¿Neo-desarrollismo: más allá del neo-liberalismo? Desarrollo y crisis capitalista en Argentina desde los 90

¿Neo-desarrollismo: más allá del neo-liberalismo? Desarrollo y crisis capitalista en Argentina desde los 90

Féliz, Mariano :: IdIHCS (CONICET-UNLP)[1] :: (marianfeliz@gmail.com)

Trabajo presentando en las V Jornadas de Trabajo de Historia Reciente, 22 al 25 de Junio de 2010, Universidad Nacional de General Sarmiento.

1        Introducción.

Los estudios tradicionales sobre la historia económica argentina de las últimas dos décadas suelen enfatizar dos hechos trascendentales. Primero, el papel del programa de convertibilidad y su crisis. En segundo lugar, el cambio en el modelo económico que sucedió a esa crisis. En ese pasaje – del neoliberalismo al neodesarrollismo – suele señalarse el carácter estructural del cambio en dinámicas económicas y políticas públicas.

Estos enfoques suelen olvidar el carácter capitalista periférico de la economía y de su Estado. Dejan de lado el hecho fundamental de que el desarrollo de la sociedad está fundado en las contradicciones del capitalismo periférico y dependiente. Estas contradicciones – que parten de la relación de clase y sus particularidades – son claves para comprender adecuadamente las condiciones en las cuales se produce y reproduce la sociedad y a partir de las cuales puede ser radicalmente transformada.

Sin embargo, una inadecuada caracterización de la dinámica de la sociedad conduce a analizar la crisis (económica y política) de la convertibilidad como producto del fracaso de la estrategia neoliberal y al neodesarrollismo como su superación positiva, es decir como quiebre sin continuidad. Por el contrario, nuestra propuesta es analizar el desarrollo, la crisis y la superación de la convertibilidad como producto del éxito de la estrategia de reestructuración capitalista de la sociedad argentina. Las políticas de los noventa serán vistas como elementos de la estrategia neoliberal para la reestructuración de las relaciones sociales incluidas sus formas fundamentales: la composición política de clases, la inserción en el ciclo internacional del capital y la forma-Estado. La crisis de la convertibilidad puede ser analizada en este contexto como producto del éxito de los sectores dominantes para avanzar en la reestructuración de la sociedad junto a su fracaso político en dominar por completo la organización popular (es decir, para eliminar la contradicción del seno de la sociedad). De aquí se desprenderá que el neodesarrollismo es la superación negativa del neoliberalismo: superación que involucra permanencias, reapropiaciones y novedades.

La etapa actual -iniciada en 2002- puede ser vista como el final, a través de la crisis orgánica y superación dialéctica, de las formas sociales del llamado modelo de sustitución de importaciones y la consolidación de una nueva forma de desarrollo capitalista, basada en la precarización laboral y elevada desigualdad, los bajos salarios y un modelo productivo sostenido en la extracción de las riquezas naturales y bienes comunes.

Esta caracterización de la sociedad tiene implicancias en cuanto a las condiciones que enfrentan los sectores populares con voluntad emancipatoria y las alternativas de cambio social radical que son posibles de encarar desde abajo y a la izquierda. De aquí la relevancia estratégica de esta reformulación analítica.

En la sección siguiente caracterizamos el proceso de transformaciones económicas y sociales de los años noventa en Argentina. Luego, analizamos el lugar de la descomposición política de la clase trabajadora como proceso fundamental de esos cambios. Seguimos con el problema de cómo el propio proceso de valorización exitosa de capital en los noventa creó y enfrentó sus propios límites por las contradicciones que él mismo alimentó. Luego estudiamos el desarrollo de la crisis del proceso de valorización con su manifestación bajo la forma de crisis cambiaria, mostrando que ambas estuvieron claramente articuladas y fueron consecuencia del éxito del capital. Finalmente discutimos los quiebres y continuidades marcados por la salida de la convertibilidad y el comienzo del proceso posneoliberal. Presentamos sus características estructurales y el lugar que asume la recomposición política de la clase obrera. Concluimos con algunas reflexiones sobre la articulación entre desarrollo y crisis en el capitalismo periférico.[2]

2        Reestructuración regresiva en los años noventa: ¿hacia la consolidación de una nueva modalidad de inserción periférica?

Los años noventa aparecieron para varios autores como profundización de la reestructuración regresiva dominada por la “valorización financiera” de la economía iniciada a mediados de los setenta (Basualdo, 2006). Esa caracterización enfatiza adecuadamente el carácter socialmente regresivo del proceso pero pone en un lugar secundario un elemento que consideramos central para caracterizar adecuadamente la etapa: la transformación en la modalidad de inserción del ciclo del capital argentino en el ciclo global del capital.

2.1       Nueva modalidad de inserción en el ciclo del capital.

La década de la convertibilidad no fue sólo un proceso de destrucción del entramado social sino sobre todo una etapa de consolidación de una nueva forma de participación del capital local en el mercado mundial. Esa reconversión económica fue forzada tanto por las transformaciones en la economía internacional como por la necesidad de superar las contradicciones que el capitalismo argentino había desarrollado.

En el primer aspecto, la economía mundial había comenzado en los setenta un proceso de internacionalización del capital (Marini, 1997) que ponía a todos los países de la periferia ante la necesidad de dar un salto cualitativo en sus relaciones de producción, a los fines de alcanzar estándares globales de productividad. Ese salto suponía – por un lado – avanzar en la capitalización de la sociedad, profundizando la mercantilización de los espacios comunes y favoreciendo la penetración del capital en viejos espacios de producción dominados por el Estado o por la producción no capitalista. Por otro lado, la transformación demandaba rearticular las relaciones laborales a los fines de conformar una nueva fuerza de trabajo adaptada – objetiva y subjetivamente – a esas nuevas formas de las relaciones de producción y al cambio cualitativo en la modalidad de acumulación periférica.

En un segundo aspecto, estas transformaciones impuestas desde afuera por las transformaciones del capitalismo a escala internacional se correspondieron con la necesidad del capital doméstico en Argentina de enfrentar políticamente el desarrollo de una clase obrera que en los setenta alcanzaba crecientes niveles de radicalidad. El sistemático rechazo a los proyectos de racionalización del capital y la creciente presión popular por demandas democráticas y reivindicativas enfrentaron al gran capital local a la necesidad de encarar una reestructuración no sólo económica sino fundamentalmente social. La dictadura iniciada en 1976 encaró conscientemente este proceso, que atravesó la turbulenta década de los ochenta y concluyó en los noventa con la consolidación de una nueva modalidad de desarrollo capitalista periférico.[3] Este proceso – cuyos resultados fueron confirmados en el marco del programa de convertibilidad – profundizó la internacionalización del capital local y la penetración del capital transnacional en todas sus formas: mercantil (el comercio internacional pasó de 16,2% del PBI en 1993 a más de 24,2% en 1998 y –luego de la crisis de 2001- a 23,8% en 2004), financiero (el endeudamiento externo pasó de 87,5 mil millones de dólares en 1994 a más de 147,6 mil millones en 1998, alcanzando 128,2 mil millones de dólares en 2008 –luego de la reestructuración de 2005) y productivo (las empresas de capital extranjero pasaron de 32% de las 500 más grandes en 1993 a más de 48% en 1998 y 66,0% en 2007, según datos de la ENGE/INDEC).

2.2       Pilares de la reestructuración neoliberal en Argentina.

En ese mismo proceso se consolidó un ciclo del capital centrado en dos grandes pilares: la superexplotación del trabajo (precarización laboral y salarios relativamente bajos, en términos históricos e internacionales) y un modelo productivo sostenido en la extracción de las riquezas naturales (minerales, suelos, aguas) bajo la modalidad del saqueo.[4]

La superexplotación laboral fue definida conceptualmente por Marini (1973) como la forma de uso capitalista del trabajo que supone la existencia de una masa significativa de la fuerza laboral tenga salarios por debajo del valor de la misma. Este fenómeno sería el resultado de la necesidad impuesta a los capitales de la periferia por la competencia capitalista a escala internacional como forma primordial de su autovalorización. La imposibilidad de competir por la vía de mayores niveles de productividad laboral lleva a los capitales locales en el espacio periférico a intensificar la actividad laboral sin mayor remuneración (es decir, sin compensar por el mayor desgaste de la fuerza de trabajo). Las firmas transnacionales en el espacio periférico – que en muchos casos sí poseen niveles de productividad de nivel internacional – aprovecharán de la precarización del mercado laboral en general a través de la subcontratación y tercerización de actividades. De esta manera, mientras los capitales medios en el espacio de valor periférico apenas logran reproducirse a escala ampliada, las firmas más concentradas consiguen una ganancia extraordinaria sobre la base del deterioro sistemático de la fuerza de trabajo por el aumento de su capacidad de producir valor sin un paralelo aumento en su precio (salario).

El acelerado proceso de internacionalización del capital en el espacio de valor argentino favoreció el desarrollo de esta modalidad de reproducción capitalista que supuso entre otras cosas el salto en los niveles de incidencia de la pobreza de menos del 9% a comienzos de los años 70 a un promedio superior al 21,5% a comienzos de los noventa (octubre de 1991). Esto se profundizó, manifestándose bajo la forma de pauperización absoluta de una porción significativa de los asalariados (más de 15% eran pobres en 1998) mientras que una proporción aún mayor de los hogares (cercana al 80%) tenía ingresos por debajo de la canasta familiar.

El segundo pilar de esta modalidad de desarrollo capitalista fue el saqueo de los bienes comunes como forma privilegiada de participación en el mercado mundial. Por una parte las exportaciones se concentraron básicamente en productos primarios (commodities) y sus manufacturas alcanzando en 1998 el 56,8% del total. La década de los noventa vio fortalecerse el aprovechamiento capitalista de la posibilidad de generar (y apropiar privadamente) rentas extraordinarias a partir de la explotación y exportación de las riquezas naturales y bienes comunes (convertidos en recursos naturales). Por otra parte, esos años fueron testigos del proceso de privatización de los espacios públicos. Se privatizaron o cedieron en concesión para uso privado: la provisión de agua, gas, luz, telefonía, el espacio radioeléctrico, etc.; a la vez que se promovió la defensa del derecho privado sobre el software, el conocimiento científico, la biodiversidad, etc. a través de patentes y derechos de autor.

Sobre la base de la consolidación de esa doble estrategia de superexplotación (del trabajo y la naturaleza) el capitalismo argentino retomó en los años noventa su impulso expansivo.

3        Las políticas públicas y la producción de la pobreza durante la década de los noventa: Crecimiento sin equidad.

Una de las paradojas del proceso de los años noventa fue que, recuperado el crecimiento económico – luego de una década como la de los 80 de reestructuración con estancamiento – continuaron manifestándose las tendencias más negativas en términos sociales. Contrariando las hipótesis más optimistas (por ejemplo, la transformación productiva con equidad promovida por la CEPAL, 1990) la etapa expansiva iniciada en 1991 fue un período de acelerado crecimiento con desigualdad y exclusión. Mientras la producción de bienes y servicios finales por habitante (PBI per cápita) creció 28,9% entre 1991 y 1998 los niveles de desocupación promediaron los 13,8% entre 1993 y 1998, los salarios reales cayeron un 20% en los noventa en comparación con la década previa, la pobreza llegó a un promedio de 25,1% en 1998 y la desigualdad creció casi sin solución de continuidad: en 1991 el 10% más rico tenía ingresos 16,1 veces mayores a los del 10% más pobre mientras que en 1999 esa relación había llegado hasta 23,1 veces.

El esperado derrame de los beneficios del crecimiento económico hacia el conjunto de las clases sociales no se produjo. Lo que aparecía como una paradoja no lo era tanto si se comprendían los objetivos del proceso de reestructuración que se consolidaba.

El enfoque dominante indica que el crecimiento económico es en sí mismo la forma y contenido del desarrollo capitalista. Es decir, que el modo de producción capitalista se encuentra liderado por la necesidad de expandir la producción, los mercados, el empleo y los ingresos. En tal lectura –errónea por unilateral- el crecimiento sólo puede ser un símbolo de la mejora en el bienestar social a través del proceso de “derrame”. Sin embargo, la realidad de la sociedad dominada por el capital es que el motivo movilizador es la búsqueda de la ganancia por la ganancia misma, siendo la producción sólo un medio necesario para realizar ese objetivo. De allí que el proceso de acumulación deba ser analizado como lo que es: un proceso de valorización del valor, dominado por la voluntad del capital de autoexpandirse sin límites.

En la primera mitad de los noventa mientras el capital se mostró ampliamente exitoso en sus objetivos de valorización, las condiciones materiales de vida de la mayor parte de los miembros de la sociedad mostraron un sostenido deterioro (Féliz, 2005). ¿Pero es esto una paradoja? En realidad, no hay nada de paradójico en lo ocurrido.

El programa de convertibilidad fue un plan conscientemente creado para la consolidación de un mapa de relaciones sociales en el cual debía primar la fragmentación – objetiva y subjetiva, productiva y política – de la fuerza de trabajo como clase y la dominación de los sectores del gran capital concentrado y en proceso de transnacionalización. Eso requería debilitar la capacidad del pueblo trabajador de disputar tanto las características concretas del proceso de reestructuración como de discutir con éxito la apropiación de los beneficios materiales del mismo. El primer triunfo de la convertibilidad fue el quiebre de la relación entre salarios reales y productividad laboral. En efecto, el éxito del proceso de valorización de capital está ligado estrechamente al desarrollo de la productividad del trabajo junto al crecimiento de la producción. El aumento en la productividad laboral supone – para el capital individual – un incremento en el valor apropiado por el capital innovador.[5] Esa mayor apropiación de valor podrá convertirse en una mayor tasa de valorización sí y sólo sí la empresa capitalista consigue alterar la composición de su capital en detrimento del componente variable (Lebowitz, 2005). Si los trabajadores y trabajadoras logran retener su cuota de poder al interior del proceso de producción, evitando que se altere la distribución del valor creado, la mayor productividad no podrá traducirse en mayor rentabilidad. Si esto se generaliza al conjunto del capital en un determinado espacio de valor, sólo en la medida en que el crecimiento de la productividad del trabajo se disocia de la evolución de los salarios reales, el primero se traducirá en un salto en la rentabilidad del capital en su conjunto.

Este planteo permite comprender por qué el proceso de los noventa en Argentina supuso una pauperización (relativa pero también absoluta) tan marcada del conjunto de la clase trabajadora. Precisamente, los sectores dominantes lograron a comienzos de la década componer una nueva correlación de fuerzas que les permitió a la vez incrementar – sostenidamente y de manera generalizada – la productividad social del trabajo pero a la vez consiguieron recortar el poder de los trabajadores y trabajadoras para mantener su participación en la apropiación de la riqueza social históricamente determinada. Entre 1991 y 1998 la productividad laboral en la industria manufacturera aumentó un 44,5% mientras que los salarios reales industriales se estancaron, aumentando sólo 5,6% en igual período. De allí que la década de los noventa pueda ser mostrada como etapa de consolidación de una nueva hegemonía social del capital, ahora transnacionalizado – aunque subordinado regionalmente – y cuya reproducción se sostiene en la superexplotación del trabajo y la naturaleza.

4        El trabajo, crisis y caída en la tasa de ganancia: la especificidad argentina en los años noventa.

Dicho esto, el carácter del capital es contradictorio. Los mismos elementos que fundamentan su éxito parcial y temporario alimentan crecientes contradicciones sociales que sólo en y a través de la crisis pueden ser eventualmente superadas. Estas contradicciones se basan – en su esencia – en la imposibilidad de superar al trabajo como fundamento de la valorización. Por eso aun un proceso exitoso de valorización y reproducción ampliada crea las condiciones para su propia desarticulación a través de la crisis. En los noventa en Argentina esa dinámica se manifestó por un lado como tendencia a la desvalorización del capital bajo sus diferentes formas (productiva, mercantil y financiera) y por otro lado como recomposición política de la clase trabajadora.

Desde el punto de vista de la objetividad de la acumulación podríamos señalar que el proceso iniciado en 1991 dio lugar a una recuperación de la tasa de ganancia para el conjunto del capital y en particular para el capital más concentrado. La consecuente dinámica de acumulación con reestructuración productiva se tradujo en un fuerte y sostenido incremento en la composición orgánica del capital (coc).

El incremento en la composición orgánica – que relaciona el valor total del capital constante (más allá de la distinción entre sus partes constantes y circulantes) con el total de tiempo de trabajo requerido (pago e impago) para transformar los insumos (Saad-Filho, 1993: 131) – manifiesta un desplazamiento del trabajo vivo del proceso social de producción de capital y con ello tiende a inducir una caída en la tasa de ganancia. Si bien el incremento en la productividad del trabajo – paralelo al aumento en la coc – conduce a la caída en el valor de las mercancías, la sanción social de su nuevo valor deberá esperar al intercambio en el mercado (Weeks, 1981: 199). La reducción en el valor de las mercancías se expresa primero en una caída en los precios de producción, caída que refleja tanto la reducción en los costos unitarios de producción como la reducción en la tasa de ganancia media.

La coc, estimada a través de la relación entre el sustrato material del capital constante (stock de capital en términos constantes, estimado por el Ministerio de Economía y Finanzas) y capital variable (trabajo vivo o tiempo de trabajo total utilizado en la producción, según estimaciones de Iñigo Carrera, 2007), aumentó en Argentina un 15,8% entre 1992 y 1998 y luego 12,7% entre 1998 y 2001 (Féliz, 2008). El aumento en la coc es el resultado necesario de la acumulación exitosa de capital pues es la contrapartida de la centralización y concentración de capital. En el caso argentino ese proceso se encuentra ampliamente documentado (Basualdo, 2001).

Por su parte, ese mismo proceso va acompañado – de manera tendencial – de un incremento en la productividad del trabajo. Por ese motivo, la mayor coc involucra otra mediación que conduce necesariamente a la crisis: mayor productividad supone una caída en el valor del conjunto de las mercancías producidas por el trabajo bajo el mando del capital. En el caso de la Argentina, como señalamos, la coc se incrementa aumentando en paralelo la productividad laboral. De allí que a medida que la propia acumulación avanzaba, las presiones a la destrucción del capital se incrementaran.

En los hechos, estas tendencias fueron contrarrestadas por el incremento en la tasa de explotación del trabajo, que no es sino la consecuencia inmediata del incremento en la coc. Ese movimiento contrarrestante operó sobre la base del avance de las políticas de liberalización del mercado de trabajo y la flexibilización de las relaciones laborales al interior de los espacios de trabajo. Si bien la mayor explotación es una tendencia que forma parte del modo de producción capitalista, su manifestación concreta en tiempo y espacio depende de las características particulares de los procesos históricos. En el caso de Argentina, el incremento en la explotación requirió la desarticulación temporal del poder de resistencia de la clase trabajadora, algo que ocurrió de manera eficaz – pero parcial y limitada – en los noventa.

A este movimiento se sumó como elemento para desplazar las contradicciones del capital la expansión del mercado interno y el mercado mundial. El aumento en el consumo de las clases dominantes, junto al crecimiento en el mercado de exportación, permitió por un tiempo construir la ilusión de un capitalismo sin crisis y un capitalismo periférico sin stop-and-go. En 1993 y 1998 el consumo suntuario pasó de 27,3% a 31,3% de la demanda agregada total.[6] En el mismo período, las exportaciones saltaron de 6,3% del PBI a 9,2%, aumentando un 90% en 5 años.

Esa dinámica permitió desplazar en el espacio y el tiempo las resolución de las contradicciones del proceso de valorización exitosa, al costo de acrecentar los desequilibrios que ocultaba: creciente disparidad entre la acumulación y la capacidad de la misma de crear valor y plusvalor (aumento de la coc, desplazamiento del trabajo vivo por el trabajo muerto) y distanciamiento entre la manifestación mercantil del valor y su correlato en términos de su producción (incremento en la productividad del trabajo, caída en el costo social – en valor internacional – de producción de las mercancías). Cuando el mercado mundial encontró sus límites (en 1998 el comercio mundial cayó 1,7%) la expansión se vio frenada y las mencionadas barreras comenzaron a presentarse como límites – manifiestamente objetivos – a ser superados. Los movimientos contrarrestantes sólo sirvieron para postergar lo inevitable: la crisis como medio para la superación (temporal y limitada) de las contradicciones del capital.

5        La crisis del capital y la conflictividad social. ¿De la fábrica al barrio?: una nueva composición política de la clase trabajadora.

Referíamos recién a límites objetivos a ser superados. En efecto, el capital pone en su desarrollo los límites que debe superar – realmente no tan sólo idealmente – para poder continuar con su reproducción. Esos límites surgen naturalmente de la dinámica de acumulación y valorización en condiciones normales. Sin embargo, dado que el capital es una relación social, los límites que el mismo se pone involucran simultáneamente cambios en la correlación de fuerzas sociales y por lo tanto en la composición de clases. Es decir, el capital permanentemente crea e intenta superar los límites subjetivos puestos por la naturaleza contradictoria de la propia relación que lo fundamenta.

En Argentina la reestructuración de los años noventa produjo una transformación cualitativa muy significativa en la composición política de la clase trabajadora. Primero, el quiebre de la tradicional estructura unitaria de las organizaciones obreras. En 1992 la Confederación General del Trabajo (CGT) sufrió una importante escisión –básicamente de docentes y trabajadores estatales- que condujo a la conformación de la Central de los Trabajadores de Argentina (CTA). Segundo, se confirmó la pérdida de peso relativo de los trabajadores industriales en el seno del movimiento obrero; en paralelo, ganaron centralidad los sectores ligados a las industrias del transporte y la logística. Tercero, aumentó el número y proporción de trabajadores ocupados en condiciones de precariedad. Prácticamente la totalidad de los puestos de trabajo creados en los años noventa fueron precarios. Cuarto, se incrementó significativamente la incidencia de la desocupación (alcanzando un pico de más de 20% en 1995).

Estos cambios en la estructura de la clase obrera llevaron a una significativa descomposición política. El quiebre en las tradiciones de lucha, la incapacidad para enfrentar la avanzada política del capital, la cooptación de sectores centrales del movimiento obrero y la represión a los sectores díscolos, contribuyeron a la creciente dificultad para encarar acciones colectivas de carácter masivo. La crisis de la subjetividad del trabajo se vio en parte reflejada en la crisis del sindicalismo tradicional y sus estrategias de confrontación y resistencia (Battistini, Féliz y Deledicque, 2002). Los niveles de conflictividad obrera bajaron fuertemente y fueron básicamente defensivos durante toda la década (Piva, 2001).

La derrota de las formas tradicionales de organización, la imposición de modalidades de trabajo que permiten aumentar los ritmos de trabajo a la vez que reducen la capacidad obrera de resistirlos y el intento de construcción de una conciencia de aceptación pasiva por parte de los trabajadores de esas condiciones fueron, entre otros, los instrumentos capitalistas de la batalla para enfrentar la tendencial caída en la tasa de ganancia y con ello para desplazar la crisis. Sin embargo, era seguro que tal situación no sería permanente o por lo menos no lo sería sin conflicto. Si lo único seguro es la lucha, como anunciaba Gramsci, los trabajadores encontrarían nuevas formas de enfrentar al capital y la composición de capital que él ha logrado imponer en un particular momento del decurso de la historia. Bajo formas organizativas novedosas y una reconstitución de la subjetividad obrera, la recomposición política de la clase trabajadora será uno de los elementos centrales que conducirán a su tiempo a la crisis de la relación capitalista, especialmente al invalidar la fuerza contrarrestante de la mayor explotación.

En efecto, frente al avance del proyecto de reestructuración capitalista los sectores organizados del pueblo trabajador pudieron paulatinamente recomponer su poder y capacidad de lucha y resistencia (Féliz, 2008). En los primeros años de la década, los/as trabajadores/as estatales (enrolados mayoritariamente en la CTA), los despedidos de las empresas privatizadas y los estudiantes universitarios, fueron los primeros en dar cuenta del agotamiento social que producía el ajuste económico. A partir de mediados de los noventa, si bien los trabajadores asalariados no perdieron centralidad en las luchas, sí dejaron de ser el sector más dinámico. Entonces fueron los trabajadores desocupados quienes pasaron a ocupar el centro de la escena, articulando en sus luchas con los sectores medios, jubilados, estudiantes y pequeños productores que salieron a enfrentar al programa de convertibilidad en la etapa de crisis. De esta manera, recuperando las tradiciones de las luchas obreras y apelando al corte de ruta como medida de acción directa el pueblo trabajador surgía nuevamente como fuerza contestataria, como contradicción inmanente, bajo una nueva forma organizativa.

El incremento en los niveles de organización y resistencia de los trabajadores y trabajadoras, ahora bajo nuevas modalidades, completó el cuadro compuesto por el incremento en la coc y el deterioro en las condiciones de realización del plusvalor. En momentos en que el capital necesitaba la desvalorización de la fuerza de trabajo, la resistencia obrera – parcial, incompleta, pero significativa – contribuyó a conformar un clima de creciente inestabilidad económica y política, que conduciría inexorablemente a una crisis abierta hacia finales de 2001.

6        Productividad, flexibilidad laboral y tipo de cambio: competitividad y devaluación.

Los debates sobre el desarrollo y la crisis capitalista en la periferia asumen -por lo general- una relación inversa entre dos elementos centrales: la competitividad y la devaluación. Mientras la primera aparece como el objetivo central del desarrollo, la segunda se presenta básicamente como manifestación de su fracaso (Astarita, 2001).

De esa forma, y ahora para pensar el caso de la Argentina desde la convertibilidad, el propio patrón de desarrollo sobre la base del stop-and-go es el hecho estilizado que caracterizaría la situación. En tal sentido, la convertibilidad habría sido un fracaso pues concluyó en la brutal devaluación de la moneda local luego de un proceso de 4 años de profunda recesión.

Sin embargo, esa lectura tradicional que ve a la crisis devaluatoria como fracaso no permite comprender adecuadamente lo ocurrido en Argentina. Durante los noventa (y en particular durante la etapa expansiva de 1991-1998) la economía mostró un persistente déficit en su cuenta comercial y cuenta corriente del balance de pagos. Sin embargo, dado que la reestructuración de la economía argentina incluyó una masiva entrada de capital (bajo la forma financiera, mercantil y productiva) ese déficit no era problemático en tanto la rentabilidad esperada del capital en el espacio de valor argentino se sostuviera. En efecto, durante la etapa expansiva la rentabilidad del gran capital se mantuvo sostenida y elevada dando cuenta de que se habían creado las condiciones para la valorización exitosa. En realidad el déficit global del sector externo argentino ocultaba  que los sectores dominantes del gran capital estaban atravesando un proceso de transnacionalización acelerado y aumentando su capacidad de competir internacionalmente. En el marco del déficit de cuenta corriente para el conjunto de la economía (-4.019 millones de dólares en 1997), las 500 empresas de mayores ventas manifestaban (según la ENGE/INDEC) un superávit externo conjunto de más de 4.180 millones de dólares en 1997. Lo cual refleja, por un lado, la estructura desequilibrada del capitalismo argentino y, por otro, el hecho – muchas veces obviado – de que un país con bajos niveles de productividad media puede tener un significativo sector capitalista con altos niveles de competitividad. En síntesis, si bien la economía argentina es como conjunto una economía periférica y dependiente – y por lo tanto poco competitiva internacionalmente – esta situación era perfectamente compatible con el crecimiento económico en tanto el mismo se asociaba a un proceso de internacionalización productiva del capital.

Este análisis remite a la necesidad de reevaluar la relación entre la forma del desarrollo capitalista en Argentina en los noventa y su crisis devaluatoria. Para ello debemos recuperar un concepto crítico: la crisis no es producto de que el trabajo se haga más improductivo, sino porque se torna más productivo (Marx, 1894). La crisis es producto del propio desarrollo del capital y no hay que buscarla – en su fundamento – en su incapacidad, sino en su increíble capacidad de valorización.

Entre 1992 y 2001 la producción bruta aumentó un 59,8% (Féliz, 2008) mientras que al mismo tiempo la productividad del trabajo subió un 54,9%. Por otra parte, si analizamos la evolución de la composición orgánica del capital (coc) encontramos que la misma aumentó un 30,5% entre 1992 (su punto más bajo en la década) y 2001 (Féliz, 2008). Marx señalaba que el aumento en esta relación (coc), entre el trabajo muerto (capital constante) y trabajo vivo, era la contracara del aumento en la productividad laboral y desvalorización de las mercancías. Ambos movimientos, orgánicamente articulados, conducen necesariamente a la crisis del capital bajo la forma de desvalorización del mismo en todas sus formas y la desaparición relativa de la fuente original del plusvalor y la ganancia. Es decir llevan a la crisis como proceso necesario para la superación real de la contradicción y su reproducción a escala ampliada.

Esa crisis se manifiesta tanto bajo la forma de caída en la tasa de ganancia o de rentabilidad (en Argentina la misma cayó – para las grandes empresas, según la ENGE/INDEC – un 26% entre el promedio de 1991 a 1998 y el promedio de 1999 a 2001; Féliz, 2009) como de desaceleración de la acumulación y una tendencia creciente a la desvalorización de las mercancías en términos de moneda mundial.[7] Esto último combinó tanto tensiones deflacionarias en términos de moneda local como – crecientemente a medida que la crisis se profundizaba – presiones devaluacionistas.

De allí que la crisis pueda ser explicada como resultado del éxito relativo de la acumulación y la valorización del capital en Argentina. En comparación con los Estados Unidos – que podemos tomar como parámetro del capital internacional relevante y cuya moneda es la representación de la moneda mundial – el costo laboral unitario real de producción en la industria manufacturera argentina se redujo un 22,2% entre 1991 y 2001 (Féliz, 2009b).[8] Esto supuso la necesidad tendencial – manifiesta en las presiones deflacionarias crecientes – a la desvalorización cambiaria en términos de la moneda mundial. En este movimiento juega un papel clave la flexibilización de las relaciones laborales que permitió el salto en la productividad y facilitó la reducción de los costos del uso de la fuerza de trabajo (Féliz, 2008).

Las ganancias de productividad laboral y la reducción del costo laboral confluyeron para impulsar la competitividad del capital que se tradujo en la necesidad de la desvalorización cambiaria como medio para su realización. Shaikh (1999) muestra por qué la reducción relativa en los costos laborales unitarios reales al interior de un país conduce a una devaluación real del tipo de cambio. Dado que la caída en los costos unitarios no es sino la contracara de la mayor productividad laboral y/o la baja en los salarios reales, el éxito del capital en un marco nacional conduce a la depreciación cambiaria (Féliz, 2008).

La convertibilidad argentina no fue la causa de la crisis sino que la rigidez del régimen cambiario (tipo de cambio nominal fijo, convertible al dólar estadounidense, elevado volumen de endeudamiento en moneda extranjera) hizo más dificultosa la deflación necesaria latente en la fuerte reducción de los costos laborales reales unitarios relativos y por tanto en el valor internacional de las mercancías producidas localmente.

7        Éxito de la convertibilidad y su agotamiento como táctica del capital.

El programa de convertibilidad fue impuesto por los sectores dominantes de Argentina como un instrumento para consolidar la reestructuración iniciada en los años 70. Ese programa favoreció no sólo la descomposición política de la clase trabajadora y la canalización, contención y represión de sus demandas sino que operó como un mecanismo de alineamiento de todos los sectores del capital al proyecto hegemónico del gran capital en proceso de transnacionalización. Ese proceso es visto como mera desindustrialización o reestructuración regresiva, adjetivándola y enfatizando su dimensión destructiva, sin comprender el lado productivo en términos de su centralidad para ordenar las acciones de múltiples capitales en competencia, bajo la conducción estratégica del capital concentrado.

La fijación del tipo de cambio nominal y la presión competitiva promovida por la apertura unilateral conformaron una fuerza irrefrenable para el conjunto de los capitales (Féliz, 2008). Aquellos que no encararan con decisión proyectos de reorganización productiva que les permitieran incrementar violentamente la productividad y reducir los costos unitarios de producción estarían condenados a la quiebra. Esto implicó no sólo el cambio en la estructura del capital fijo (inversión en nuevas tecnologías, centralización de capitales) sino que involucró una modificación en la estructura política de los capitales. Ese cambio es indispensable para permitir un cambio en la relación entre capital variable y constante, así como entre capital variable y plusvalor, a fin de incrementar sostenidamente las posibilidades de acumulación. La convertibilidad fue en tal sentido una exitosa estrategia para canalizar las demandas políticas de los sectores dominantes.

Ese éxito no se tradujo en una situación de dominio permanente e incontestado. La organización de una cierta resistencia social al ajuste hizo que el programa de convertibilidad apareciera crecientemente cuestionado, aun si había sido muy útil a los fines de completar la reestructuración y consolidar los intereses del gran capital en proceso de transnacionalización. Hacia mediados del año 2000, el programa en su conjunto comenzaba a perder el consenso de las clases dominantes pues era inoperante para canalizar las tensiones que se derivaban de la necesidad de desvalorizar el conjunto del capital. El capital comenzó a desplazarse a formas más líquidas a los fines de evitar una inminente destrucción: durante 2001 los depósitos bancarios cayeron un 25% y la fuga de capitales alcanzó los 12.247 millones de dólares. Sin embargo, al hacer eso los capitales en competencia contribuyeron a realizar la esencia del capital: su destrucción por medio de la crisis.

8        Salida de la convertibilidad: ¿hacia un nuevo modelo?

La crisis de la convertibilidad se produjo en un marco profundamente caótico. A comienzos de diciembre de 2001 la decisión de recortar la salida de depósitos en efectivo del sistema bancario (corralito) y la movilización social consecuente, las jornadas de lucha que culminaron en los días 19 y 20 de diciembre con la huida del ministro de economía Cavallo primero y luego del presidente de la Nación De la Rúa, llevaron al abandono de la convertibilidad de la moneda y el comienzo de una nueva etapa, en un proceso de marcada inestabilidad e incertidumbre. El marco político indicaba a los sectores dominantes la necesidad de abandonar una táctica que había servido de manera exitosa para consolidar su hegemonía social pero que, en el nuevo contexto, estaba poniendo en riesgo las bases mismas de la sociedad. Esos mismos instrumentos bloqueaban seriamente la posibilidad de una reestructuración ordenada de las relaciones de valor fundamentales y profundizaban la destrucción de capital. La crisis de la convertibilidad y la necesidad de salir de ella – crecientemente aceptada por los sectores dominantes – no fue en última instancia una contingencia ligada al carácter rentista de la burguesía nacional (Basualdo, 2006: 163-166) sino una decisión forzada por la dinámica del proceso global de valorización.

La salida de la convertibilidad supuso la devaluación de la moneda, la pesificación asimétrica, la creación de un impuesto sobre las exportaciones de granos y combustibles y la cesación unilateral de pagos sobre una parte significativa de la deuda pública. En el plano político, la elección de un nuevo presidente, Duhalde, fue acompañada de la creación del programa social más masivo de la historia de la Argentina (el plan Jefes y Jefas de Hogares Desocupados) que buscaba atender a la emergencia social pero sobre todo contener la conflictividad que – impulsada por los movimientos de trabajadores desocupados – continuaba en los primeros meses de 2002 poniendo en jaque la estabilidad política.

En lo inmediato el nuevo paquete de medidas se tradujo en una violenta contracción económica (caída de 12,6% en el consumo global durante el primer trimestre de 2002), el salto en el dólar (que pasó de 1$ por dólar, a 1,40 $/U$S y superando los 3 $/U$S en pocos meses) y en los precios internos (el índice de precios de los alimentos subieron un 48,6% en el primer semestre del año). Desde el punto de vista de las condiciones materiales de vida de la clase trabajadora esto implicó una caída de 19% en el salario real (entre 2001 y 2002) y del 29,6% en la masa salarial (entre fines de 2001 y el tercer trimestre de 2002). En términos macroeconómicos las nuevas políticas públicas contribuyeron a corregir el déficit externo y fiscal sobre la base del ajuste de las relaciones esenciales que estructuran el capital social: desvalorización violenta del capital bajo sus distintas formas, aumento de la tasa de explotación e incremento en la tasa de ganancia. Los niveles de rentabilidad del gran capital en su conjunto llegaron a sus picos entre 2006-2007 promediando un 16,6% en contraste con el 10,4% de 2003 (Féliz, 2009c) y la relación ganancias/salarios pasó de 56/32 a 61/24 entre el promedio de la etapa 1996 a 1998 y el promedio de los años 2002 a 2004.[9]

Recién hacia mediados de 2003 – luego de los asesinatos del Puente Pueyrredón en Junio de 2002, la convocatoria anticipada a elecciones y consecuente elección de Kirchner como presidente – quedó claro que la crisis de los noventa había dejado lugar a un nuevo ciclo de expansión capitalista. Este ciclo, de cuño neodesarrollista, se caracterizaría por una renovada acción del Estado con el objetivo de promover la valorización del capital en el nuevo marco estructural construido en los años del neoliberalismo y, sobre todo, teniendo en cuenta la recomposición del poder de clase de los/as trabajadores/as.[10]

9        El neodesarrollismo: ¿forma posneoliberal del desarrollo capitalista periférico?

De tal manera, podemos señalar que el neodesarrollismo se constituyó en la forma posneoliberal del desarrollo capitalista en la Argentina y que esa nueva forma de desarrollo es la continuidad – en la ruptura – del neoliberalismo. Es decir, si bien se manifiestan algunos cambios en las formas que asume el proceso de valorización y las políticas públicas que lo acompañan, el contenido del mismo continúa dentro de los lineamientos establecidos durante el capitalismo en su etapa neoliberal.

9.1       Continuidades estructurales del neodesarrollismo.

Primero, la renovada expansión se apoya en las condiciones estructurales creadas durante las tres décadas previas (superexplotación del trabajo y saqueo de las riquezas naturales). Tanto la precarización del trabajo como su empobrecimiento continúan de manera persistente durante la nueva etapa de expansión. Luego de 5 años de fuerte crecimiento (63% de aumento en el PBI real entre 2002 y 2008) y caída en la tasa de desocupación por debajo del 9% de la población económicamente activa, cerca de un tercio de los hogares permanecen por debajo de la línea de la pobreza, casi 60% de los ocupados está precarizado (según Rameri y otros, 2008), los salarios medios están por debajo de los niveles de la década anterior y la desigualdad de ingresos se mantiene en niveles históricamente elevados (Féliz, 2009). En cuanto al saqueo de las riquezas naturales, las exportaciones ligadas a la explotación de rentas continúan liderando el comercio exterior en un marco en que el saldo externo se ha tornado estructuralmente superavitario. Desde 2002 las exportaciones ligadas al saqueo de las riquezas naturales incluyendo sus manufacturas representan el 70% del total. En efecto, el cambio profundo que se produjo en los años previos contribuyó a configurar una estructura productiva que consolidó la conformación de un entramado agroindustrial altamente competitivo que aprovecha las rentas de la explotación de los bienes naturales y la depresión de los salarios reales sostenida a través de la política de “tipo de cambio real competitivo y estable”.

Si bien el tipo de cambio real ha aumentado fuertemente en la etapa actual en contraste con los años noventa, ese incremento no es resultado sólo de una decisión de política económica sino producto de la modificación estructural en la relación de costos unitarios reales. En tal sentido la política salarial desde 2003 ha debido equilibrar la necesidad política de contener la conflictividad social post-crisis – permitiendo y promoviendo una recuperación parcial de los ingresos provenientes del empleo – con la necesidad de garantizar elevados niveles de competitividad internacional (es decir, superávit externo). De allí que la fijación de topes salariales como respuesta a una tasa de inflación sostenida a partir de 2005 y la desvalorización cambiaria a partir de 2008 buscaron mantener el dólar elevado en términos reales y simultáneamente que la masa salarial no supere los máximos recientes en relación al valor agregado (Féliz, 2008b).[11] Por su parte, la desvalorización de los beneficios que otorgan los programas sociales (en particular, el masivo Programa Jefes y Jefas de Hogar Desocupados, PJJHD) creó una fuente casi inagotable de fuerza de trabajo hacia el segmento precarizado del mercado laboral, ayudando a contener las presiones alcistas en los salarios de esos/as trabajadores/as. El valor nominal de los beneficios del PJJHD se ha mantenido en $150 mientras que el salario mínimo para los trabajadores asalariados formales pasó de $200 a $1.500. El resultado fue que los salarios de los/as trabajadores/as informales aumentó un 218% -en términos nominales- desde finales de 2001, 44 puntos porcentuales por debajo del salario de los/as trabajadores/as formales.

Cabe resaltar que el marco macroeconómico actual ha garantizado, bajo una nueva modalidad, la apropiación de una porción del plusvalor acrecentado en favor de los sectores financieros del gran capital (Féliz, 2008b). Luego de la crisis de la convertibilidad, la continuidad de la valorización del capital requería ‘desvalorizar’ también los capitales ficticios creados durante la etapa anterior y la transición al patrón actual. Antes de la reestructuración de 2005, el endeudamiento público (mayormente externo, en moneda internacional) había alcanzado el 137% del PBI en promedio entre 2002 y 2004. A partir de 2005 cayó tendencialmente hasta aproximadamente 55% del PBI, un nivel equivalente al vigente en 2001. La desvalorización de un 33% aproxima la caída que se produjo en el valor internacional de las mercancías producidas domésticamente en el período inmediatamente posterior a la salida de la convertibilidad (Féliz, 2008).[12] Era socialmente inviable, en términos capitalistas, la cesión de más de 10% del PBI a los fines del pago de intereses al capital financiero transnacional pues ese monto representaba cerca de la mitad del plusvalor disponible para la acumulación en 2001-2002. Si la fuga del capital a finales de los años noventa no era más que el registro por parte del capital de las dificultades para una valorización sostenida, el flujo positivo a partir de 2005 constata que la reestructuración fue necesaria para que el propio capital financiero contribuyera a recrear el fundamento de su propia valorización. Los intereses netos pagados por las 500 empresas no financieras pasaron – según la ENGE/INDEC – de 3,4% del valor bruto de producción a 6,5% en 2002 para reducirse nuevamente a 2,7% en 2007.

La permanencia del capital bajo su forma financiera como factor clave de la acumulación se expresa ahora en la política de superávit fiscal que registra adecuadamente el ‘poder de las finanzas’. La contención salarial entre los trabajadores del sector público – junto a la creación del impuesto a las exportaciones (retenciones) y el boom en los precios internacionales de commodities – ha permitido garantizar un superávit fiscal holgado durante la etapa expansiva. Si bien las retenciones representaban el 79,5% del superávit primario del Sector Público Nacional (SPN) en 2007, ese superávit resulta fundamentalmente de la reducción en el salario real (no menos del 15% en comparación con 2001) y relativo (en comparación al PBI real) de los trabajadores y trabajadoras del sector público (Féliz, 2008b), junto a la desvalorización real de las jubilaciones y pensiones. El origen de ese excedente fiscal destinado a la acumulación de reservas y el pago de los intereses del endeudamiento público da cuenta del fundamento de clase del mismo. Los pagos de intereses por la deuda pública pasaron del 11,7% del gasto del sector público nacional no financiero en 1998 a 9,9% en 2008.

9.2       El contenido de clase del Estado neodesarrollista y la recomposición de la clase trabajadora.

Frente a las claras continuidades en términos de la política económica y en contraste con la década anterior, la etapa actual se caracteriza por el cambio sustancial en la composición política de la clase trabajadora y – con ello – en la respuesta del Estado y el capital. El neodesarrollismo parte del reconocimiento implícito (y muchas veces explícito) de la existencia de un movimiento social reconfigurado y con una importante capacidad de confrontación y resistencia.

El Estado como forma objetivada de la relación social de capital, en el neodesarrollismo da cuenta de un movimiento popular que se rearticuló a finales de los noventa y hoy continúa presentando un cuestionamiento significativo a la voluntad expansiva del capital. Dado que el Estado expresa la dominación del capital en la sociedad, sus políticas tienden naturalmente a favorecer su reproducción como relación social dominante. Esa tendencia esta mediada por la contradicción permanente que impone sobre él la competencia entre capitales. En efecto, la unidad del Estado no es siempre unívoca. En particular, en Argentina los dos ejes de acumulación (superexplotación del trabajo y superexplotación o saqueo de los bienes comunes) enfrentan periódicamente a los sectores “industriales” del capital productivo con los sectores “extractivos” del mismo (Féliz y Chena, 2008). La existencia de considerables volúmenes de renta – asociados a estos últimos – tiende a conformar confrontaciones interburguesas que pueden alcanzar niveles importantes de radicalidad (como el conflicto de 2008 que tuvo en el centro a los sectores ligados a la exportación agropecuaria). Sin embargo, estas disputas aparecen como de segundo orden cada vez que los sectores del pueblo trabajador consiguen articular una oposición más o menos consistente frente a la dinámica impuesta por las relaciones sociales dominantes.

La nueva forma de intervención en la etapa posneoliberal da cuenta de esa faceta de dominación contradictoria. Sin embargo, la voluntad del capital no es única ya es enfrentada por la autoactividad del pueblo trabajador. Por un lado, buscando desplazar la mediación del capital en un intento de superarla como articulador de las relaciones sociales (Lebowitz, 2005). Por otra parte, en contra del Estado, pero en él y a través de él, los sectores populares disputan el sentido y contenido de las políticas públicas.

En la etapa actual la articulación anticapitalista del pueblo se manifiesta bajo diversas formas:

(a)    una creciente reorganización del tejido sindical, con un crecimiento de las experiencias de asambleas de base y disputa del monopolio de los sindicatos tradicionales (que están mayoritariamente orgánicamente integrados al Estado).

(b)   la consolidación de la organización nacional de los movimientos sociales autónomos –rurales y urbanos- que nacieron durante los años noventa.

(c)    la continuidad del desarrollo de un proceso de autogestión obrera de la producción en fábricas recuperadas por sus trabajadores/as y proyectos autogestivos en los movimientos sociales.

Estas experiencias interpelan directamente al Estado a través de la acción directa y la exigencia de programas y políticas que fortalezcan la organización popular más allá del capital (Féliz, 2009c). La particularidad de la acción de estos movimientos es que nacieron como nueva expresión de la resistencia social al ajuste neoliberal y la crisis de la convertibilidad. En la actualidad su capacidad crítica e independencia de clase – reconocida por el Estado y las clases dominantes – ha forzado la creación de iniciativas que responden – si bien parcialmente – a las demandas populares. En el enfrentamiento con el Estado y a través de diversos grados de institucionalización o normalización conflictiva (Dinerstein, Deledicque y Contartese, 2008) estos movimientos y organizaciones logran “arrancar” al aparato de gobierno concesiones materiales, a la vez que intentan evitar – con distintos grados de éxito – la cooptación e integración. En tal sentido, este accionar disruptivo y de disputa muestra al Estado capitalista como objeto de la lucha de clases (Clarke, 1992).

Como abstracción real y forma del capital, el Estado adquiere un carácter fetichizado, como si estuviera por fuera o por encima de la sociedad. Esa apariencia tiende a profundizarse cuando la lucha de clases se tensa. En ese momento, como en la etapa iniciada en 2002, el Estado parece distanciarse y adquirir una cierta autonomía frente a los actores en pugna. En ese marco, en tanto régimen político el Estado muta – por un lado – para canalizar institucionalmente y contener las demandas políticas de los sectores mayoritarios del pueblo organizado intentando garantizar la reproducción social de su legitimidad. Por otro lado, modifica su forma de intervención en el ciclo del capital buscando sostener la reproducción de la sociedad pero en una modalidad que repolitiza las relaciones sociales y reconoce la batalla de actores enfrentados.

El Estado entonces aparece no tanto como espacio en disputa – pues como señalamos el Estado expresa la dominación de clase del capital – sino como punto de condensación de las exigencias populares, como blanco de las demandas sociales históricas. En la etapa de la convertibilidad – con una correlación de fuerzas sociales inclinada a favor de los sectores dominantes del gran capital – el Estado enfrentó abiertamente la movilización y organización popular. Por el contrario, desde 2002 ese Estado debió abrirse a las demandas de la población organizada y – sin negar su carácter clasista – crear espacios y políticas para desactivar la agitación social. En ambos casos, el Estado aparece como mediación, como garante y mecanismo de institucionalización de una particular correlación de fuerzas sociales. De ese modo, el marco histórico de las condiciones de reproducción del capital en un espacio territorial y de valor particular constituye el contexto en el cual las exigencias populares se conforman. En cada coyuntura, las políticas públicas – en particular, las llamadas “sociales y de empleo” – dan cuenta de la capacidad de organización y unificación de los distintos sectores del pueblo trabajador para imponer sus valores al capital, expropiándolo de una porción del plusvalor.

10     Epílogo. 2008-2009: ¿la primera crisis del capitalismo argentino en la etapa posneoliberal?

En 2008 la crisis internacional golpea a la economía argentina en una posición de relativa fortaleza. Si bien la misma se encuentra fuertemente integrada al ciclo del capital global parece estar relativamente guarnecida frente al impacto directo de la crisis. La dominación del capital se ha consolidado con la salida de la convertibilidad en Argentina. La reestructuración de los noventa conformó una centralización, concentración y trasnacionalización del capital que auspician una desaceleración significativa pero no una debacle económica de magnitud. Mientras que en los Estados Unidos, por ejemplo, la producción industrial ha caído un 13,6% (en Junio de 2009 en comparación igual período del año anterior, según el Bureau of Economic Analysis, BEA, de Estados Unidos) o un 10,8% en Brasil (en Julio de 2009 en comparación igual período del año anterior, según el Instituto Brasilero de Geografía y Estadísticas, IBGE, de Brasil), en Argentina el impacto ha sido más reducido: la producción industrial cayó sólo 1,6% (en Julio de 2009 en comparación igual período del año anterior, según el INDEC).

La crisis mundial tiene fuertes rasgos financieros pero esencialmente está vinculada al final del proceso de reestructuración capitalista neoliberal en los Estados Unidos. La faceta financiera de la crisis mundial da cuenta de la explosión de las burbujas especulativas que el capitalismo – liderado por los Estados Unidos – construyó en los últimos años con el objetivo de desplazar y postergar la crisis del capital productivo. Por eso, pasada la etapa de inestabilidad financiera – para parafrasear a Minsky – la crisis misma se manifiesta básicamente en la reorganización del capital productivo transnacionalizado (centralización, fusiones, adquisiciones). De allí que el efecto a la periferia se haya trasladado – de manera desplazada – a través de la acción del capital productivo transnacional.

Frente a esta crisis – que a escala global todavía no parece cerrada y podría profundizarse – en el espacio de valor que incluye a la Argentina como territorio el ciclo del capital, el desarrollo de la acumulación parecía bastante sólido hasta mediados de 2008. La tasa de ganancia del gran capital alcanzó su pico en 2006/2007 (16,6% sobre el capital circulante, en comparación con 10,3% en 2003) y el ritmo de la acumulación no parecía haber alcanzado su límite (en el primer trimestre de 2008 la inversión bruta interna fija crecía a un ritmo anual de 35%, en términos reales). Por otro lado, la etapa de expansión basada en el uso extensivo de la fuerza de trabajo, la productividad laboral creció relativamente poco (15,2% entre 2002 y el primer semestre de 2009, en la industria manufacturera). De allí que las tensiones hacia la crisis por la acumulación de tensiones propias del ciclo local del capital haya sido limitada. En efecto, el tipo de cambio real estructural se ha revaluado sostenidamente desde 2002 (Féliz, 2009b).

En julio de 2008 la producción industrial argentina comienza a dar signos de estancamiento mostrando el impacto de la crisis global; desde ese momento y hasta junio de 2009 la industria dejó de crecer. No cae estrepitosamente –en promedio- pero pasó de un crecimiento anualizado de 9,2% en julio de 2008 a una caída anual leve en julio de 2009; por supuesto, hay varias ramas industriales (como las automotrices) que sufrieron fuertes contracciones en sus niveles de producción.

Dos elementos han impactado fuertemente en las ganancias empresariales en Argentina: la reducción en las exportaciones netas y el freno en la inversión. Ellos son dos de los componentes principales como determinantes de la realización de las ganancias (los otros son el déficit fiscal y el consumo suntuario o “capitalista”). Primero, la reducción en las exportaciones netas –que han caído de un máximo en 2003 cercano a 5% del PBI a sólo 1,3% en el primer trimestre de 2009- tuvo un impacto fuerte en la rentabilidad global del capital. El derrumbe de las exportaciones desde entonces ha sido muy fuerte (30,2% en julio de 2009, en comparación a julio de 2008). Si bien las importaciones también se han desplomado en 2009 (40,8% en julio, comparado con 2008) la caída en las ventas externas (precios y cantidades) se traduce en un fuerte golpe a las ganancias de las empresas exportadoras. Por otro lado, la caída en la inversión bruta interna fija (IBIF) ha sido muy importante: 17,8% en el primer trimestre de 2009 en comparación con el trimestre anterior. En la comparación interanual, la IBIF cayó 3% en los primeros tres meses de 2009.

Los costos sociales de la crisis en ciernes se hacen cada vez más evidentes en tanto avanzaba el año 2009: suspensiones a más de 100 mil trabajadores/as en los primeros meses, miles de despidos (199 mil desde fines de 2008) y la consecuente caída en la tasa de empleo junto al aumento del subempleo: la tasa de empleo cayó de 42,2% -de la población total- en el 2do trimestre de 2008 a 41,8% un año después mientras que la subocupación horaria saltó de 8,6% -de la población económicamente activa- a 10,6% en igual período. Junto a la persistencia de carencias estructurales no resueltas para amplios sectores de la población este proceso compone un mapa social en rápido deterioro y niveles de conflictividad en ascenso. La crisis reaparece como forma necesaria para la reconducción de la reproducción del capital. Enfrenta – de manera renovada – la voluntad de dominación y autoexpansión del trabajo alienado a la fuerza vital del pueblo trabajador en su búsqueda de dignidad y cambio social (Féliz, 2009c). El futuro no está escrito.

11     Forma y contenido del desarrollo capitalista: la crisis como mediación.

En este trabajo hemos intentado abordar el contenido y la forma del desarrollo en el capitalismo argentino en las últimas dos décadas, discutiendo sus tendencias inmanentes, continuidades y rupturas. En ese intento y para caracterizar adecuadamente al presente patrón de desarrollo capitalista remitimos precisamente a su fundamento: la relación capital. Es la necesidad social de producción y reproducción ampliada de esta relación lo que permite captar tanto las continuidades como discontinuidades que se producen en el movimiento histórico real de la sociedad. En este sentido el pasaje del neoliberalismo al neodesarrollismo debe ser analizado como una transformación en la forma del desarrollo capitalista, cambio que no involucra un cambio esencial en el mismo pero si transformaciones importantes.

Esta aclaración no sólo es necesaria como una forma de recordar que la voracidad del capital, su voluntad de mando y su necesidad de valorización sistemática deben estar siempre presentes en el análisis de la sociedad. También para resaltar la objetividad de la dinámica social como límite estructurantes de la capacidad de impugnación crítica por parte de los/as oprimidos/as y explotados/as. Por una parte, hablar de capital y su lógica, implica remarcar que el mismo es una fuerza social que actúa a través de actores sociales concretos pero que los supera. El capital está constituido por los capitalistas pero no son estos quienes determinan a través de su voluntad individual su dinámica sistémica. Por el contrario, estos capitales individuales, más o menos aisladamente, a través de un proceso de disputa (competencia) por el mercado en la búsqueda de maximizar sus ganancias, producen (y son producidos) por la relación capital. En segundo lugar, lo anterior implica que la dinámica social está, en muchos de sus aspectos centrales, sobre-determinada. Los actores colectivos no están en condiciones de imponer su voluntad individual al conjunto o al menos no pueden hacerlo racional y conscientemente. Los resultados de la dinámica societal serán producto del choque de voluntades colectivas, organizadas pero no omniconscientes, omnipresentes ni omnipotentes. Esto involucra tanto a los sectores y clases dominantes (‘capitalistas’) como a los/as dominados/as (‘trabajador@s’). El interés de los primeros tenderá a imponerse por la fuerza de las relaciones que constituyen la sociedad, es decir por la fortaleza de la relación de explotación/dominación capitalista.

Los intereses de las clases dominantes tenderán a imponerse pero no lo harán necesariamente. En tanto las clases subordinadas son a su vez la base de la reproducción social (pues proveen de la fuerza vital que la garantiza) su resistencia tendrá un impacto real sobre la dinámica social. Esta resistencia no necesariamente se manifestará bajo una forma activa y organizada, pero su existencia opondrá, en particulares circunstancias, cierto bloqueo a la capacidad del sistema social de reproducirse bajo una determinada modalidad. Por un lado, frente a los avances de los sectores capitalistas por desarticular el poder de los trabajadores la experiencia argentina muestra que es posible una recomposición de ese poder, aún en períodos cortos de tiempo. Por otra parte, la disputa de las organizaciones populares podrá imponer al Estado la necesidad de canalizar esas demandas. Esto se producirá a través de una combinación contingente de represión, intentos de cooptación e institucionalización conflictiva. En cualquier caso, la acción colectiva disruptiva planteada por los sectores organizados del pueblo tendrá influencia concreta en las políticas estatales (en particular, en las políticas sociales y de empleo) que deberán – en mayo o menor medida – registrar las demandas sociales.

Dicho esto quedará claro que comprendemos las transformaciones en la modalidad del desarrollo como el producto histórico necesario pero no inevitable de la dinámica objetiva de la sociedad y su articulación concreta con las modalidades de la lucha de clases y su resultado. De lo que se sigue que el pasaje del neoliberalismo al neodesarrollismo no fue el resultado de la mera voluntad histórica de determinados actores o clases de superar un determinado modo de regulación social. Por el contrario la crisis de la convertibilidad, que incluyó la depreciación cambiaria a su salida, fue producto de la depreciación necesaria de las mercancías que – en el marco de las relaciones dominantes de producción (capitalistas) – es resultado necesario del aumento en la productividad laboral.

Esto no implica subestimar la importancia de las disputas interburguesas o interclasistas en la dinámica social sino ponerlas en su justo lugar. La depreciación del capital (asociada a su desvalorización) fue producto necesario de la expansión exitosa del mismo durante la “etapa de oro” de la convertibilidad (1991-1998); es decir, necesaria por resultar de la propia dinámica de reproducción social. La forma de la depreciación podría haber sido diferente (deflación en lugar de devaluación cambiaria) pero sólo una articulación de poder social de la clase trabajadora inexistente en esa coyuntura histórica podría haber frenado las determinaciones más esenciales de la crisis capitalista: la desvalorización del valor y la modificación de sus relaciones básicas (plusvalor/capital variable, plusvalor/capital total, etc.).

De modo similar, el “modelo” que se articuló a partir de mediados de 2002 y se consolidó en 2003 con la relegitimación del poder político dominante expresa las continuidades estructurales de los años noventa: se sostiene en salarios bajos y tipo de cambio real alto, en un marco de explotación intensiva (saqueo) de las riquezas naturales. La consolidación de esa nueva modalidad de reproducción capitalista de la sociedad argentina contiene – de manera contradictoria – los dos rasgos estructurales señalados: la nueva modalidad de inserción en el capitalismo global y la permanencia de la clase trabajadora (ahora bajo la forma de pueblo trabajador) como sustrato fundamental de su dinámica, su crisis y posibilidad de superación.

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Shaikh, Anwar (1999), “Real Exchange Rates and the International Mobility of Capital”, Working Paper, 265, Nueva York, New School University, Marzo.


[1] Mariano Féliz, argentino, es profesor de la Universidad Nacional de La Plata e Investigador del CONICET (Centro de Investigaciones Geográficas del Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales –IdIHCS-, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, UNLP). Es investigador asociado al CEILPIETTE/CONICET. Miembro del Centro de Estudios para el Cambio Social (CECSO) de la ciudad de La Plata.

[2] A menos que se señale otra cosa, la información estadística presentada surge de estimaciones y cálculos propios sobre la base de datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC, la Encuesta a Grandes Empresas (ENGE) del INDEC y datos del Ministerio de Economía y Finanzas y del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de Argentina.

[3] En rigor de verdad, el proceso de transformaciones tuvo su hito iniciático en Junio de 1975 con el denominado Rodrigazo, programa económico a través del cual -durante el gobierno peronista de esos años- los sectores dominantes comenzaban el camino por rediseñar el proceso de valorización del capital en Argentina.

[4] La forma de saqueo -o como la denomina David Harvey, acumulación por desposesión (Harvey, 2005)- supone no sólo la apropiación privada de las riquezas naturales sino esencialmente la privatización de aquellas riquezas sociales de uso o gestión común (bienes comunes).

[5] Usamos el concepto de capital innovador en el sentido amplio: aquel capital que consigue aumentar la productividad laboral antes que el resto de los capitales.

[6] Se asume que la masa de ingresos de los asalariados menos el ingreso del 10% más rico de la población es equivalente al consumo de los asalariados. Suponemos que el ingreso de los más ricos refleja el consumo derivado de ingresos del capital de los gerentes y otros que ocupan funciones capitalistas y por ello no debe ser considerado – en una primera aproximación – como necesario. La diferencia entre el consumo total y el consumo asalariado (así calculado) es nuestro “consumo suntuario”.

[7] Para calcular la tasa de rentabilidad o de ganancia del gran capital se estimó el capital invertido (C) a partir de la ENGE como el valor bruto de producción (VBP) menos la utilidad neta (UN). La tasa de rentabilidad se estimó como la radio de la UN y el capital invertido (C).

[8] La estimación del costo laboral real unitario (clur) relativo para la industria se calculó a partir de la relación entre el clur para la industria manufacturera argentina – con datos del INDEC – y el clur de la industria manufacturera norteamericana – con datos de Bureau of Labour Statistics (BLS) -. El clur se estimó – para cada país – como el salario real sobre la productividad laboral real horaria, ambos en la industria manufacturera.

[9] La relación entre salarios y ganancias es una estimación propia a partir de datos del CEPED sobre distribución funcional del ingreso.

[10] La idea de un Estado neodesarrollista hace referencia a la forma-Estado que reconoce la fortaleza de la clase trabajadora como sujeto dentro del capital. Ese reconocimiento parte del otorgamiento de “concesiones” a los trabajadores que se producen junto a una intervención del aparato gubernamental más directa en la regulación de la actividad económica y la promoción del desarrollo capitalista. A diferencia de la experiencia desarrollista de los años 50 y 60 (asociada al fordismo), el neodesarrollismo opera –sin embargo- en el marco de la sociedad postneoliberal, donde predomina un más amplio dominio de las relaciones capitalistas y el capital transnacional.

[11] En 2009 los salarios reales de la gran mayoría de los trabajadores y las trabajadoras argentinos/as aún no habían recuperado sus niveles de 2001.

[12] Estimación de la caída en el valor en dólares del PBI de Argentina en el primer trimestre posterior a la salida de la Convertibilidad.

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