Argentina camina hacia la intensificación del neodesarrollo.

Argentina camina hacia la intensificación del neodesarrollo.

Por Mariano Féliz*

Publicada en Brecha (Brecha.org.uy) el 15 de enero de 2016. Nota concluida el 7 de enero de 2015.

Argentina tiene nuevo gobierno nacional que auspicia al intensificación del proyecto económico hegemónico. Electo en una apretada segunda vuelta, el nuevo gobierno carece de la legitimidad política institucionalizada que le permita llevar adelante su programa. Por ello, avanza estirando hasta sus límites la legalidad, exacerbando el presidencialismo y la delegación de atribuciones, con una política de hechos consumados apuntando a construir un nuevo status quo. La nueva fuerza política en el Estado, la coalición Cambiemos (hegemonizada por el PRO y acompañada por la Unión Cívica Radical y otras fuerzas) ha construido un gabinete de gobierno a imagen y semejanza da la fuerza social hegemónica, con Ministros y Secretarios de Estado que son en su mayoría ex-directivos de corporaciones transnacionales. Se despliega una novedosa CEOcracia.

El gobierno está decidido a desactivar las principales barreras del proyecto neodesarrollista (nacido en 2002) sin superar sus límites. Las barreras a superar son el déficit fiscal y externo crecientes, la inflación elevada, y el estancamiento y inestabilidad económica crónica. Los límites que prevalecerán son la industrialización trunca, la redistribución del ingreso estancada, y la prevalencia de la precarización extendida de las condiciones de vida y trabajo; todos ellos expresión de un proceso de desarrollo dependiente en el capitalismo periférico.

El neodesarrollo emergente de la crisis neoliberal pone al mercado como principal articulador de la sociedad a la vez que ubica al Estado como garante de las condiciones institucionales y de infraestructura económica y social que permitan la producción, apropiación y uso capitalista de la mayor plusvalía social posible. Nació a comienzos de los 2000 como respuesta a la crisis neoliberal dando cuenta tanto de sus facetas políticas como de las nuevas bases estructurales. Éstas últimas fueron consolidadas en el tridente de la transnacionalización periférica del capital, el extractivismo contaminante y la financiarización de la vida. Su faceta distribucionista (apoyada desde el Estado en su primera etapa por el kirchnerismo) fue la consecuencia de la necesidad de recuperar el control social, de contener y desarticular las demandas más radicales surgidas del seno de la lucha contra el neoliberalismo, garantizando una nueva gobernabilidad capitalista.

El gobierno del PRO viene a intensificar el ciclo neodesarrollista, creando nuevas condiciones para valorizar sus bases estructurales. El principal objetivo de mediano plazo es recuperar el crecimiento económico. Ello permitirá ampliar la base de legitimación del gobierno si es acompañado de una mejora, aun si leve ‘derrame’, en la situación económica de las familias trabajadoras. Un aumento en el empleo aparecerá como una bocanada de aire fresco, por limitado, precario o mal pago que sea, en comparación con cuatro años de estancamiento.

Para lograrlo, el gobierno del presidente Macri busca desarmar los desequilibrios que bloquean la acumulación de capital. El gobierno anterior había comenzado en este camino a partir de 2011 con un proceso de ajuste heterodoxo, que se aceleró en 2013 con la devaluación del peso y el re-endeudamiento externo. Sin embargo, ese cambio en la política económica del kirchnerismo chocó con sus preceptos distribucionistas y debilitó sus bases de apoyo. De ahí que su aplicación haya sido dispar e inconsistente, capaz de evitar el estallido de las contradicciones acumuladas pero incapaz de relanzar el crecimiento.

Una nueva política económica ‘más justa’ para el capital.

El nuevo gobierno buscar crear condiciones macroeconómicas ‘más justas para el capital’ para arrancar un ciclo inversor liderado por las transnacionales. Las primeras medidas buscan desmontar las restricciones a la entrada y salida de capitales (generando como consecuencia instantánea la devaluación del peso) y eliminar y reducir los impuestos a las exportaciones. Se busca incentivar las exportaciones primarias que son la principal fuente de dólares, mientras se crean condiciones para acelerar el ingreso de capitales sin restricciones a su salida y se recupera la capacidad de endeudamiento externo.

El impacto inmediato ha sido reducir el costo en dólares de la fuerza de trabajo, haciendo caer también el poder de compra de los ingresos del trabajo. La devaluación y la suba de precios internos acentuarán la incidencia de la pobreza y el hambre, en tanto la pérdida salarial provoca una caída en el consumo popular y en la producción de bienes de consumo masivo. Ello podrá ser compensado por el aumento de las exportaciones de alimentos y del consumo suntuario de las fracciones sociales beneficiadas por la redistribución del ingreso. En el mediano plazo, la inversión podrá subir en función de una mayor tasa de ganancia y el aumento de esa demanda. En los próximos meses la caída en el consumo de masas acentuará el estancamiento y la pérdida de puestos de trabajo. Hacia fines de 2016 la economía podría volver a crecer, aunque al costo de una mayor desigualdad y más conflictividad. Para el gobierno entrante, la pregunta es si esto alcanzará para ganar legitimidad social y política para ampliar su capacidad hegemónica. Con ese objetivo en mente, las políticas sociales universalistas pero básicas serán ampliadas (como viene ocurriendo desde hace años, con el apoyo del Banco Mundial y el BID) para que garanticen niveles mínimos de ingresos pero obliguen al pueblo trabajador a seguir concurriendo masivamente a un mercado de trabajo precarizado.

Más allá del corto plazo.

El proyecto de intensificación desarrollista debe ser acompañado por varios elementos que lo harán potencialmente viable como proyecto de desarrollo capitalista en la periferia, al menos hasta la próxima crisis.

Desde lo estructural, el gobierno proyecta medidas que promuevan la inversión, dando carnadura a la veta desarrollista que lo constituye. No será meramente un gobierno neoliberal, sino un gobierno que buscará crear las condiciones normativas e institucionales que permita, con el apoyo fundamental del Estado, relanzar el crecimiento en un marco capitalista. No asistimos al ajuste estructural neoliberal sino a la intensificación del neodesarrollismo.

Desde el proyecto Belgrano (un proyecto de infraestructura de trasporte y energía, enmarcado en la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana) hasta la política de comunicaciones (que pretende abrir a las transnacionales un campo fértil para inversiones en tecnologías de la comunicación y la información); desde la continuidad en el Ministerio de Ciencia y Tecnología (con la permanencia del ministro kirchnerista Lino Barañao) en favor de las asociaciones público-privadas con fondos y recursos públicos, hasta la creación del Ministerio de Agronegocios y Minería para apuntalar el desarrollo del saqueo de las riquezas naturales, pasando por una nueva política de precios en los servicios públicos privatizados que elevará las tarifas y quitará regulaciones para inducir la inversión. Estas iniciativas pretenden alimentar un shock de inversiones que propulsen el crecimiento.

Esta política sólo será exitosa en sus propios términos si logra reducir la inflación y mantener el dólar caro como garantes de la competitividad. Esto supone, primero, contener la emisión monetaria (reduciendo el gasto público) y encarecer el crédito para ajustar la demanda y, en paralelo, contener las demandas salariales para que los salarios suban en 2016 por debajo de la inflación. En relación al primer punto, si bien la emisión monetaria no causa la inflación, si puede favorecerla pues crea condiciones de demanda adecuadas a su desenvolvimiento. En relación al segundo punto, si bien los salarios no son la causa de la inflación, su contención si puede ser eficaz medio para su reducción (como ya ocurrió en 2014 cuando los salarios subieron por debajo de la inflación y la misma se redujo 10 puntos porcentuales en solo un año, al costo de una significativa caída en el consumo popular).

Por último, mucho depende de la evolución favorable de la coyuntura regional y global, algo que parece poco probable. Con Brasil sumido en recesión y los principales actores de la economía mundial con crecimiento bajo (Estados Unidos, Europa) o descendiendo (China) el contexto global no favorece las posibilidades de expansión de una economía altamente dependiente.

El gobierno que se inicia avanza con pies de plomo para un nuevo marco para la profundización del neodesarrollo capitalista en Argentina. Todo ello a un elevado costo social y -es de esperar- con un creciente costo político. Las luchas sociales contra la intensificación capitalista son incipientes. Los movimientos políticos y sociales populares están despertando de la desarticulación y letargo provocados por el kirchnerismo. El futuro se acerca, despacio pero viene.

* Dr. en Economía y Dr. en Ciencias Sociales. Profesor UNLP. Investigador CIG-IdIHCS/CONICET-UNLP. Miembro de la Sociedad de Economía Crítica de Argentina y Uruguay. Militante de la Colectiva en Movimiento por una Universidad Nuestramericana (COMUNA) en el Frente Popular Darío Santillán – Corriente Nacional.

Las armas del gobierno: violencia y radicalización neodesarrollista

Violencia y radicalización neodesarrollista. Estado, mercado y capital.

[Publicada el 11 de enero de 2016 en marcha.org.ar. Nota concluida el 8 de enero de 2016]

La radicalización del neodesarrollo avanza con paso firme. Con pies de plomo, despidos y balas de goma. Atrás quedaron la democracia, la constitución y las leyes (burguesas).

Libertad para el dólar, despidos para los trabajadores. Libertad para los precios, límites para los salarios. El capital asume la gestión directa del Estado para garantizar que el pueblo no podrá poner límites a su voluntad de mando.

El gobierno de Cambiemos decidió que debía condicionar lo más posible las luchas populares. Sabiéndose débil en lo político, salió a comerse el partido golpeando primero. Las instituciones de la Constitución social liberal de la Argentina son flexibles, siempre dentro del campo del derecho del capital. La legalidad de las urnas es tomada por las fuerzas políticas de los partidos del orden como derecho a la gobernabilidad. Los ‘primeros 100 días’ son vistos como cheque en blanco.

Los ministerios se llenan de CEOs y cada cual atiende su juego. La conducción es difusa porque prima el ‘sentido común’ empresarial. No se necesita conducción unificada ni tanta verticalidad. El peronismo es un partido sin doctrina ni ideología, por ello funciona con rígida conducción. Es la única forma de garantizar cierta coherencia de acción. El kirchnerismo ha operado (y aún opera) en ese marco. El macrismo, por el contrario, parece más coherente en la práctica, apoyándose en el ‘saber hacer’ del capital y sus gestores. El pragmatismo prima, pero la coherencia viene del marco conceptual que se destila de la sociedad hegemonizada por el capital.

El macrismo llegó para imponer la radicalización del proyecto de neodesarrollo. Parte de la herencia del kirchnerismo: una sociedad mercantilizada, transnacionalizada y precarizada. En la ‘década ganada’ el gran capital consiguió consolidar su hegemonía con el acompañamiento del Estado que volvió para conformar las condiciones de la acumulación exitosa. El ‘desendeudamiento’, la inversión en infraestructura económica, la promoción del saqueo en el campo (trangénicos), la ‘montaña’ (megaminería) y las ciudades (barrios cerrados, especulación inmobiliaria, masificación del transporte y consumo individualizado y mercantil), contribuyeron a consolidar un nuevo patrón de acumulación basado en una nueva inserción en la división internacional del trabajo. Para ello, el Estado se convirtió en ‘caja de resonancia’ de la lucha de clases, instrumento para la desarticulación del conflicto y su normalización conflictiva. La naturaleza contradictoria de ambos procesos contribuyó a crear barreras crecientes, marcadamente evidentes en el tercer gobierno kirchnerista. El giro mundial provocado por la crisis en el centro aceleró la transformación de esas barreras en crecientes desequilibrios.

En la nueva era que comienza el gobierno busca primero desactivar esas barreras y construir un nuevo status quo que permita al capital recuperar su capacidad de acumulación. El gran capital hace años comenzó a desplazar en el tiempo sus contradicciones, frenando inversiones en la economía local y acelerando la salida de capitales, buscando acelerar la ‘corrección’. El ajuste heterodoxo del kirchnerismo operó como respuesta insuficiente pues fue combatido por el pueblo trabajador, neutralizando sus principales efectos. La lucha social evitó que la misma se tradujera en un mayor ajuste sobre las condiciones de vida. Sin embargo, la capacidad organizativa del pueblo no alcanzó la fuerza necesaria para poner en práctica una alternativa política.

A través del macrismo, el ajuste y radicalización del proyecto hegemónico pasa a un nivel superior, buscando más eficacia. Para ello todos los medios aparecen como válidos: DNUs, persecución ideológica y represión abierta. La democracia, la ley y la república, aún en su limitada versión burguesa, pueden ser dejadas de lado si así se juzga necesario.

El ataque contra las condiciones de reproducción social de lxs trabajadorxs se acelera por varios frentes. Avanza el ajuste externo con la devaluación, la eliminación de las restricciones al movimiento de capitales, la supresión de las retenciones y la búsqueda de nuevo endeudamiento externo. En paralelo, se acelera el ajuste fiscal. Se eliminan impuestos y subsidios al consumo (retenciones, impuestos ‘internos’, reducción prometida del impuesto al salario, subsidios al consumo de servicios públicos), se ataca el empleo público de manera virulenta e indiscriminada y se condiciona el financiamiento del gasto público por la vía del Banco Central. Se intenta marcar la cancha en la disputa salarial proponiendo el ajuste por productividad y planteando la amenaza del despido frente al reclamo ‘desmedido’. Se busca construir una nueva matriz regulatoria que promueva la inversión del gran capital en áreas estratégicas como energía, comunicaciones, minería, transporte, apoyados por el poder inversor del Estado (ej., plan Belgrano, subsidios vía Ministerio de Ciencia y Tecnología, etc.).

Si el avance es exitoso, el gobierno pretende consolidar en un solo acto una nueva modalidad de producción y apropiación del valor creado por los trabajadores. La radicalización del neodesarrollo pasa por construir un shock inversor del gran capital transnacional con base extractivista, apoyado en la redistribución del ingreso, la intensificación de la productividad y la super-explotación, y el re-endeudamiento externo.

Nuevas condiciones de distribución ‘más justas para el capital’ serán el objetivo, sólo posible aplastando la resistencia social. La articulación de las luchas del pueblo serán la clave para frenar este proceso. Una articulación que se sustente en la organización de la subjetividad popular en torno a las luchas concretas como punto de partida para la disputa por el desarrollo. El enfrentamiento contra el capital (y su poder en el Estado y los partidos del orden) en las calles, los lugares de trabajo, en los barrios y el territorio, será la base del surgimiento de un nuevo ciclo de lucha. Ese nuevo comienzo podrá poner en pie el proyecto del 2001, el proyecto de radical transformación de la sociedad. Un proyecto de cambio social que se proponga destruir los límites del neodesarrollo a través de la superación dialéctica de sus presupuestos, a través de la desarticulación de su modelo productivo, político y social. Nuestra batalla será hoy por enfrentar el ajuste capitalista, el ajuste del neodesarrollo que busca su intensificación. La disputa de hoy será el punto de partida para superar el fetichismo del Estado social (y el desarrollo a través suyo) como únicas alternativas posibles. El socialismo latinoamericano, bajo la forma del buen vivir y la democracia con protagonismo popular, deberá volver al frente de batalla.

El ajuste se acerca, despacio pero viene

Publicado el 14 de agosto de 2015, publicado en el sitio web marcha.org.ar.

Las PASO han preparado el terreno más temido para el conjunto del pueblo trabajador. Las opciones electorales con mayores posibilidades de ganar el voto mayoritario en Octubre (en primera o segunda ronda) preparan la aceleración de la transición hacia la intensificación extractivismo neodesarrollista. En efecto, tanto Scioli, su más cercano competidor Macri o (con menos posibilidades) Massa, proponen una política económica que -en dosis diversas del mismo veneno- pretenden superar los límites más apremiantes del proyecto de desarrollo impuesto por las fracciones hegemónicas de las clases dominantes. Todos ellos recibirán “la pesada herencia” de la incapacidad del kirchnerismo cristinista de desarmar las barreras creadas por las contradicciones de su proyecto de desarrollo capitalista posible en la periferia.

Las fuerzas políticas representadas por esos candidatos buscarán, por un lado, transitar la transición de forma de desactivar las barreras más evidentes del proyecto de desarrollo, a la vez que, por otro, recrear las condiciones para convertirse (o permanecer en el caso del kirchnerismo en la era de Scioli) en la amalgama que permita sostener la hegemonía de las fracciones transnacionalizadas del gran capital. Eso requerirá de tácticas y estrategias diversas, las cuales deberán adaptarse a las tradiciones de las fuerzas políticas que representan, a la vez que suponen visiones divergentes respecto de las alternativas para la consolidación de un proyecto capitalista posible en la periferia.

La primera barrera de peso que enfrenta el proyecto de neodesarrollo es la elevada inflación, y ello es reconocido por Scioli, Macri y Massa. La misma es manifestación de las limitaciones del proceso de inversiones en capital fijo, del “poder de mercado” del gran capital transnacional en todas las ramas de la economía y de la potencia del conflicto de clase. El kirchnerismo ya hizo parte importante del “trabajo sucio” a través de una estrategia combinada de control salarial, desvalorización cambiaria y estancamiento económico, que entre 2014 y 2015 desactivó una parte sustancial de la presión inflacionaria acumulada, al costo de una caída en el consumo popular significativo. Frente a ello, Macri presenta la versión más radicalmente ortodoxa de la “solución” capitalista. Asumen que el problema de fondo es la emisión excesiva de moneda para financiar el gasto público social y por lo tanto el ajuste fiscal sería la respuesta. Por otra parte, Scioli y Massa, más realistas, perciben la veta conflictiva detrás de la presión inflacionaria y las consecuencias políticas de cualquier respuesta de shock. Saben que difícilmente puedan avanzar en una política d “ajuste salvaje” sin consecuencias en su gobernabilidad. Su camino será un ajuste que intente no tener sobresaltos, y les permita contener la tendencia inflacionaria sobre la base de persistir en la demanda de moderación salarial junto a una política que profundice el salto (ya iniciado) de la productividad laboral por la vía de la intensificación del trabajo.

Por ese camino, el neodesarrollismo, que Scioli pretende agudizar, buscará dar respuesta a la segunda gran barrera que enfrenta el proyecto hegemónico: la barrera externa. La respuesta kirchnerista ha sido desplazar esa barrera lo más posible, y en los últimos años, simplemente aplazar la solución. En efecto, la política de re/des-endeudamiento, la posición periférica de Argentina en el ciclo del capital transnacional y la prevalencia del consumo suntuario de las clases dominantes, ha consolidado un derroche de divisas (dólares), que sólo fue compensado parcial y temporalmente en la etapa de auge en el precio de las commodities de exportación. Agotado ese ciclo se ha hecho evidente la sangría estructural; el corralito (“cepo”) kirchnerista y la devaluación de 2013/2014 solo han servido para canalizar la presión. La estrategia sciolista (y Massa otro tanto) apunta a concretar un acuerdo con los fondos buitres en 2015 (cerrando el camino abierto por el kirchnerismo) y abrir nuevamente el endeudamiento externo. Macri propone, en el mismo sentido, apostar a una apertura unilateral al capital financiero. Recuperar la llamada competitividad externa será el objetivo de mediano plazo, seguramente con una devaluación más o menos fuerte en un comienzo. La principal diferencia entre ambos proyectos remite, tal vez, al eje estratégico de la articulación internacional. El neodesarrollismo kirchnerista (hoy sciolista) tiene una estrategia de integración global vinculada a una inserción subordinada a los sub-imperialismo de Brasil y China, mientras la propuesta más liberal del macrismo enfatiza un abordaje más ligado a la integración -también subordinada- al imperialismo norteamericano (en línea más parecida con la del actual gobierno de Uruguay o de los países del eje del pacífico). En ambos casos, la apuesta fuerte es a una renovada apertura al capital externo, tanto en sus facetas productivas como financieras.

Por último, la tercera barrera de significación remite al eje fiscal. El kirchnerismo ha tenido una estrategia que ha privilegiado la ampliación del gasto público sin mayores cambios en la política impositiva. En la etapa final del gobierno de Cristina es política ha tenido como objetivo primordial sostener los niveles de legitimidad social frente a una economía capitalista en franca desaceleración y una política económica que ha privilegiado el ajuste bajo la forma de “sintonía fina”. De esa forma, luego de la creación de las retenciones a la exportaciones en 2002 y el último intento de incremento en 2008, la ampliación del gasto público se ha sostenido en la apropiación de recursos ya existentes (fondos previsionales, del PAMI, etc.) o el uso del financiamiento a través del Banco Central (emisión monetaria). La propuesta del sciolismo (y en la misma medida de Massa) será la continuidad de la política actual, continuando con un ajuste suave hacia una mayor “equilibrio” fiscal. Hacia el macrismo la perspectiva es de una corrección más violenta en las cuentas fiscales, pisando el gasto social y “sincerando” (subiendo) las tarifas de los servicios públicos (en línea con lo que hicieron con el subterráneo de Buenos Aires, pero también con lo que hizo el kirchnerismo con el precio de los combustibles desde la re-estatización parcial de YPF).

El pueblo trabajador enfrentará en el próximo lustro las consecuencias políticas y económicas del kirchnerismo. Enfrentará la radicalización de la sintonía fina como forma del ajuste, aunque lo hará con las herramientas organizativas que ha podido rescatar de una década de fragmentación e integración kirchnerista. El fantasma del 2001 persiste en la experiencia histórica pero también la desarticulación del posibilismo reformista que se convirtió en sentido común para un amplio conjunto del pueblo y sus organizaciones.

* Profesor UNLP. Investigador CONICET. Militante de COMUNA (Colectiva en Movimiento por una Universidad Nuestramericana) en el Frente Popular Darío Santillán-Corriente Nacional

Kirchnerismo, neodesarrollismo y el fantasma del 2001

Kirchnerismo, neodesarrollismo y el fantasma del 2001

Por Mariano Féliz*

Publicado en Resumen Latinoamericano, abril 2015, Nº 135.

La extendida década kirchnerista (2003-2015) encuentra un cierre este año. Comenzó la transición electoral hacia una nueva etapa del proyecto neodesarrollista que estará marcada por la herencia del primer kirchnerismo (¿habrá otro?) como proyecto de construcción hegemónica. Esa herencia refleja las novedades introducidas y las profundas continuidades del neoliberalismo, su consolidación y perfeccionamiento.

El kirchnerismo nació en la explosiva transición desde la convertibilidad como fase superior del neoliberalismo, sin legitimidad de origen. Nació como posible solución a la crisis de gobernabilidad provocada por los límites del neoliberalismo tanto en términos económicos como políticos. Buscó desactivar la radicalidad de las demandas de los movimientos populares. En ese camino debió canalizar las luchas laborales dentro de las viejas instituciones laborales. Los convenios colectivos de trabajo fueron reactivados por la propia demanda de los empresarios; ellos buscaban fragmentar e institucionalizar las exigencias de las bases obreras. Este proceso se dio de forma parcial y conflictivamente, mediando niveles variables de represión.

Por otra parte, el kirchnerismo operó activamente para contener el conflicto social liderado por los movimientos piqueteros. Tomando como base el programa Jefes/as de Hogar desocupados/as, creado en 2002 para apagar el incendio post 20 de diciembre de 2001, avanzó en la masificación de una nueva generación de políticas sociales. Estas iniciativas fueron auspiciadas y financiadas por el Banco Mundial y el BID con el fin de neutralizar la rebelión popular, aunque no alteraron las bases estructurales de la misma vinculadas a la precarización infinita y sostenida de la vida, el hábitat y el trabajo.

En un marco propicio, el kirchnerismo pudo reconstruir el mito del desarrollo capitalista en la periferia. Apoyado en el ascenso de gobiernos populares (Venezuela, Bolivia y Cuba conformando el eje radical del ALBA),  de progresismos neodesarrollistas (Brasil, Uruguay, Ecuador y, por poco tiempo, Paraguay) y aprovechando la dinámica favorable del capitalismo global y el impulso del ingreso de China el mercado mundial, pudo crear las condiciones materiales y simbólicas para reconstruir la legitimidad capitalista. Todo esto sin alterar sus bases fundacionales: el saqueo de las riquezas naturales y la superexplotación de la fuerza de trabajo, la transnacionalización del ciclo del capital y la dependencia de las potencias globales (EEUU y Europa) y sub-potencias regionales (Brasil y China). En su primer lustro, el neodesarrollismo kirchnerista pudo ampliar el empleo aunque con altos niveles de precarización (superiores a 50% de la fuerza de trabajo), recuperar parcialmente los ingresos reales manteniendo una amplia masa de familias en la pobreza y sostener un crecimiento económico acelerado que permitiría -según el discurso oficial- un largo proceso de “crecimiento con inclusión” (versión neodesarrollista del “derrame” neoliberal).

El segundo lustro largo del kirchnerismo (a partir de 2008) careció de esos pocos logros en materia económica, pues el crecimiento se estancó y se hizo más inestable, y la inflación acelerada comenzó a paralizar (y finalmente deprimir) los ingresos de las familias trabajadoras, mientras el mercado laboral dejó de incorporar fuerza de trabajo. La crisis en el capitalismo a escala global, las dificultades del espacio radical suramericano (el eje del ALBA) para ampliar el proyecto de cambio social al resto de la región y la recuperación de la ofensiva de las derechas continentales, ampliaron las contradicciones, barreras y límites propias del neodesarrollo en la periferia: la inflación como problema persistente resultante del poder social del gran capital y la matriz productiva internacionalizada, una estructura fiscal regresiva en impuestos (IVA, impuesto al ingreso de los trabajadores) y gastos (deuda, subsidios al gran capital). Además de la fuga de capitales como patrón sistémico y déficit externo crónico, industrialización trunca y distribución de ingresos antipopular, inserción dependiente y desequilibrada en el mercado mundial y regional, crisis urbana, energética y ecológica, entre otras.

El gobierno final de Cristina Fernández encuentra al kirchnerismo frente a la necesidad sistémica de impulsar la radicalización capitalista del proyecto hegemónico (devaluación, ajuste fiscal y externo, etc.) con el objetivo de superar sus barreras y la necesidad política de buscar su continuidad en el poder para la gestión del Estado. Ello ha probado ser difícil porque el estancamiento, la inestabilidad y el deterioro sostenido pero dispar de los niveles de vida de la población han aportado a una creciente fragmentación en el terreno político. Esto muestra un debilitamiento de la capacidad hegemónica del neodesarrollismo como proyecto societal de las fracciones dominantes y del kirchnerismo como actor privilegiado para garantizar su continuidad en el tiempo.

La transición se extiende en un contexto cada vez más negativo. Brasil se encuentra estancado en lo económico y atravesando una crisis política singular, en tanto China está desacelerando su crecimiento y las tasas de interés mundiales van subiendo al ritmo de un mayor crecimiento de los Estados Unidos. Actualmente, las urgencias del gobierno pasan por sostener las reservas internacionales para el pago de la deuda e importaciones y articular el ajuste fiscal con políticas compensatorias (asentadas en el endeudamiento personal), suficientes para mantener la “paz social”. Estos imperativos chocan con una economía estancada (cero crecimiento por más de un año) en un marco global y regional poco expansivo, con la huelga de inversiones del gran capital (que ha decidido individual y colectivamente acentuar las demandas de ajuste) y con los mencionados límites de un proyecto neodesarrollista en la periferia.

Los sectores populares carecen aún de alternativas políticas que reconozcan como propias y parecen seguir apostando a la hipótesis del “mal menor” que es siempre, paradójicamente, lo peor. En ese marco, las fuerzas de sucesión (aparentemente Daniel Scioli o Mauricio Macri) nacerán en un contexto radicalmente distinto al que dio a luz al kirchnerismo. Sin una crisis orgánica y probablemente con alta legitimidad de origen, el gobierno por venir profundizará el ajuste frente a los desequilibrios del proyecto capitalista, con el fin de recuperar las condiciones macroeconómicas para la expansión en el marco neodesarrollista: acelerará la devaluación de la moneda, ajustará el gasto fiscal y acentuará la política de re-endeudamiento.

Ese gobierno enfrentará a un pueblo trabajador desarticulado en lo político y lo reivindicativo, producto de la herencia política del kirchnerismo. Solamente si el fantasma -y la experiencia- del 2001 es recuperado en favor de un nuevo proceso de recomposición política del pueblo estaremos en condiciones de enfrentar el futuro con posibilidades de hacerlo nuestro.

*Profesor UNLP. Investigador CONICET. Militante del Frente Popular Darío Santillán – Corriente Nacional.

Los silencios del ministro

Los silencios del ministro

Mariano Féliz*

Publicado con otro título (“Los silencios del Kiciloff”) en La Izquierda Diario, el 14 de Mayo de 2015.

Hace unos días hablamos del debate planteado por la mera posibilidad de que el ministro de economía de la Nación, Axel Kiciloff, se presentara en la Facultad de Ciencias Económicas de la UNLP (ver nota: http://www.laizquierdadiario.com/Falsas-heterodoxias-y-la-formacion-de-los-economistas). Luego de algo de incertidumbre al respecto, finalmente el miércoles 6 de Mayo se realizó la Conferencia “La formación en Economía en el contexto del crecimiento con inclusión” con la participación central del ministro Kiciloff.

Y llegó Axel… pero algunxs quedaron afuera

La conferencia se realizó en el aula Magna, en el 2do piso de la Facultad. La charla se había propuesto por sus organizadores como una actividad inscripta en un prolongado y conflictivo debate en torno a la reforma de los planes de estudio, en especial del plan de estudios de la llamada Licenciatura en Economía que se encuentra vigente desde 1992. En ese marco, se presentaba como un aporte al debate sobre la necesidad del pluralismo en la formación de lxs economistas.

¿Sos keynesiano? Pasá. ¿Sos marxista? Mhhh…

Lamentablemente el discurso del pluralismo se reducía a puras palabras, y quedó en la puerta del aula Magna. Allí los organizadores instalaron un dispositivo tipo cerrojo donde algunas personas tuvieron la tarea de “filtrar” el público participante. Parecía existir una “lista negra” (o podríamos decir “lista roja o rojinegra”) que marcaba a aquellos potenciales participantes díscolos, o activistas no oficialistas. Quienes eran identificados in situ como posibles generadores de planteos o preguntas incómodas para el ministro, fueron frenados en el ingreso, en una actitud discriminatoria, antidemocrática y, evidentemente, poco plural. Ser marxista, anarquista, o en cualquier caso, militante no adherente a la agrupación del ministro, alcanzaba para ser identificado y dejado de lado. Sólo había lugar para militantes oficialistas, funcionarixs, y miembrxs de la gestión en la Universidad (de los cuales había muchxs, entre ellxs el decano de la Facultad). Flaco favor le hicieron al debate.

En ese contexto, el ministro abordó el debate sobre la necesidad de la renovación del plan de estudios en economía. Desde el estrado, vapuleó al círculo de economistas neoclásicos (a los que acusó de “no entender nada” y “no explicar nada”), señalando el anacronismo del discurso neoliberal en economía, su incapacidad de comprender y describir los procesos socioeconómicos de la última década en Argentina y la región, y por ello, cuestionando como poco útiles como base para la formación de lxs economistas para este tiempo. En tal sentido, realizó una crítica que sintetiza en muchos puntos los debates compartidos por quienes venimos militando por una reforma de planes de estudio (no sólo de economía) que sea plural, crítica y democrática.

Además, dio un relato estilizado del proceso de reforma de los planes de estudio en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA en los años noventa, y su rol como militante en aquellos tiempos. Para concluir, hizo una defensa del proyecto neodesarrollista poniendo el énfasis en el papel que tendría la redistribución del ingreso en éste como motor del crecimiento económico. En ese punto marcó el contraste con el ofertismo neoclásico que sostendría que el crecimiento se basa en la libertad económica y que la redistribución operaría como “derrame”.

Su exposición concluyó sin preguntas, sin debate ni intervenciones del público. Los potenciales comentaristas críticos tuvieron que conformarse con verlo por las pantallas instaladas en algunas aulas o en la transmisión online, sin posibilidad de intervenir.

Los silencios…

El silencio del público en relación a la crítica o la posibilidad de intervenir, nos permite reflexionar a posteriori sobre los silencios de la intervención del ministro. Lo no dicho es tanto o más importante que lo que efectivamente fue expresado, en especial si lo que interesa es abrir un debate crítico, fructífero y plural sobre los planes de estudio.

Debatir lo dicho y lo negado también sirve para discutir sobre el proyecto hegemónico de desarrollo capitalista en la Argentina defendido por el ministro. Además, permite analizar el lugar que le cabe a lxs economistas, en tanto economistas políticxs, como partícipes potenciales de un proyecto de cambio social que pueda superar los límites del capitalismo dependiente y periférico que la década neodesarrollista sólo ha contribuido a consolidar.

Las crisis y la teoría económica, o cómo se construye la nueva ortodoxia

Kicillof planteó con razón que la teoría económica avanza a saltos en los momentos de crisis del sistema. Mencionó a Keynes en sus reflexiones en la crisis de la década del 30, haciendo referencia a su insatisfacción con el liberalismo dominante que no proveía elementos para comprender lo que ocurría y tampoco para salir de esa situación.

El paralelismo con la era actual es claro. La crisis neoliberal en la periferia a fines de los años noventa, efectivamente despertó incertidumbre y debates en los sectores dominantes en torno a cómo superarla y recuperar la acumulación exitosa de capital. Precisamente, en este sentido el ministro dejó de lado un elemento clave del debate planteado por Keynes y su vínculo con la discusión actual.

Lord Keynes estaba preocupado esencialmente por la posibilidad de que la situación política creada por la crisis se tornara insostenible y el capitalismo fuera cuestionado en su raíz como sistema social dominante. El keynesianismo y el New Deal aparecieron primero como apuesta heterodoxa (disruptiva) pero progresivamente se consolidaron como respuestas a la crisis capitalista. El ministro olvidó señalar que de esa manera esas políticas y enfoques se convirtieron en una nueva ortodoxia que por muchos años desplazó a las corrientes neoclásicas como orientación de las políticas estatales.

Lo que Kicillof no mencionó en su exposición es que esa nueva ortodoxia (ahora, keynesiana) fue parte de la respuesta de las clases capitalistas dominantes para enfrentar y frenar las demandas obreras y populares que amenazaban con poner en jaque la lógica sistémica. En efecto, algo similar ocurrió en el mundo, pero sobre todo en la región suramericana, en la crisis del proyecto neoliberal.

Esa crisis puso en cuestión en muchas partes la hegemonía social del capital. En particular, en nuestro país, la recomposición política del pueblo trabajador hacia fines de los noventa se articuló con las contradicciones económicas para provocar una crisis orgánica, integral del sistema social. Fue en ese marco que el neodesarrollismo y el neoestructuralismo se convirtieron en instrumentos para construir un novedoso proyecto hegemónico conducido por las nuevas fracciones dominantes del gran capital (el gran capital transnacional). A través de ese proceso, el kirchnerismo se convirtió en la fuerza política que pudo articular esa nueva construcción hegemónica con el fin de relanzar el desarrollo capitalista en un país periférico como Argentina. El capitalismo en serio se apoyó en esa nueva estrategia, que fue consolidándose como la nueva ortodoxia en el país.

En el fondo, lo que el ministro cuestionó es la falta de adecuación de los planes de estudio a esta nueva ortodoxia (una versión nacional y popular del keynesianismo), dejando en silencio el debate sobre las alternativas teóricas que pudieran servir para el cambio social radical, superador de los límites históricos del capitalismo vernáculo. Así, en la conferencia se habló mucho de Keynes, pero nada de Michal Kalecki, Carlos Marx, Rosa Luxemburgo, David Harvey, Silvia Federici o Ruy Mauro Marini.

El modelo, Keynes y el Banco Mundial

El ministro Kiciloff dio cuenta con claridad de su comprensión de las características del proyecto neodesarrollista impulsado por el kirchnerismo en Argentina y marcó varias veces su raigambre en la tradición teórica y política del keynesianismo. Explicó que el fundamento central del “modelo de crecimiento con inclusión social” sería la relación teórica pero sobre todo real, empírica, entre la redistribución de los ingresos a favor de las clases populares y el proceso de crecimiento económico.

Sin embargo, detrás de esa afirmación, la aparente fortaleza del proyecto neodesarrollista que se basaría en la distribución progresiva de los ingresos no parece dar cuenta de lo ocurrido en el último lustro. En efecto, en la última etapa de la experiencia kirchnerista el crecimiento ha sido más bien errático y con tendencia al estancamiento, mientras que la distribución de los ingresos se ha deteriorado claramente: el crecimiento del PBI en los últimos años ha sido casi cero, el consumo de masas se ha reducido en el último año según denuncian las propias estadísticas oficiales y el empleo se ha estancado o caído. A pesar de un discurso oficial que atribuye al proyecto la inclusión social y el crecimiento, como causa y efecto, la realidad muestra que el neodesarrollismo choca contra sus límites y esa relación teórica de base keynesiana no es más que aparente, siendo apenas manifestación históricamente determinada de una particular correlación de fuerzas sociales y condiciones macroeconómicas locales e internacionales singulares.

Objetivamente, el ministro enfrenta la misma crítica que él realiza a la corriente neoclásica: la negación de las contradicciones del sistema capitalista y su tendencia inmanente a la crisis. En efecto, esa condición estructurante del capitalismo, exacerbada en sus versiones periféricas y dependientes, es uno de los aportes analíticos centrales del marxismo, abordaje que Kiciloff conoce bien pero prefirió ignorar en su defensa del proyecto neodesarrollista.

Por otra parte, el “crecimiento con inclusión social” destacado en el título de la conferencia se apoya de manera clara en los preceptos que el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) sostienen en la actualidad. Más allá de un discurso que reniega de ellos, estos organismos son promotores ideológicos y financieros, del conjunto de las políticas sociales de universalismo básico. Ellas son la base de sustentación de una política llamada de “inclusión social” pero que mantiene a un amplio universo de personas en la Argentina apenas por encima de los límites del hambre, viviendo en condiciones extendidas de precariedad en sus vidas y trabajos. Esta es la base de la negación del ministro de poner en debate la medición de la pobreza, cuya pervivencia extendida luego de una década de crecimiento cercano a 6% real acumulativo (aunque mucho menor en el último lustro) sigue siendo la principal expresión de los límites del modelo.

La política social del neodesarrollismo se adapta llamativamente bien al núcleo del trabajo que desarrollan hoy en el Departamento de Economía de la universidad platense (en especial, en su centro de investigaciones estrella CENDAS), que cuenta con el apoyo clave de los organismos internacionales mencionados. Tal vez por esa simetría de apoyos y perspectivas, la Facultad de Ciencias Económicas (cuyos planes de estudio fueron furibundamente denostados por el ministro Kiciloff) haya aportado tantos recursos organizativos -incluyendo la transmisión en vivo- de la Conferencia desde la página web de la Facultad. Recursos que por otra parte son sistemáticamente negados a las agrupaciones de estudiantes y graduados de la Facultad nucleadas dentro de la Sociedad de Economía Crítica y que históricamente han planteado la necesidad de transformaciones de fondo en los planes de estudio, más allá del desarrollismo oficial en el Estado, del neoliberalismo en el departamento de Economía y del capitalismo como propuesta societal.

El pluralismo, el cambio social y lxs economistas políticxs

La presencia del ministro de economía en el núcleo del neoliberalismo más rancio entre las universidades nacionales ha sido un aporte pues pone nuevamente en un debate de alta exposición la necesidad de reformar los planes de estudios de las carreras de economía. De esa manera, se suma a la ola de debates que hace tiempo vienen siendo planteados por muchxs y que tuvieron su punto alto en las recientes VII Jornadas de Economía Crítica realizadas el año pasado en la misma Facultad y organizadas con esfuerzo militante por los integrantes de la Sociedad de Economía Crítica.

Sin embargo, los dichos del ministro pero sobre todo sus silencios, permiten poner en el centro de esa discusión la necesidad de superar la dicotomía heterodoxia – ortodoxia, poniendo como ejes de la lucha por las urgentes reformas la necesidad de incorporar el pluralismo, la mirada crítica y lo imperioso de formar economistas políticxs (y no simples economistas) con capacidad de comprender cabalmente los límites del capitalismo y la exigencia social, política y ética de su superación.

Esto implica ir más allá de una visión de la teoría económica que pretende reducir la discusión al debate sobre las formas de regular el capitalismo. Supone plantear y comprender la imposible integración de los intereses de clases sociales antagónicas, y la necesidad de superar la idea de que el capitalismo es lo único posible.

Más debate es necesario, más pluralidad y democracia en la discusión, pero también más crítica de lo existente, de las viejas y nuevas ortodoxias, para construir planes de estudio que puedan formar profesionales con pensamiento crítico, capaces de ser parte de los procesos de cambio social impulsados por los movimientos populares, con el protagonismo del Pueblo.

* Militante del Frente Popular Darío Santillán – Corriente Nacional. Docente UNLP. Investigador CONICET.

¿Salario o ganancia? A propósito de los cambios en un impuesto controversial

¿Salario o ganancia? A propósito de los cambios en un impuesto controversial

Por Mariano Féliz*

Publicado en marcha.org.ar con pequeños cambios de estilo, 14 de mayo de 2015.

En el marco de un conflicto sindical creciente en ramas claves de la actividad económica, el gobierno nacional decidió modificar la forma de pago del impuesto al salario. Con esto busca crear condiciones para simplificar las negociaciones paritarias y allanar el camino hacia las PASO de agosto y las elecciones generales de Octubre.

¿Qué cambió…

Hace pocos días se reglamentó una modificación en la forma de pago del llamado impuesto a las ganancias de la 4ta categoría, que en los hechos es básicamente un impuesto a los salarios de una fracción de lxs trabajadorxs asalariados formalizadxs.

La modificación no implicó la elevación del salario mínimo no imponible (valor por debajo del cual no se computa el impuesto) ni se alteró la estructura general de las escalas a partir de las cuales cambia la alícuota del impuesto (del 9% al 35% del ingreso imponible) o deducciones más importantes (por hijxs, cónyuge, etc.). El cambio supuso esencialmente la creación de un régimen especial que abarca a todos aquellxs que tienen salarios brutos (antes de descuentos y deducciones) de entre 15 y 25 mil pesos por mes. Éstos tributan hoy entre 8% y 13% de su salario como por este impuesto. El nuevo sistema establece una escala de descuentos en los montos que corresponde pagar de este impuesto, de forma tal que aquellxs en ese rango de ingresos (se estima que unxs 700 mil) pagarán un monto reducido de forma retroactiva a Enero. Los valores ya pagados en exceso serán devueltos en cuotas durante los próximos meses.

y por qué?

En el marco de la campaña electoral que se acelera, de las crecientes demandas sindicales de eliminación o corrección radical del impuesto, y frente al creciente grado de conflictividad de las negociaciones paritarias en marcha, el gobierno nacional encaró de manera parcial, tardía y bastante arbitraria la mencionada modificación. La medida se tomó a pesar de su costo fiscal (que ahora no ha sido explicitado por el gobierno), algo que en otros momentos fue señalado como una de las restricciones para encarar cualquier cambio. La modificación se hizo sin tocar otras fuentes de ingresos o alterar otros tributos. Si bien no fue aclarado, la menor recaudación será compensada con mayores recortes en el gasto público, más endeudamiento en el mercado de capitales privado o con mayores niveles crédito por parte del Banco Central (o, lo que es lo mismo, más emisión monetaria).

La medida es tomada como una respuesta abierta a negociaciones salariales donde las exigencias de lxs trabajadorxs superan ampliamente las ofertas empresariales y las sugerenciasde los funcionarios gubernamentales. Luego de la caída de salarios estimada en torno al 6% en 2014, la mayoría de los gremios están reclamando aumentos por encima del 30 % anual para recuperar la caída y enfrentar la inflación porvenir (superior al 25%), mientras que gobierno y empresarios proponen subas cercanas al 20%, o algo más si son escalonadas o en cuotas.

Frente a esas demandas, el gobierno ha decidido hacer lo que siempre negó poder hacer, aunque tomando prudente distancia del último paro nacional y en una modalidad que no suponga responder literalmente a los pedidos sindicales. Dado que el cambio en la forma de pago del impuesto, los ingresos de lxs trabajadorxes afectadxs subirían en torno al 5%. En la interpretación gubernamental eso tendería a reducir las pretensiones salariales en las negociaciones.

Impuestos y distribución del ingreso. ¿Quién debe pagar?

La presión fiscal sobre los salarios del conjunto del pueblo trabajador se ha incrementado sustancialmente en los últimos años. En el marco de un estancamiento de la economía y de los ingresos de las familias trabajadoras, un porcentaje cercano al 11% de los ocupados formales tributa ganancias. La cuestión es que hoy en día familias con ingresos apenas por encima de la canasta familiar (hoy mayor a $14.000) pagan un impuesto directo por sus ingresos. Además, de pagar el IVA por todos sus gastos (21%) más otros impuestos al consumo (ingresos brutos, combustibles, etc.), más los aportes provisionales, esas familias trabajadoras con ingresos por su trabajo superiores a los 15 mil pesos brutos sufren una importante carga impositiva.

El gobierno pretende justificar el sistema vigente sobre la base de señalar que un porcentaje muy grande trabajadores no tributa el impuesto. Esto es cierto porque la gran mayoría del pueblo trabajador recibe ingresos muy por debajo de la canasta familiar (6 de cada 10 ocupados ganan por debajo de los $6.500) y una porción sustancial (cercana al 30% de las personas) recibe ingresos por debajo de lo que se considera un ingresos indigno en nuestro país, menor a la línea de pobreza. Sin embargo, esta situación es resultado de las enormes tasas de precariedad laboral y de superexplotación del trabajo propiciadas por el proyecto neodesarrollista (y sus principales beneficiarias: las corporaciones transnacionales) y no producto de las demandas de las familias trabajadoras que han logrado escapar parcialmente a tales circunstancias.

Mientras el gobierno exige a lxs trabajadorxs formalizadxs moderación en sus demandas, tanto empresas que desarrollan minería a cielo abierto, inversores en el sistema financiero con plazos fijos millonarios o compradores de títulos públicos, entre otrxs grandes propietarios de capital, tributan poco y nada por las ganancias que obtienen del trabajo ajeno. En efecto, el sistema tributario argentino carga el peso de la recaudación sobre el ingreso de quienes participan de la producción directa de valor y riqueza, lxs trabajadorxs, mientras que quienes reciben porciones variables de la ganancia o plusvalía generada por la mera propiedad de grandes capitales son beneficiadxs. Estos últimos no sólo tributan poco sino que reciben millonarios subsidios y exenciones impositivas.

La situación es tal que una familia trabajadora que gane cerca de dos canastas familiares (25 mil pesos mensuales) por su trabajo, tributará proporcionalmente por este impuesto injusto casi 35% sobre sus ingresos, tanto como uno de los gerentes de YPFSA (con ingresos superiores a los 500 mil pesos mensuales) o de cualquier gran capital nacional o multinacional.

Claro que más allá de lo formal, los ingresos de gerentes al igual que los ingresos de lxs propietarios de los grandes capitales no son salario sino ganancias (plusvalía, plustrabajo) disfrazado como tal. La injusticia de este impuesto es que equipara a una familia con salarios equivalente a dos canastas familiares con el presidente de un gran banco o el gerente de la Barrick Gold en Argentina o el dueño de Grobocopatel.

Un impuesto más justo debería eximir al menos a todxs los que ganen dos o tres salarios equivalentes a la canasta familiar (ajustable de manera automática según la inflación) y a partir de allí establecer un verdadero impuesto a las ganancias que aumente la carga proporcional para llegar progresivamente a alícuotas más altas que los máximos actuales. Ese esquema nuevo debería incluir un cambio en la progresividad de las escalas, una modificación en el sistema de deducciones, junto con la eliminación amplia de exenciones y subsidios al gran capital. Este sistema combinado con la recuperación de los aportes patronales sobre las grandes empresas (que fueran reducidos en los años noventa) permitirían empezar a transitar un esquema de financiamiento de la actividad estatal con mayores niveles de equidad distributiva.

* Militante del Frente Popular Darío Santillán – Corriente Nacional. Docente UNLP. Investigador CONICET.

Falsas heterodoxias y la formación de lxs economistas

Falsas heterodoxias y la formación de lxs economistas
Mariano Féliz*
El ministro Kiciloff y la reforma de los planes de estudio.
Hace pocos días se anunció por diversos medios de comunicación la posible presencia del ministro de economía Axel Kiciloff en la Facultad de Ciencias Económicas de la UNLP. El mismo daría una conferencia sobre “la formación en economía en un un contexto de crecimiento con inclusión”.
Aunque finalmente  la conferencia fue cancelada por “problemas de agenda” del ministro, la mera posibilidad de su presencia desató un importante debate en sordina entre la comunidad de lxs economistas. La conferencia se enmarca en una lucha añeja ya en torno a la necesidad de reformar los planes de estudios de la Facultad. En particular, el plan de estudios de la llamada Licenciatura en Economía tiene ya más de 23 años y se articula en torno a la economía neoclásica, con algunos (pocos) desvíos neokeynesianos.
El debate planteado abrió de manera renovada la necesidad de establecer de forma crítica qué significa la heterodoxia en el campo de la economía política y en ese marco, qué lugar le cabe al discurso de orden neo-estructuralista desde el cual el ministro de economía pretende articular su defensa del proyecto neodesarrollista y que desde el kirchnerismo denominan de “crecimiento con inclusión”. Este debate es central porque permite entender por qué la propia Facultad anunciaba la transmisión en vivo desde su página de internet de la conferencia de alguien que vendría a defender ideas heterodoxas, aparentemente en las antípodas del discurso neoclásico neoconservador que impregna y hegemoniza la curricula y todo el departamento de economía.
Economía neoclásica, crisis y nueva ortodoxia.
La visión neoclásica se convirtió a través del neoliberalismo en el eje articulador de la caja de herramientas de los sectores dominantes para poder avanzar en la reestructuración global de la sociedad, a partir de la creciente privatización de los comunes, de la desarticulación política de las clases populares, y de la transnacionalización del capital en todas sus dimensiones. Alcanzando su punto más alto en la década de los noventa, la economía neoclásica comenzó a entrar en desgracia en los países de la periferia a caballo de un nuevo ciclo de luchas populares en alzas y frente a sus propios límites estructurales.
Esos límites, esas luchas marcaron el comienzo del fin del proyecto neoliberal en nuestra región. En algunos países como Bolivia o Venezuela ese fin de ciclo tuvo como corolario la construcción de proyectos políticos de carácter popular que permitieron, al menos, poner en cuestión y en debate desde abajo y a la izquierda la hegemonía de las históricas clases hegemónicas, abriendo un camino hacia el cambio social. En otras partes, como en nuestro país, los sectores populares fuimos incapaces de transformar la potencia rebelde en un proceso de empoderamiento popular que pudiera avanzar en la disputa por el control colectivo y democrático de la reproducción social.
Por el contrario, de la batalla por la hegemonía en 2001 y 2002 emergió el kirchnerismo como fuerza política capaz de construir un frágil equilibrio para garantizar la reproducción ampliada de la dominación capitalista. Esa nueva hegemonía estuvo sostenida en la herencia del neoliberalismo que el proyecto neodesarrollista buscará consolidar y proyectar: extractivismo y saqueo de las riquezas naturales, transnacionalización de la economía, privatización extendida de las relaciones sociales, y precarización y super-explotacion de la fuerza de trabajo. Ese es el marco en el que neo-estructuralismo comienza a presentarse como alternativa “heterodoxa” frente a la ortodoxia neoliberal.
El neo-estructuralismo surge así como una nueva caja de herramienta adaptada a las necesidades de las fracciones ahora dominantes. Se convierte, sin decirlo, en la nueva ortodoxia que permitirá garantizar las condiciones para la expansión del capital. Provee el conjunto de orientaciones prácticas para fundamentar la construcción de un nuevo proyecto de desarrollo capitalista posible en la periferia. Esas prácticas incluyen, por un lado, una nueva forma de intervención del Estado, un nuevo conjunto de políticas públicas, sociales y laborales construidas para contener la conflictividad social y canalizarla productivamente para el capital en un marco estructural en el cual la precarización del trabajo y de la vida se consolidan de manera extendida. Al igual que en los años noventa, estas políticas son apoyadas y financiadas por los organismos internacionales de crédito. El crecimiento con inclusión sólo es un argumento retórico que pierde fortaleza a medida que el neodesarrollismo se consolida en el país y así lo hacen sus consecuencias: saqueo de las riquezas naturales, precarización generalizada del empleo, salarios por debajo de la canasta familiar, etc. Por otra parte, el neo-estructuralismo construye un discurso que permite al Estado adaptar la práctica de integración a las viejas potencias imperiales (Estados Unidos y Europa) y abre el camino para una nueva forma de articulación subordinada y dependiente a las potencias regionales y mundiales emergentes en el sur global: el subimperialismo brasileño y la neo-imperialismo chino.
Nuevas ortodoxias y la formación de economistas políticos.
En definitiva, lo que es presentado como heterodoxia no es más que la nueva ortodoxia, la ideología dominante adaptada a las necesidades de las clases en el poder en la etapa actual del desarrollo del capitalismo en la periferia. La aparente heterodoxia es una nueva forma de la economía política del capital adaptada a los nuevos tiempos, a los tiempos del capital transnacional. La simetría entre neoliberalismo y neodesarrollismo se hace evidente en la medida en que la crisis transicional en el capitalismo vernáculo avanza y el “crecimiento con inclusión social” se transforma en breve plazo en “estancamiento con sintonía fina”.
La verdadera heterodoxia debe ser la base de una otra economía política, de un proyecto social alternativo que sea la superación del capitalismo. Sólo esa economía política del pueblo trabajador puede construir el fundamento de un proyecto de formación de las y los economistas politicos que puedan servir para ser parte de un cambio social radical, con el pueblo como actor protagónico.

Profesor UNLP. Investigador CONICET. Militante del Frente Popular Darío Santillán – Corriente Nacional.

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