Marx en la formación de lxs economistas

Publicado en La Tinta (https://latinta.com.ar/2017/09/marx-formacion-economistas/) el día 18 de Septiembre de 2017.

Marx en la formación de las y los economistas

De la crítica de la economía política al cambio social

Por Mariano Féliz para La tinta

 

“Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante; y el que comprendiendo no actúa, tendrá un lugar en la antología del llanto, no en la historia viva de su tierra.”
Rodolfo Walsh

La economía política nació como expresión de la consolidación del capitalismo como forma social de producción dominante. Sus primeros desarrollos (en los siglos XVIII y XIX en la pluma de Adam Smith y David Ricardo, entre otrxs) pretendieron dar cuenta del ascenso de una forma de producción de riqueza basada centralmente en el trabajo humano y la mercantilización de lo social. Esos primeros aportes fueron esenciales para la comprensión de las bases de una nueva modalidad de existencia de la vida humana.

Sin embargo, esos primeros pensadores no pudieron superar los límites de su propia parcialidad como intelectuales orgánicos de la burguesía en ascenso. Le cupo a Carlos Marx radicalizar las conclusiones de lxs economistas clásicos y proyectar un pensamiento crítico sobre el capitalismo emergente, ahora desde el punto de vista de las clases populares. Una obra extensa alcanzó un punto alto, aunque no el único, en la publicación del primer tomo de El Capital, hace ya 150 años.

Ese pensamiento propone desnaturalizar la dinámica societal capitalista, desarticulando las apariencias nacidas del proceso de abstracción del trabajo. De esa manera, la obra de Marx -una verdadera crítica de la economía política- aportó elementos clave para entender la verdadera naturaleza del sistema así como para construir una estrategia para su superación radical. El marxismo comprendió que la forma del trabajo en el capitalismo (trabajo alienado, no libre) era clave para comprender la totalidad social y que la lucha contra todas las formas y fundamentos del trabajo no libre eran la clave para el cambio social radical, para la construcción de una nueva sociedad. Este pensamiento no nació simplemente de la mente de Marx sino fue el resultado de la síntesis teórica (naturalmente, parcial e incompleta) que él realizó ante el auge de las luchas del pueblo en aquellos años, cuyo pico estuvo -tal vez- en las jornadas de la Comuna de París de 1871.

Frente a la amenaza del pueblo trabajador en lucha y sus intelectuales orgánicos (de los cuales Marx fue uno de lxs mejores), el pensamiento dominante debió construir una nueva conceptualización del mundo que negara los orígenes clásicos de la ciencia económica burguesa, pero permitiera disputar al marxismo la comprensión científica de la sociedad. El surgimiento de la que hoy conocemos como corriente liberal/neoclásica (en las obras de Jevons, Walras y Pareto, entre tantxs otrxs), vino a producir un conocimiento sobre la dinámica societal apoyado en un nuevo terreno (individualismo subjetivista) cuya principal limitación sería su carácter apologético y a-histórico. Su incapacidad de dar cuenta de la historicidad, no-neutralidad y conflictividad de las categorías de la economía política han sido desde entonces sus principales limitaciones.

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En el siglo XX el keynesianismo nació como reacción interna a la crisis del liberalismo para comprender la gran crisis de los años treinta y para enfrentar los efectos políticos de la revolución rusa de 1917. La paradoja era que la mirada anti-historicista de la obra keynesiana respecto de la existencia del capitalismo no podía -no puede- captar la mortalidad del mismo cuando se hace evidente (como posibilidad) en la crisis. El keynesianismo se mantuvo como pensamiento de alternancia sistémica, como salvaguarda frente al conflicto social que la crisis hacía evidente. En América Latina, el desarrollismo estructuralista se convirtió en la expresión de esa alternancia entre el puntal conceptual para el capitalismo en crisis (liberalismo neoclásico) y el capitalismo en expansión. La irrupción de las clases populares en los años 1940 y 1950 fue la piedra de toque de esas nuevas aproximaciones analítico-políticas.

En ese mismo proceso, la crítica de la economía política, con base en el marxismo, se fue nutriendo de los debates políticos y teóricos de cada época y territorio. En América Latina se reconfiguró primero como teoría marxista de la dependencia, con Ruy Mauro Marini y Vania Bambirra entre sus mejores exponentes, impregnada del impacto de las revoluciones populares en toda la periferia del mundo y el ascenso de las luchas sociales.

La reconstrucción regional de la crítica a la economía política permitió incorporar nuevos elementos al debate, articulando una crítica a los límites de la industrialización periférica con conceptos nuevos como la idea de la superexplotación de la fuerza de trabajo. Sin embargo, permanecieron -por la mayor parte- dentro de un cierto paradigma productivista/extractivista/patriarcal.

La crisis capitalista de los setenta y ochenta abrió para esa crítica una mirada de nuevos aportes. La recomposición política del pueblo trabajador, y la emergencia y consolidación, en todas las regiones del mundo, de movimientos campesinos, de feministas y de mujeres, de comunidades originarias, de las y los trabajadores expulsados, crecientemente precarizados, etc., abrieron todo un campo de lucha que iluminó un nuevo comienzo para la crítica de la economía política.

Se multiplicaron los cruces e intersecciones conceptuales y prácticas que pudieron comprender la naturaleza integral de la articulación entre el capitalismo, el patriarcado, el extractivismo, el racismo y la modernidad. Se configuró una nueva perspectiva analítica más abierta, múltiple y diversa, que imbuida de las nuevas formas de las luchas del pueblo comenzó a construir un nuevo pensamiento crítico, capaz de aportar elementos a la transformación radical de la sociedad, para construir un nuevo mundo en el que quepan todos los mundos.


De lo dicho, nos parece fundamental comprender que la crítica de la economía política debe ser la base de la formación de las y los economistas. Sin esa capacidad de historizar el pensamiento, entendido como atravesado por las luchas sociales (y no producto del mero devenir de las ideas), sin la posibilidad de proyectar un pensamiento crítico transformador de las relaciones sociales, lxs economistas sólo pueden tener razonamiento formal, apologético del estado del mundo, incapaces de entenderlo y menos de aportar a su transformación sustantiva.


Esa forma de pensar superficial, naturalizadora del mundo, es el que prima en los discursos y la formación mayoritaria en las universidades de nuestro país y el mundo. Sea neoliberal o desarrollista/keynesiano, esas modalidades de comprensión del mundo son incapaces de transformarlo pues no logran comprender la constitución social de la teoría y la inmanencia de la praxis (la lucha) como parte constitutiva de aquella. Sin ese fundamento práctico-crítico, la teoría y su crítica sólo sirven a la recurrente reproducción de un mundo sostenido en la opresión y explotación generalizada de los cuerpos, los territorios, la naturaleza. Poner un freno a esa forma de ser del mundo y contribuir a una nueva configuración de la producción y reproducción social con eje en la vida debe ser el fundamento de la formación y praxis de lxs economistas políticxs.

*Por Mariano Féliz para La tinta.


Dr. en Economía y Dr. en Ciencias Sociales, investigador CONICET, profesor UNLP, integrante de la Sociedad de Economía Política de Argentina y Uruguay, militante en el Frente Popular Darío Santillán – Corriente Nacional.

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El gobierno de Macri entre el estancamiento, la crisis social y las esperanzas de un rebote. ¿Un cambio por el sendero equivocado?

El gobierno de Macri entre el estancamiento, la crisis social y las esperanzas de un rebote.

¿Un cambio por el sendero equivocado?

Publicado en Brecha, el miércoles 4 de enero de 2017 (http://brecha.com.uy/cambio-sendero-equivocado/).

Mariano Féliz*

 

Un año de gobierno de Cambiemos, un año de depresión económica y ajuste. Doce meses de aceleración de la crisis transicional del neodesarrollo. La economía cae más de 3,5 por ciento en comparación con un año antes, el consumo masivo se reduce en magnitudes similares, el desempleo salta para acercarse al 10 por ciento de la población económicamente activa. Aumentos salariales por debajo de la inflación, despidos y empobrecimiento son la cara (im) popular del golpe de timón que propuso la fuerza política que reemplazó al kirchnerismo.

El gobierno de los Ceos (como gusta llamar a muchos por la composición empresarial de los funcionarios del gobierno de Cambiemos) llegó para superar el estancamiento de la economía argentina en el último gobierno de Cristina Fernández.

Con un discurso optimista, supuso que la reorganización macroeconómica iba a rendir frutos rápidamente. Devaluación y apertura unilateral de la economía en lo comercial y financiero (fin del control de cambios), fuerte reducción en los impuestos a las exportaciones primarias (agropecuarias y mineras), eliminación de subsidios al consumo de los servicios públicos y aumento en sus tarifas, y cierre del conflicto por la deuda pública con los acreedores externos que no se habían sumado a las renegociaciones de 2005 y 2010. Todo esto debía conducir —según el discurso hegemónico— a una lluvia de inversiones que impulsaría el crecimiento económico. Sin embargo, lo único que logró fue provocar una disparada de la inflación (que superó el 40 por ciento anual), la destrucción del poder de compra de los salarios, el reemplazo de producción nacional por productos importados (mientras la producción local cae, las importaciones de bienes de consumo aumentan fuertemente) y, consecuentemente, una contracción brutal de la actividad económica en prácticamente todas las ramas de actividad. Si la política interna no colaboró con la recuperación, el contexto global tampoco ayudó: Brasil se hunde en una recesión y crisis política, los países centrales se encuentran estancados y atravesando una crisis social-política sin precedentes (con el triunfo del Brexit en el Reino Unido y de Trump en Estados Unidos como mascarones de proa) y China en un proceso de desaceleración y crisis inminente.

Los límites del neodesarrollo en su etapa kirchnerista persisten. La acentuación del giro neopopulista de derecha (conservador, liberal) no encuentra aún las claves para construir su superación.

La estrategia de Cambiemos apuntó primero a reconfigurar la macroeconomía buscando construir una matriz distributiva (producción y apropiación del valor y plusvalor) acorde a la estructura del capital social. La pregunta que debía responder era cómo lograr que el extractivismo extranjerizado (agronegocios, minería e hidrocarburos) pudiera arrastrar al resto de la economía; todo ello con el apalancamiento del sistema financiero y en un marco de mayor apertura económica. El cambio en la política económica debería —esperaban— crear las señales adecuadas para inducir la inversión. Esa pregunta aún carece de respuesta.

El 2017 es un año de elecciones de medio término (legislativas) y si Cambiemos pretende continuar gobernando debe —como condición necesaria pero no suficiente— mejorar su desempeño electoral. Recesión, debilidad político-institucional y conflictividad social son los ingredientes para la debacle, y el gobierno de Macri lo sabe.

Por ello, intenta construir una base social más amplia que la que los llevó al control de Estado. Recordemos que Cambiemos ganó —por poco— en segunda vuelta electoral de noviembre de 2015, luego de sacar menos de 33 por ciento en la primera. Para ello ha buscado tender puentes con fracciones del peronismo, especialmente el PJ no kirchnerista, apelando al uso discrecional de la política fiscal (fondos para obras públicas y programas sociales diversos). De todos modos, el gobierno sabe bien que el peronismo es un aparato político-electoral experto en vandorismo (confrontar para negociar) y un socio dúctil pero poco confiable.

Por otra parte, el gobierno no sólo pretende ampliar su sustento en el aparato del sistema político, sino sobre todo crear las condiciones para la gobernabilidad. Eso requiere limar diferencias con las organizaciones sindicales más fuertes (en particular, dentro de la peronista Confederación General del Trabajo, Cgt) y buscar integrar parcial pero eficazmente a las organizaciones sociales con capacidad disruptiva (en especial, el espacio liderado por el Movimiento Evita). La ministra de Desarrollo Social Stanley y el ministro de Trabajo Triaca han sido claves en esta transición. La transferencia de fondos de obras sociales (servicios de salud) a las cajas sindicales (una masa total de recursos de 30 mil millones de pesos), la aprobación de la Emergencia Social (que transferirá cerca de 10 mil millones de pesos anuales a la ‘economía popular’, a través de las organizaciones sociales) y la votación de la reducción parcial del impuesto sobre los salarios (‘impuesto a las ganancias’) pagado por las fracciones más formalizadas de la fuerza de trabajo, han sido prenda de canje para un verano tranquilo.

¿Muestra de debilidad o fortaleza del gobierno? El tiempo dirá si el pueblo organizado se resigna a seguir esperando la recuperación económica (aún si ella supone profundizar el extractivismo extranjerizado), o si la recomposición política de las clases que viven de su trabajo logra canalizar el descontento social en mayor inestabilidad social y política, y —eventualmente— la crisis del régimen político para promover un cambio de rumbo. Paradójicamente, este diciembre la vieja frase “Que se vayan todos” volvió a escucharse en las calles porteñas, en una protesta de las y los jóvenes científicos que el gobierno pretendió despedir. Ese sector social, típicamente poco activo y menos politizado, pudo frenar (si parcial y precariamente) ese intento, sumándose activamente a la ola de descontento; el ministro de Ciencia y Técnica Barañao, golpeado, pudo soportar la presión y continúa en su cargo. Sin embargo, la mecha parece encendida y el ‘fantasma del 2001’ resuena, presente.

Lo cierto es que la creciente impaciencia social con el ajuste sin fin y sin destino aparente pone nerviosos a más de uno, en especial a quien el gobierno espera hace meses que tome la posta: el gran capital transnacional. El cambio reciente en el “ministerio de Economía” (el ministro Prat-Gay fue reemplazado y su ministerio de Hacienda y Finanzas dividido en dos) parece abrir una nueva etapa en la estrategia gubernamental. La aceleración del ajuste fiscal es la más reciente señal que el gobierno busca dar a los ‘inversores’ de que está dispuesto a todo, aún si debe hacer concesiones tácticas como las mencionadas. A los 40 mil despidos en el sector público, la caída en los salarios reales de los empleados del Estado (cercana al 10 por ciento en 2016), y la reducción de subsidios a la luz y el gas, se suma la eliminación reciente de la devolución parcial del impuesto al valor agregado sobre el consumo bancarizado (con tarjetas de débito), un proyectado recorte progresivo en impuestos sobre la nómina salarial y una nueva ola de despidos en el Estado (ahora mismo cerca de 3000 en el Ministerio de Educación de la Nación).

Por ahora, lo único que avanza en la Argentina es la especulación financiera de la mano del ‘blanqueo’ de capitales no declarados y de la política de tasas de interés elevadas por parte del Banco Central. Unos pocos ‘brotes verdes’ se observan en la economía a comienzos de 2017, con algunas ramas, pocas aun, mostrando algún signo de haber tocado fondo; las exportaciones primarias muestran signos de algún leve aumento en noviembre luego de un año de retracción. Con el dólar cada vez más barato (casi congelado desde principios de 2016 con una inflación elevada) y el crédito alimentando las esperanzas de consumo e inclusión de millones de trabajadoras y trabajadores pobres, Cambiemos enfrenta el dilema de convertirse en una versión mejor del kirchnerismo con el fin de construir un capitalismo posible (gobernable) o ceder a corto plazo ese lugar. Para el pueblo las esperanzas se centran en construir una alternativa política que canalice la conflictividad y la resistencia social al ajuste capitalista en un proyecto superador a la alternancia neodesarrollista contemporánea. El futuro está abierto.

 

* Doctor en Economía y Ciencias Sociales. Investigador IdIHCS/Conicet-UNLP. Profesor UNLP. Militante de Comuna en el Frente Popular Darío Santillán – Corriente Nacional de Argentina.

Argentina camina hacia la intensificación del neodesarrollo.

Argentina camina hacia la intensificación del neodesarrollo.

Por Mariano Féliz*

Publicada en Brecha (Brecha.org.uy) el 15 de enero de 2016. Nota concluida el 7 de enero de 2015.

Argentina tiene nuevo gobierno nacional que auspicia al intensificación del proyecto económico hegemónico. Electo en una apretada segunda vuelta, el nuevo gobierno carece de la legitimidad política institucionalizada que le permita llevar adelante su programa. Por ello, avanza estirando hasta sus límites la legalidad, exacerbando el presidencialismo y la delegación de atribuciones, con una política de hechos consumados apuntando a construir un nuevo status quo. La nueva fuerza política en el Estado, la coalición Cambiemos (hegemonizada por el PRO y acompañada por la Unión Cívica Radical y otras fuerzas) ha construido un gabinete de gobierno a imagen y semejanza da la fuerza social hegemónica, con Ministros y Secretarios de Estado que son en su mayoría ex-directivos de corporaciones transnacionales. Se despliega una novedosa CEOcracia.

El gobierno está decidido a desactivar las principales barreras del proyecto neodesarrollista (nacido en 2002) sin superar sus límites. Las barreras a superar son el déficit fiscal y externo crecientes, la inflación elevada, y el estancamiento y inestabilidad económica crónica. Los límites que prevalecerán son la industrialización trunca, la redistribución del ingreso estancada, y la prevalencia de la precarización extendida de las condiciones de vida y trabajo; todos ellos expresión de un proceso de desarrollo dependiente en el capitalismo periférico.

El neodesarrollo emergente de la crisis neoliberal pone al mercado como principal articulador de la sociedad a la vez que ubica al Estado como garante de las condiciones institucionales y de infraestructura económica y social que permitan la producción, apropiación y uso capitalista de la mayor plusvalía social posible. Nació a comienzos de los 2000 como respuesta a la crisis neoliberal dando cuenta tanto de sus facetas políticas como de las nuevas bases estructurales. Éstas últimas fueron consolidadas en el tridente de la transnacionalización periférica del capital, el extractivismo contaminante y la financiarización de la vida. Su faceta distribucionista (apoyada desde el Estado en su primera etapa por el kirchnerismo) fue la consecuencia de la necesidad de recuperar el control social, de contener y desarticular las demandas más radicales surgidas del seno de la lucha contra el neoliberalismo, garantizando una nueva gobernabilidad capitalista.

El gobierno del PRO viene a intensificar el ciclo neodesarrollista, creando nuevas condiciones para valorizar sus bases estructurales. El principal objetivo de mediano plazo es recuperar el crecimiento económico. Ello permitirá ampliar la base de legitimación del gobierno si es acompañado de una mejora, aun si leve ‘derrame’, en la situación económica de las familias trabajadoras. Un aumento en el empleo aparecerá como una bocanada de aire fresco, por limitado, precario o mal pago que sea, en comparación con cuatro años de estancamiento.

Para lograrlo, el gobierno del presidente Macri busca desarmar los desequilibrios que bloquean la acumulación de capital. El gobierno anterior había comenzado en este camino a partir de 2011 con un proceso de ajuste heterodoxo, que se aceleró en 2013 con la devaluación del peso y el re-endeudamiento externo. Sin embargo, ese cambio en la política económica del kirchnerismo chocó con sus preceptos distribucionistas y debilitó sus bases de apoyo. De ahí que su aplicación haya sido dispar e inconsistente, capaz de evitar el estallido de las contradicciones acumuladas pero incapaz de relanzar el crecimiento.

Una nueva política económica ‘más justa’ para el capital.

El nuevo gobierno buscar crear condiciones macroeconómicas ‘más justas para el capital’ para arrancar un ciclo inversor liderado por las transnacionales. Las primeras medidas buscan desmontar las restricciones a la entrada y salida de capitales (generando como consecuencia instantánea la devaluación del peso) y eliminar y reducir los impuestos a las exportaciones. Se busca incentivar las exportaciones primarias que son la principal fuente de dólares, mientras se crean condiciones para acelerar el ingreso de capitales sin restricciones a su salida y se recupera la capacidad de endeudamiento externo.

El impacto inmediato ha sido reducir el costo en dólares de la fuerza de trabajo, haciendo caer también el poder de compra de los ingresos del trabajo. La devaluación y la suba de precios internos acentuarán la incidencia de la pobreza y el hambre, en tanto la pérdida salarial provoca una caída en el consumo popular y en la producción de bienes de consumo masivo. Ello podrá ser compensado por el aumento de las exportaciones de alimentos y del consumo suntuario de las fracciones sociales beneficiadas por la redistribución del ingreso. En el mediano plazo, la inversión podrá subir en función de una mayor tasa de ganancia y el aumento de esa demanda. En los próximos meses la caída en el consumo de masas acentuará el estancamiento y la pérdida de puestos de trabajo. Hacia fines de 2016 la economía podría volver a crecer, aunque al costo de una mayor desigualdad y más conflictividad. Para el gobierno entrante, la pregunta es si esto alcanzará para ganar legitimidad social y política para ampliar su capacidad hegemónica. Con ese objetivo en mente, las políticas sociales universalistas pero básicas serán ampliadas (como viene ocurriendo desde hace años, con el apoyo del Banco Mundial y el BID) para que garanticen niveles mínimos de ingresos pero obliguen al pueblo trabajador a seguir concurriendo masivamente a un mercado de trabajo precarizado.

Más allá del corto plazo.

El proyecto de intensificación desarrollista debe ser acompañado por varios elementos que lo harán potencialmente viable como proyecto de desarrollo capitalista en la periferia, al menos hasta la próxima crisis.

Desde lo estructural, el gobierno proyecta medidas que promuevan la inversión, dando carnadura a la veta desarrollista que lo constituye. No será meramente un gobierno neoliberal, sino un gobierno que buscará crear las condiciones normativas e institucionales que permita, con el apoyo fundamental del Estado, relanzar el crecimiento en un marco capitalista. No asistimos al ajuste estructural neoliberal sino a la intensificación del neodesarrollismo.

Desde el proyecto Belgrano (un proyecto de infraestructura de trasporte y energía, enmarcado en la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana) hasta la política de comunicaciones (que pretende abrir a las transnacionales un campo fértil para inversiones en tecnologías de la comunicación y la información); desde la continuidad en el Ministerio de Ciencia y Tecnología (con la permanencia del ministro kirchnerista Lino Barañao) en favor de las asociaciones público-privadas con fondos y recursos públicos, hasta la creación del Ministerio de Agronegocios y Minería para apuntalar el desarrollo del saqueo de las riquezas naturales, pasando por una nueva política de precios en los servicios públicos privatizados que elevará las tarifas y quitará regulaciones para inducir la inversión. Estas iniciativas pretenden alimentar un shock de inversiones que propulsen el crecimiento.

Esta política sólo será exitosa en sus propios términos si logra reducir la inflación y mantener el dólar caro como garantes de la competitividad. Esto supone, primero, contener la emisión monetaria (reduciendo el gasto público) y encarecer el crédito para ajustar la demanda y, en paralelo, contener las demandas salariales para que los salarios suban en 2016 por debajo de la inflación. En relación al primer punto, si bien la emisión monetaria no causa la inflación, si puede favorecerla pues crea condiciones de demanda adecuadas a su desenvolvimiento. En relación al segundo punto, si bien los salarios no son la causa de la inflación, su contención si puede ser eficaz medio para su reducción (como ya ocurrió en 2014 cuando los salarios subieron por debajo de la inflación y la misma se redujo 10 puntos porcentuales en solo un año, al costo de una significativa caída en el consumo popular).

Por último, mucho depende de la evolución favorable de la coyuntura regional y global, algo que parece poco probable. Con Brasil sumido en recesión y los principales actores de la economía mundial con crecimiento bajo (Estados Unidos, Europa) o descendiendo (China) el contexto global no favorece las posibilidades de expansión de una economía altamente dependiente.

El gobierno que se inicia avanza con pies de plomo para un nuevo marco para la profundización del neodesarrollo capitalista en Argentina. Todo ello a un elevado costo social y -es de esperar- con un creciente costo político. Las luchas sociales contra la intensificación capitalista son incipientes. Los movimientos políticos y sociales populares están despertando de la desarticulación y letargo provocados por el kirchnerismo. El futuro se acerca, despacio pero viene.

* Dr. en Economía y Dr. en Ciencias Sociales. Profesor UNLP. Investigador CIG-IdIHCS/CONICET-UNLP. Miembro de la Sociedad de Economía Crítica de Argentina y Uruguay. Militante de la Colectiva en Movimiento por una Universidad Nuestramericana (COMUNA) en el Frente Popular Darío Santillán – Corriente Nacional.

Las armas del gobierno: violencia y radicalización neodesarrollista

Violencia y radicalización neodesarrollista. Estado, mercado y capital.

[Publicada el 11 de enero de 2016 en marcha.org.ar. Nota concluida el 8 de enero de 2016]

La radicalización del neodesarrollo avanza con paso firme. Con pies de plomo, despidos y balas de goma. Atrás quedaron la democracia, la constitución y las leyes (burguesas).

Libertad para el dólar, despidos para los trabajadores. Libertad para los precios, límites para los salarios. El capital asume la gestión directa del Estado para garantizar que el pueblo no podrá poner límites a su voluntad de mando.

El gobierno de Cambiemos decidió que debía condicionar lo más posible las luchas populares. Sabiéndose débil en lo político, salió a comerse el partido golpeando primero. Las instituciones de la Constitución social liberal de la Argentina son flexibles, siempre dentro del campo del derecho del capital. La legalidad de las urnas es tomada por las fuerzas políticas de los partidos del orden como derecho a la gobernabilidad. Los ‘primeros 100 días’ son vistos como cheque en blanco.

Los ministerios se llenan de CEOs y cada cual atiende su juego. La conducción es difusa porque prima el ‘sentido común’ empresarial. No se necesita conducción unificada ni tanta verticalidad. El peronismo es un partido sin doctrina ni ideología, por ello funciona con rígida conducción. Es la única forma de garantizar cierta coherencia de acción. El kirchnerismo ha operado (y aún opera) en ese marco. El macrismo, por el contrario, parece más coherente en la práctica, apoyándose en el ‘saber hacer’ del capital y sus gestores. El pragmatismo prima, pero la coherencia viene del marco conceptual que se destila de la sociedad hegemonizada por el capital.

El macrismo llegó para imponer la radicalización del proyecto de neodesarrollo. Parte de la herencia del kirchnerismo: una sociedad mercantilizada, transnacionalizada y precarizada. En la ‘década ganada’ el gran capital consiguió consolidar su hegemonía con el acompañamiento del Estado que volvió para conformar las condiciones de la acumulación exitosa. El ‘desendeudamiento’, la inversión en infraestructura económica, la promoción del saqueo en el campo (trangénicos), la ‘montaña’ (megaminería) y las ciudades (barrios cerrados, especulación inmobiliaria, masificación del transporte y consumo individualizado y mercantil), contribuyeron a consolidar un nuevo patrón de acumulación basado en una nueva inserción en la división internacional del trabajo. Para ello, el Estado se convirtió en ‘caja de resonancia’ de la lucha de clases, instrumento para la desarticulación del conflicto y su normalización conflictiva. La naturaleza contradictoria de ambos procesos contribuyó a crear barreras crecientes, marcadamente evidentes en el tercer gobierno kirchnerista. El giro mundial provocado por la crisis en el centro aceleró la transformación de esas barreras en crecientes desequilibrios.

En la nueva era que comienza el gobierno busca primero desactivar esas barreras y construir un nuevo status quo que permita al capital recuperar su capacidad de acumulación. El gran capital hace años comenzó a desplazar en el tiempo sus contradicciones, frenando inversiones en la economía local y acelerando la salida de capitales, buscando acelerar la ‘corrección’. El ajuste heterodoxo del kirchnerismo operó como respuesta insuficiente pues fue combatido por el pueblo trabajador, neutralizando sus principales efectos. La lucha social evitó que la misma se tradujera en un mayor ajuste sobre las condiciones de vida. Sin embargo, la capacidad organizativa del pueblo no alcanzó la fuerza necesaria para poner en práctica una alternativa política.

A través del macrismo, el ajuste y radicalización del proyecto hegemónico pasa a un nivel superior, buscando más eficacia. Para ello todos los medios aparecen como válidos: DNUs, persecución ideológica y represión abierta. La democracia, la ley y la república, aún en su limitada versión burguesa, pueden ser dejadas de lado si así se juzga necesario.

El ataque contra las condiciones de reproducción social de lxs trabajadorxs se acelera por varios frentes. Avanza el ajuste externo con la devaluación, la eliminación de las restricciones al movimiento de capitales, la supresión de las retenciones y la búsqueda de nuevo endeudamiento externo. En paralelo, se acelera el ajuste fiscal. Se eliminan impuestos y subsidios al consumo (retenciones, impuestos ‘internos’, reducción prometida del impuesto al salario, subsidios al consumo de servicios públicos), se ataca el empleo público de manera virulenta e indiscriminada y se condiciona el financiamiento del gasto público por la vía del Banco Central. Se intenta marcar la cancha en la disputa salarial proponiendo el ajuste por productividad y planteando la amenaza del despido frente al reclamo ‘desmedido’. Se busca construir una nueva matriz regulatoria que promueva la inversión del gran capital en áreas estratégicas como energía, comunicaciones, minería, transporte, apoyados por el poder inversor del Estado (ej., plan Belgrano, subsidios vía Ministerio de Ciencia y Tecnología, etc.).

Si el avance es exitoso, el gobierno pretende consolidar en un solo acto una nueva modalidad de producción y apropiación del valor creado por los trabajadores. La radicalización del neodesarrollo pasa por construir un shock inversor del gran capital transnacional con base extractivista, apoyado en la redistribución del ingreso, la intensificación de la productividad y la super-explotación, y el re-endeudamiento externo.

Nuevas condiciones de distribución ‘más justas para el capital’ serán el objetivo, sólo posible aplastando la resistencia social. La articulación de las luchas del pueblo serán la clave para frenar este proceso. Una articulación que se sustente en la organización de la subjetividad popular en torno a las luchas concretas como punto de partida para la disputa por el desarrollo. El enfrentamiento contra el capital (y su poder en el Estado y los partidos del orden) en las calles, los lugares de trabajo, en los barrios y el territorio, será la base del surgimiento de un nuevo ciclo de lucha. Ese nuevo comienzo podrá poner en pie el proyecto del 2001, el proyecto de radical transformación de la sociedad. Un proyecto de cambio social que se proponga destruir los límites del neodesarrollo a través de la superación dialéctica de sus presupuestos, a través de la desarticulación de su modelo productivo, político y social. Nuestra batalla será hoy por enfrentar el ajuste capitalista, el ajuste del neodesarrollo que busca su intensificación. La disputa de hoy será el punto de partida para superar el fetichismo del Estado social (y el desarrollo a través suyo) como únicas alternativas posibles. El socialismo latinoamericano, bajo la forma del buen vivir y la democracia con protagonismo popular, deberá volver al frente de batalla.

El ajuste se acerca, despacio pero viene

Publicado el 14 de agosto de 2015, publicado en el sitio web marcha.org.ar.

Las PASO han preparado el terreno más temido para el conjunto del pueblo trabajador. Las opciones electorales con mayores posibilidades de ganar el voto mayoritario en Octubre (en primera o segunda ronda) preparan la aceleración de la transición hacia la intensificación extractivismo neodesarrollista. En efecto, tanto Scioli, su más cercano competidor Macri o (con menos posibilidades) Massa, proponen una política económica que -en dosis diversas del mismo veneno- pretenden superar los límites más apremiantes del proyecto de desarrollo impuesto por las fracciones hegemónicas de las clases dominantes. Todos ellos recibirán “la pesada herencia” de la incapacidad del kirchnerismo cristinista de desarmar las barreras creadas por las contradicciones de su proyecto de desarrollo capitalista posible en la periferia.

Las fuerzas políticas representadas por esos candidatos buscarán, por un lado, transitar la transición de forma de desactivar las barreras más evidentes del proyecto de desarrollo, a la vez que, por otro, recrear las condiciones para convertirse (o permanecer en el caso del kirchnerismo en la era de Scioli) en la amalgama que permita sostener la hegemonía de las fracciones transnacionalizadas del gran capital. Eso requerirá de tácticas y estrategias diversas, las cuales deberán adaptarse a las tradiciones de las fuerzas políticas que representan, a la vez que suponen visiones divergentes respecto de las alternativas para la consolidación de un proyecto capitalista posible en la periferia.

La primera barrera de peso que enfrenta el proyecto de neodesarrollo es la elevada inflación, y ello es reconocido por Scioli, Macri y Massa. La misma es manifestación de las limitaciones del proceso de inversiones en capital fijo, del “poder de mercado” del gran capital transnacional en todas las ramas de la economía y de la potencia del conflicto de clase. El kirchnerismo ya hizo parte importante del “trabajo sucio” a través de una estrategia combinada de control salarial, desvalorización cambiaria y estancamiento económico, que entre 2014 y 2015 desactivó una parte sustancial de la presión inflacionaria acumulada, al costo de una caída en el consumo popular significativo. Frente a ello, Macri presenta la versión más radicalmente ortodoxa de la “solución” capitalista. Asumen que el problema de fondo es la emisión excesiva de moneda para financiar el gasto público social y por lo tanto el ajuste fiscal sería la respuesta. Por otra parte, Scioli y Massa, más realistas, perciben la veta conflictiva detrás de la presión inflacionaria y las consecuencias políticas de cualquier respuesta de shock. Saben que difícilmente puedan avanzar en una política d “ajuste salvaje” sin consecuencias en su gobernabilidad. Su camino será un ajuste que intente no tener sobresaltos, y les permita contener la tendencia inflacionaria sobre la base de persistir en la demanda de moderación salarial junto a una política que profundice el salto (ya iniciado) de la productividad laboral por la vía de la intensificación del trabajo.

Por ese camino, el neodesarrollismo, que Scioli pretende agudizar, buscará dar respuesta a la segunda gran barrera que enfrenta el proyecto hegemónico: la barrera externa. La respuesta kirchnerista ha sido desplazar esa barrera lo más posible, y en los últimos años, simplemente aplazar la solución. En efecto, la política de re/des-endeudamiento, la posición periférica de Argentina en el ciclo del capital transnacional y la prevalencia del consumo suntuario de las clases dominantes, ha consolidado un derroche de divisas (dólares), que sólo fue compensado parcial y temporalmente en la etapa de auge en el precio de las commodities de exportación. Agotado ese ciclo se ha hecho evidente la sangría estructural; el corralito (“cepo”) kirchnerista y la devaluación de 2013/2014 solo han servido para canalizar la presión. La estrategia sciolista (y Massa otro tanto) apunta a concretar un acuerdo con los fondos buitres en 2015 (cerrando el camino abierto por el kirchnerismo) y abrir nuevamente el endeudamiento externo. Macri propone, en el mismo sentido, apostar a una apertura unilateral al capital financiero. Recuperar la llamada competitividad externa será el objetivo de mediano plazo, seguramente con una devaluación más o menos fuerte en un comienzo. La principal diferencia entre ambos proyectos remite, tal vez, al eje estratégico de la articulación internacional. El neodesarrollismo kirchnerista (hoy sciolista) tiene una estrategia de integración global vinculada a una inserción subordinada a los sub-imperialismo de Brasil y China, mientras la propuesta más liberal del macrismo enfatiza un abordaje más ligado a la integración -también subordinada- al imperialismo norteamericano (en línea más parecida con la del actual gobierno de Uruguay o de los países del eje del pacífico). En ambos casos, la apuesta fuerte es a una renovada apertura al capital externo, tanto en sus facetas productivas como financieras.

Por último, la tercera barrera de significación remite al eje fiscal. El kirchnerismo ha tenido una estrategia que ha privilegiado la ampliación del gasto público sin mayores cambios en la política impositiva. En la etapa final del gobierno de Cristina es política ha tenido como objetivo primordial sostener los niveles de legitimidad social frente a una economía capitalista en franca desaceleración y una política económica que ha privilegiado el ajuste bajo la forma de “sintonía fina”. De esa forma, luego de la creación de las retenciones a la exportaciones en 2002 y el último intento de incremento en 2008, la ampliación del gasto público se ha sostenido en la apropiación de recursos ya existentes (fondos previsionales, del PAMI, etc.) o el uso del financiamiento a través del Banco Central (emisión monetaria). La propuesta del sciolismo (y en la misma medida de Massa) será la continuidad de la política actual, continuando con un ajuste suave hacia una mayor “equilibrio” fiscal. Hacia el macrismo la perspectiva es de una corrección más violenta en las cuentas fiscales, pisando el gasto social y “sincerando” (subiendo) las tarifas de los servicios públicos (en línea con lo que hicieron con el subterráneo de Buenos Aires, pero también con lo que hizo el kirchnerismo con el precio de los combustibles desde la re-estatización parcial de YPF).

El pueblo trabajador enfrentará en el próximo lustro las consecuencias políticas y económicas del kirchnerismo. Enfrentará la radicalización de la sintonía fina como forma del ajuste, aunque lo hará con las herramientas organizativas que ha podido rescatar de una década de fragmentación e integración kirchnerista. El fantasma del 2001 persiste en la experiencia histórica pero también la desarticulación del posibilismo reformista que se convirtió en sentido común para un amplio conjunto del pueblo y sus organizaciones.

* Profesor UNLP. Investigador CONICET. Militante de COMUNA (Colectiva en Movimiento por una Universidad Nuestramericana) en el Frente Popular Darío Santillán-Corriente Nacional

Kirchnerismo, neodesarrollismo y el fantasma del 2001

Kirchnerismo, neodesarrollismo y el fantasma del 2001

Por Mariano Féliz*

Publicado en Resumen Latinoamericano, abril 2015, Nº 135.

La extendida década kirchnerista (2003-2015) encuentra un cierre este año. Comenzó la transición electoral hacia una nueva etapa del proyecto neodesarrollista que estará marcada por la herencia del primer kirchnerismo (¿habrá otro?) como proyecto de construcción hegemónica. Esa herencia refleja las novedades introducidas y las profundas continuidades del neoliberalismo, su consolidación y perfeccionamiento.

El kirchnerismo nació en la explosiva transición desde la convertibilidad como fase superior del neoliberalismo, sin legitimidad de origen. Nació como posible solución a la crisis de gobernabilidad provocada por los límites del neoliberalismo tanto en términos económicos como políticos. Buscó desactivar la radicalidad de las demandas de los movimientos populares. En ese camino debió canalizar las luchas laborales dentro de las viejas instituciones laborales. Los convenios colectivos de trabajo fueron reactivados por la propia demanda de los empresarios; ellos buscaban fragmentar e institucionalizar las exigencias de las bases obreras. Este proceso se dio de forma parcial y conflictivamente, mediando niveles variables de represión.

Por otra parte, el kirchnerismo operó activamente para contener el conflicto social liderado por los movimientos piqueteros. Tomando como base el programa Jefes/as de Hogar desocupados/as, creado en 2002 para apagar el incendio post 20 de diciembre de 2001, avanzó en la masificación de una nueva generación de políticas sociales. Estas iniciativas fueron auspiciadas y financiadas por el Banco Mundial y el BID con el fin de neutralizar la rebelión popular, aunque no alteraron las bases estructurales de la misma vinculadas a la precarización infinita y sostenida de la vida, el hábitat y el trabajo.

En un marco propicio, el kirchnerismo pudo reconstruir el mito del desarrollo capitalista en la periferia. Apoyado en el ascenso de gobiernos populares (Venezuela, Bolivia y Cuba conformando el eje radical del ALBA),  de progresismos neodesarrollistas (Brasil, Uruguay, Ecuador y, por poco tiempo, Paraguay) y aprovechando la dinámica favorable del capitalismo global y el impulso del ingreso de China el mercado mundial, pudo crear las condiciones materiales y simbólicas para reconstruir la legitimidad capitalista. Todo esto sin alterar sus bases fundacionales: el saqueo de las riquezas naturales y la superexplotación de la fuerza de trabajo, la transnacionalización del ciclo del capital y la dependencia de las potencias globales (EEUU y Europa) y sub-potencias regionales (Brasil y China). En su primer lustro, el neodesarrollismo kirchnerista pudo ampliar el empleo aunque con altos niveles de precarización (superiores a 50% de la fuerza de trabajo), recuperar parcialmente los ingresos reales manteniendo una amplia masa de familias en la pobreza y sostener un crecimiento económico acelerado que permitiría -según el discurso oficial- un largo proceso de “crecimiento con inclusión” (versión neodesarrollista del “derrame” neoliberal).

El segundo lustro largo del kirchnerismo (a partir de 2008) careció de esos pocos logros en materia económica, pues el crecimiento se estancó y se hizo más inestable, y la inflación acelerada comenzó a paralizar (y finalmente deprimir) los ingresos de las familias trabajadoras, mientras el mercado laboral dejó de incorporar fuerza de trabajo. La crisis en el capitalismo a escala global, las dificultades del espacio radical suramericano (el eje del ALBA) para ampliar el proyecto de cambio social al resto de la región y la recuperación de la ofensiva de las derechas continentales, ampliaron las contradicciones, barreras y límites propias del neodesarrollo en la periferia: la inflación como problema persistente resultante del poder social del gran capital y la matriz productiva internacionalizada, una estructura fiscal regresiva en impuestos (IVA, impuesto al ingreso de los trabajadores) y gastos (deuda, subsidios al gran capital). Además de la fuga de capitales como patrón sistémico y déficit externo crónico, industrialización trunca y distribución de ingresos antipopular, inserción dependiente y desequilibrada en el mercado mundial y regional, crisis urbana, energética y ecológica, entre otras.

El gobierno final de Cristina Fernández encuentra al kirchnerismo frente a la necesidad sistémica de impulsar la radicalización capitalista del proyecto hegemónico (devaluación, ajuste fiscal y externo, etc.) con el objetivo de superar sus barreras y la necesidad política de buscar su continuidad en el poder para la gestión del Estado. Ello ha probado ser difícil porque el estancamiento, la inestabilidad y el deterioro sostenido pero dispar de los niveles de vida de la población han aportado a una creciente fragmentación en el terreno político. Esto muestra un debilitamiento de la capacidad hegemónica del neodesarrollismo como proyecto societal de las fracciones dominantes y del kirchnerismo como actor privilegiado para garantizar su continuidad en el tiempo.

La transición se extiende en un contexto cada vez más negativo. Brasil se encuentra estancado en lo económico y atravesando una crisis política singular, en tanto China está desacelerando su crecimiento y las tasas de interés mundiales van subiendo al ritmo de un mayor crecimiento de los Estados Unidos. Actualmente, las urgencias del gobierno pasan por sostener las reservas internacionales para el pago de la deuda e importaciones y articular el ajuste fiscal con políticas compensatorias (asentadas en el endeudamiento personal), suficientes para mantener la “paz social”. Estos imperativos chocan con una economía estancada (cero crecimiento por más de un año) en un marco global y regional poco expansivo, con la huelga de inversiones del gran capital (que ha decidido individual y colectivamente acentuar las demandas de ajuste) y con los mencionados límites de un proyecto neodesarrollista en la periferia.

Los sectores populares carecen aún de alternativas políticas que reconozcan como propias y parecen seguir apostando a la hipótesis del “mal menor” que es siempre, paradójicamente, lo peor. En ese marco, las fuerzas de sucesión (aparentemente Daniel Scioli o Mauricio Macri) nacerán en un contexto radicalmente distinto al que dio a luz al kirchnerismo. Sin una crisis orgánica y probablemente con alta legitimidad de origen, el gobierno por venir profundizará el ajuste frente a los desequilibrios del proyecto capitalista, con el fin de recuperar las condiciones macroeconómicas para la expansión en el marco neodesarrollista: acelerará la devaluación de la moneda, ajustará el gasto fiscal y acentuará la política de re-endeudamiento.

Ese gobierno enfrentará a un pueblo trabajador desarticulado en lo político y lo reivindicativo, producto de la herencia política del kirchnerismo. Solamente si el fantasma -y la experiencia- del 2001 es recuperado en favor de un nuevo proceso de recomposición política del pueblo estaremos en condiciones de enfrentar el futuro con posibilidades de hacerlo nuestro.

*Profesor UNLP. Investigador CONICET. Militante del Frente Popular Darío Santillán – Corriente Nacional.

Los silencios del ministro

Los silencios del ministro

Mariano Féliz*

Publicado con otro título (“Los silencios del Kiciloff”) en La Izquierda Diario, el 14 de Mayo de 2015.

Hace unos días hablamos del debate planteado por la mera posibilidad de que el ministro de economía de la Nación, Axel Kiciloff, se presentara en la Facultad de Ciencias Económicas de la UNLP (ver nota: http://www.laizquierdadiario.com/Falsas-heterodoxias-y-la-formacion-de-los-economistas). Luego de algo de incertidumbre al respecto, finalmente el miércoles 6 de Mayo se realizó la Conferencia “La formación en Economía en el contexto del crecimiento con inclusión” con la participación central del ministro Kiciloff.

Y llegó Axel… pero algunxs quedaron afuera

La conferencia se realizó en el aula Magna, en el 2do piso de la Facultad. La charla se había propuesto por sus organizadores como una actividad inscripta en un prolongado y conflictivo debate en torno a la reforma de los planes de estudio, en especial del plan de estudios de la llamada Licenciatura en Economía que se encuentra vigente desde 1992. En ese marco, se presentaba como un aporte al debate sobre la necesidad del pluralismo en la formación de lxs economistas.

¿Sos keynesiano? Pasá. ¿Sos marxista? Mhhh…

Lamentablemente el discurso del pluralismo se reducía a puras palabras, y quedó en la puerta del aula Magna. Allí los organizadores instalaron un dispositivo tipo cerrojo donde algunas personas tuvieron la tarea de “filtrar” el público participante. Parecía existir una “lista negra” (o podríamos decir “lista roja o rojinegra”) que marcaba a aquellos potenciales participantes díscolos, o activistas no oficialistas. Quienes eran identificados in situ como posibles generadores de planteos o preguntas incómodas para el ministro, fueron frenados en el ingreso, en una actitud discriminatoria, antidemocrática y, evidentemente, poco plural. Ser marxista, anarquista, o en cualquier caso, militante no adherente a la agrupación del ministro, alcanzaba para ser identificado y dejado de lado. Sólo había lugar para militantes oficialistas, funcionarixs, y miembrxs de la gestión en la Universidad (de los cuales había muchxs, entre ellxs el decano de la Facultad). Flaco favor le hicieron al debate.

En ese contexto, el ministro abordó el debate sobre la necesidad de la renovación del plan de estudios en economía. Desde el estrado, vapuleó al círculo de economistas neoclásicos (a los que acusó de “no entender nada” y “no explicar nada”), señalando el anacronismo del discurso neoliberal en economía, su incapacidad de comprender y describir los procesos socioeconómicos de la última década en Argentina y la región, y por ello, cuestionando como poco útiles como base para la formación de lxs economistas para este tiempo. En tal sentido, realizó una crítica que sintetiza en muchos puntos los debates compartidos por quienes venimos militando por una reforma de planes de estudio (no sólo de economía) que sea plural, crítica y democrática.

Además, dio un relato estilizado del proceso de reforma de los planes de estudio en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA en los años noventa, y su rol como militante en aquellos tiempos. Para concluir, hizo una defensa del proyecto neodesarrollista poniendo el énfasis en el papel que tendría la redistribución del ingreso en éste como motor del crecimiento económico. En ese punto marcó el contraste con el ofertismo neoclásico que sostendría que el crecimiento se basa en la libertad económica y que la redistribución operaría como “derrame”.

Su exposición concluyó sin preguntas, sin debate ni intervenciones del público. Los potenciales comentaristas críticos tuvieron que conformarse con verlo por las pantallas instaladas en algunas aulas o en la transmisión online, sin posibilidad de intervenir.

Los silencios…

El silencio del público en relación a la crítica o la posibilidad de intervenir, nos permite reflexionar a posteriori sobre los silencios de la intervención del ministro. Lo no dicho es tanto o más importante que lo que efectivamente fue expresado, en especial si lo que interesa es abrir un debate crítico, fructífero y plural sobre los planes de estudio.

Debatir lo dicho y lo negado también sirve para discutir sobre el proyecto hegemónico de desarrollo capitalista en la Argentina defendido por el ministro. Además, permite analizar el lugar que le cabe a lxs economistas, en tanto economistas políticxs, como partícipes potenciales de un proyecto de cambio social que pueda superar los límites del capitalismo dependiente y periférico que la década neodesarrollista sólo ha contribuido a consolidar.

Las crisis y la teoría económica, o cómo se construye la nueva ortodoxia

Kicillof planteó con razón que la teoría económica avanza a saltos en los momentos de crisis del sistema. Mencionó a Keynes en sus reflexiones en la crisis de la década del 30, haciendo referencia a su insatisfacción con el liberalismo dominante que no proveía elementos para comprender lo que ocurría y tampoco para salir de esa situación.

El paralelismo con la era actual es claro. La crisis neoliberal en la periferia a fines de los años noventa, efectivamente despertó incertidumbre y debates en los sectores dominantes en torno a cómo superarla y recuperar la acumulación exitosa de capital. Precisamente, en este sentido el ministro dejó de lado un elemento clave del debate planteado por Keynes y su vínculo con la discusión actual.

Lord Keynes estaba preocupado esencialmente por la posibilidad de que la situación política creada por la crisis se tornara insostenible y el capitalismo fuera cuestionado en su raíz como sistema social dominante. El keynesianismo y el New Deal aparecieron primero como apuesta heterodoxa (disruptiva) pero progresivamente se consolidaron como respuestas a la crisis capitalista. El ministro olvidó señalar que de esa manera esas políticas y enfoques se convirtieron en una nueva ortodoxia que por muchos años desplazó a las corrientes neoclásicas como orientación de las políticas estatales.

Lo que Kicillof no mencionó en su exposición es que esa nueva ortodoxia (ahora, keynesiana) fue parte de la respuesta de las clases capitalistas dominantes para enfrentar y frenar las demandas obreras y populares que amenazaban con poner en jaque la lógica sistémica. En efecto, algo similar ocurrió en el mundo, pero sobre todo en la región suramericana, en la crisis del proyecto neoliberal.

Esa crisis puso en cuestión en muchas partes la hegemonía social del capital. En particular, en nuestro país, la recomposición política del pueblo trabajador hacia fines de los noventa se articuló con las contradicciones económicas para provocar una crisis orgánica, integral del sistema social. Fue en ese marco que el neodesarrollismo y el neoestructuralismo se convirtieron en instrumentos para construir un novedoso proyecto hegemónico conducido por las nuevas fracciones dominantes del gran capital (el gran capital transnacional). A través de ese proceso, el kirchnerismo se convirtió en la fuerza política que pudo articular esa nueva construcción hegemónica con el fin de relanzar el desarrollo capitalista en un país periférico como Argentina. El capitalismo en serio se apoyó en esa nueva estrategia, que fue consolidándose como la nueva ortodoxia en el país.

En el fondo, lo que el ministro cuestionó es la falta de adecuación de los planes de estudio a esta nueva ortodoxia (una versión nacional y popular del keynesianismo), dejando en silencio el debate sobre las alternativas teóricas que pudieran servir para el cambio social radical, superador de los límites históricos del capitalismo vernáculo. Así, en la conferencia se habló mucho de Keynes, pero nada de Michal Kalecki, Carlos Marx, Rosa Luxemburgo, David Harvey, Silvia Federici o Ruy Mauro Marini.

El modelo, Keynes y el Banco Mundial

El ministro Kiciloff dio cuenta con claridad de su comprensión de las características del proyecto neodesarrollista impulsado por el kirchnerismo en Argentina y marcó varias veces su raigambre en la tradición teórica y política del keynesianismo. Explicó que el fundamento central del “modelo de crecimiento con inclusión social” sería la relación teórica pero sobre todo real, empírica, entre la redistribución de los ingresos a favor de las clases populares y el proceso de crecimiento económico.

Sin embargo, detrás de esa afirmación, la aparente fortaleza del proyecto neodesarrollista que se basaría en la distribución progresiva de los ingresos no parece dar cuenta de lo ocurrido en el último lustro. En efecto, en la última etapa de la experiencia kirchnerista el crecimiento ha sido más bien errático y con tendencia al estancamiento, mientras que la distribución de los ingresos se ha deteriorado claramente: el crecimiento del PBI en los últimos años ha sido casi cero, el consumo de masas se ha reducido en el último año según denuncian las propias estadísticas oficiales y el empleo se ha estancado o caído. A pesar de un discurso oficial que atribuye al proyecto la inclusión social y el crecimiento, como causa y efecto, la realidad muestra que el neodesarrollismo choca contra sus límites y esa relación teórica de base keynesiana no es más que aparente, siendo apenas manifestación históricamente determinada de una particular correlación de fuerzas sociales y condiciones macroeconómicas locales e internacionales singulares.

Objetivamente, el ministro enfrenta la misma crítica que él realiza a la corriente neoclásica: la negación de las contradicciones del sistema capitalista y su tendencia inmanente a la crisis. En efecto, esa condición estructurante del capitalismo, exacerbada en sus versiones periféricas y dependientes, es uno de los aportes analíticos centrales del marxismo, abordaje que Kiciloff conoce bien pero prefirió ignorar en su defensa del proyecto neodesarrollista.

Por otra parte, el “crecimiento con inclusión social” destacado en el título de la conferencia se apoya de manera clara en los preceptos que el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) sostienen en la actualidad. Más allá de un discurso que reniega de ellos, estos organismos son promotores ideológicos y financieros, del conjunto de las políticas sociales de universalismo básico. Ellas son la base de sustentación de una política llamada de “inclusión social” pero que mantiene a un amplio universo de personas en la Argentina apenas por encima de los límites del hambre, viviendo en condiciones extendidas de precariedad en sus vidas y trabajos. Esta es la base de la negación del ministro de poner en debate la medición de la pobreza, cuya pervivencia extendida luego de una década de crecimiento cercano a 6% real acumulativo (aunque mucho menor en el último lustro) sigue siendo la principal expresión de los límites del modelo.

La política social del neodesarrollismo se adapta llamativamente bien al núcleo del trabajo que desarrollan hoy en el Departamento de Economía de la universidad platense (en especial, en su centro de investigaciones estrella CENDAS), que cuenta con el apoyo clave de los organismos internacionales mencionados. Tal vez por esa simetría de apoyos y perspectivas, la Facultad de Ciencias Económicas (cuyos planes de estudio fueron furibundamente denostados por el ministro Kiciloff) haya aportado tantos recursos organizativos -incluyendo la transmisión en vivo- de la Conferencia desde la página web de la Facultad. Recursos que por otra parte son sistemáticamente negados a las agrupaciones de estudiantes y graduados de la Facultad nucleadas dentro de la Sociedad de Economía Crítica y que históricamente han planteado la necesidad de transformaciones de fondo en los planes de estudio, más allá del desarrollismo oficial en el Estado, del neoliberalismo en el departamento de Economía y del capitalismo como propuesta societal.

El pluralismo, el cambio social y lxs economistas políticxs

La presencia del ministro de economía en el núcleo del neoliberalismo más rancio entre las universidades nacionales ha sido un aporte pues pone nuevamente en un debate de alta exposición la necesidad de reformar los planes de estudios de las carreras de economía. De esa manera, se suma a la ola de debates que hace tiempo vienen siendo planteados por muchxs y que tuvieron su punto alto en las recientes VII Jornadas de Economía Crítica realizadas el año pasado en la misma Facultad y organizadas con esfuerzo militante por los integrantes de la Sociedad de Economía Crítica.

Sin embargo, los dichos del ministro pero sobre todo sus silencios, permiten poner en el centro de esa discusión la necesidad de superar la dicotomía heterodoxia – ortodoxia, poniendo como ejes de la lucha por las urgentes reformas la necesidad de incorporar el pluralismo, la mirada crítica y lo imperioso de formar economistas políticxs (y no simples economistas) con capacidad de comprender cabalmente los límites del capitalismo y la exigencia social, política y ética de su superación.

Esto implica ir más allá de una visión de la teoría económica que pretende reducir la discusión al debate sobre las formas de regular el capitalismo. Supone plantear y comprender la imposible integración de los intereses de clases sociales antagónicas, y la necesidad de superar la idea de que el capitalismo es lo único posible.

Más debate es necesario, más pluralidad y democracia en la discusión, pero también más crítica de lo existente, de las viejas y nuevas ortodoxias, para construir planes de estudio que puedan formar profesionales con pensamiento crítico, capaces de ser parte de los procesos de cambio social impulsados por los movimientos populares, con el protagonismo del Pueblo.

* Militante del Frente Popular Darío Santillán – Corriente Nacional. Docente UNLP. Investigador CONICET.