Neoliberalismos, neodesarrollismos y proyectos contrahegemónicos.

IX TALLER INTERNACIONAL SOBRE PARADIGMAS EMANCIPATORIOS :: “El movimiento social popular en América Latina. Emergencias emancipatorias anticapitalistas en el siglo XXI” :: La Habana, Enero 10-13, 2011

Neoliberalismos, neodesarrollismos y proyectos contrahegemónicos. Notas sobre las crisis en el capitalismo contemporáneo y sus superaciones dialécticas.

Féliz, Mariano1

CIG-IdIHCS/UNLP-CONICET

 

  1. Introducción.

El proyecto neoliberal iniciado a fines de los años setenta atraviesa en la década que pasó su crisis terminal. Sus manifestaciones son diversas según se trate de espacios de valorización del centro o la periferia y aun dentro de cada uno de estos espacios las crisis tiene formas diferentes y se perfilan distintas salidas a la misma. Este variopinto de la más reciente crisis en el capitalismo nos permite hablar de las crisis (en plural) en el sistema, en un particular paradigma de organización del mismo (el neoliberalismo), en lugar de sólo la crisis (en singular). Este escrito buscar rastrear algunas hipótesis sobre las crisis actuales y delinear alternativas – actuales o potenciales – que se desarrollan frente a las mismas.

  1. Las formas de la crisis. El fundamento de la forma económica de la crisis en el centro.

El capitalismo es un modo de producción que se basa en la valorización del valor a través de la explotación incesante del trabajo humano y la naturaleza. Hoy es un proceso mundial que abarca miles de ciclos de valorización que se superponen, entrelazan y articulan en y a través de los Estados nacionales.2

La visión ortodoxa (la neoclásica pero también la keynesiana) entiende a la crisis como producto de un factor inesperado (un shock) o una falla – corregible – en el sistema (una falla de mercado). Por el contrario, nosotros entendemos que las crisis actuales parten del éxito que mostró la valorización del capital en el marco del proceso de reestructuración que se inició a mediados de los años setenta. La crisis es producto del éxito del capital en alcanzar sus propios objetivos y por lo tanto es resultado necesario – no contingente – de la propia lógica de la sociedad bajo el dominio del capital.

La reestructuración social, política y económica durante el neoliberalismo condujo no sólo a la precarización del trabajo (como forma de capital) sino – entre otras cosas – a una creciente flexibilidad del capital fijo. En efecto, como señalan Marini (1997) y Ceceña (1996), a partir de la década del setenta el fortalecimiento de la tendencia del capital a internacionalizarse condujo un doble movimiento. Por un lado, la mayor movilidad del capital fijo – crecientemente capaz de mudarse a bajo costo de un lado del globo a otro – junto a la flexibilidad productiva permitida por el desarrollo de la tecnología informática y microelectrónica han convergido en una aceleración de la circulación del capital y – en definitiva – han creado una masa disponible de capital bajo su forma dineraria que alimentó el circuito especulativo. Por otra parte, la internacionalización generalizada del ciclo del capital condujo a la internacionalización de su parte variable, es decir, de la fuerza de trabajo. Por primera vez en la historia del capitalismo la fuerza de trabajo (y el ejército de reserva) tiene efectivamente una dimensión global. La abstracción real del trabajo – el imperio de la ley del valor – a escala mundial alcanzó realidad sustancial a finales de los años ochenta.

El neoliberalismo se dio a sí mismo la tarea de profundizar las tendencias a la mundialización del capital y la contención de los conflictos obreros. En pocos años, la flexibilidad laboral, las crisis de las deudas soberanas, las privatizaciones masivas y la desregulación financiera crearon el clima que permitió al capital social retomar – a escala mundial – la acumulación sostenida. Desde los ataques a los mineros en Gran Bretaña con Thatcher (1984-1985) y el embate sobre los controladores de vuelo en los Estados Unidos con Reagan (1981) hasta la avanzada sobre los trabajadores telefónicos en Argentina con Menem (1990) el neoliberalismo encarnó en esos años un virulento ataque a las condiciones de producción y reproducción de la fuerza de trabajo. Por tal motivo implicó una reformulación general a las condiciones de producción y reproducción de las sociedades.

Veinte años de expansión casi sin interrupciones de las economías centrales – y en particular de la economía aún hegemónica, la economía norteamericana – conformaron un volumen de contradicciones que no pudo ser contenido indefinidamente. Según el Bureau of Labor Statistics, desde 1983 y hasta 2008 la economía de EE.UU. creció en todos los años excepto en 1991. El crecimiento promedio del producto bruto interno (PBI) real fue de 3,2% anual.

Esas contradicciones no fueron más que derivaciones necesarias de la dinámica de las fuerzas que impulsan la producción y reproducción de la sociedad mundial bajo el dominio del modo capitalista de producción y las relaciones sociales que este constituye y que a su vez lo constituyen. La primera gran contradicción está ligada directamente a la forma del proceso de expansión de la producción de mercancías. En efecto, la etapa neoliberal – iniciada a finales de los años setenta – se presentó como una avanzada de los sectores dominantes para reestructurar las relaciones de producción, destruyendo (o limitando seriamente) la capacidad de resistencia de los/as trabajadores/as para condicionar las modalidades de producción y forzar una más justa relación de apropiación del valor producido. De tal manera, lo que se aprecia en las tres décadas que han pasado es un aumento en la capacidad del capital de producir riqueza material (bajo la forma mercantil) junto a una creciente incapacidad de los sectores trabajadores de apropiarse de esa riqueza para su consumo. En particular, en los Estados Unidos mientras que la productividad laboral aumentó sostenidamente (203% entre 1980 y 2007, según el Bureau of Labor Statistics) los salarios reales prácticamente se estancaron (subiendo sólo 38%, según el Bureau of Labor Statistics). Tendencialmente este proceso conduce a una situación de pérdida relativa de capacidad de realización de la creciente producción y – por lo tanto – del valor y plusvalor que representa.

En segundo lugar, el fuerte aumento en la productividad laboral se traduce simultáneamente en una reducción sostenida en el valor unitario del conjunto de las mercancías producidas. Este aumento no se convierte inmediatamente en una caída de precios. La desvalorización del conjunto del capital bajo sus diferentes formas (mercantil, productivo, fuerza de trabajo, financiero) puede desplazarse en el tiempo y el espacio pero no eliminarse indefinidamente. La desvalorización significa un violento y generalizado cambio en las relaciones de valor (entre capital constante y variable, circulante y fijo, variable y plusvalor, productivo y financiero, etc.). De allí que su resolución no sea una cuestión natural o un mero ajuste sino una generalizada lucha entre clases y al interior de la clase burguesa.

Esas contradicciones suponen, como señalamos, la destrucción del capital. Sin embargo, las mismas pueden ser aplazadas en el tiempo y desplazadas en el espacio como forma de evitar por cierto tiempo asumirlas (Harvey, 2004). En las casi tres décadas de desarrollo y avance del proyecto neoliberal el desplazamiento fue facilitado por (a) la internacionalización del capital y la consecuente expansión del comercio mundial, (b) la penetración capitalista en los espacios territoriales del socialismo real, (c) el avance privatizador en los distintos países y bajo las formas más variadas, y (d) la expansión de las formas financieras del capital. En particular, estas últimas han estado en la mira como las causas de la crisis. Leijonhufvud (2009), por ejemplo, pone el acento en las dinámicas de inestabilidad financiera à la Minsky asociadas con el régimen de regulación del sistema financiero internacional. Nos parece que – por el contrario – es el desplazamiento de las contradicciones creadas en el ámbito productivo lo que en la crisis actual crea las condiciones para las formas financieras de manifestación. En realidad, la valorización financiera operó activamente como medio para la continuidad de la expansión del valor cuando su capitalización en el ámbito de la producción se hacía cada vez más difícil. De manera secuencial actuaron – para luego derrumbarse – la especulación en las empresas .com a finales de los años noventa, la especulación inmobiliaria y finalmente el boom de la especulación en commodities (burbuja que estalló a mediados de 2008).

La crisis es el proceso a través del cual la reestructuración general del capital se manifiesta abiertamente. Es a la vez expresión de la necesidad de reajuste del capital y mecanismo que permite ese proceso. En ella – y a través de ella – los sectores dominantes intentarán imponer a los trabajadores el costo de esa reestructuración necesaria (objetiva en el marco de las relaciones de producción capitalistas). Avanzarán en ese sentido primero de forma descentralizada buscando eliminar empleos, intentando bajar salarios, incorporando cambios organizacionales que aumenten la productividad, etc. De esa manera, al decir de Marx, los capitalistas en competencia llevan adelante las leyes del capital, aun sin ser plenamente conscientes de ello. En la crisis, sin embargo, los capitalistas reconocen más claramente sus intereses como clase y actuando en consecuencia exigen de manera colectiva la acción pública a su favor.3 En esos momentos, los empresarios – de todas las ramas y sectores sin distinción – hacen frente común contra el trabajo. En ese momento demandarán fondos públicos para financiar el ajuste que – como porciones del ciclo del capital social – no pueden evitar y exigirán la intervención directa del Estado para buscar descargar los costos su crisis sobre el conjunto del pueblo trabajador.4

La presente crisis potencia los costos sociales de la dominación del capital (incluidos la destrucción del medio ambiente y el saqueo de las riquezas naturales). El mismo avanza con fuerza en lo que puede denominarse la etapa del imperialismo con acumulación por desposesión (Harvey, 2004, 2005) como nueva forma de la acumulación ‘primitiva u originaria’ de capital.5

Hoy, para consolidar su hegemonía mundial, la clase dominante a través de las grandes corporaciones multinacionales pretende colonizar, privatizar y mercantilizar aquello que aún es común: el agua, la tierra, los bosques, el aire, los genes, la biodiversidad y el conocimiento (Vega Cantor, 2006). La lógica minera (Chesnais, 2007), es decir del saqueo de las riquezas naturales, ha avanzado y predomina conflictivamente. Las guerras del gas y del agua en Bolivia, la lucha de los Sin Tierra en Brasil, los Zapatistas en México, los campesinos del Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI – Vía Campesina) en Argentina, entre otras luchas en todo el planeta, involucran el intento de frenar la apropiación privada del mundo.

Estamos frente a una crisis ambiental y civilizatoria además de económica (Chesnais, 2008). Esta crisis pone en cuestión el conjunto del capitalismo como única forma de desarrollo, además del propio concepto de desarrollo y los parámetros para medirlo. Entran en debate las relaciones capitalistas de producción y reproducción social, es decir el papel del dinero y el capital como mediación de las relaciones entre las personas (Lebowitz, 2005). El capital propone como idea del desarrollo meramente el crecimiento, es decir la expansión sin fin del valor, de su propia esencia (De Angelis, 2007). El concepto capitalista del desarrollo implica la imposición de valores que conducen a la oposición, al enfrentamiento y la competencia, como forma de articular las relaciones interpersonales. La crisis – por su parte – pone en debate los valores capitalistas (la ganancia por la ganancia, la producción por la producción, la mercancía como la forma privilegiada –tendencialmente única en el modo de producción capitalista – que deben asumir las relaciones humanas). La crisis civilizatoria coloca en primer plano la crítica práctica de esas formas de hacer capitalistas. Los valores predominantes de la sociedad contemporánea – los valores del capital – no hacen sino destruir (cada vez de forma más transparente) las condiciones y posibilidades de reproducción social. Frente a ello, la dignidad humana brota como nuevas formas de actuar y hacer. Como un sinnúmero de otros valores (De Angelis, 2007) enfrentando al capital e intentando de hecho su superación como forma de mediación social, a través de su potencial articulación común.

Insistimos: esta no es una crisis más en el capitalismo. Estamos atravesando una crisis económica pero también una crisis ecológica y civilizatoria a nivel planetario. Al derrumbe económico se suma la multiplicación de ejemplos de la destrucción del medioambiente al que conduce el capital en su búsqueda incesante de auto-valorización: destrucción de los bosques, privatización de la biodiversidad, expansión de la producción de agrocombustibles en detrimento de la producción de alimentos, el saqueo de la riqueza del subsuelo por medios cada vez más agresivos (minería a cielo abierto). Todo esto – combinado con las guerras y avanzadas militares motivadas por estas batallas por la re-apropiación imperial del mundo – nos enfrentan cada vez más a una crisis del proceso civilizatorio dominado por el “metabolismo social del capital” (Mészaros, 2008). Los pueblos del mundo (a través de la práctica y debates de las organizaciones populares) se plantean cada vez con más claridad preguntas sobre la sustentabilidad de esta dinámica expansiva, de expoliación y destrucción del mundo natural-humano con el solo objetivo de sostener los patrones de consumo en el centro y su reproducción en la periferia, como único medio para seguir legitimando la dominación del capital (es decir, el dominio de las cosas sobre los seres humanos y la tierra).

  1. Adelantados: La crisis en la periferia y el posneoliberalismo.

Paradójicamente la crisis actual en el capitalismo a escala global no parece afectar seriamente a los países de la periferia. Los países denominados BRIC (Brasil, Rusia, India y China) se encuentran creciendo aceleradamente, lo mismo que el resto de los países emergentes del sudeste asiático. En América del Sur la mayoría de las economías concluye una década de veloz aumento en su niveles de producción. Sin embargo, esto de cuenta del hecho – relevante – de que en el espacio periférico la crisis neoliberal se produjo una década antes que en el centro. En efecto, el neoliberalismo alcanzó su pináculo en los años noventa en la mayor parte de los países del mundo y en la periferia ese punto alto marcó también su punto de quiebre, el comienzo de su final anunciado. En el centro la ventaja estructural permitió a los principales países postergar lo inevitable.

Luego de una reestructuración violenta por más de dos décadas, en los noventa la mayor parte de los experimentos neoliberales encontraron sus límites.6 Por una vez – sin embargo – el capitalismo encontró primero sus límites en la periferia del mundo del capital en proceso de internacionalización.7 Si bien la flexibilización de las relaciones laborales y productivas, la fluidización parcial del capital fijo y la mundialización de los proceso productivos en las principales industrias crearon renovadas potencias en el capital para garantizar su expansión sin fin, ese mismo proceso alimentó los límites que lo forzaron a su superación violenta. Esas barreras estuvieron vinculadas a la utilización de medios que hicieron factible la reestructuración pero progresivamente agotaron sus posibilidades: la apertura financiera y el endeudamiento masivo de los espacios de valorización nacionales periféricos. La preeminencia de las finanzas o valorización financiera fueron medios para aumentar la flexibilidad del capital en tanto este encontraba nuevas formas de valorización productiva. Si el desarrollo de las finanzas fueron resultado de la crisis productiva del capital a su vez fueron medio para contribuir a resolver esa crisis a través del neoliberalismo. El capital financiero actuó como medio de presión del capital como un todo sobre los Estados nacionales y sobre las empresas (a través de la deuda y los mercados financieros) a los fines de impulsar el ajuste y la reestructuración. A posteriori, sin embargo, esta misma forma del capital se convirtió en una nueva barrera pues las demandas del capital en su forma financiera se tornaron imposibles de satisfacer: la fuga de capitales, la crisis bancaria y cambiaria y la posterior cesación de pagos sobre la deuda operaron como las formas de esa imposibilidad (Girón, 2005).

Primero en México, luego en el sudeste asiático (Malasia, Tailandia, Corea), Rusia, Brasil y Turquía. Finalmente, Argentina y detrás de ella el conjunto de América del Sur. Las violentas crisis atravesadas por todos estos países dieron cuenta del desarrollo de las contradicciones y límites de una estrategia de reestructuración de las relaciones de producción y reproducción sociales denominada neoliberalismo. En efecto, esos límites fueron a su vez económicos y políticos en proporciones variables, siendo el caso de América del Sur donde la dimensión política de las crisis alcanzaron niveles excepcionales y efectos más profundos y duraderos. En esta última región el avance del proyecto neoliberal fue mayor con extendidas privatizaciones, la liberalización pervasiva de las relaciones laborales y económicas y la ampliación y dominio del capital transnacional. Todo esto amplificó el impacto de las contradicciones del capitalismo y sus efectos sociales, creando poderosas barreras a ser superadas. En algunos casos las contradicciones conformaron límites sólo superables a través de crisis orgánicas.

En el sur de América la crisis del neoliberalismo encontró en paralelo con el estallido de sus contradicciones objetivas un proceso de recomposición política del pueblo trabajador que condujo a cambios muy profundos en el patrón de desarrollo. El movimiento propio del neoliberalismo en la región sudamericana supuso primero la derrota política de los movimientos populares hasta mediados de los noventa. A través de la intervención directa (que combinaba la represión estatal y/o paraestatal de los sectores más activos, y las políticas de ajuste, reestructuración o reforma) o de la acción indirecta – pero no menos eficaz – de la huelga de inversiones del capital privado, las condiciones de existencia del pueblo trabajador fueron violentadas conduciendo – progresivamente – a un cambio en la correlación de fuerzas sociales a favor de los sectores dominantes.

Sin embargo, la lucha social (de clases) no es estática pues los contendientes siempre buscan y encuentran nuevas formas de organización y resistencia. La composición política de clases es un concepto clave en este punto pues permite comprender cómo el capital y el trabajo transforman su estrategia de articulación frente a los cambios en la estructura del capital (constante – fijo y circulante – y variable, mercantil, productivo y financiero, etc.) intentando crear nuevas identidades, formas organizativas y objetos/objetivos de lucha. La composición de clase refiere a la estructura de poder de clase existente dentro de la división del trabajo asociada con una particular organización de capital constante y variable (Cleaver, 1992: 113). Mientras el capital busca estructurar una determinada composición de clase – es decir una particular distribución del poder interclases e intraclase – que le permita controlar adecuadamente a la clase trabajadora para garantizar la acumulación, los trabajadores sistemáticamente (aunque no simpre de manera consciente) enfrentan, rechazan y resisten ese control. Buscan así recomponer las estructuras y la distribución del poder de manera de cambiar la correlación de fuerzas frente al capital (Cleaver, 1992: 114). La descomposición política de las clases es – necesariamente – seguida de una recomposición bajo nuevas condiciones.

En América del Sur esa recomposición se apoyó en nuevas organizaciones y formas organizativas nacidas del seno del neoliberalismo: el movimiento Sin Tierra en Brasil, nuevas organizaciones urbanas y rurales en Venezuela, las organizaciones campesinas e indígenas en Ecuador y Bolivia, los movimientos de trabajadores desocupados y nuevas formas de organización sindical en Argentina, etc. Las modalidades de esa recomposición variaron pero su impacto sobre el proyecto de reestructuración fue inequívoco: el neoliberalismo llegó a su fin como proyecto político de las clases dominantes del subcontinente. El final del proyecto no significó – como veremos – el final del capitalismo en la región sino su reconfiguración en una multiplicidad de proyectos alternativos. En todo caso, es claro que la crisis del neoliberalismo obtiene en este espacio territorial una clara impronta posneoliberal. Es decir, las modalidades de desarrollo que comienzan a ganar peso hegemónico representan un cuestionamiento a los fundamentos filosóficos del consenso de neoliberal pero nacen de su mismo seno como superación dialéctica.

  1. El Centro: ¿hacia un neoliberalismo recargado?

Contrariamente a lo que ocurrió en la periferia, recién en esta última década los espacios de valorización en el centro capitalista se encuentran atravesando las manifestaciones de la crisis del proyecto neoliberal. Ya desde fines de los ochenta Japón comenzó a manifestar sus efectos enfrentando una situación de cuasi-estancamiento y Europa arrastra desde ese tiempo dificultades para expandirse. Entre 2000 y 2010, el crecimiento promedio de estos dos espacios económicos fue levemente superior al 1% anual. El crecimiento medio de los Estados Unidos fue de cerca de 2% anual en igual período. La posición hegemónica de los Estados Unidos les ha permitido desplazar por largo tiempo – y de manera parcial – las contradicciones de la reestructuración exitosa. Primero, a través del relanzamiento de la economía de guerra (fin de la guerra fría, invasión a Irac, guerra en Yugoslavia, finalmente la invasión a Afganistán). Segundo, y en paralelo, la burbuja especulativa en las empresas .com, que fue seguida por la burbuja inmobiliaria y finalmente la burbuja de las commodities. Las tres olas permitieron progresivamente crear nuevas formas de valorización del valor y desplazar en el tiempo la crisis.

Ante la crisis mundial la respuesta de los capitales no se ha hecho esperar. Los sectores dominantes buscan avanzar sobre los Estados exigiendo medidas de ajuste macroeconómico que garanticen la protección de las ganancias (y la propiedad privada) y faciliten la mejora en la competitividad. ¿Pero qué significa esto de recuperar la competitividad? Desarrollarse sobre la base de privilegiar la competitividad internacional implica que el país busca ganar espacios en el mercado mundial, ganando mercados para sus empresas nacionales8. Por supuesto esto supone que las empresas localizadas en un particular espacio territorial ganarán a costa de desplazar a los capitales de otros espacios económicos que perderán. Estos se verán forzados a ajustarse (reducir salarios, despedir trabajadores, aumentar la productividad) para no ser dejados de lado por los mercados. En otras palabras y desde semejante lógica, el triunfo de unos es a costa de los trabajadores y trabajadoras de otros países. Si nosotros ganamos es porque ellos pierden. Dentro de esas reglas de juego, nuestro trabajo se logra a costa del trabajo de otros. Así, la forma de desarrollo capitalista supone que ganar es siempre empobrecer al vecino (el de la otra cuadra, del otro barrio, del otro municipio, provincia, país, región).9 Ellos aparecen – porque en esta forma perversa de desarrollo lo son – como nuestros enemigos en esta carrera para llegar a ningún lado (aunque más correcto sería escribir: en esta carrera para valorizar el capital).

En esta modalidad de desarrollo, la incapacidad o dificultad de competir impone la necesidad del ajuste. Es decir, las empresas deberán reducir su personal, los trabajadores aumentar su rendimiento (o su esfuerzo, su jornada laboral o capital humano) y postergar – para un futuro indefinido – sus demandas de mejoras en las condiciones laborales incluyendo sus magros salarios. Todo esto so pena de aparecer como ineficientes, incapaces de honrar al Dios mercado (que es lo mismo que decir al Dios capital).

La metáfora divina no es sólo retórica pues si algo caracteriza al mercado – como a la idea de Dios – es su tendencia a la ubicuidad y, sobre todo, a una invisible omnipresencia. Como señala De Angelis (2007) la tendencia del capital es constituir al mercado como una gran panóptico, una meta-estructura que todo lo ve sin jamás ser visto. Es un mecanismo de disciplinamiento que funciona fundamentalmente imponiendo sus valores y reglas en las prácticas y conciencias de todas/os, intentando replicar al infinito su necesidad de auto-expansión. De aquí que cuando se pierde el don de la competitividad, la fuga de capitales, el desabastecimiento, la falta de crédito, los despidos y suspensiones, o el lock-out patronal se convierten en las respuestas del capital para recuperar espacios en el mercado mundial. Esas respuestas se imponen como naturales o necesarias según los sectores del capital. ¿Pero qué son todas ellas sino manifestaciones de la huelga de inversiones con las que el capital busca recomponer en términos más ventajosos para sí las relaciones sociales de producción (como explicaba Kalecki)?

Claro que, en aparente paradoja, la política del ajuste es la base de esta forma de desarrollo también en los momentos de auge y no es sólo una opción de la economía política del capital en la crisis. La búsqueda de competitividad como piedra de toque de las políticas económicas en el capitalismo supone privilegiar siempre la ganancia empresaria y, sobre todo, los valores del capital: la competencia como medio de desarrollo, la producción por la producción misma, los costos (y beneficios) privados por sobre los intereses de la sociedad. El ajuste es parte de la psicología del capital: crecer siempre y a toda costa, exprimiendo sin parar cada átomo de trabajo disponible.

En el marco de la crisis, el capital reniega de sus viejos dogmas liberales y despliega el arsenal teórico del keynesianismo como medio para – desde el Estado – salvaguardar sus intereses generales.10 En cualquier caso prima por sobre todo el fundamento de la economía política del capital: la producción para el valor de cambio y la búsqueda incansable del beneficio privado. El fundamento conceptual de la economía política del capital fue desplegado por la economía neoclásica. La misma parte del presupuesto de la separación de los seres humanos entre sí, de la separación de éstos de sus medios de producción y reproducción social y, por lo tanto, de la necesidad (devenida objetiva) de que su interacción e intercambios sean mediados por la forma-mercancía. Desde ese punto de partida, el enfoque neoclásico busca establecer la optimalidad de dicha modalidad de intercambio.11 Sin embargo, como señala Lebowitz (2005) tal forma de intercambio es óptima sólo desde el punto de vista del capital. En efecto, la competencia y el intercambio mercantil es la forma bajo la cual los capitales individuales llevan adelante, inconscientemente, el plan del capital como relación social: la maximización de la valorización, la expansión sin límites (Marx, 1857-1858).12

La crisis abierta desde 2007 se presenta bajo la forma de crisis bancaria, fiscal, productiva y social. A diferencia de lo ocurrido en la periferia – en particular en Sudamérica – el desarrollo de la restructuración capitalista y sus crisis no fue acompañado del desenvolvimiento de una forma de articulación de los sectores populares que ponga – hasta el momento – en cuestión el modelo neoliberal. En Estados Unidos la crisis derivó en singulares salvatajes estatales a grandes capitales bancarios (JP Morgan, Bear Stearns) y productivos (GM, Chrysler) mientras se abandonó a su suerte a millones de trabajadores que quedaron desocupados o perdieron sus viviendas. En Europa avanza el proyecto de salvataje de las naciones periféricas en el centro (Grecia, Irlanda, España, entre otras) que enfrentan crecientes problemas para sostener el pago de sus abultadas deudas públicas (en definitiva, salvando de la quiebra a los acreedores); a cambio los gobiernos avanzan con violentos programas de ajuste fiscal. Los sectores populares encuentran dificultades para enfrentar los recortes que se ofrecen como única respuesta a la crisis. El ciclo de luchas iniciado a mediados de los noventa en la periferia encuentra dificultades para encontrar su continuidad en las experiencias de lucha de los pueblos de las naciones del centro, aun fuertemente frenados por la fuerte institucionalización de sus sindicatos y partidos políticos, la imposibilidad de aprovechar productivamente la riqueza política que podría surgir de la diversidad cultural y política de los millones de migrantes y las dificultades en el caso europeo para superar la fragmentación que – paradójicamente – produce la unificación económica, social y política. El resultado es el bloqueo de los sectores populares – cuya recomposición política está pendiente – y el avance de las medidas de ajuste y subsidio a los grandes capitales para favorecer su reestructuración. De allí que al posneoliberalismo en la periferia parecería corresponder una suerte de neoliberalismo recargado en el centro.

  1. Sudamérica: navegando el posneoliberalismo neodesarrollista.

El avance suramericano hacia el posneoliberalismo supone la superación dialéctica del proyecto neoliberal. Esta superación reconoce que su éxito como programa de reestructuración de las economías de la periferia a los fines de reconducir su proceso de valorización en una nueva etapa capitalista basada en el saqueo de las riquezas naturales y la transnacionalización del capital. Sobre la base de esa nueva configuración, los diferentes espacios nacionales de valor se encuentran hoy atravesando una acelerada transición hacia una nueva forma de desarrollo neodesarrollista.

El neodesarrollismo es una modalidad de desarrollo en el capitalismo que reconoce el poder del pueblo trabajador al interior del capital como fuerza subjetiva. La idea de un proyecto neodesarrollista hace referencia a la forma-Estado que reconoce la fortaleza de la clase trabajadora como sujeto dentro del capital. Ese reconocimiento parte del otorgamiento de concesiones a los trabajadores que se producen junto a una intervención del aparato gubernamental más directa en la regulación de la actividad económica y la promoción del desarrollo capitalista. A diferencia de la experiencia desarrollista de los años 50 y 60 (asociada al fordismo), el neodesarrollismo opera – sin embargo – en el marco de la sociedad postneoliberal donde predomina un más amplio dominio de las relaciones capitalistas y el capital transnacional.

El Estado como forma objetivada de la relación social de capital, en la etapa posneoliberal da cuenta de un movimiento popular que – en toda América al sur de los Estados Unidos – se rearticuló a finales de los noventa y hoy continúa presentando un cuestionamiento significativo a la voluntad expansiva del capital.13 Dado que el Estado expresa la dominación del capital en la sociedad, sus políticas tienden naturalmente a favorecer su reproducción como relación social dominante. Esto es particularmente cierto en las economías periféricas cuyo Estado – conformado a partir de la economía mundial constituida (como explican Mathias y Salama, 1983) – no actúa simplemente para reproducir la dominación de clase a nivel local (de las burguesías locales) sino que es el lugar en donde se cristalizará la necesidad de reproducir el capital a escala internacional. El Estado no se sitúa por encima de la ley del valor (es decir, de la ley del plusvalor) sino que forma parte de ella.

Esa tendencia esta mediada por la contradicción permanente que impone sobre él la competencia entre capitales. En efecto, la unidad del Estado no es siempre unívoca. Distintas fracciones de las clases dominantes pueden enfrentarse circunstancialmente (burguesía agraria versus burguesía industrial, capital financiero versus capital productivo, etc.).14 Sin embargo, estas disputas aparecen como de segundo orden cada vez que los sectores del pueblo trabajador consiguen articular una oposición más o menos consistente frente a la dinámica impuesta por las relaciones sociales dominantes.

La nueva forma de intervención en la etapa posneoliberal da cuenta de esa faceta de dominación contradictoria. Sin embargo, la voluntad del capital no es única ya que es enfrentada por la autoactividad del pueblo trabajador. Por un lado, buscando desplazar la mediación del capital en un intento de superarla como articulador de las relaciones sociales (Lebowitz, 2005). Por otra parte, en contra del Estado, pero en él y a través de él, los sectores populares disputan el sentido y contenido de las políticas públicas. Estas experiencias interpelan directamente al Estado a través de la acción directa y la exigencia de programas y políticas que fortalezcan la organización popular más allá del capital.15 La particularidad de la acción de estos movimientos es que a finales de los años noventa nacieron – o se consolidaron – como nueva expresión de la resistencia social al ajuste neoliberal y la crisis del neoliberalismo. En la actualidad su capacidad crítica e independencia de clase –reconocida por el Estado y las clases dominantes – ha forzado la creación de iniciativas que responden a las demandas populares, si bien parcialmente y en diversos grados según los países. En el enfrentamiento con el Estado y a través de diversos grados de institucionalización conflictiva (Dinerstein, Deledicque y Contartese, 2008) estos movimientos y organizaciones logran arrancar al aparato de gobierno concesiones materiales, a la vez que intentan evitar – con distintos grados de éxito – la cooptación e integración.16 En tal sentido, este accionar disruptivo y de disputa muestra al Estado capitalista como objeto de la lucha de clases (Clarke, 1992).

Como abstracción real y forma del capital el Estado adquiere un carácter fetichizado como si estuviera por fuera o por encima de la sociedad. Esa apariencia tiende a profundizarse cuando la lucha de clases se tensa, es decir cuando los sectores organizados del pueblo trabajador ganan en capacidad de disputa y resistencia. En ese momento, el Estado parece en un principio distanciarse y adquirir una cierta autonomía frente a los actores en pugna. En ese marco, en tanto régimen político el Estado muta – por un lado – para canalizar institucionalmente y contener las demandas políticas de los sectores mayoritarios del pueblo organizado intentando garantizar la reproducción social de su legitimidad. Por otro lado, modifica su forma de intervención en el ciclo del capital buscando sostener la reproducción de la sociedad pero en una modalidad que repolitiza las relaciones sociales y reconoce la batalla de actores enfrentados. Dependiendo del movimiento en la correlación de fuerzas sociales, esa mutación contará con mayores o menores niveles de represión política.

El Estado entonces aparece no tanto como espacio en disputa – pues como señalamos el Estado expresa en el capitalismo la dominación de clase del capital – sino como punto de condensación de las exigencias populares, como blanco de las demandas sociales históricas. En la etapa neoliberal –con una correlación de fuerzas sociales se inclinaba a favor de los sectores dominantes del gran capital – el Estado tendió a enfrenar abiertamente la movilización y organización popular. Por el contrario, a partir de la crisis de esa estrategia del capital ese Estado debió abrirse a las demandas de la población organizada y – sin negar su carácter clasista – crear espacios formales y políticas para canalizar – y en extremo desactivar – la agitación social. En ambos casos, el Estado aparece como mediación, como garante y mecanismo de institucionalización de una particular correlación de fuerzas sociales. De ese modo, el marco histórico de las condiciones de reproducción del capital en un espacio territorial y espacio de valor particular constituye el contexto en el cual las exigencias populares se conforman, articulan y en que medida serán satisfechas. En cada coyuntura, las políticas públicas –en particular, las llamadas políticas sociales y de empleo – dan cuenta de la capacidad de organización y unificación de los distintos sectores del pueblo trabajador para imponer – a través de sus prácticas – sus valores al capital, expropiándolo de una porción del plusvalor y ganando en autonomía en la gestión de esos recursos.

En nuestra región las respuestas estatales frente a la avanzada del capital en la crisis en el centro capitalista han dependido mucho del contexto político y la historia reciente, así como de las características particulares de la inserción de las economías en el ciclo del capital global. Si bien las determinaciones estructurales fueron clave para comprender la salida del proceso de reestructuración neoliberal – como proyecto político del capital – las fuerzas populares organizadas dieron cuenta de la posibilidad de trascenderlo y construir nuevas formas de organización de la sociedad y del Estado. En distintas temporalidades esa crisis está abarcando todo el globo y en particular, como señalamos, conformó un nuevo mosaico de proyectos políticos a lo largo y lo ancho de América del Sur (Twaithes Rey, 2010). Por un lado, se conformó una medialuna de reforma radical que incluye a Venezuela (desde 1998), Ecuador (desde 2006) y Bolivia (desde 2006). El enfrentamiento abierto al proyecto neoliberal se apoyó en estos casos en la incorporación a la vida política de amplios sectores históricamente excluidos de la participación. Por otra parte, se constituyó un segundo anillo de reformas posneoliberales que incluyó a Brasil (desde 2002), Uruguay (desde 2004), Paraguay (desde 2008) y Argentina (desde 2003). En estos países las fuerzas sociales contra-hegemónicas no consiguieron forzar un cambio radical en la forma del Estado. Por ello, la salida de la crisis del neoliberalismo se manifestó en reformas moderadas con fuertes continuidades estructurales. Por último, se conformó un tercer arco de países en los cuales el neoliberalismo muestra mayores persistencias: Chile, Perú y Colombia. Aquí los movimientos sociales se encuentran muy fragmentados y la represión (para)estatal es generalizada. En estos tres países se ha profundizado el programa neoliberal de desarrollo capitalista.

En países como Bolivia, Venezuela o Ecuador los movimientos sociales han logrado imponer gobiernos de tendencia popular los Estados. Ellos han dado respuestas ambiguas frente a las exigencias de reproducción de la sociedad bajo la forma capitalista pero en cualquier caso han defendido – en un marco disputado con las burguesías locales trasnacionalizadas – los avances sociales de los últimos años. A pesar de que la crisis golpea con fuerza el ciclo del capital en esas economías17, estos gobiernos intentan contener el impacto sobre el pueblo trabajador a partir de redistribuciones del plusvalor. En otras partes como, por ejemplo, Brasil y Argentina los gobiernos están cada vez más desligados de los movimientos populares las luchas que impulsaron su ascenso (en el primer caso) o alimentaron el contexto sociopolítico que permitió su triunfo (en el segundo). De ahí que continúan moviéndose – tendencialmente – a favor de las demandas del capital. En Brasil, Lula avanza con la privatización de los bosques amazónicos y sigue en la línea de convertir al capital de ese país en potencia sub-imperialista (Marini, 1977). Por su parte, Kirchner y Férnandez de Kirchner – en Argentina – negocian los términos de un regreso a la tutela del Fondo Monetario Internacional y continúan con una política de contención salarial, superávit fiscal, pago a los acreedores externos y subsidios al gran capital (Féliz, 2008). Precisamente porque el Estado expresa una relación social disputada – un proceso y no una forma congelada – lo dicho no niega que estos gobiernos no se vean la necesidad política de dar respuestas parciales a las demandas populares (a través de medidas como el plan Bolsa Familia en Brasil o el reciente programa de Asignación Universal por Hijo para Protección Social en Argentina).18 Estos programas se montan sobre los reclamos históricos de los movimientos populares y los reconfiguran dentro de los límites que establecen la reproducción del capital en el marco actual y de sostener su legitimidad como funciones elementales del Estado capitalista (O’Connor, 1973).

  1. Nuevas hegemonías y proyectos contrahegemónicos alternativos.

Las crisis en el capitalismo a escala global y sus repercusiones diferenciadas en los espacios de valorización del centro y la periferia dan cuenta – entre otras cosas – de la profundización de una disputa por la hegemonía mundial. A través de la reestructuración neoliberal, los países del grupo BRIC – en particular, Brasil y China – han comenzado a ubicarse como puntales espacialmente diferenciados de proyectos de disputa hegemónica. Por una parte, China se convierte en 2010 en el principal productor de automóviles. Luego de 30 años de crecimiento sostenido por encima del 7% promedio, el espacio de valorización con eje en la República Popular China amenaza desplazar a los Estados Unidos como principal potencia económica en el marco de un capitalismo multipolar. En paralelo, Brasil avanza para colocarse como punta de lanza de espacio regional con base en el Mercosur y sus socios (principalmente, Venezuela y Bolivia).

En ese marco, en Suramérica se presentan tres proyectos enfrentados aunque no necesariamente opuestos. La medialuna del Pacto Andino con Bolivia, Ecuador y Venezuela a la cabeza apuntalando un proyecto de reformas radicales – potencialmente poscapitalistas – que se sostienen en la búsqueda de nuevas modalidades de desarrollo. Aprovechando la base estructural del neoliberalismo (saqueo de las riquezas naturales) buscan conformar un neodesarrollismo que combine formas de industrialización de base capitalista con el desenvolvimiento y expansión de formas de producción y consumo cooperativas y comunitarias con base en las culturas locales. El segundo anillo está conformado por el eje Brasilia-Buenos Aires. En este eje el neodesarrollismo manifiesta más claramente una impronta de desarrollo capitalista periférico buscando consolidar la posición de los grandes capitales regionales (de base trasnacional) como proveedores de materias primas y manufacturas de bajo contenido tecnológico. En este proyecto, la integración regional es clave para garantizar las condiciones materiales (energía, transporte) para sostener la plataforma de valorización periférica. En este espacio (Mercosur) Brasil ocupa la posición hegemónica, disputando con China espacios en los organismos internacionales como la ONU. En tercer lugar están los países en los que se ha consolidado un proyecto neoliberal de cuño tradicional (Chile, Perú y Colombia). Los capitales dominantes en estos países han encontrado un espacio para su desarrollo en el acceso directo al mercado mundial y privilegian su relación con los Estados Unidos frente a un proyecto de integración regional.

El desarrollo capitalista acelerado de China e India han creado para el conjunto de la periferia, y en particular para América del Sur, una suerte de dique de contención frente a los impactos de las crisis en el capitalismo actual. El mercado interno chino (en buena medida como base para su plataforma exportadora) crece aceleradamente creando una demanda sostenida de casi todos los insumos básicos (commodities) producidos en los países del sur. A modo de ejemplo, las exportaciones de Argentina y de Brasil a China aumentaron un 360% (3 veces más que el promedio) y 1760% (10 veces más que el promedio) entre 2002 y 2009, respectivamente. Esto permitió aislar parcialmente a la región y está creando un ámbito propicio para el avance de los proyectos neodesarrollistas contrapuestos. Los proyectos en pugna en la región necesitan un marco expansivo para poder consolidarse. Ese marco es el que permite al capital sostener la legitimidad de su proyecto y al mismo tiempo dar a los Estados las condiciones generales para impulsar sus proyectos de reforma. Si bien el neoliberalismo creó el marco estructural que es garantía de esa expansión en el tiempo (salto en la productividad, aumento en la rentabilidad global del capital, mayor flexibilidad laboral, etc.), el crecimiento de los espacios capitalistas en la periferia otorga mayor potencia expansiva al capital retroalimentando mejores condiciones para la valorización con mayores posibilidades de realización del valor y el plusvalor.

Los proyectos alternativos en América del Sur no son equivalentes ni neutrales. La reforma radical del bloque andino se contrapone claramente con el proyecto de modernización capitalista periférica impulsado por el eje del Mercosur. Ambos espacios desean y necesitan la consolidación de un bloque regional pero las características del mismo están en debate. El desarrollo y contradicciones del proceso se evidencian en las dificultades para conformar algunos de los principales medios de integración como son el Banco del Sur, la moneda única, la Unasur, etc.

  1. Síntesis preliminares.

El mundo capitalista atraviesa un proceso de crisis y reestructuración. El final del neoliberalismo ha abierto en todas partes la posibilidad renovada de encontrar alternativas a un modo de regulación social que violenta al hombre y la naturaleza. En la periferia es donde más claramente se ven los rumbos nuevos. En América del Sur los pueblos – bajo nuevas formas sociales – se encuentran en lucha para lograr superar dialéctica pero radicalmente el capitalismo periférico con base en el saqueo de las riquezas naturales. Las distintas modalidades de neodesarrollismo son otras tantas opciones que los pueblos han logrado construir. Sin embargo, las grandes potencias regionales apuestan a formas de subimperialismo como estrategia de confrontación con los espacios aún dominantes de la tríada Estados Unidos, Europa y Japón. En ese camino avanzan a la vez que disputan y enfrentan las salidas populares antisistémicas que en algunos espacios regionales (Bolivia, Venezuela, Ecuador) pueblos y gobiernos apuestan a conformar. Los horizontes están abiertos, las opciones son varias y sólo la compleja articulación de la dinámica objetiva de la crisis sistémica y las construcciones sociales por un mundo diferente podrán definir cuáles serán finalmente los caminos elegidos.

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1 Dr. en Ciencias Sociales, Dr. en Economía, Magister en Sociología Económica, Licenciado en Economía. Profesor, Departamento de Sociología, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (FaHCE), Universidad Nacional de la Plata (UNLP) // Investigador, Centro de Investigaciones Geográficas / Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (UNLP – CONICET), Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (FaHCE), Universidad Nacional de La Plata (UNLP) // Profesor, Doctorado Ciencias Sociales, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (FaHCE), Universidad Nacional de La Plata (UNLP) // Miembro del Centro de Estudios para el Cambio Social. Correo electrónico: marianfeliz@gmail.com

2 Los límites nacionales existen y si bien el Estado nacional es un momento de la sociedad global – y por tanto forma solidificada de la relación capital a escala global – la fractura del mundo en sociedades nacionales significa que ellas son momentos distintos, no idénticos, de esa relación (Holloway, 1992). Como señalan Mathias y Salama (1983) en el Estado se cristaliza la necesidad de reproducir el capital a escala internacional.

3 Las cámaras empresariales y los medios masivos de comunicación son la forma más típica de las organizaciones colectivas del capital.

4 Usamos el concepto de pueblo trabajador como una caracterización más precisa de la realidad de la clase trabajadora. Siguiendo la propuesta de Cieza (2006), quien plantea que “la idea de sujeto social múltiple [pueblo trabajador] como potencial desencadenante de transformaciones sociales se corresponde con una sociedad fragmentada donde los trabajadores representan un conjunto heterogéneo y cambiante que solo muy parcialmente puede identificarse con personas que tienen un trabajo formal y son explotadas por un empresario capitalista” (Cieza, 2006: 123; corchetes nuestros). Esta manera de conceptualizar a la fuerza de trabajo es similar la propuesta de Antunes (1999) quien refiere a la “clase-que-vive-del-trabajo”.

5 La forma de saqueo o acumulación por desposesión supone no sólo la apropiación privada de las riquezas naturales sino esencialmente la privatización de aquellas riquezas sociales de uso o gestión común (bienes comunes).

6 Como señalamos en Féliz y López (2010) todo proceso de valorización/acumulación de capital enfrenta sus contradicciones, barreras y límites. Entendemos como contradicciones aquellas relaciones que enfrentan fuerzas antagónicas y, por ello, son fuente de movimiento de la dinámica social. Barreras son aquellos puntos que enfrentan tales procesos dinámicos y que – dentro del propio proceso de acumulación – pueden ser superadas sin atravesar una crisis orgánica. Los límites – por el contrario – son en cualquier caso barreras insuperables dentro de un particular patrón de acumulación de capital. En general, podemos decir que las barreras están ligadas más directamente a la estrategia de política económica adoptada por las fuerzas políticas en el Estado y por lo tanto son superables – en principio – con un cambio en la misma. Por el contrario, límites incluyen aquellas restricciones impuestas por el capitalismo pero que – más concretamente – se encuentran intrínsecamente ligados a las restricciones que plantea la inserción internacional periférica y dependiente de la economía. En tal sentido, su superación supone atravesar una crisis orgánica que involucre simultáneamente el desplazamiento de esas restricciones y la conformación de un bloque hegemónico que pueda alterar la correlación de fuerzas sociales para producir tal desplazamiento. Por supuesto, podemos agregar – siguiendo a Lebowitz (2005) – que hay límites del sistema social (capitalista) en sí mismo. Superar estos límites supone superar – dialécticamente y mediante una ruptura revolucionaria – sistema social en sí mismo.

7 La experiencia histórica suele marcar que las grandes crisis en el capitalismo global suelen nacer en el centro para luego trasladarse a la periferia. Al menos ese parece ser el caso con la crisis de los años 80 del siglo XIX, y las crisis del 30 y de los años 70 del siglo XX.

8 En realidad, las beneficiadas por esa política sería todas las empresas de capital local incluyendo a las trasnacionales que controlan la mayor parte de la producción doméstica y el comercio de exportación.

9 Siempre y no solo devaluando la moneda o protegiendo con aranceles a los productores locales, como tiende a suponer la lectura neoclásica. Ver, por ejemplo, el reciente artículo de Eichengreen y Irwin (2009).

10 Por supuesto, la recuperación de un discurso y práctica de tinte keynesiano en los países centrales es más bien limitado. El proceso de internacionalización del capital y la inercia organizativa de los trabajadores y trabajadoras en los países centrales, hace de las nuevas formas de intervención estatal más un programa de salvataje y reestructuración del capital que un claro programa keynesiano que involucraría en paralelo una expansión de las políticas públicas a favor de las clases populares en esos países (algo que – veremos – está claramente ausente).

11 Aunque lo han intentado por muchos años, buscando probar la metáfora smithiana de la mano invisible, es sabido que la optimalidad de los intercambios mercantiles sólo puede ser “demostrada” (es decir, matemáticamente demostrada) en un marco muy acotado con supuestos altamente irrepresentativos de la realidad (Georgescu-Roegen, 1979).

12 “La competencia ejecuta las leyes internas del capital, las impone como leyes obligatorias a cada capital, pero no las crea. Las pone en práctica” (Marx, 1857-1858: 285).

13 Esto no implica que la resistencia al ajuste neoliberal haya nacido a finales de la década de los noventa. Por el contrario, los movimientos sociales más importantes de América Latina tienen sus raíces ya a comienzos de la década anterior: el MST de Brasil, el Zapatismo en México y el movimiento piquetero en Argentina (cuyos integrantes fundacionales provienen de las experiencias de lucha urbana de comienzos de los ochenta; ver Stratta y Barrera, 2009).

14 En Féliz y Chena (2008) se muestra como se desarrolla la contradicción entre el capital agrario y el capital industrial en el capitalismo argentino y en Féliz (2009b) se analiza de manera sucinta el lugar de la contradicción entre el capital productivo y el capital financiero.

15 Por ejemplo, las demandas de los trabajadores y las trabajadoras desocupados/as en Argentina han tenido un doble objetivo en relación al Estado y el capital. Por un lado, obtener recursos que permitan atacar las situaciones de necesidad inmediata de los/as integrantes de las organizaciones de desocupados/as. Por otro, conseguir triunfos a partir de la acción directa que permitan consolidar la organización, consiguiendo recursos materiales que les permitan ganar en autonomía e incrementando la unidad de sus miembros. Algo semejante ha logrado el Movimiento Sin Tierra en Brasil.

16 Antunes (2009) explica como el MST en Brasil a logrado mantener un importante grado de autonomía frente al Estado mientras ha conseguido un sinnúmero de concesiones; la contracara es la CUT (Central Única de Trabajadores) de Brasil que se ha integrado fuertemente al aparato estatal. En Argentina, por su parte, dentro del movimiento piquetero hay diversas experiencias de integración al Estado (como es el caso, por ejemplo, de la Federación de Tierra y Vivienda, FTV). En contraposición, hay también muchos ejemplos de confrontación conflictiva con autonomía organizativa frente al Estado (como, por ejemplo, en el caso de los movimientos de desocupados que integran el Frente Popular Darío Santillán, FPDS).

17 Según el FMI, en Ecuador y Venezuela el PBI caerá un 1% y 2% en 2009, respectivamente, (comparado con un crecimiento del 6,5% y 4,8% en 2008) mientras que en Bolivia crecerá sólo un 2,8% (en comparación con el 6,1% en 2008).

18 Ambos programas involucran un redistribución marginal del plusvalor hacia una porción de los sectores más pauperizados del pueblo trabajador en cada país. Si bien los dos implican ciertos cambios de importancia en las políticas sociales, no dan una respuesta integral ni suficiente a las demandas populares de alcanzar niveles dignos de vida.

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