Tipo de cambio real "competitivo y estable"

Versión original de la versión recortada publicada en Página/12 el 25 de Agosto de 2008.
La nota debió ser recortada porque era muy larga para su publicación.

Tipo de cambio real “competitivo y estable”
Por Mariano Féliz (19/8/2008)

En la actualidad, la política oficial apunta a garantizar la llamada “competitividad” de la economía. Para ello, se ha decidido instrumentar aquello que sea necesario a los fines de sostener un tipo de cambio real “elevado”, o sea un dólar caro. ¿Qué significa esto? Se busca que los precios y costos internos sean bajos en dólares en comparación con los precios y costos en dólares en el resto del mundo. El país se hace más “barato” y la mayor “competitividad” se manifiesta en un mayor superávit (o un menor déficit) externo.
Al tener este objetivo en mente, el gobierno argentino asume que puede controlar el tipo de cambio real. Es decir, que a través de los instrumentos de la política económica está en condiciones de determinar el nivel “tendencial” (de “largo plazo”) de esa variable económica.
Este supuesto se apoya, lógicamente, en la hipótesis pos-keynesiana de que el tipo de cambio es una variable con determinaciones esencialmente financieras y que por lo tanto manejando adecuadamente la política monetaria y fiscal es factible “elegir” tener un dólar alto.
Sin embargo, no es claro que eso pueda ser así. Al respecto, podemos sugerir que en realidad el tipo de cambio real es el resultado de determinaciones mucho más estructurales, ligadas al proceso de acumulación y valorización de capital en la economía. Si esto es así, la política monetaria y cambiaria tienen pocos efectos sobre el valor tendencial del tipo de cambio, pues el mismo es estructuralmente rígido. Es decir, no está al alcance de los instrumentos usuales de la política económica determinar su nivel “tendencial”.
Esto no significa que la relación de los precios internos en comparación con los precios internacionales (es decir, el tipo de cambio real) no pueda ser alterado por medio de la política pública. Lo que sí expresa es que el manejo del tipo de cambio a los fines de alcanzar la tan mentada “competitividad” de la economía involucra otro tipo de factores y, por ello, otros tipo de elecciones de política económica.
Hay investigaciones que muestran que el tipo de cambio real está determinado esencialmente por los niveles de productividad de la economía y la relación entre la tasa de ganancia y los salarios reales, comparados entre países. Si la productividad aumenta en un país (en comparación con el resto del mundo), el tipo de cambio real puede aumentar pues la mayor productividad induce una baja en los costos de producción internos y por lo tanto aumenta la “competitividad” (lo que es un eufemismo para denominar la ganancia empresaria). Lo mismo ocurre cuando bajan los salarios reales en un país en relación al resto del mundo: el tipo de cambio real aumenta pues se reducen los costos internos y la producción se hace más “competitiva”.
Siendo esto así, el tipo de cambio real tenderá a ubicarse en un nivel que estará determinado por la productividad laboral y los salarios reales de la economía, siempre comparados con esos mismo valores en el resto del mundo. En consecuencia, el tipo de cambio real será estructuralmente “rígido” y no sujeto a las decisiones de la política económica, a menos que el gobierno pueda mediante la misma alterar las variables relevantes.
Este planteo pone bajo otra luz la política cambiaria impulsada por el gobierno desde 2002.
Hay un hecho objetivo: el tipo de cambio real “tendencial” es hoy en día más alto que a comienzos de los noventa. Eso es el resultado del fuerte aumento de la productividad laboral que se produjo en eso años. Claro está el costo de ese aumento fue la mayor desocupación y precariedad laboral que sufrimos todos durante esa década. Es decir, el aumento de la competitividad (rentabilidad) estructural del capital en la Argentina se basó en los años noventa en el empobrecimiento generalizado del pueblo trabajador.
A esto podemos sumar un elemento que caracteriza particularmente a la etapa actual (que nosotros, junto a otros, acuñamos “neo-desarrollista”).
El tipo de cambio real es en la actualidad más elevado que en los años noventa también porque los salarios reales son más bajos que en aquella época. La economía argentina es hoy más “competitiva” porque, además de la mayor productividad, tiene salarios más bajos en términos reales. Es decir, nuevamente han sido las trabajadores y trabajadoras quienes han pagado el costo de la tan deseada “competitividad” a través de salarios que hoy son iguales a los de hace 7 años; si nos guiamos por estadísticas “realistas” (no las del INDEC intervenido) los salarios son hoy en día para la mayoría de los trabajadores y trabajadoras más bajos que en las últimas dos décadas.
De allí que el tipo de cambio “elevado y estable” al que apunta el gobierno se logra sobre la base de niveles salariales que garantizan la persistencia de niveles inaceptables de pobreza y condiciones de precariedad laboral que dificultan la resistencia de los trabajadores y trabajadoras. Cuando, por el contrario, se apela a la mayor productividad como medio para ganar “competitividad”, los empresarios (y el propio gobierno) sólo piensan en subsidios estatales al capital y mayor precariedad y explotación laboral. Nunca en mejor tecnología, nunca en menores ganancias, nunca participación obrera en las decisiones.
Todo lo dicho indica que la política de “competitividad” del actual gobierno argentino se sostiene en una política de contención salarial y precarización del empleo. Cuando la misma no es eficaz pues “falla” la mediación de los sindicatos y sus conducciones burocratizadas, son los empresarios quienes buscan garantizar su “competitividad” devaluando los salarios a través de la inflación y apelando a los despidos indiscriminados.
En cualquier caso, tanto en los noventa como en ésta década, en el neoliberalismo y el neodesarrollismo, lo único que no se discute es el objetivo de la “competitividad” y quien pagará los costos de alcanzarla.

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