“¿Hacia el neodesarrollismo en Argentina? De la reestructuración capitalista a su estabilización

x Mariano Féliz*

1. Introducción
La crisis que concluyó en Argentina en 2002 marcó un punto de quiebre. No porque se haya terminado con la etapa de valorización financiera en la Argentina (Basualdo, Schorr y Lozano, 2002) sino porque la salida de la convertibilidad señaló el fin del proceso de ‘reestructuración regresiva’ del capitalismo argentino; esto marca el comienzo de una etapa de relativa estabilización de la relación-capital.
La crisis de mediados de los años setenta (cuyo hito inicial fue el ‘Rodrigazo’ de 1975) dio comienzo a un intento de re-estructuración de las relaciones capitalistas en la Argentina. Hasta 1989 la Argentina fue escenario de un profundo conflicto para recomponer una relación adecuada entre la masa de plusvalor y el capital variable. Esa disputa se expresó en la creciente inflación, la fuga de capitales y el abandono de la inversión reproductiva por parte del capital; todos ellos fueron signos evidentes de las dificultades de los sectores capitalistas para imponer su hegemonía (Féliz y Pérez, 2004). La ‘valorización financiera’ no expresó sin más el carácter rentista de la burguesía argentina (Notcheff, 1994) sino que marcaba lo inacabado de la reestructuración y la necesidad del capital de mantenerse en su forma más líquida como capital-dinero.
La hiperinflación de 1989 y la convertibilidad del peso en 1991, marcaron el comienzo de la definición definitiva del proceso a favor del capital. La consolidación de los grandes grupos económicos como agentes dominantes del proceso de reproducción de la sociedad se constituyeron en las palancas claves de la consolidación hegemónica (Aspiazu, Basualdo y Khavisse, 2004). El capital financiero pudo ocupar en la etapa su papel como representación del capital en general. Las reformas estructurales marcaron el cuadro ordenador de la nueva Argentina que se estaba terminando de construir (Féliz, 2005). La convertibilidad de la moneda fue un elemento táctico en el marco de la estrategia capitalista de dominación social. En síntesis, permitió a la vez contener al trabajo dentro del capital y garantizar la definitiva hegemonía del gran capital. La convertibilidad fue la síntesis de una nueva composición de clase favorable al capital y dentro de éste, al gran capital.
La salida de la convertibilidad fue resultado del desgaste de una táctica capitalista pero no expresa el fracaso de su estrategia. La salida violenta de la década de los noventa mostró la imposibilidad del capital de reproducirse sin el trabajo y de ejercer un dominio absoluto sobre la sociedad. La crisis dio cuenta de que el capital supone y necesita de la violencia y muerte pues su control sobre la sociedad es siempre precario. En la crisis el capital se ve desbordado y pierde su carácter objetivo, apareciendo como lo que es: una relación de dominio de una parte de la sociedad sobre el resto en base a la (re)apropiación sistemática de los medios de producción y reproducción. En la crisis trabajadores y capitalistas se enfrentan cara-a-cara ya no solamente por el control de los procesos inmediatos de producción sino por el control de la sociedad toda.

2. Convertibilidad y composición de clase
La salida de la convertibilidad permitió al capital hacer efectiva la nueva composición de clase (CC), es decir la nueva articulación de poder al interior de la clase dominante y de ésta frente a la clase trabajadora, que se terminó de constituir en los noventa. La CC refleja la correlación de fuerzas sociales dentro del capital (Cleaver, 1992). El capital es una relación social entre el trabajo vivo y el capital (trabajo objetivado) que se expresa también como múltiples capitales que compiten entre sí. La CC refleja una determinada estructura de poder entre trabajo y capital y dentro del capital mismo. Esa composición es por ello una composición política que registra la capacidad de organización, resistencia y lucha de las fuerzas sociales en pugna. Al interior de la clase obrera se consolidó el peso de los trabajadores de las ramas de servicios (en particular, transportes y comunicaciones) en una estructura del empleo altamente heterogénea y precarizada. A su vez los trabajadores desocupados lograron constituirse como un sector políticamente importante dentro de la fuerza de trabajo. Dentro del capital, la CC se estructuró sobre el dominio de los grandes grupos económicos y las trasnacionales de las comunicaciones y la extracción de recursos naturales. Por otra parte, se consolidó la ‘periferización’ de actividades dentro de las grandes empresas. Hoy hay miles de pequeñas y medianas empresas que son realmente extensiones de los grandes capitales.
La crisis hizo evidente lo que ya se sabía: que la concentración y centralización del capital había (im)puesto definitivamente al gran capital (productivo, no financiero) como eje de la acumulación y la precarización y pauperización de la fuerza de trabajo sería un elemento permanente de la nueva forma del capitalismo (más allá del neoliberalismo).

3. Tendencias de la etapa neo-desarrollista
El primer resultado observable del capitalismo post-convertibilidad en Argentina es un nivel de salarios que se mantiene por debajo de los promedios de los últimos treinta años. Junto con esto se afirmó un incremento violento en la relación entre plusvalor y capital variable que refleja la estructura que se conformó definitivamente en la década anterior; la relación ganancias/salarios pasó de 56/32 a 61/24 entre el promedio 1996-1998 y el promedio 2002-2004.
Por otra parte, la privatización de crecientes ámbitos de la vida se afirmó en los primeros años del nuevo milenio. Tanto la apropiación privada de los recursos naturales como la producción y distribución privatizada de los amplios ámbitos ligados a espacios comunes se han confirmado. En 2002, 116 empresas entre las 500 más grandes pertenecían a ramas de extracción o procesamiento de recursos naturales, contra 105 para el promedio de 1993-1998.
Por último, cabe resaltar que el patrón extrovertido, orientado hacia el mercado mundial de la economía argentina es el reflejo de las tendencias que se constituyeron durante la etapa de reestructuración y se consolidaron en los 90. Los grupos económicos que fueron ampliando su dominio sobre la economía argentina por décadas siempre tuvieron un impulso exportador significativo. Este patrón extrovertido se afirma en el creciente desplazamiento del consumo popular como base de la esfera de la circulación y la estructura fuertemente dependiente del consumo capitalista-suntuario.
La estructura de la demanda no sobre-determina a la estructura productiva sino que la estructura de demanda global está anclada en la consolidación de un patrón productivo capitalista de alta explotación y alta segmentación de la estructura de clases (alta desigualdad al interior de las clases y, sobre todo, entre ellas). Determinadas relaciones entre los componentes del capital en la producción se traducen en restricciones particulares en la esfera de la distribución y la circulación del valor. El aumento en la explotación reduce relativamente la capacidad de la fuerza de trabajo de demandar mercancías mientras que el aumento en la segmentación entre clases conduce a un aumento relativamente veloz de la demanda de consumo de los capitalistas, gerentes y directivos (con ingresos altos derivados de la mayor explotación). Estos movimientos inducen el crecimiento de las importaciones y el aumento de las exportaciones. Por un lado, mientras las grandes empresas son fuertemente dependientes de los insumos importados para la producción y los capitalistas son fuertes consumidores de importados pues tienen un patrón de consumo dependiente, por otro el desarrollo capitalista con bajos salarios y alta explotación induce las exportaciones pues las hace relativamente más rentables que la producción para el mercado doméstico.

4. De la economía política de la nueva política económica
Este es el marco estructural en el que debe ser interpretada la nueva política económica, que llamamos neo-desarrollista. ¿Pero en qué se parece a la política de los años de pos-guerra llamada ‘desarrollista’? Los cambios son apreciables en cuanto a su forma pero no tanto en su esencia.

4.1 Crecimiento industrial y nueva burguesía nacional
El neo-desarrollismo pone como objetivo prioritario el crecimiento económico con eje en el ‘sector productivo’. En aparente contraste con las políticas de los años no-desarrollistas (1975-2001), donde habría sido actor privilegiado el capital financiero, el desarrollismo promueve la expansión del sector industrial. El crecimiento del sector se presenta como la clave para el desarrollo económico. Aparentemente, el crecimiento del capital productivo conduciría al desarrollo social por arrastre. Más allá de los contrastes discursivos, opera detrás de esa lectura el mecanismo de derrame que en los años no-desarrollistas era tan defendido. Al parecer, el crecimiento económico resolverá por sí mismo los problemas que trae el capitalismo y acentuados por la situación de dependencia de la economía argentina.
Según el neo-desarrollismo con sólo esperar, el capital(ismo), ya no financiero sino industrial, conducirá a la desaparición de la pobreza, al fin de la depredación y la explotación laboral, a terminar con las desigualdades. ¿Nadie ha explicado por qué ha cambiado la naturaleza del capital? ¿Y dónde quedaron los capitalistas rentistas, hoy devenidos en nueva burguesía nacional?
Al parecer, según los defensores del neo-desarrollismo, el ‘capitalismo (en) serio’ no es tan salvaje como el neoliberal. Eso es llamativo ya que todavía hoy cerca de 3⁄4 de los puestos de trabajo creados son precarios, con salarios inferiores a los años noventa y a pesar de que los trabajadores producen más que en 1998 la pobreza es más de 40% superior.

4.2 Neo-desarrollismo y capital
El neo-desarrollismo sostiene su estrategia de desarrollo en la expansión ampliada de las relaciones capitalistas de producción. Bajo un aura anti-capitalista y anti-mercados, el neo-desarrollismo continua promoviendo los negocios del gran capital. En la pos-guerra la intervención estatal redistribuía los recursos públicos directamente o indirectamente a los sectores capitalistas promoviendo su desarrollo. Hoy en lugar de la inversión directa por parte del Estado, en general se prefiere el mecanismo de los fondos fiduciarios como mecanismo de subsidio directo al capital. Sólo en casos excepcionales el Estado retoma la gestión de servicios privatizados. Como socio minoritario, el Estado facilita las condiciones para la producción capitalista en las nuevas ‘empresas mixtas’.
La inversión extranjera directa (IED) continúa siendo un eje de la política (neo)desarrollista. No hay señales que indiquen la reducción del peso del capital trasnacional en la economía argentina. En 2002 el 57% de las 500 más grandes empresas eran extranjeras mientras que en el promedio de 1993-1998 sólo 40% lo era. La seguridad jurídica de las inversiones capitalistas continua siendo la prioridad estatal. Por otra parte, hoy es poco relevante el concepto de nacionalidad del capital pues todas las ramas están dominados por capitales extranjeros o nacionales con fuerte tendencia a la trasnacionalización. El concepto relevante es el de capital global doméstico. Es decir, el conjunto del capital que se produce y reproduce dentro un territorio nacional. No importa la nacionalidad del capital pues en cualquier caso su valorización depende esencialmente de la explotación del trabajo local.

5. Inflación, productivismo y superávit fiscal, las nuevas prioridades del Estado
La lucha contra la inflación y la promoción del productivismo fueron parte de los ejes históricos de la política pública desarrollista. En la actualidad, el neo-desarrollismo vuelve a colocarlos como elementos clave. A esos dos elementos se suma uno novedoso, que señala una diferencia importante con el viejo desarrollismo, diferencia resultante del cambio estructural que ha sufrido la economía de la Argentina en los últimos treinta años: la política de superávit fiscal.

5.1. Inflación y conflicto social
Al igual que en el desarrollismo de vieja usanza, la lucha contra la inflación aparece como un elemento clave del neo-desarrollismo.
La inflación y la lucha estatal contra ella es expresión de las dificultades del capital bajo la forma de múltiples capitales en competencia de enfrentar la negativa obrera a la precarización de sus condiciones de trabajo.
La lucha obrera por mejoras o recuperaciones en las condiciones de trabajo enfrentan siempre la resistencia tenaz del capital. En etapas de recuperación económica, la expresión de esa resistencia es la inflación. El capital busca neutralizar las presiones obreras devaluando la fuerza de trabajo a través de la suba de precios. Es la rigidez de la ganancia empresaria la que conduce a la inflación. Sin embargo, la estrategia de devaluación salarial descentralizada (es decir, llevada adelante por los capitales en competencia) por medio de la inflación es viable aunque sólo parcialmente eficaz pues conspira contra las posibilidades de reproducción ampliada del capital en la era del capital trasnacional.
Bajo el supuesto de rigidez en la ganancia, la estrategia capitalista de compresión salarial tiende a reducir su competitividad vis-a-vis el capital internacional. Eso es evidente para todos y por ello el capital en su conjunto exige la intervención del Estado en la regulación salarial. El techo salarial actúa como una estrategia de coordinación del capital para contener bajos los salarios, sosteniendo a su vez la competitividad internacional. De esta manera se entiende la política de limitar los aumentos salariales al 19% en 2006 y mantener el salario mínimo por debajo de la canasta básica, a pesar de que en el segundo semestre de 2005 un cuarto de los hogares (24,7%) eran pobres, los salarios de los trabajadores formales recién a mediados de 2006 recuperaron, en relación a 2001, su poder de compra en relación a la canasta alimentaria y los salarios de estatales e informales debería subir no menos de 45% para compensar la caída desde 2001 (Féliz, 2006). El capital exige la mediación del Estado y las burocracias sindicales para enfrentar el conflicto que no puede controlar en su seno.
Queda claro aquí que la nueva composición de la clase obrera ha puesto en el centro de la escena a nuevas fracciones dentro de la clase: el sindicato testigo es hoy el de la UTA (Unión Transporte Automotor), gremio al que pertenece el Secretario General de la CGT (Confederación General del Trabajo), desplazando a los gremios metalúrgicos que tradicionalmente ocuparon ese lugar.

5.2. Productivismo con super-explotación
El desarrollismo tuvo como uno de sus ejes la lucha por la reestructuración capitalista y el aumento de la productividad del trabajo. Las campañas por la racionalización del trabajo fueron características de las décadas de 50 y 60 (James, 1990). La lucha de las empresas por la racionalización se vincula directamente a su necesidad de aumentar la productividad del trabajo, reducir costos y aumentar sus beneficios. Para los trabajadores esto siempre significó la pérdida de autonomía, la tendencial descalificación de sus tareas y el aumento en la intensidad laboral.
Esto no es el resultado simplemente de la racionalidad de la organización productiva sino de su racionalidad capitalista. Pues la tecnología como cualquier construcción humana tiene una determinación política esencial: no sólo sirve para hacer más productivo al trabajo (la base conceptual de la demanda de reducción en el tiempo de trabajo) sino que en el capitalismo sirve para debilitar la organización de los trabajadores, limitando su capacidad de resistir los permanentes intentos de precarización e intensificación del trabajo (Marx, 1994). Bajo su forma capitalista, la tecnología se convierte en un arma contra los trabajadores y en lugar de reducir la carga de trabajo sólo sirve para aumentarla. Solo la lucha de los trabajadores por la reducción de la jornada laboral ha conseguido avances en ese sentido; la tendencia capitalista opera en el sentido contrario.
En el desarrollismo, la fortaleza de los trabajadores organizados buscaba ser limitada a través de la tecnología, entre otras cosas, intentando acotar los aumentos salariales al aumento de la productividad. La racionalización y el aumento de la productividad se convertía en una consecuencia del poder obrero y un instrumento de batalla del capital.
¿El neo-desarrollismo tendrá la misma necesidad del productivismo? Los empresarios insisten con la necesidad de ligar los aumentos salariales a la evolución de la productividad. Claro que hoy eso congelaría la distribución del valor creado en la desigual relación que alcanzó después de la devaluación. Irónicamente las condiciones en que opera el neo-desarrollismo no inducen una tendencia clara a la racionalización capitalista. Precisamente, la necesidad capitalista de la racionalización es producto de la resistencia obrera. Luego de la reestructuración, el costo de extracción de trabajo excedente se ha reducido a niveles que disminuyen la necesidad del capital de innovar e incorporar tecnología. Paradójicamente sólo la lucha exitosa de los trabajadores podrá inducir al capital a competir mejorando la tecnología.

5.3. Ciclo del capital y conflictividad
Si durante el desarrollismo el capitalismo se hallaba en una etapa de integración parcial y creciente, la etapa actual se caracteriza por la total integración del ciclo del capital. Allí la punta de lanza de la integración global era la IED (el imperialismo). El capital mundial integraba y condicionaba la economía nacional sobre la base de esa articulación (la producción a escala multinacional). Hoy el capital global está integrado en todas las fases del ciclo del capital local y en todas sus formas (mercancías, producción, dinero). Primero, una parte importante de los medios de producción e insumos son importados. Segundo, la financiación de las inversiones se encuentra en buena medida trasnacionalizada. Tercero, los procesos de producción están dominados por tecnología y gestión multinacional. Por último, el mercado mundial se ha convertido en un espacio clave para la realización de las mercancías producidas localmente. El capitalismo ‘nacional’ es hoy más que nunca parte integrante del mercado mundial. No existe un afuera (mercado mundial) y un adentro (mercado interno). El mercado mundial se encuentra constituido por los mercados nacionales, ‘nuestro’ mercado interno ya es mercado mundial (Dussel, 1988).
Antes, el conflicto rápidamente se politizaba y estallaba al interior del estado-nación. El conflicto era interno al territorio nacional y allí tendía a resolverse. La lucha era contra la burguesía nacional y contra las multinacionales en un marco de relativa autonomía del ciclo del capital a escala nacional. De parte del gran capital esa batalla suponía crecientes intentos por la racionalización de la producción. Sin embargo, esa etapa requería niveles de importación de maquinarias e insumos que eran excesivos en condiciones de una baja integración internacional del ciclo del capital, con bajos niveles de exportaciones y limitados flujos de crédito internacional. La crisis (bajo la forma de ciclos de arranque y parada) expresaba esa dificultad estructural para enfrentar la fortaleza obrera al interior del capital por medio de la racionalización productiva en una economía periférica.
Hoy en día la lucha por la competitividad global del capital doméstico (nacional o extranjero) se sostiene en la tendencia a la compresión infinita de las condiciones de existencia de la clase obrera y la ampliación sin límites de la explotación pues la contradicción entre trabajo y capital rápidamente se traslada al mercado mundial bajo la forma de fuga de capitales, depreciación/devaluación de la moneda y/o conflictos comerciales, es decir crisis externa. La dependencia profunda de la economía argentina se siente sobre todo cada vez que el capital global doméstico siente que no puede competir internacionalmente. En el presente, la crisis se expresa como crisis externa pero no por falta de integración del ciclo del capital sino por el contrario por su completa integración. Hoy el capital es inmediatamente capital global en todas sus formas y por ello tan pronto su valorización se dificulta, el capital se metamorfosea en moneda mundial y huye.

5.4. Superávit fiscal: la innovación del neo-desarrollismo
El superávit de las cuentas estatales se ha convertido en la piedra de toque del neo-desarrollismo. La diferencia positiva entre los ingresos públicos y los gastos primarios estatales alcanza hoy en día niveles récord (5% del PBI).
La preeminencia del capital financiero como medio de dominación del capital como un todo sobre la sociedad se expresa en parte a través de ese superávit. El saldo positivo en las cuentas fiscales institucionaliza la presión del capital sobre las políticas estatales. Si antes el carácter de clase del Estado se garantizaba a través del peso que la dinámica del capitalismo tenía sobre las cuentas públicas, hoy a eso se suma la presión directa de las finanzas.
Nunca antes quedó más claro que el Estado es representación de los intereses de la burguesía.

6. Nuevas formas del conflicto de clase
Mientras que en la crisis la lucha es por la reproducción/bloqueo/superación de las relaciones sociales capitalistas y la distribución de los costos del estallido de las contradicciones del capital, el principal punto de conflicto en el capitalismo estabilizado es el conflicto obrero por el control de la producción y la apropiación del valor y la riqueza. En la medida en que los trabajadores encuentran formas de organización que les permiten enfrentar el despotismo en la fábrica, las empresas buscan trasladar el conflicto interno (económico) y convertirlo en un conflicto político. Es decir, los capitalistas (tan reacios a la intervención del Estado en otras cuestiones) exigen la mediación estatal a los fines de canalizar (neutralizar y reprimir) el conflicto. La sociedad toda se convierte, en el desarrollismo, en el ámbito privilegiado de expresión del antagonismo de clase.
En los noventa, el conflicto por el control del proceso de valorización no podía expresarse políticamente porque el capital había encontrado formas de contener (no anular) el descontento obrero al interior de los establecimientos fabriles. Junto a la recomposición política de la burguesía (bajo la forma de una “Comunidad de Negocios”; Basualdo, 2001), la descomposición política de la clase obrera (producida por las transformaciones de la organización productiva, el desempleo y la precarización laboral, la cooptación de amplios sectores sindicales, la represión y la persecución judicial) desplazó la disputa al territorio, al barrio (Svampa y Pereyra, 2003). Los desocupados formaban el centro de la composición de la clase obrera y por ello se convirtieron en el eje articulador del conflicto social y el objetivo de las políticas públicas de asistencia/control social en la segunda mitad de los años noventa.
Luego de la crisis, en la etapa actual, desarrollista, los trabajadores ocupados recuperan un papel hegemónico en la composición política de la clase. La expansión en el empleo industrial y la reducción en la desocupación contribuyen a recrear las condiciones objetivas para el fortalecimiento de las organizaciones obreras. Los nuevos parámetros ‘objetivos’ apuntalan las nuevas condiciones ‘subjetivas’ de organización de los trabajadores. Sobre la base de la nueva composición de clase, comienzan consolidarse las comisiones internas que en muchos casos desbordan a los mismos sindicatos. Esto últimos, intentando bloquear la autoorganización de los trabajadores, operan en los hechos como formas del capital. El Estado es llamado nuevamente a canalizar el conflicto interno al capital a los fines de su neutralización. Si la mediación de la burocracia sindical no sirve, la presión, la cooptación, la represión y la judicialización están siempre a la orden del día. La integración a la estructura del Estado de miembros conspicuos de importantes organizaciones sociales dan cuenta de la búsqueda estatal del control social a través de la cooptación de movimientos potencialmente antagonistas. Por otro lado, los asesinatos por parte de las fuerzas conjuntas de represión estatal de Santillán y Kosteki en 2002 marcaron el cierre del período de reestructuración, el inicio de la estabilización y la continuidad de la necesidad capitalista de la muerte como instrumento de dominio. La crisis no mata pero el capital mata en la crisis.
La nueva centralidad de los trabajadores ocupados no significa que los trabajadores desocupados no tengan aun una posición privilegiada en la nueva composición de la clase obrera. La persistencia de niveles de desocupación superiores al 10% de la fuerza de trabajo activa más la existencia de miles de desocupados ocultos en la informalidad y la inactividad dan cuenta de su peso cuantitativo. Más importante, la consolidación de numerosas organizaciones sociales con base en los trabajadores desocupados señala que éstos siguen estando en el centro de la escena. La forma que asumieron las políticas sociales en los últimos 15 años dan cuenta de su importancia política. En la actualidad la reestructuración de los programas sociales en torno a éstos dos últimos tiene como uno de sus objetivos primordiales fomentar la desarticulación política de esas organizaciones.

7. Tendencias y contra-tendencias en el capitalismo neo-desarrollista
En estos primeros años del nuevo siglo XXI, nos encontramos atravesando una etapa de consolidación hegemónica del capital en Argentina. La convertibilidad no fracasó. Su éxito es evidente si observamos quiénes conducen hoy el proceso de recuperación capitalista: los grandes grupos nacionales, trasnacionales y el capital financiero internacional, y sobre qué bases: los espacios que ganaron en la sociedad durante las últimas tres décadas y en particular la última (privatizadas, control de recursos comunes). El gran capital no sólo controla hoy todas las ramas de la producción sino que además maneja la mayoría de los recursos comunes de la sociedad.
El ilusionismo (neo)desarrollista pretende ignorar lo evidente. El capital financiero sigue ocupando un papel primordial como garante del proceso de valorización. Si en los ochenta y sobre todo en los noventa tuvo un papel central en la reestructuración del capital, hoy actúa como ‘perro guardián’. Se encuentra siempre listo para presionar (bajo la forma de la fuga) a los fines de encauzar la reproducción del capital. Sin necesidad del monstruo/fetiche del (neo)desarrollismo, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el capital (en todas sus formas) domina la sociedad.
No estamos en vísperas de un regreso del mítico Estado-social. El Estado hoy defiende al capital bajo nuevas y viejas formas mientras sostiene las condiciones de reproducción ampliada de la precariedad del trabajo. La apertura internacional, aun bajo el paraguas de un tipo de cambio elevado, mantiene las condiciones que promueven el trabajo sin fin con salarios por debajo del valor de la fuerza laboral. En efecto, la tendencia neo-desarrollista es buscar la inserción trasnacional del capital doméstico sobre la base de la hiper-explotación laboral y salarios por debajo de los niveles mínimos para la reproducción de la vida social de los propios trabajadores. La posición que ocupa el capitalismo argentino en la división del trabajo a escala internacional nos conduce a competir con China, India, etc., sobre la base de un deterioro sostenido (aunque relativo, no necesariamente absoluto) de las condiciones de vida. La estrategia de integración internacional del capitalismo argentino supone como base de competitividad el par tipo de cambio alto / salarios bajos-empleo precario.
Sin embargo, la expansión del capital luego de la reestructuración de los noventa está permitiendo consolidar nuevas formas de organización obrera. La lucha aparece, nuevamente, como el único hecho científicamente previsible, como nos lo adelantaba Gramsci. Por debajo de las burocracias obreras o fuera de las organizaciones tradicionales se consolidan espacios de oposición a las tendencias neodesarrollistas. La experiencia que se fue gestando en los 90 de nuevas formas de articulación y lucha social y política permiten vislumbrar la principal contra-tendencia a la hegemonía del capital estabilizado. Las condiciones objetivas (estructurales) y, sobre todo, subjetivas (composición política de la clase obrera) nos permiten pensar en una tendencia a la creciente capacidad de organización autónoma de la clase, con eje en los trabajadores ocupados en los sectores formales. La recuperación del protagonismo de las comisiones de base en un sinnúmero de sectores, el fortalecimiento de alternativas de oposición en algunos gremios claves y su creciente articulación son señales de ese proceso incipiente.
En estos momentos lo importante es evitar confundir al capitalismo estabilizado, en expansión como en la etapa actual, con algo distinto del capitalismo. No hay capitalismo bueno. El capitalismo es rapaz por naturaleza. En esa rapacidad, en la posibilidad de la apropiación cada vez mayor del trabajo humano, sostiene su reproducción. El capital funciona sobre la base de la posibilidad de poner a todo el mundo a trabajar para su reproducción (Cleaver, 1992b). El capital controla la sociedad por medio de su control sobre el uso de nuestra capacidad de trabajo.
El neo-desarrollismo es la nueva forma de gestión capitalista de la sociedad en Argentina. Si el capital utiliza la crisis como medio para su propio desarrollo, hoy el desarrollismo es la nueva forma de manejo de la crisis. La alternativa no es neoliberalismo o neo-desarrollismo, pues ambas son formas capitalistas de gestión de la sociedad. El neoliberalismo fue el presupuesto del neo-desarrollismo, su fundamento. El neo-desarrollismo nació del seno neoliberal. La alternativa no puede ser otra que el combate contra las tendencias capitalistas: la expansión sin límites del trabajo, la precarización sin fin de la actividad laboral, la destrucción del medio ambiente, la dominación de lo muerto (el capital, el dinero) sobre lo vivo (la vida, la creatividad y la alegría).
La batalla es y será siempre enfrentar esa tendencia. La exigencia de mayores salarios permite reducir la compulsión a trabajar, de la misma manera que facilita la organización y la lucha. La reducción del tiempo de trabajo es la contra-cara de la lucha por mayores salarios. Trabajar menos, para vivir más y mejor, esa debe ser la consigna.
Exigir trabajar menos y ganar más; eso es luchar en y contra el capital. Luchamos contra el capital es decir, contra el poder de lo muerto sobre lo vivo. Luchamos en el capital pues hoy la sociedad es la sociedad del capital pero somos nosotros (los seres humanos) quienes le damos el poder que tiene y podemos quitárselo. El capital aparece como una suma de cosas pero no es más que el producto de las relaciones sociales, de la forma en que nos relacionamos y producimos. Es un producto de los hombres y es nuestro trabajo destruirlo.
Más ingresos, menos trabajo y más autonomía para todos. Eso es lo que el capital no puede darnos y por eso debemos exigirlo. Es materialmente posible, sí, pero no dentro de las relaciones capitalistas de producción. Siendo realistas, debemos pedir lo imposible. El capital mostrará así su verdadero rostro, como límite de las posibilidades de desarrollo de la autonomía y la libertad humana. Trabajar menos y ganar más, nos permitirá vivir más y mejor, en el camino de ser más libres, felices y creativos.

8. Bibliografía
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Féliz, Mariano (2005), “La reforma económica como instrumento de disciplinamiento social. La economía política de las políticas contra la pobreza y la desigualdad en Argentina durante los años noventa”, en Trabajo y producción de la pobreza en Latinoamérica y el Caribe: estructuras, discursos y actores, Sonia Alvarez Leguizamón (Editora), CLACSO/CROP/CEDLA, Agosto, Buenos Aires, pp. 275-322.
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Postone, Moishe (1993), Time, labour and social domination: reinterpretation of Marx’s critical theory, Cambridge University Press, Cambridge.
Svampa, Maristela y Pereyra, Sebastián (2003), Entre la ruta y el barrio. La experiencia de las organizaciones piqueteros, Editorial Biblos, Buenos Aires.

Notas
[*] Una versión de este texto fue publicada en ¿Coyuntura favorable o nuevo modelo?: Economía argentina, Anuario EDI, Economistas de Izquierda, 3, Ediciones Luxemburg, pp. 68-81, Buenos Aires, 191 pags., ISBN: 1669-3817, Abril. [texto en formato pdf].
[1] El capital es trabajo bajo una forma alienada, objetivada, dominada. Por ello, el capital requiere del trabajo que éste se mantengan dentro de él, dentro de las condiciones básicas de su dominación-valorización.
[2] El concepto de composición (política) de clase enfatiza la capacidad de organización e influencia de las fracciones de clase más allá de su peso cuantitativo. En consecuencia, los trabajadores desocupados han conseguido un peso políticamente relevante (reconocida por otras fracciones y clases) más allá de que su dimensión cuantitativa se reduzca a medida que el proceso de acumulación se prolonga en el tiempo. Por supuesto, la dimensión ‘objetiva’ del colectivo de desocupados y la dinámica del resto de las fracciones de clase alterará la capacidad organizativa de los desocupados.
[3] Elaboración propia sobre la base de datos del CEPED.
[4] El espacio común involucra desde el aire, el agua y el subsuelo, hasta el espacio radioeléctrico, la educación y la salud. Es decir, todo aquello que puede ser compartido y consumido conjuntamente. Aun la libertad y la autonomía podrían pensarse como espacios comunes pues se construyen colectivamente y su privatización invalida su concepto (¿Qué es mi libertad si mi actividad vital se estructura en torno al trabajo forzado? Es decir, ¿puedo ser libre si vivo para trabajar? ¿Cómo puedo ser autónomo si mi poder de hacer mis propias reglas se reduce al ámbito privado de mi hogar?).
[5] En una nota aparte, esto significa que la transformación radical de las relaciones sociales supone no sólo la reformulación de las relaciones en la esfera de la distribución (relaciones de propiedad, distribución del ingreso, mediación mercantilizada) sino que implica también la reformulación de la forma de producir. La forma actual de producción industrial es capitalista y por tanto cualquier proyecto de transformación social radical debe plantearse su transformación. Ver Postone (1993).
[6] El capital es una relación social que se expresa de diversas maneras. Se expresa bajo la forma-estado, bajo la forma-dinero, etc., pero también bajo la forma de instituciones como los sindicatos. La integración de las organizaciones sindicales a la estructura estatal las constituye en capital bajo la forma-sindicato. Por supuesto, tal como el capital es una relación contradictoria e instable por la presencia antagonista del trabajo en su interior, la forma-sindicato es también contradictoria y puede ser desbordada por el trabajo cuando logra articular formas de organización autónomas.
[7] Sobre el asesinato de Santillán y Kosteki se puede ver la excelente investigación colectiva del MTD Aníbal Verón (2003).
[8] Por supuesto, estas organizaciones no aglutinan solamente trabajadores desocupados y no solamente impulsan sus reivindicaciones. La mayoría de las organizaciones de desocupados han devenido organizaciones territoriales de largo alcance con múltiples articulaciones y actividades, como por ejemplo el caso del Movimiento de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón que hoy integra el Frente Popular Darío Santillán.

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