¿Competitividad o desarrollo? Lo que queda fuera de la mesa de “diálogo”

Una versión reducida con el título de “¿Competitividad o cooperación? apareció en Página/12 (31 de agosto, 2009) [ver]

¿Competitividad o desarrollo? Lo que queda fuera de la mesa de “diálogo”

Por Mariano Féliz*

Las elecciones de Junio han marcado el fin de la etapa de hegemonía política del kirchnerismo y el comienzo del “diálogo social”. A través del mismo los sectores hegemónicos pretenden articular y canalizar sus diversas demandas a los fines de construir una transición ordenada hacia la próxima alianza dominante.

En esta etapa el debate aparente -a nivel institucional y mediático- es el modelo económico y en particular la necesidad de recuperar la llamada “competitividad” de la economía. Desde el punto de vista del capital (industrial, agrario y financiero, en sus distintas representaciones como la UIA, la Mesa de Enlace o la AEA) esto supone devaluar la moneda, reducir las retenciones a las exportaciones, contener las presiones salariales, sostener el superávit fiscal y continuar con la política de subsidios (directos e indirectos, explícitos e implícitos) a las grandes empresas. Es decir, profundizar la capacidad del país de competir internacionalmente sobre la base de la explotación ampliada del trabajo y la precarización de la vida. La búsqueda de competitividad como piedra de toque de las políticas económicas supone privilegiar –siempre- la ganancia empresaria y, sobre todo, los valores del capital: la competencia como medio de desarrollo, la producción por la producción misma, los costos (y beneficios) privados por sobre los intereses de la sociedad.

Desarrollarse sobre la base de privilegiar la competitividad internacional significa que “el país” busca ganar en el mercado mundial a costa de los trabajadores y trabajadoras de otros países. Si nosotros ganamos es porque otros pierden. Dentro de esas reglas de juego, nuestro trabajo se logra a costa del trabajo de otros. Así la forma de desarrollo capitalista supone que ganar es siempre “empobrecer al vecino” (el de la otra cuadra, del otro barrio, del otro municipio, provincia, país, región). En esta modalidad de desarrollo la incapacidad de competir implica la necesidad del “ajuste”. Es decir, las empresas deberán reducir su personal, los trabajadores aumentar su rendimiento (o su esfuerzo, su jornada laboral o “capital humano”) y postergar –para un futuro indefinido- sus demandas de mejoras en las condiciones laborales incluyendo sus magros salarios. Todo esto so pena de mantenerse “ineficientes”, incapaces de honrar al “Dios mercado” (que es lo mismo que decir al “Dios capital”). Cuando eso ocurre la fuga de capitales, el desabastecimiento, la falta de crédito, despidos, suspensiones y lock-out se convierten en la respuesta del capital para recuperar ese espacio en el mercado mundial.

En este marco el diálogo sobre las políticas públicas deja de lado un debate más de fondo: qué entendemos por desarrollo y cuáles son las opciones estratégicas que nuestro país (y nuestro pueblo) puede tomar en la actual coyuntura. ¿Sólo nos queda ser competitivos para “desarrollarnos”? ¿No hay alternativas? Por el contrario, a esta modalidad de desarrollo (“ganar siempre más competitividad”) –que expresa la economía política del capital- se opone otra estrategia, otro posibilidad: la economía política del trabajo.

Esta economía política se basa en las experiencias de organización del pueblo trabajador y sus fundamentos. A la competencia que todo lo destruye, opone la cooperación. Desde la voluntad de organizarse colectivamente en sindicatos y comisiones internas al armado de agrupaciones de base y asambleas barriales, la historia del pueblo trabajador le indica (y nos muestra) que la solidaridad y cooperación es la mejor estrategia para mejorar y defender sus condiciones de vida. La organización jerárquica de la producción capitalista es cuestionada por las modalidades de autogestión obrera. Desde Fasinpat (ex – Zanón) hasta la bloquera en que trabajaba Darío Santillán y las cooperativas textiles de los movimientos territoriales autónomos, todas estas experiencias dan cuenta de la “improductividad” de los patrones y los jefes (cuyo rol principal es la gestión de la explotación y la defensa de la ganancia) y dan muestras de la potencial eficacia de la auto-organización de trabajadores y trabajadoras. Frente a la producción por la producción misma que privilegia sólo la ganancia privada, la economía política del trabajo presenta la necesidad de producir para la satisfacción de necesidades, privilegiando la protección del medio ambiente. Las asambleas y movimientos que participan de la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC) y los movimientos campesinos (por ejemplo, aquellos en el Movimiento Nacional Campesino Indígena) son hoy ejemplo de la posibilidad de comenzar a pensar un mundo que respete a la tierra –tomando al ser humano como parte de la misma- y construir una modalidad de desarrollo que haga uso de las riquezas naturales –sin saquear y destruirlas-. Por fin, la expansión sin límites de los mercados capitalistas y la propiedad privada es cuestionada por una voluntad de ampliar el espacio común y la distribución de bienes y servicios sin la mediación del dinero y los precios. En ese camino encontramos la lucha por el software libre y la producción pública de medicamentos, la creación de bachilleratos populares y la lucha por la educación y salud pública, gratuita y al alcance de todos/as. En síntesis, la economía política de los/as trabajadores/as enfrenta a los valores del capital, los sueños, deseos y necesidades vitales del pueblo. Privilegia así la solidaridad por sobre el egoismo, la unidad de los pueblos por sobre la concentración y centralización regional del capital, el tiempo vital por sobre el tiempo de trabajo abstracto, el movimiento de personas, culturas y experiencias frente al intercambio de dinero y mercancías.

Esos valores, esa economía política es la que puede orientar otro modelo de desarrollo pos-capitalista que pueda ser construido (pre-figurado) a partir de hoy mismo. Un proyecto de desarrollo que fomente los emprendimientos asociativos con financiamiento y tecnología adecuada a modalidades cooperativas de gestión. Un programa que involucre la creación de espacios de intercambio no mercantilizados, que aseguren el derecho a los medios de vida, a la salud y la educación, a la información, al esparcimiento y al tiempo libre sin las restricciones de la propiedad privada. Un plan que suponga la socialización de los medios de producción estratégicos bajo el control del pueblo a través de formas de gestión democráticas y participativas.

* Investigador del CONICET. Profesor de la UNLP. Miembro del Centro de Estudios para el Cambio Social. Correo electrónico: marianfeliz@gmail.com

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