¿Quién pinchará los globos amarillos?

¿Quién pinchará los globos amarillos?

¿Hacia una nueva hegemonía social del capital en la segunda era neodesarrollista?*

 

«cuando todo está o parece perdido hay que volver a meterse tranquilamente en el trabajo, recomenzando otra vez desde el principio» (Gramsci, Cuadernos de la Cárcel)

El triunfo de Cambiemos en la última PASO parece dar cuenta de un cambio sustantivo en la dinámica política de la Argentina. Se habla de la nacionalización de una fuerza de “derecha democrática” (sic), que ha sabido interpelar a un sector importante de la sociedad (Burdman, 2017, Natanson, 2017). Por su parte, el kichnerismo, fuerza política que gobernó durante más de una década, aparece golpeada, mientras que la izquierda en su dimensión electoral y en sus diversas vertientes, persiste como experiencia minoritaria, aunque no despreciable.

No nos atreveríamos a denominar a Cambiemos como expresión de una derecha democrática como propone Natanson. En especial, no creemos que la denominación sirva si a la democracia institucional se le atribuye un sentido positivo per se. La democracia formal dista de ser ‘democrática’, más bien la democracia representativa burguesa es en sí misma un fraude (como diría el compañero Damián Lambusta). Por otra parte, las prácticas institucionales de Cambiemos lejos están de ser democráticas en el sentido común atribuido al término (es decir, digamos, respeto mínimo al Estado de derecho; Féliz, 2016).

Pero, más allá de ello, cómo entender el surgimiento y consolidación aparente de esa fuerza política luego de una docena de años de neodesarrollismo encabezado por el kirchnerismo y de la crisis neoliberal. ¿Es Cambiemos un producto de los medios de comunicación y una técnica comunicacional acertada? ¿Cuáles son los fundamentos materiales del proceso que ha conducido a la pretendida estabilización del gobierno de Cambiemos? Lo que siguen son algunos apuntes al respecto.

 

  1. A través del neoliberalismo se consolidó proceso de valorización capitalista centrado en el gran capital transnacional

Ya lo hemos dicho en otros momentos, entendemos que la era neoliberal constituyó un conflictivo proceso de transformaciones estructurales que condujeron en Argentina a la conformación de una nueva modalidad de explotación capitalista de los cuerpos y territorios. El mismo fue parte de un proceso global de transformaciones iniciado en la crisis de finales de los años sesenta, que tuvo sus hitos regionales en Chile (1973) y Argentina (1976), y a nivel de los países centrales en el triunfo de Thatcher en el Reino Unido (1979) y Reagan en los EE.UU. (1981).

En Argentina, ese nuevo proceso de valorización de capital, construido a través del neoliberalismo, se centra en formas exacerbadas de extractivismo (saqueo) y explotación de la fuerza de trabajo y los cuerpos. La superexplotación general de cuerpos y territorios se ha consolidado a través de formas de precarización extendidas de la vida en todas sus dimensiones. Esto se evidencia en formas de creciente fragilidad de la vida y el trabajo, en la producción mercantil (diversas formas de empleo y trabajo rentado) y en la reproducción y sostén de la vida (en el trabajo en hogares y en las comunidades).

El mismo ha colocado, por un lado, al gran capital transnacional(izado) (GCT) en el centro de la valorización y acumulación de capital; un proceso de base transnacional, de anclaje extractivo imperialista y financierizado. El GCT se convirtió en el actor dominante al poseer control y propiedad de fracciones significativas del capital en todas las ramas de la economía. Su peso estructural lo convierte en el articulador de las relaciones económicas capitalistas; sus decisiones de inversión en capital constante (maquinarias, insumos, tecnologías) y variable (fuerza de trabajo empleada) marcan la pauta para el conjunto de la economía. Por otra parte, el pueblo trabajador precarizado y fragmentado, empobrecido y flexibilizado, el precariado, constituye el centro de la nueva composición política del pueblo en lucha.

Como nota aclaratoria, hacemos referencia a la idea de ‘precariado’ a falta de un mejor término. Pretendemos expresar en él la idea de una forma de uso de la fuerza de trabajo (remunerada o no) en el capitalismo periférico contemporáneo, donde se han exacerbado formas de explotación pretéritas, ligadas a la era del predominio de las estrategias de producción de plusvalía absoluta. Esas formas de explotación, asumen la super-explotación de la fuerza de trabajo (en el sentido propuesto por Ruy Mauro Marini para el trabajo asalariado), es decir, la creación de condiciones de producción/reproducción de la misma que no son sostenibles (en términos de sostenibilidad de la vida) en el tiempo o, para decirlo de otra forma, que expulsan a los márgenes y destruyen las capacidades (socialmente) productivas de una fracción significativa de la población.

La transición neoliberal en Argentina atravesó diversas fases que dieron cuenta de etapas en el proceso de la lucha por la reconfiguración de la estructura social. A través de esos diversos momentos el capital logró, no sin dificultades, transformar la estructura del capital en sus diversas formas, la forma del Estado (y sus formas políticas) y la conformación material (objetiva y subjetiva) de los actores en lucha. La crisis neoliberal de fines de los años noventa expresó el comienzo del fin de esa era, y la consolidación de esa nueva constitución política de las clases.

La salida violenta del neoliberalismo en Argentina expresó la recomposición política del pueblo trabajador, que pudo constituirse como límite a la estrategia del ajuste estructural. A través de nuevas formas organizativas y modalidades de acción directa, con eje en el precariado, el pueblo en lucha pudo poner en crisis societal la estrategia neoliberal de desarrollo capitalista (es decir, el ajuste estructural), abriendo el espacio para la transición a una nueva forma de desarrollo. El movimiento piquetero (con la participación fundamental de las mujeres dentro de éste) y una nueva generación de activistas de base en el movimiento obrero (en especial en ciertos sectores estratégicos, como transporte y logística, alimentos y bebidas, estatales) encarnaron el núcleo de esa resistencia.

La nueva forma de desarrollo que vendría a superar dialécticamente a la estrategia neoliberal, sería la resultante de la confrontación entre los nuevos sujetos sociales con pretensión hegemónica en cada campo de la disputa. Esa confrontación sería violenta y su resultado indeterminado.

  1. El kirchnerismo surgió como fuerza política para la estabilización social de las conclusiones societales del neoliberalismo (neodesarrollismo en su primera etapa populista)

La crisis neoliberal, crisis orgánica (es decir, de todas las formas sociales), fue conjurada a lo largo del año 2002. La derogación de la convertibilidad y el ajuste económico subsecuente, la construcción de un sistema de transferencia monetarias básica pero masivas (plan Jefes), la masacre de Avellaneda y la incipiente expansión económica del 2do semestre de 2002 conformaron el terreno para la constitución de una nueva configuración política potencialmente capaz de reconstruir una sólida hegemonía de orden capitalista. El kirchnerismo encarnó a partir de 2003 este intento de estabilización social.

Las fracciones dominantes dentro del capital necesitaban la conformación de un nuevo proyecto societal hegemónico. El mismo debía permitirles -simultáneamente- garantizar condiciones objetivas para la valorización ampliada del capital social bajo su dominio y crear condiciones subjetivas que permitieran contener, canalizar y normalizar -aunque más no fuera, conflictivamente- las exigencias de la nueva composición política del pueblo.

Frente a la crisis del discurso que articuló el programa neoliberal, el kirchnerismo rescató el histórico relato desarrollista de los inicios del peronismo en Argentina. Simultáneamente, el kircherismo supo leer el momento político a escala regional, recostándose en la llamada ‘ola progresista’, aunque más cerca del neodesarrollismo brasileño del PT y más bien lejos del contenido de la revolución Bolivariana liderada por Chávez.

La retórica del “capitalismo en serio” y el “crecimiento con inclusión” constituyeron la nueva síntesis discursiva para apuntar la conformación de una nueva estrategia de desarrollo capitalista de orden neodesarrollista (Féliz, 2012). Como fuerza política dentro de los “partidos del orden”, el kirchnerismo buscó (y logró por un tiempo) consolidar una articulación política capaz de sostener las bases materiales de la valorización neodesarrollista (superexplotación de los cuerpos y los territorios, en un marco financiarizado y transnacional) con la construcción de una forma del Estado que pudiera contener las consecuencias sociales de una nueva estructura social del capital, en especial de su porción variable. Ello incluyó formas renovadas e intensificadas de precarización del trabajo remunerado y no remunerado (de reproducción o ‘de cuidado’), y también nuevas modalidades de saqueo de las riquezas de la naturaleza y de los bienes comunes a través de un salto cualitativo en las escalas y capacidad de destrucción de las actividades productivas (tanto de soja y otros productos agropecuarios, como de la minería y la energía, entre otros). Por una parte, asistimos a formas de gestión de la fuerza de trabajo que multiplican la alienación y la explotación al crear condiciones de trabajo/vida completamente articuladas con el capital fijo: turnos rotativos, jornadas de trabajo extendidas y tiempo de viaje al trabajo inconmensurables, ‘guardia permanente’ a través de teléfonos celulares, etc. Por otro lado, atravesamos la consolidación de redes internacionales de cuidados y el deterioro del Estado como proveedor de servicios sociales (salud, educación, transporte público, etc.) que han fortalecido la precarización e intensificación del trabajo reproductivo. Finalmente, se ha multiplicado el uso de prácticas productivas, montadas en el desarrollo de nuevas tecnologías (que van desde nuevos paradigmas para la logística, el uso de las TICs y la proliferación del uso de técnicas altamente contaminantes o de alta capacidad destructiva -como los agrotóxicos, las hidroeléctricas o el fracking-), que multiplican la explotación intensiva de la naturaleza con consecuencias enormemente dañinas desde el punto de vista del trabajo productivo y reproductivo, de las formas de explotación de las riquezas naturales y la generación de desechos, entre otros efectos nocivos para la sostenibilidad de la vida.

En tal sentido, la constitución de una nueva forma del Estado social periférico estuvo a la orden del día (Féliz y Díaz Lozano, 2017). Por un lado, recreando las instituciones de regulación/integración de la fuerza de trabajo (cuerpos) formal sindicalizada (y mayormente masculina). Por otra parte, conformando un nuevo régimen de seguridad social de tendencia universalista básica para la contención de la fuerza de trabajo (cuerpos) precarizados y marginalizados en el ámbito mercantil y en la reproducción social (en el espacio de los cuidados, mayormente sostenido por las mujeres). Esta integración fue conflictiva y disputada pero eventualmente eficaz para recuperar la hegemonía de una estrategia de desarrollo capitalista capaz de reproducir y ampliar las bases materiales de las nuevas fracciones dominantes del capital. Las políticas sociales y laborales vinieron a reconocer la fuerza organizada de las fracciones más activas del pueblo, a la vez que buscaron convertirse en nuevos instrumentos de control social y neutralización política. Tal cual señala Raquel Gutiérrez, en alguna medida fuimos ‘expropiados’ de nuestras propias capacidades de lucha, las cuales fueron reintegradas al sistema, al menos parcial y temporalmente (León Pérez, Pérez Castillo y Gutiérrez Aguilar, 2017).

Hasta la crisis global de 2008, el desarrollo de barreras crecientes al proceso de valorización pudo ser aplazado (Féliz, 2015). La puja distributiva pudo ser contenida aprovechando el “colchón” creado por las condiciones de salida de la convertibilidad y la ampliación de la renta extraordinaria disponible. El crecimiento en los precios de las materias primas de exportación, la fase final de la burbuja especulativa en los EE.UU. (2002-2008) y la irrupción de China como nueva potencia sub-imperialista en la región suraméricana, enmarcan la primera fase del neodesarrollo argentino.

Las demandas ‘no contenibles’ fueron convenientemente reprimidas a través de formas de control social descentralizadas y de baja intensidad, no por ello menos eficaces o mortales (como el ‘gatillo fácil’, los grupos para-militares en conflictos rurales y eco-territoriales, represión a movilizaciones obreras y piqueteras, etc.). Aun así, las contradicciones de la producción/reproducción capitalista se expresaron en inflación en ascenso, dificultades para financiar el gasto público y caída en la competitividad global de la economía.

  • Cambiemos apuesta a radicalizar el neodesarrollismo provocando un salto cualitativo, de intensificación capitalista (neodesarrollismo conservador)

Luego de la crisis de 2009 y el conflicto con las nuevas fracciones rentistas de las clases medias, el kirchnerismo avanza desde 2011 con su ‘programa de transición’; La alianza política que sustentaba al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner (CFK) se amplió del 45% del total de votos en 2007 a 54% en 2011.

El inicio de la llamada sintonía fina marcó los primeros pasos en la estrategia kirchnerista para el objetivo de canalizar las tendencias a la crisis transicional del neodesarrollismo. La pretensión era garantizar su propia reproducción como fuerza política gobernante.

La proyección era dar un salto cualitativo, hacia una fase de intensificación desarrollista, que permitiera superar o desarticular temporalmente las barreras del capitalismo dependiente argentino. Para ello, las demandas de las clases populares debían moderarse y compatibilizarse con la necesidad de dar un salto en calidad en la tasa de inversión; el GCT reinvertía sólo 1 de cada 5 pesos de ganancia realizada en el país (Manzanelli, 2011). Sin embargo, la configuración particular del capitalismo dependiente argentino, impedía o hacía difícil tal transformación cualitativa. La dominancia del GCT limita las decisiones de inversión y reinversión al marco de sus estrategias globales. Por otra parte, a partir de 2008, la desaparición del plus de renta extraordinaria asociado al boom de los precios de las commodities de exportación y la ‘fuga hacia la calidad’ (hacia el centro) por parte del gran capital transnacional, encorcetaron al proceso de reproducción ampliada del capital en Argentina en momentos en que sus límites se hacían más evidentes (a partir de la última gestión de CFK). El crecimiento económico entre 2008 y 2015 cayó a menos de la mitad en comparación a la etapa anterior, mostrando a su vez varios años de estancamiento o recesión abierta.

El ajuste heterodoxo pretendió postergar la transformación de las barreras del neodesarrollo (capitalista dependiente) en límites, aunque en el interín, ese ajuste desarticuló las bases de la hegemonía política del kirchnerismo.

El mito del desarrollo como ‘crecimiento con inclusión’ se fue desbaratando en la medida en que la inflación elevada se consolidó, el crecimiento del empleo y los salarios se estancaron, y la única forma de hacer real el mito era el endeudamiento personal sin fin.

Por su conformación material (objetiva y subjetiva, social, política e histórica) el kirchnerismo no podía enfrentar la crisis transicional de manera radical. Como movimiento político dentro de los partidos del orden, no podía dar un salto de calidad hacia la ‘izquierda anticapitalista’. Por el contrario, su propia genealogía lo conducía a pretender una transición ordenada, desplazando en tiempo y espacio las contradicciones, para mantener su rol de conducción política en la gestión del Estado.

Las dificultades de esa estrategia fueron múltiples. Por un lado, se tornaba insostenible la imagen del ‘proyecto nacional’ como la solución de los problemas urgentes del conjunto del pueblo, cuando la precarización de la vida persistía, evidentemente. Ello fue así, sobre todo, en la medida en que las fracciones medias con aspiraciones de ascenso social veían desvanecerse ese sueño (ofrecido por el kirchnerismo) del consumo como horizonte permanente de la felicidad posible (aun si efímera y alienada). En tal contexto, la política de ampliación de derechos ‘ciudadanos’ (por ejemplo, matrimonio igualitario e identidad de género) y del Estado social (asignación universal por hijo, plan Argentina Trabaja, moratorias previsionales) sólo consolidó el núcleo duro de la base de la alianza política de gobierno.

Frente al estancamiento e inestabilidad económica del último gobierno de CFK, la conflictividad social fue en ascenso, en especial entre la “columna vertebral” de la alianza gobernante: el movimiento obrero organizado (liderado -a la sazón- por Moyano). La ruptura del compromiso implícito del desarrollo como consumo ampliado, destrozó la alianza social de gobierno: las fracciones medias obreras y las fracciones medias rentistas se dispersaron para alimentar los apoyos a Massa y Macri, respectivamente.

Sólo las fracciones medias de la inteligentzia kirchnerista y los sectores de las clases populares urbanas más precarizadas (más dependientes de las políticas de transferencias estatales) permanecieron como apoyo detrás del candidato Scioli. Según una estadística recientemente publicada por el INDEC (2017, Cuadro 8, pg. 9), durante el 1er trimestre de 2017, en el 30% de los hogares con menores ingresos totales, no menos de la mitad de los ingresos monetarios provienen de fuentes ‘no laborales’ (en general, esto es, transferencias del sector público y de familiares, amigos o redes comunitarias).

De manera previsible (aunque no inevitable) esta dinámica condujo a la derrota política del kirchnerismo en las urnas. En la primera vuelta de la elección presidencial de 2015, la lista encabezada por Scioli recibió 37,08% de los votos válidos (29,4% de los empadronados), mientras la lista de Macri el 34,15% (26,8% del padrón).

  1. El kirchnerismo fue dique de contención del precariado en lucha; ¿Cambiemos será la forma política de esa nueva subjetividad precaria?

La consolidación de Cambiemos como expresión de una nueva hegemonía política en Argentina da cuenta de la constitución de una nueva forma de subjetividad hegemónica. Esa subjetividad expresa la nueva configuración de pueblo trabajador, con una nueva composición política.

Es una paradoja que la fuerza política que aparece consolidada en estos años, haya nacido de las entrañas de la primera era neodesarrollista. Esa paradoja no es necesariamente tal: si entendemos que mientras el kirchnerismo surgió como fuerza política de contención de las conclusiones políticas del neoliberalismo, ¿es Cambiemos quien toma la posta como la fuerza política que mejor expresa la nueva configuración de composición del capital dominante y el núcleo de esa nueva subjetividad que dimana de la forma del precariado?

¿Es Cambiemos un acierto de las fracciones de la derecha en términos de estrategia política, márketing o discurso, o, sobre todo, expresión necesaria de una fracción significativa, aún si no mayoritaria, de los sectores sociales hegemónicos? Ya en 2009 los principales componentes de la alianza Cambiemos obtuvieron alrededor el 47% del voto en las elecciones nacionales legislativas. En 2009, el Acuerdo Cívico y Social (con la UCR como principal partido nacional) obtuvo 28,9% del voto a diputados nacionales, algo por debajo del 30,9% del FPV. La coalición llamada Unión PRO consiguió 17,7%.

Cambiemos no llega a expresar a las fracciones más empobrecidas del pueblo trabajador; probablemente, nunca lo haga. En las PASO, es claro que el kirchnerismo mantuvo el apoyo del núcleo duro de las fracciones más pauperizadas del pueblo trabajador, cuya subsistencia material inmediata está garantizada -aun si en condiciones precarias- por las políticas sociales consolidadas a partir de 2002. De cualquier forma, según la EPH del INDEC, entre el 2do Trimestre de 2016 y el 1er Trimestre de 2017 el ingreso promedio del 30% más pobre de los hogares aumentó en términos nominales 25,4% y el ingreso medio del 30% más rico subió 30,9%, mientras la inflación entre ese mismo período fue de 16,8%. Ambas fracciones sociales vieron mejorar parcialmente sus ingresos totales en ese período en comparación con la inflación, aun si los primeros pueden no recuperar totalmente las pérdidas desde diciembre de 2015.

Sin embargo, sí parece expresar la angustia que provoca en ciertas fracciones de los sectores medios del pueblo que enfrentan la precarización de sus vidas cotidianamente y arrastran un ideario social de ascenso por la vía del mérito (es decir, en el capitalismo, “del empleo” remunerado, la educación, etc.).

Por supuesto, la presencia de ese ideario no lo hace cierto en sus conclusiones. La meritocracia es el mito capitalista que más impregna a las clases medias. Ellas consideran que su situación privilegiada –en contraste con el conjunto de las clases populares- es producto de su propio esfuerzo individual o familiar. Tienen como horizonte alcanzar a ser parte de las fracciones dominantes (paradójicamente, en un ‘golpe de suerte’) y su mayor miedo es ‘descender’ al mundo de las clases populares. Su mayor aspiración convertirse en ‘empleados del mes’ (ejemplo del trabajador/a en su más plena alienación como ‘capital humano’) pero ese es su mayor nivel de incomprensión de la realidad del capitalismo como sistema social: su situación particular está por fuera de su control, en manos de actores cuya única motivación es la maximización de la rentabilidad de su capital.

El mismo expresa la prevalencia de una forma de alienación social que se fortalece en la medida en que las formas sociales de la producción y reproducción de la vida tienden a fragmentarse, individualizarse, privatizarse. Por un lado, en la medida en que la vida cotidiana se torna cada vez más acelerada, más precaria, más ‘fuera del control’ de las personas, más se acentúa la presión hacia la ‘privatización/individualización’. Por otra parte, nuevas modalidades de uso/gestión/control de la fuerza de trabajo (por competencias, emprendedorismo, trabajo en equipo, subcontratación, etc.) fortalecen prácticas sociales individualistas. Además, los medios masivos de comunicación y las ‘redes sociales’ tienen un papel clave en este proceso: “el refugio de la intimidad permite eludir momentáneamente los mandatos despiadados de los procesos laborales o del pas de deux de la venta de la “apariencia”. La tecnología ofrece confort a este ser asediado y le concede esparcimiento, excitación planificada y narcotización hogareña en un mundo destemplado” (Ferrer, 2011: 16-17).

Como nueva fuerza política hegemónica emergente, Cambiemos no expresa sin más una vuelta al neoliberalismo (Féliz, 2017; Féliz, 2016b). Es sin dudas una fuerza conservadora en lo social y liberal en lo político-económico. Sin embargo, para constituirse en políticamente hegemónica en la era neodesarrollista ha debido expresar las demandas de integración social, aún si limitadas, que surgieron de la crisis neoliberal. El Estado social precario (universal pero básico) vino para quedarse pues la crisis social se ha convertido en pervasiva. Las conclusiones políticas son claras: sin políticas de contención social, mínimas pero universales, insuficientes pero generalizadas, la nueva composición política del pueblo trabajador (sus nuevas formas organizativas, la multiplicación de sus demandas) puede transformarlo en una fuerza de desestabilización inmensa.

Cambiemos apuesta a convertirse en expresión política de la hegemonía neodesarrollista consolidada: hegemonía social del gran capital transnacional que integra -parcial y fragmentariamente- al pueblo trabajador como fuerza antagonista.

Esto no quiere decir que el kircherismo no pueda “volver” a gobernar. Sólo que en cualquier caso no lo hará en la modalidad de sus primeros gobiernos, sino no más bien en aquella de su último período. Por otra parte, la política de la resignación como estrategia política (por ejemplo, CFK pidiendo a la Confederación General del Trabajo –CGT- el voto antes que la lucha) ha rendido pocos frutos a su estrategia de articulación del descontento popular (Féliz, 2016c).

  1. Desafíos para la izquierda en el Pueblo

La izquierda en el seno del Pueblo tiene enormes desafíos frente al proceso emergente. No estamos simplemente frente a una alternancia electoral. Kirchnerismo y Macrismo (Cambiemos) son expresiones de momentos distintos en la consolidación de una nueva etapa de la hegemonía social del capital, ahora bajo la dominación del GCT. Son expresiones a su vez del antagonismo inmanente a la nueva composición política del Pueblo.

La salida de la era neoliberal había abierto nuevas posibilidades para la izquierda (como expresión política de la radicalidad social del pueblo trabajador en lucha). Esa crisis puso en cuestión el conjunto de las formas políticas y puso en debate -parcial, limitado- lo esencial del capitalismo: la propiedad privada de los medios de producción. Como Pueblo no supimos/pudimos transformar esa oportunidad en fuerza social capaz de convertir poder popular (en el territorio y las calles) en alternativa política.

A través de la primera fase neodesarrollista se produjo un doble proceso. Por un lado, las fracciones más radicalizadas y masivas del precariado (el movimiento piquetero) se vio diezmado por la dinámica expansiva en lo económico y por la respuesta estatal frente al desafío de la lucha por “trabajo, dignidad y cambio social”. En paralelo, las luchas eco-territoriales y feministas fueron ganando volumen, densidad organizativa e intensidad.

Si la primera etapa del nuevo ciclo de luchas consolidó un debate en torno a la construcción de formas de poder popular, la centralidad de la prefiguración social del socialismo, y la acción directa como método de lucha, las luchas eco-territoriales y feministas pusieron en el centro de las luchas la necesidad de articular clase, género y naturaleza. La interseccionalidad de las luchas se hizo cada vez más evidente. Este es un proceso regional y hasta internacional, que da cuenta de la necesidad de enfrentar las nuevas formas del saqueo de cuerpos y territorio, que se expresan en el neoextractivismo imperialista y la consolidación del femicidio y las redes de trata de personas, en especial de mujeres, a escala transnacional.

Sin embargo, faltó a la cita de las luchas de masas uno de los actores centrales: el núcleo del movimiento obrero. En la era del precariado, la fragmentación del pueblo trabajador y la burocratización de sus prácticas organizativas, pusieron un techo muy bajo a la posibilidad de traducir demandas y prácticas radicales de las bases del mismo, en exigencias políticas y debates superadores.

Las condiciones materiales de precarización extendida y la crisis transicional del neodesarrollo han dado a la izquierda en el seno del pueblo una base sustantiva (objetiva y subjetiva) para su traducción en el plano político-electoral. Es evidente el avance en ese plano del conjunto de la izquierda, con la consolidación electoral del Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT) como expresión más clara.

Sin embargo, el FIT expresa también los límites de una forma de construcción política del conjunto de las fuerzas políticas de la izquierda (y no solo de la llamada ‘izquierda partidaria’), que no logramos concretar la traducción política de la articulación de las luchas de género, clase, ambientales y étnicas (la centralidad política que ha adquirido la persecución y represión al pueblo Mapuce da cuenta de la necesidad también de fortalecer la integración de la dimensión étnica/racial a los procesos de construcción de poder popular). Como izquierda no logramos –de conjunto- más de 5% de los votos en las elecciones nacionales y nuestra capacidad de impugnación colectiva del status quo en las calles está claramente disminuida.

Se renuevan las preguntas sobre la estrategia. ¿Cuáles son las formas de organización política que surgen del propio seno del pueblo y promueven su participación protagónica, masiva, en la lucha? ¿Cómo articular las distintas expresiones de la lucha en una articulación unitaria que enfrente al capitalismo-patriarcal-racista-extractivista?

Estamos en un momento clave, donde las fracciones dominantes del capital buscan consolidar su nuevo proyecto de hegemonía social. ¿Se impondrá como sentido común, el nuevo saber hacer del neodesarrollo, el ‘empoderamiento’ en su versión ‘emprendedorista’? La idea neodesarrollista del ‘empoderamiento’ aparece como una capacidad de orden individual antes que colectiva (a diferencia, por ejemplo, de la idea del poder popular). El ‘emprendedorismo’ de alguna manera la radicalización de tal idea primigenia. Ambas son impulsadas por el Banco Mundial en sus políticas (Deepa Narayan, 2002; Valerio, Parton y Robb, 2014).

¿Podremos avanzar como izquierda enraizada en el Pueblo en la construcción de alternativas políticas que recuperen la crítica radical antisistémica de los movimientos populares partiendo de la base de la autoorganización (construcción de poder) popular y la acción directa? Esa crítica debe partir de las luchas reales del pueblo, de la lucha feminista, de la lucha ecoterritorial, de las luchas obreras, de las comunidades originarias, etc., pues son ellas las que proveen el germen del pensamiento y la praxis crítica. Son el comunismo como movimiento real. Como señalaban Marx y Engels: “Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa actualmente existente” (Marx y Engels, 1846: 37).

Decíamos a finales de 2016 que “desde el campo de las organizaciones que luchamos por un cambio social radical, anticapitalista, antiimperialista, antipatriarcal, la apuesta debiera ser … construir la ingobernabilidad con nuestros cuerpos en las calles, construyendo pensamiento y -sobre todo- prácticas críticas en todos los espacios que habitamos, cuestionando todos los rasgos de la sociedad impregnados por la lógica del capital. Es decir, debemos impugnar la sociedad toda, al capital, pero también al Estado, a las burocracias sindicales; e incluso a nuestras propias organizaciones, a las que debemos cuestionar, repensar y reinventar, para construir un mundo nuevo en que quepan todos los mundos” (Féliz, 2016b). Luego de las PASO, queda claro que recorrer ese camino sigue siendo nuestra principal apuesta y desafío.

  1. Referencias bibliográficas

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Féliz, Mariano (2016),”Las armas del gobierno: violencia y radicalización neodesarrollista”, Marcha.org.ar, 11 de enero de 2016,  (http://www.marcha.org.ar/las-armas-del-gobierno-violencia-y-radicalizacion-neodesarrollista/ )

Féliz, Mariano (2016b), “¿Un cambio sin futuro? Apuntes para pensar la Argentina a un año de gobierno de Cambiemos”, ContrahegemoníaWeb, 10 de diciembre de 2016 (http://contrahegemoniaweb.com.ar/cambio-sin-futuro-apuntes-pensar-la-argentina-ano-gobierno-cambiemos/)

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Valerio, Alexandria, Parton, Brent y Alicia Robb (2014), “Entrepreneurship Education and Training Programs around the World Dimensions for Success”, The World Bank, Washington.

* Mariano Féliz. Dr. en economía y Dr. en Ciencias Sociales. Investigador Independiente CIG-IdIHCS/CONICET-UNLP. Profesor UNLP. Estas notas fueron concluidas el 23 de agosto de 2017. Nota publicada el 24 de Agosto de 2017 en ContrahegemoniaWEB y en Zur. Pueblo de Voces.

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