. La convertibilidad y su fin lo hicieron.
La desvalorización de la fuerza de trabajo ratificó la precarización estructural de las condiciones de trabajo y la concentración de los ingresos en manos de los no-trabajadores (clases dominantes) y la concentración del capital ratificó el patrón de especialización productiva (exportador de recursos naturales, con o sin manufactura).

El futuro ya llegó, hace rato.

En la actualidad (2007) presenciamos la consolidación de ese patrón de desarrollo capitalista. Se mantienen las condiciones estructurales de precariedad de las condiciones de trabajo y el predominio del crecimiento ligado al saqueo de los recursos naturales.
Sin embargo, el crecimiento ha creado (nuevas) mejores condiciones para la lucha de los trabajadores, en particular de los ocupados. El crecimiento en el empleo (aun precario) favorece la organización y la lucha aun en el caso de los trabajadores más vulnerables. Los triunfos han sido evidentes (pase a convenios mejores, aumentos en las remuneraciones).
Esto no significa que las batallas ganadas nos deban conformar. Estamos aun lejos de condiciones de trabajo ‘dignas’ en perspectiva histórica. Hoy, la pobreza alcanza a casi el 30% de la población (según la cuestionable estadística oficial); hace poco más de 30 años, no superaba el 5%. Tres millones de personas hoy en día pasan hambre en nuestro país; hace poco más de tres décadas, el hambre era desconocido entre nuestros compatriotas. La pobreza era un problema de marginalidad social, hoy la pobreza es un problema de los trabajadores, integrados en la producción y reproducción del sistema. Hoy el trabajo no dignifica, pues no permite una vida digna.
Las condiciones de reproducción del capitalismo argentino suponen la perpetuación de la precariedad estructural de las condiciones de vida de la mayoría de la población. El desarrollo capitalista en Argentina se ha consolidado como un patrón de ‘miseria planificada’ como señalaba Walsh en su lúcida carta. Esa es la economía política del Sr. Kirchner.

El futuro se acerca, despacio pero viene.

Esas son las condiciones, las tendencias, pero nada dicen del futuro. El futuro está como siempre en nuestras manos aunque, como sabemos, lo construiremos en condiciones que no elegimos. Esas condiciones cambian con el desarrollo del tiempo histórico, con el desarrollo del conflicto social, con la lucha, resistencia y organización del pueblo y la acción (y reacción) de las clases dominantes.

Tendencia inflacionista

Una de las tendencias presentes en el capitalismo argentino contemporáneo es la inflación. Algo ya dijimos al respecto: la inflación no es producto del ‘exceso de demanda’ o ‘la falta de oferta’; tampoco es producto del déficit público o la emisión de moneda.
La inflación es una modalidad, una forma, del conflicto de clases. La suba de precios es un mecanismo que el capital tiene a su mano para devaluar a la fuerza de trabajo. Si el capital no puede enfrentar las subas salariales directamente y no puede hacerlo a través del Estado y sus topes salariales, buscará aprovechar su control colectivo sobre los precios para bajar el valor de la fuerza laboral.
Los precios suben no porque haya quienes ‘controlan’ los precios sino porque la competencia inter-capitalista opera como un mecanismo para buscar garantizar la rentabilidad del capital. Mientras que a corto plazo, la inflación será el medio más directo para contener y reducir a la fuerza de trabajo, a mediano plazo será la inversión, la reestructuración productiva, el aumento en la productividad y la explotación laboral, el medio elegido. La primera alternativa se prolongará más en tanto más puedan contener las presiones obreras para mejorar sus condiciones de trabajo.
La inflación seguirá elevada porque (a) el capital no aceptará sin más la mejora en los salarios, (b) porque hay sectores del capital cuyos rentabilidades relativas están ‘atrasadas’ (por ejemplo, servicios en general, en particular servicios públicos privatizados), (c) porque hay cierta presión de la demanda internacional de algunas mercancías importantes en la canasta de consumo (alimentos, combustibles). Sin embargo, no hay mecanismos institucionalizados que multipliquen las presiones inflacionarias (mecanismos indexatorios). Por lo pronto, la inflación se mantendrá por encima de un dígito pero no hay indicios de una ‘estampida’ ni mecanismos para propagarla.
Esto no significa que no haya quienes lideren las subas de precios o que las mismas no puedan ser contenidades parcialmente. Los grandes capitales, en todas las ramas de la producción, lideran la fijación de precios. Sin embargo, la tendencia de los mismos, tiene una determinación ‘objetiva’ fuertemente ligada a la dinámica de acumulación de capital y la tendencia a la igualación intersectorial de tasas de ganancia. Claro que los grandes ‘monopolios’ tienen cierta discrecionalidad en la fijación de precios, pero discrecionalidad parcial no implica lisa y llana unilateralidad u omnipotencia.
En este marco, podemos entender mejor la política del gobierno y su preocupación por contener los salarios dentro de un techo. Primero, dado que los salarios que más suben son aquellos de los trabajadores más organizados y estructuralmente mejor posicionados (formales, en grandes empresas, en ramas industriales más competitivas y mecanizadas), se acrecienta la brecha de la desigualdad inter-salarial y se hace más difícil contener las presiones de otros sectores del trabajo, así como el discurso progresista ligado a la igualdad. Por otra parte, dado que son los grandes capitales quienes acuerdan los mayores salarios, son ellos mismos quienes estan en mejores condiciones de intentar compensar sus ganancias con mayores precios, acentuando la inflación. Está claro que una suba de salarios liderada por los trabajadores informales difícilmente podría trasladarse a los precios, mientras que la suba de los más formalizados tiende a generalizarse. Tres, la mayor presión para subir salarios y la suba de precios conspira contra la política fiscal, pues aumenta la necesidad de aumentar los salarios de los trabajadores estatales, jubilaciones, subsidios, etc.
Por último, en buena medida la política de crecimiento se sostiene en el tipo de cambio real alto, o si se quiere en bajos salarios reales. Sólo en esas condiciones, el capitalismo argentino está en condiciones de sostener elevadas tasas de crecimiento con superávit externo y superávit fiscal. Sólo con los superávits gemelos puede el gobierno afrontar el pago a los acreedores sin complicar el frente fiscal y el frente externo. Esta restricción estructural (estructurante) del actual patrón de crecimiento crea límites serán defendidos sin dudas por el capital y el Estado.

Tendencia expansionista

He aquí el segundo punto de conflicto. Sostener el crecimiento alto y estable es el leit motiv del gobierno y el capital. Solo de esa manera puede simultáneamente garantizar solvencia fiscal, reducción (aunque sea marginal) en los indicadores de pobreza y desempleo y la rentabilidad del capital. Para lograr esto el gobierno apela a apuntarlar (a) el boom de la producción y exportación de recursos naturales, (b) sostener el aumento en el crédito, (c) contener los salarios y mantener alto el tipo de cambio real.
La devaluación creó las condiciones objetivas que reconstituyen la renta ‘agraria’ en la Argentina. La renta hace referencia a las condiciones extraordinarias que permite que en determinadas actividades, los capitales operantes obtengan superganancias o ganancias que superan la media del conjunto de las actividades capitalistas en un espacio territorial. La devaluación no sólo permitió desvalorizar la fuerza de trabajo sino que dio lugar a la regeneración de rentas sostenidas en actividades de explotación de recursos naturales, desde la producción agropecuaria y maderera a la explotación minera y petrolera. A las condiciones domésticas se suman excelentes condiciones internacionales.
En segundo lugar, el crecimiento se apoya en el aumento de la producción de mercancías de consumo durable (electrodomésticos, autos, etc.) e inmuebles. Ambos conjuntos de ramas de actividad sustentan su desarrollo sobre todo en la redistribución negativa del ingreso provocada por la consolidación del patrón de desarrollo post-convertibilidad (que en otro lado hemos denominado neo-desarrollista). La caída en los salarios reales, fue acompañada de un crecimiento acelerado en los ingresos de los sectores que derivan sus ingresos del capital. Estos incluyen un pequeño pero importante número de gerentes, jefes y otros asalariados que cumplen las funciones del capital en diferentes puntos del proceso de producción social. Estos sectores se apropian de una porción sustancial de los ingresos y están en la base de la expansión acelerada del consumo (que se nota sobre todo en las ventas de centros comerciales, más que en supermercados; también, en las ventas de autos y viviendas), sin que esto signifique ignorar la expansión de la masa salarial.
El proceso de aumento del consumo de mercancías de consumo durable e inmuebles requiere en buena medida del crédito que permite financiar gastos importantes sin necesidad de ahorrar. La expansión crediticia requiere el relajamiento de las condiciones de acceso a los mismos (por ejemplo, reducción de garantías requeridas) y liquidez excedente (es decir, tasas de interés bajas). En este sentido, ha sido fundamental la política de compra masiva de dólares por parte del Banco Central para ampliar la base de la expansión del crédito, es decir la oferta de dinero líquido.
Tercero, el crecimiento se sustenta en el tipo de cambio real alto. Es decir, en un dólar caro. Esto redunda en un abaratamiento relativo de las mercancías de producción local cuando sus precios se miden en dólares, es decir en el mercado mundial, pero un aumento de su precio medido en pesos, es decir para el mercado interno. Así, en comparación con los precios de los mercancías producidas en otros países del mundo (es decir, en dólares), los precios de los productos locales han caído un 34% desde diciembre de 2001; por otro lado, en comparación con los salarios, la canasta básica ha subido desde diciembre de 2001 un 31% más. El dólar alto baja los salarios reales (su poder de compra) pero aumenta la ‘competitividad’, eufemismo para decir que aumenta la rentabilidad de las empresas. Sin que ellas hagan nada, el dólar alto aumenta la posibilidad de producción y expansión, al reducir la competencia de los productos importados y aumentar la rentabilidad de la producción para la exportación.
Se observa, entonces, la consolidación de un patrón de crecimiento extractivo-saqueador (podríamos decir, siguiendo a Harvey, geográfo marxista, de “acumulación por desposesión”), basado en una estructura productiva concentrada y concentradora, orientada hacia el exterior (la competitividad externa siendo el parámetro de la ‘sustentabilidad’ del crecimiento). El histórico patrón de economía dependiente potenciado y adaptado a la era del capital trasnacional.

Tendencia a la pauperización (relativa)

Durante muchos años el capitalismo argentino mostró una tendnecia profundamente regresiva. De ser un país sin pobreza ni marginalidad, con salarios altos y desempleo relativamente bajo y relativamente equitativo, se ha convertido en un territorio que ha retrocedido un siglo en el nivel de vida de su población.
25 años de reestructuración regresiva condujeron a esta situación. En todo caso, esa etapa ha concluido. Hoy el capitalismo argentino ha comenzado un proceso de expansión en-y-a-través de la pobreza.
Ya no se vislumbra el retroceso permanente en las condiciones materiales absolutas, pues el capital hoy todo lo domina. Su reestructuración ha concluido por ahora, la crisis de hegemonía al interior del capital se ha resuelto a favor del capital trasnacional(izado). El capital tiene una hegemonía sustancial sobre la sociedad en su conjunto. Esto significa que, como señalamos, podemos esperar un largo período de crecimiento. Y esto implica que tendremos un sostenido aumento en el empleo. El crecimiento puede frenarse sin dudas si se deterioran, por ejemplo, fuertemente las condiciones externas. Pero las condiciones estructurales ya mencionadas, justifican nuestra expectativa.
El crecimiento sostenido augura el fin de la hipótesis del ‘fin del trabajo’. El desempleo abierto podrá llegar sin lugar a dudas a niveles que rondarán el 6-7% de la población activa. Igualmente, se consolidará una masa importante de desocupados ‘ocultos’, desocupados estructurales, de magnitud considerable. Sin embargo, si el crecimiento económico cae a niveles más parecidos a los valores históricos (no superiores al 5% anual, frente a más del 8% anual los últimos 4 años), la economía no creará puestos de trabajo suficientes como para absorber a la población que busca incorporarse al mercado de trabajo.
Sin embargo, el capital necesita tanto del desempleo como disciplinador de la fuerza de trabajo como del trabajo asalariado como fuente de la riqueza bajo la forma de valor y por tanto del plusvalor (ganancia). Es decir, que la acumulación de capital supone en el tiempo la creación de más puestos de trabajo.
Lo anterior no significa que el empleo sea de calidad. Tal cual hemos señalado, las condiciones de vida de la población chocan contra los objetivos de expansión del capital en esta etapa transnacional. El empleo crecerá pero tenderá a ser precario, flexible y mal remunerado. La idea del trabajador pobre, inconcebible hace medio siglo, es la realidad del capitalismo argentino en el presente. Si antes alcanzaba que un miembro del hogar trabajara 8 o 10 horas diarias para vivir dignamente, hoy se necesitan 2 o 3 veces ese esfuerzo (dos o tres integrantes por hogar, con jornadas de 10 a 12 hs) para apenas alcanzar la canasta familiar; la mayoría de los hogares sólo así llega a superar la pobreza.
Junto al patrón de empleo precario y mal remunerado, se ha consolidado un modelo de alta desigualdad distributiva. A la proletarización de los sectores medios de las clases trabajadoras (proletarización acompañada de empobrecimiento absoluto y relativo) se suma la consolidación de un núcleo reducido de asalariados bien remunerados en posiciones de gestión, dirección y jefatura en la estructura social de producción. Estos últimos, en tareas directamente ligadas al concepto de capital, reciben ingresos directamente ligados a la rentabilidad y por lo tanto contrapuestos a los ingresos del resto de los asalariados.
Por esto, la desigualdad entre el capital y el trabajo se traduce simultáneamente en una desigualdad sostenida al interior de la masa de ingresos del trabajo. A pesar de cuatro años de crecimiento, el 20% más rico de los hogares se apropia aun de al menos el 39,5% de los ingresos, solo dos puntos porcentuales menos que al comienzo del actual gobierno. Igualmente, cualificamos la afirmación con el término ‘al menos’ pues el relevamiento oficial sólo registra fehacientemente los ingresos salariales, por trabajo a cuentapropia y jubilaciones; los ingresos ligados a ganancias de capital, ganancias financieras, beneficios, etc. están fuertemente subrepresentados en la información disponible. Para hacerse una idea, el ingreso total anual del 80% de los hogares de menos ingresos (con ingresos totales que no superan la canasta familiar de 2400 pesos) representa sólo el 25,3% del consumo total. El resto, es decir casi tres cuartos del consumo total (74,7%) es realizado por el 20% de los hogares más ricos con ingresos que superan la canasta familiar. Dado que los ingresos totales declarados por ese conjunto de población representa sólo el 16,5% del consumo total, el 58,2% restante proviene de ingresos no declarados en la encuesta, precisamente directamente ligados a la rentabilidad del capital. De aquí se desprende que la desigualdad en la distribución de los ingresos (y por consecuencia, de la riqueza en un sentido general) no sólo no se reduce o lo hace de manera insignificante para corregir la tendencia de las últimas décadas sino que es mucho mayor.

Tendencia dependentista.

Siempre se habló de la dependencia de la economía argentina. Al comienzo fue dependencia frente al capital español, luego al británico, más tarde con el norteamericano. La dependencia fue primero esencialmente comercial-mercantil, luego centralmente financiera, más tarde vinculada a la inserción creciente del capital productivo. Luego de la reestructuración, la dependencia del ciclo del capital en la Argentina se acrecienta y multiplica.
Hoy el comercio exterior representa, entre exportaciones e importaciones, más del 44% del ingreso, el doble que hace una década. La mayor parte de ese comercio está concentrado en un pequeño número de grandes capitales. La principal fuente de divisas son las ventas de productos primarios, sus manufacturas y combustibles y energía. Desde el punto de vista de las importaciones, y a pesar del fuerte aumento en el precio del dólar, las mismas representan el 19% del PBI (más que en los noventa) y se concentran en más del 80% en medios de producción e insumos. Es decir, están directamente ligadas a las necesidades de reproducción del capital y no a las necesidades de consumo de la población.
El endeudamiento externo (el capital bajo su forma financiera) siempre fue parte del círculo de la dependencia del ciclo del capital local. Desde el préstamo Baring en el siglo XIX, hasta la crisis de la ‘tablita’ de Martínez de Hoz y la estatización de la deuda privada con Cavallo en 1982, incluyendo luego el plan Brady en 1990 y el tandem corralito-default en 2001-2002, el financiamiento externo del ciclo del capital ha sido parte integral de nuestra dependencia. Hoy esa dependencia del capital en su forma-dinero es equivalente al 60% del PBI, superando los 129 mil millones de dólares y siendo mayor que diez años antes.
Tercero, el ciclo del capital se encuentra hoy más que nunca dominado por el capital trasnacionalizado. Entre las grandes empresas, el capital extranjero participa apropíandose en 2004 de más del 81% del ingreso y el 76% del valor de producción, a pesar de representar sólo el 58% de las firmas. Esto valores más que duplican el peso del capital extranjero al interior del gran capital en comparación con 10 años antes.
El ciclo de producción y reproducción del capital, que incluye el pasaje del mismo de manera continua y necesaria a través de las formas de capital dinero-financiero, capital mercancía y capital productivo, se encuentra hoy más que nunca atravesado por la dominación del capital a escala internacional.

Más allá de las tendencias. La lucha y la acción del sujeto (del cambio) social.

Hemos señalado las tendencias, las fuerzas que dominan el movimiento del capital en la Argentina actual. Pero estas no son tendencias en un sentido meramente matemático, no son ‘leyes de hierro’ de la reproducción capitalista en nuestro país.
Las tendencias del capitalismo son resultado de la fuerza de las relaciones sociales de producción que el mismo presupone y pone continuamente. Por lo tanto son producto solo y tan solo de la capacidad de los sectores dominantes de producir y reproducir esas relaciones. Relaciones que, por otro lado, suponen la constitución permanente de las condiciones de dominio del capital como fuerza social sobre el no-capital, la contracara del mismo, el trabajo (que no es más que nuestra fuerza vital). Son por ello resultado tambien de nuestra incapacidad como fuerza social antagonista de bloquear tal proceso.
El capitalismo se reproduce sobre la base de la reducción de las personas a mera fuerza de trabajo. Esto significa que sólo en tanto aceptamos las condiciones de alienación (heteronomía o imposición del trabajo y sus condiciones) y explotación de nuestra actividad vital puede el sistema reproducirse. Sólo nuestro rechazo activo a esa tendencia impide que el capital continúe con su marcha de saqueo de nuestros recursos, de nuestro tiempo, de nuestra vida. Esa es la batalla cotidiana en que estamos inmersos.

(continuará)

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