Estados Unidos, el default más esperado.

Estados Unidos, el default más esperado.

Por Mariano Féliz

[publicado en Página/12, 15 de agosto de 2011]

La potencia hegemónica en el mundo (equivalente a 20% del PBI global) enfrenta una situación inédita: estuvo a horas de entrar en cesación de pagos sobre su deuda soberana. Con un volumen de deuda pública que ya supera el valor de su PBI y un déficit fiscal en torno al 10% del mismo, los EE.UU. pone al capitalismo –tal cual lo conocemos- al borde de abismo insondeable. Esta situación es consecuencia inmediata del neoliberalismo y su crisis en los países centrales. Por un lado, el salto en la deuda en el último lustro es resultado del salvataje al sistema financiero luego de la explosión de la última burbuja inmobiliaria en 2007-2008. Ese proceso fue la más reciente etapa –antecedida por la avanzada imperialista en Irak, Afganistán, etc.,- de la crisis transicional del neoliberalismo. Por otro lado, el pecado original del neoliberalismo yankee (la reducción en los impuestos a las corporaciones y los ricos) crea una situación fiscal explosiva que sólo contribuye a alimentar las dificultades de financiamiento del Estado norteamericano. Ambos elementos son consustanciales al proyecto neoliberal.

Frente a una situación que recientemente alcanzó ribetes tragicómicos, los sectores dominantes dentro y fuera de los Estados Unidos –bajo la presión de los sectores de la derecha radical norteamericana- optaron por avanzar recortando el gasto público social (en particular el seguro médico para los más pobres y los jubilados). La alternativa de recuperar capacidad fiscal (gravando a los ricos y al gran capital) o recortar los gastos militares apenas si fue puesta en discusión. Al igual que la UE, en los Estados Unidos el neoliberalismo frente a la fatalidad de su hora final busca radicalizarse, bajo las formas políticas del ajuste, el consevadurismo y la xenofobia.

La salida elegida tendrá repercusiones importantes para la economía global y para los pueblos –en particular, en lo inmendiato, en los EE.UU.- pero era el camino más probable ante la imposibilidad de una coordinación de políticas económicas a nivel global en el marco del capitalismo posneoliberal. Al interior de los Estados Unidos, la crisis neoliberal acrecentó la desigualdad de ingresos y riqueza entre clases sociales y al interior de los trabajadores/as en desmedro de las minorías. Miles de familias perdieron sus casas y miles (millones) más sus empleos. El ajuste fiscal sobre los empleados públicos y los pobres sólo aumentará la penuria popular. El bajo ritmo de crecimiento de la economía norteamericana desde hace años se traduce en una pobre capacidad de creación de empleos. El ajuste acordado acentuará la crisis laboral y sus consecuencias sociales. Hacia fuera, el impacto de una economía norteamericana en estancamiento sólo puede anunciar problemas. El déficit externo de los EE.UU. es un sifón que genera una demanda inmensa para la producción mundial; el ajuste y la crisis renovada en el país del norte enviarán violentas ondas de choque.

La posibilidad de un default –muy costoso para deudores y acreedores- abrió paso a la opción del recorte fiscal que supone la paradoja de profundizar la brecha social, la conflictividad política y la crisis de crecimiento sin resolver –sino postergar- el problema de fondo: la tendencial pérdida de centralidad del capital con base en los Estados Unidos. El ascenso de China como nueva potencia económica –y punto de apoyo de numerosos países de la periferia- acentuá el desplazamiento del capital norteamericano como dominante en las principales ramas industriales; hoy China es el principal importador, exportado y hasta productor de las principales manufacturas industriales. Esta situación se manifiesta en la pérdida de hegemonía del dólar como moneda mundial: día a día los bancos centrales y las empresas dan pasos para relativizar el peso del dólar en sus transacciones y activos financieros. Si bien la diplomacia del dólar está en su peor momento, Estados Unidos conserva aún cierto liderazgo tecnológico y capacidad militar. Igualmente, el primero hoy no alcanza pues la internacionalización del capital acelera la difusión de los nuevos saberes (al menos en el espacio del capital trasnacional). La potencia militar –por su parte- se mantiene con una absurda política guerrera cuyos costos económicos llegan a niveles hoy insostenibles.

El mundo comienza una década definitoria. La hegemonía de los Estados Unidos se encuentra amenzada y la crisis del neoliberalismo en marcha sólo acelera su desplazamiento. El proyecto europeo hace agua frente al fracaso de la moneda única como disciplinador de los Estados nacionales. China –junto al conjunto del sudeste asiático detrás- se coloca cada vez más claramente como quien apuesta a convertirse en la potencia dominante luego del primer cuarto del siglo XXI. La periferia subordinada –Suramérica incluida- se encuentra ante una disyuntiva. Sumarse como furgón de cola del proyecto imperialista de la nueva China (como parecen apostar Brasil y Argentina) o llevar adelante proyectos posneoliberales que promuevan las condiciones para la construcción de una alternativa global al desarrollo capitalista.

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